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Anàlisi :: laboral
De Simone Weil a Xu Lizhi. ¿Qué será de nuestros hijos?
14 des 2014
“Soy como un muerto que abre lentamente la tapa del ataúd” (Xu Lizhi) // “Allí recibí para siempre la marca de la esclavitud” (Simone Weil)
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En 1934-35 Simone Weil entró a trabajar como obrera en las cadenas de montaje de Alsthom y Renault, su decisión era comprender la vida de los obreros desde la experiencia personal y no desde las teorías o las disquisiciones literarias. Sus escritos y cartas reflexionando sobre esas cuestiones se recogen en “La condición obrera”. Describe con enorme realismo las transformaciones que crea el trabajo en ella “todas las razones exteriores (que antes creía yo interiores) sobre las cuales se basaba el sentimiento de mi dignidad y el respeto a mí misma, en dos o tres semanas han sido radicalmente destrozadas bajo el golpe de una presión brutal y cotidiana. Y no creas que esto me ha suscitado impulsos de rebelión. No, sino todo lo contrario, la cosa que más lejos estaba de imaginar, la docilidad. Una docilidad de bestia de tiro resignada…”

En 2013 Xu Lizhi, un joven chino trabajador de Foxconn, la fábrica donde se ensambla el iPhone, escribió: “El papel se desvanece en sombras delante de mis ojos/ Con una pluma de acero esculpo un negro irregular/ lleno de palabras de trabajo/ Taller, línea de ensamblaje, máquina, tarjeta de fichar, horas extra, salario/ Me han entrenado para ser dócil/ No sé cómo gritar o rebelarme/quejarme o denunciar.” Xu Lizhi se suicidó finalmente después de dejar una colección de poemas que hablan de su vida en la fábrica.

Casi ochenta años median entre estas expresiones de aflicción y congoja, pero los dos conectan con una misma realidad y un mismo sentimiento, los dos comprenden, con lucidez, la forma tan profunda como el trabajo asalariado degrada y destruye su humanidad y su dignidad.

No hablan de explotación, de sueldos insuficientes ni de plusvalía, hablan del servilismo y la destrucción del espíritu, del obligado abandono de la función de pensar, el miedo y la humillación permanente y el envilecimiento por el incentivo del dinero.

En estos casi ochenta años millones de seres humanos han pasado por la trituradora del trabajo degradado y destructivo que ofrece el capitalismo, sea éste privado o público, millones han vivido esa experiencia, pero muy pocos han tenido la lucidez y la valentía de sentir plenamente la conciencia de su condición y el dolor por ello.

Durante los años de altos salarios y Estado del Bienestar en Occidente los obreros renunciaron a muchos elementos decisivos de su condición de humanos a cambio de un consumo de bienes de ínfima calidad y diversiones degradantes. Los sindicatos atizaron la conversión de esa clase, ya no estrictamente proletaria pero sí asalariada en felices bestias de labor. Las mujeres fueron en masa a uncirse, casi siempre obligadas pero en algunos casos por decisión propia, el yugo de la esclavitud, el salariado fue convertido ahora en religión por personajes que jamás pisaron una fábrica como Simone de Beauvoir.

El advenimiento de la sociedad de los esclavos felices es una de las experiencias más aterradoras en que está inmersa una humanidad que ha perdido el deseo de usar sus facultades humanas con tal de huir del dolor de conocer su condición.

El trabajo es una necesidad humana primaria, dignifica y eleva cuando es libre y sirve para cubrir las elementales exigencias de nuestra naturaleza y las de los cercanos. El trabajo civilizado incluye la producción de lo necesario en el plano material y en el inmaterial, lo necesario para uno mismo y para otros, comprende las obligaciones con aquellos con los que nos unen lazos de amor, cercanía y convivencia, obligaciones que son también trabajo. Pero lo que llaman trabajo en el presente no es sino una actividad sin alma que no está destinada a satisfacer las demandas naturales de la vida sino que se opone con fuerza a ella, no construye la vida sino que la destruye y no mejora al sujeto sino que lo liquida.

¿En qué momento de delirio y enajenación fuimos convencidas las mujeres de que esa actividad destructiva estaba cargada de benéficos efectos? ¿Cómo es posible que criemos a nuestros hijos con el permanente objetivo de que sean eficaces vendiéndose en ese mercado de esclavos?

Dice Xu Lizhi “Un tornillo cayó al suelo/ en su negra noche de horas extra./ Cayó vertical y tintineante/ pero no atrajo la atención de nadie,/ igual que aquella última vez,/ en una noche como ésta,/ en la que alguien se lanzó al vacío”.

Y Simone Weil “Dado que no es natural que un hombre se convierta en cosa, y como no hay forma de sujeción tangible, ni látigo ni cadenas, es preciso doblegarse uno mismo a esta pasividad… el alma se lleva al taller. Y será preciso hacerla callar toda la jornada. A la salida uno tiene la sensación de no tenerla ya, de tan cansado que está... Hombres desempeñando el papel de las cosas, es la raíz del mal.”

Cuando se espera, después de años de recesión, una nueva industrialización del territorio que llaman España, ¿qué clase de obreros podemos imaginar en esos nuevos núcleos manufactureros? Serán nuestros hijos quienes tendrán que poblar ese infierno o tal vez sean los hijos de otras, nacidos lejos de aquí y quizá entonces los nuestros vayan a miles de kilómetros a venderse en el competitivo mercado de personas globalizado, hablando en un idioma que no es el que escucharon desde el vientre materno, alejados de sus raíces, de su cultura y de sus cercanos.

¿Es posible conservar la lucidez, la conciencia y la dignidad incluso en las condiciones del trabajo deshumanizado? Pienso que conservar esas cosas es la única esperanza. No adaptarse, no resignarse, renunciar a la tranquilidad y la despreocupación de los domesticados y aceptar el dolor y la desesperación de vivir dentro del vientre de la Bestia sin someterse internamente a ella. ¿Seremos capaces?
Mira també:
http://prdlibre.blogspot.com.es/2014/12/de-simone-weil-xu-lizhi.html

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