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Comentari :: globalització neoliberal : pobles i cultures vs poder i estats
La decadencia del imperio norteamericano
17 jul 2003
La decadencia del imperio norteamericano
(Miguel Otero)

La supremacía de los Estados Unidos de América sobre el resto del mundo en las últimas décadas del siglo XX fue un hecho incuestionable. Después de la caída de la Unión Soviética, en 1989, esa hegemonía alcanzo su punto álgido, erigiéndose Estados Unidos como la única superpotencia mundial, no sólo desde el punto de vista político, económico o militar, sino sobre todo desde la perspectiva cultural e ideológica. El modelo de sociedad comunista había fracasado y la propuesta capitalista-liberal, representada en su máxima expresión por los Estados Unidos, parecía consolidarse como la única opción válida a los ojos de la opinión pública mundial, llegando el profesor Francis Fukuyama a decir, en 1992, que estábamos ante âel punto y final de la evolución ideológica del hombre, ante el fin de la historiaâ?.
La superioridad de los Estados Unidos llegó a ser de tal magnitud en todos los ámbitos que el conocido historiador Paul Kennedy llegó a decir en su día que âni la Pax Británica, ni la Francia Napoleónica, ni la España de Felipe II, ni el Imperio de Carlomagno, ni siquiera el Imperio Romano pueden compararse al actual dominio norteamericano. Nunca ha existido tal disparidad de poder en el sistema mundial como ahoraâ?. Pero al igual que todos los imperios anteriores, éste también caerá, y es muy probable que lo haga en las próximas décadas. Son muchos los autores, destacando entre ellos al profesor Immanuel Wallerstein, que desde hace tiempo vaticinan el derrumbe del coloso. Los últimos acontecimientos históricos, además, avalan esta tesis. Cada vez hay más argumentos políticos, económicos, militares y culturales que indican que la superpotencia está en decadencia.
La llegada al poder del actual presidente George W. Bush es una clara muestra de la fragilidad del sistema político norteamericano. Su elección fue seguramente uno de los acontecimientos más bochornosos de la historia americana. En su libro âStupid White Menâ?, el cineasta Michael Moore refleja con claridad cuales fueron las artimañas de los republicanos para amañar las elecciones y como, entre otros fraudes, se le negó el derecho a voto a más de 173.000 personas en el decisivo estado de Florida. Llama la atención, además, que en un país como Estados Unidos, con una población de 280 millones de habitantes, en pocos años padre e hijo alcancen la presidencia. Y no sólo eso. Los que fueron asesores del padre, todos ellos vinculados a la industria petrolífera, forman ahora el gabinete del hijo. Esto se parece cada vez más al declive del Imperio Romano, cuando el poder ya no residía en los césares, sino en los asesores corruptos, ávidos de poder, que tramaban los complots.
El fraude prosiguió con el escándalo de la multinacional eléctrica Enron, en el 2001, que también salpicó al Gobierno. No nos olvidemos de que esta empresa fue una de las que más dinero aportó a la campaña electoral de George Bush, entre otras cosas porque el ex presidente de la misma, Kenneth Lay, es íntimo amigo de Bush. Todos estos factores estaban minando la credibilidad del presidente hasta que de repente, por casualidad o por negligencia, eso se sabrá dentro de unos años, llega el atentado del 11 de septiembre y lo tapa todo. Bush declara la guerra al terrorismo y los halcones del capitolio, como Rumsfeld o Cheney, ya tienen la legitimidad del pueblo que buscaban para llevar a la práctica el plan que habían diseñado desde hacía tiempo. Este proyecto consiste en que Estados Unidos utilice su enorme arsenal militar para establecer un nuevo orden mundial en el que el imperio vuelva a recuperar esa posición privilegiada que ha venido perdiendo en los últimos años. Los halcones de la Casa Blanca siguen así la teoría de Calígula, emperador romano, cuando decía: âaccius, oderint, dum metuantâ?. Es decir, âmientras nos teman, no importa que nos odienâ?. La invasión de Irak, denominada âconmoción y pavorâ?, se enmarca dentro de esta política.
Pero Estados Unidos no sólo invadió a Irak para apropiarse de las segundas reservas petrolíferas más importantes del mundo, después de las de Arabia Saudita, y para tomar una posición geoestratégica idónea en Medio Oriente. La principal causa fue la de amenazar a los países de la OPEP para que no se les ocurriese ni por asomo imitar a Sadam Hussein en una cuestión: en cambiar sus transacciones petrolíferas de dólares a euros. Eso fue lo que hizo el dictador el 6 de noviembre de 2000 , qué casualidad, un día antes de las elecciones presidenciales en los Estados Unidos de América. Es en ese momento, y no después del atentado del 11 de septiembre de 2001, cuando los halcones vinculados al poder, los asesores del césar, al ver la gravedad de la situación, deciden cambiar de rumbo para salvar al imperio.
Desde 1971, año en el que el presidente Nixon eliminó el patrón oro, el poder de los Estados Unidos reside en que la comercialización de petróleo en el mundo entero se realiza en dólares. La moneda internacional para todo tipo de transacciones ha sido desde ese momento siempre el dólar. O sea que si alguien quiere comprar petróleo tiene que tener antes dólares. Y ¿quién produce los dólares? Estados Unidos. Y no sólo eso. El dólar es la moneda empleada por los países del tercer mundo para pagar las deudas adquiridas con el Fondo Monetario Internacional y el dólar es además la moneda que utilizan los bancos nacionales como reserva, a fin de mantener el valor de cambio de sus divisas domésticas. El negocio es luego redondo para Estados Unidos. Más aún si se tiene en cuenta que desde 1973 este país tolera la existencia del cartel de la OPEP, a cambio de que los países integrantes reinviertan cierta parte de los denominados petrodólares en capital estadounidense.
¿Qué pasaría entonces si la OPEP decidiese realizar sus transacciones en euros? Se produciría una explosión económica. Las naciones consumidoras de petróleo tendrían que hacer salir sus dólares de las reservas de sus bancos centrales y reemplazarlos por euros. El valor del dólar se vendría abajo y las consecuencias serían las que podrían esperarse de cualquier colapso de divisa, un ejemplo reciente lo hemos tenido en Argentina. Los fondos extranjeros podrían salir atropelladamente del mercado de valores norteamericano y habría una corrida en los bancos como la del Crack de 1929.
Pero no hace falta acudir a las especulaciones para comprobar que la economía estadounidense está en una profunda recesión. Desde que Sadam Husein lanzara su órdago cambiándose al euro, el valor del dólar ha caído cerca de un 17% con respecto a la moneda europea. Entre otros factores, debido a la preocupante deflación que asola a los Estados Unidos. El índice de desempleo en ese país ha subido sin parar en los últimos cinco meses, situándose la tasa interanual en un 6,4%, su nivel más alto en los últimos nueve años. No hace mucho, George W. Bush, tuvo que pedir al Congreso un aumento del límite de endeudamiento público del Estado porque estaba llegando a la insolvencia. La deuda externa actual de los Estados Unidos asciende a 7,4 billones de dólares, convirtiéndose en el país mayor deudor del mundo. Otro dato más, cuando Bush se instaló en la Casa Blanca en enero de 2001, el fisco de Clinton había acumulado un superávit de 557 mil millones de dólares, mientras que el primer presupuesto elaborado por su administración pasó a tener un déficit de 104 mil millones . La situación financiera es tan dramática que hasta el siempre comedido presidente de la Reserva Federal, Alan Greenspan, ha criticado públicamente ante el Senado la política económica de Bush.
Pero, ¿adónde ha ido a parar toda esa cantidad de dinero? Pues evidentemente a la industria armamentística. Para poder llevar a cabo el agresivo plan de Rumsfeld y Cheney, Bush ha tenido que ampliar el presupuesto militar hasta niveles nunca vistos. Primero fue la campaña en Afganistán, después la invasión de Irak, dentro de poco a lo mejor le toca el turno a Siria o Irán. Pero no sólo se trata de bombardear estos países, es también necesario mandar tropas invasoras a esas regiones. Cada vez que Estados Unidos gana una guerra, tiene que plantar unas cuantas bases militares en esa zona. Actualmente están más de 150 en funcionamiento a lo largo y ancho del globo terráqueo, con miles y miles de soldados estacionados allí .
Veremos hasta que punto Estados Unidos va a poder endeudarse para sustentar este enorme gasto. También el Imperio de Felipe II de España se derrumbó en el siglo XVII por tener conflictos abiertos por todo el mundo, y no poder pagar a sus tropas. Como bien apunta el profesor Immanuel Wallerstein , âla hegemonía no es cuestión de militarismo macho; se trata por el contrario de eficacia económica, que haga posible la creación de un orden mundial en términos que garanticen un sistema-mundo que funcione suavemente, en el que la potencia hegemónica atrae una parte desproporcionada de la acumulación de capital. Estados Unidos gozó durante un tiempo de esa situación, pero en las últimas décadas ha venido perdiendo esa ventajaâ?.
En vez de gastar tanto dinero en su Ejército para demostrar su poder, Bush debería preocuparse más por los problemas internos que asolan su país, si quiere mantener la hegemonía. Al igual que en los años de decadencia del Imperio Romano, la sociedad americana se ha estancado en la opulencia, el bienestar y la falta de metas. Ciertos intelectuales americanos como Noam Chomsky, Neil Postman o el propio Samuel Huntington ya vienen avisando desde hace tiempo de la vulgarización de la sociedad americana, que se caracteriza en su esencia por el simplismo, reduccionismo y la falta de conciencia política. Como en la época romana, existen en Estados Unidos los patricios, los ricos, que se dedican a disfrutar de la vida sin mayores inquietudes, y después está la plebe, la otra parte de la sociedad, que pese a ser parte del imperio vive en la miseria. Con escuelas y bibliotecas públicas que se caen a pedazos, con libros de texto impresos antes de 1980, con más de 40 millones de analfabetos funcionales, con otros 42 millones sin seguridad social y con el mayor índice de violaciones, suicidios infantiles y muertes por arma de fuego en el mundo .
El Gobierno de la Casa Blanca ha sabido ocultar todos estos síntomas de decadencia aquí enumerados, gracias a la cultura del miedo, como bien muestra Michel Moore en su documental Bowling for Columbine, la censura y la coacción. El escritor británico George Orwell ya demostró en su libro 1984 que la mejor estrategia para controlar a la población es tenerla en un estado de guerra continua. Sin embargo, son cada vez más los estadounidenses que se están dando cuenta de la perversidad del equipo de Bush, y se están pasando a la disidencia. Como todos los imperios anteriores éste también caerá previsiblemente desde dentro, desde la presión interna. Lo único que falta esperar es que cuando se derrumbe el coloso, lo haga con el menor daño posible, primero, para la población de Estados Unidos y, después, para el resto del mundo.

Comentaris

Re: La decadencia del imperio norteamericano
18 jul 2003
Muy bueno, Miguel Otero. Un análisis serio y perfectamente construído. El lenguaje sencillo y directo que empleas es el que no se lee a los columnistas, siempre preocupados en envolverlo todo en grandes dosis de retórica para que no pueda causar efectos constatables. Atacan generalmente los efectos para que queden intactas las causas. Mi felicitación más sincera.
Re: La decadencia del imperio norteamericano
29 jul 2003
Totalmente de acuerdo contigo y parcialmente de acuerdo con Jaime Richart, pues no creo que la gran mayor'ia de los columnistas envuelvan todo en una membrana de palabras para que sus escritos no incendien;yo creo que la mayor parte de los columnistas no tienen valor para incendiar o vocaci'on para ello.Otros, en cambio, pueden incendiar sin necesidad de hacer mucho ruido.
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