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Contra la Copa del Mundo!
27 jun 2014
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CONTRA LA COPA DEL MUNDO
La Copa del Mundo no es un tema de futbol. Si un país se ha candidado para la organización de este evento es porque el futbol hoy ejercita la misma función de un espectáculo de gladiadores en la antigua Roma, además de representar un ocasión inesperada para el Estado organizador de hacer avanzar rápidamente su proprio desarrollo económico y su propia influencia política. El Mundial tiene costes monstruosos, no obstante el recupero de la inversión promete casi a ciencia cierta de ser muy lucrativo. Tras organizar el Mundial de Futbol y las próximas Olimpiadas Brasil, considerado una de las grandes potencias económicas mundiales, cuenta con subir todavía más de nivel. Además la Copa del Mundo es también un proyecto del poder para amordazar las tensiones sociales y ofrecer el espectáculo de su adoración. Para las entidades estatales y los intereses económicos es una ocasión para crear las condiciones para abrir nuevos mercado, para tapar la boca a ciertas resistencias y para realizar un salto cualitativo en la ocupación del territorio y en la explotación capitalista. Es el maxi-encuentro moderno de Estado y Capital, donde la arrogancia del poder se exhibe en el espectáculo de los estadios, de masas enloquecidas, de las mega-pantallas, de las transmisiones en directo y del orgullo nacional.
La concesión de la Copa del Mundo 2014 al Estado Brasileño ha conllevado una intensificación inmediata y sistémica de la militarización de la gestión de la “paz social”. Creadas sobre el modelo de las tristemente famosas “operaciones de pacificaciones”, han nacido nuevas unidad de policía, las Unidades de Policía Pacificadora (UPP), instituidas desde el 2008 en los barrios conflictivos y en las favelas de Rio de Janeiro. En el nombre de la guerra contra los narcos, el Estado ha retomado el control de los barrios militarmente. En el espacio de cuatro años, según estimas oficiales, sólo en Rio de Janeiro más de 5.500 persona habrían sido matadas por la policía. En los barrios donde fueron sacadas las bandas de narcos, ahora son los paramilitares a gestionar la situación. Pero la Copa del Mundo obviamente non se limita a un mero aspecto de uniformes. Por una cifra superior a 3.500 millones de dólares, han sido construido estadios en lugares estratégicos de las ciudades. Han sido desalojadas y destruidas numerosas favelas para construir nuevos barrios para las clases media, centros comerciales, hoteles de lujo y preparar sitios balnearios. Carreteras y autopistas han sido remodeladas según normas de seguridad; aeropuertos, puertos y redes eléctricas han sido construidos o reconstruidos. Todo esto ha conllevado a que en Rio de Janeiro 250.000 personas hayan sido desalojadas de sus casas para dejar espacio a los proyectos edilicios relacionados con la Copa del Mundo 2014 y las Olimpiadas del 2016 (imaginémonos el numero de desalojos en todo el país). La justicia brasileña no ha escondido sus propias intenciones con respecto a las futuras utilizaciones de todos estos estadios, la mayoría de los cuales servirán para hospedar solamente algún partido: se están llevando a cabo estudios para evaluar cómo los nuevos estadios de Manaus, Brasilia, Cuiabá y Natal puedan ser transformados en cárceles.
La Copa del Mundo es, desde luego, una operación de depuración social. El Estado y el Capital se sacan de encima los indeseables, esos sectores de la población que se han vuelto inútiles para la circulación mercantil y que son únicamente potenciales fuentes de desordenes. No obstante sería un error considerar esta operación una “excepción” que las democracias legitiman a través de la Copa del Mundo: se trata en todo efecto de una restructuración, de refortalecimiento del control social y de la explotación. Copa del Mundo o crisis, guerra o reconstrucción, desastres naturales o emergencias… el poder nos deja vislumbrar “situaciones de excepciones” que de hecho constituyen el corazón mismo del progreso capitalista y estatal.
El mega-encuentro de la Copa del Mundo abre todos los mercados imaginables. Y esto no pertenece únicamente a la especulación inmobiliaria o a la industria de la seguridad. Hace meses que los campesinos señalan un vaivén de camiones de Colombia cargados de cocaína para satisfacer las “necesidades” de los tres millones de turistas esperados y tal y como durante la Copa del Mundo en Sur África en el 2010, es previsible que la prostitución se reproduzca intensamente. Además en las obras de los estadios muchos obreros inmigrados fatigan en condiciones particularmente duras y al mismo tiempo las impresas los latigan para poder mantener las fechas. Ni hablar de los diferentes poderes que en Brasil tratan y cierran acuerdos con el gobierno: bandas de traficantes hacen el trabajo sucio de sacar los que oponen demasiada resistencia a los planes urbanísticos, mientras los paramilitares son empleados por algunas empresas para garantizar la seguridad de las obras y aplastar huelgas y protestas con chantajes y homicidios.
Sin embargo el nuevo elemento no procede de todo este horror, sino del mes de Junio 2013 cuando Brasil se inflamó durante casi todo el mes. Lo que empezó como un movimiento contra el aumento del precio de los transportes se volvió una revuelta incontrolada y general contra el poder. A partir de esos días de revuelta se han desarrollado cada ves más conflictos alrededor de los desalojos, más resistencias contra los planes de austeridad, más protestas contra los homicidios policiales, además de desordenes antipatrióticos, como los sucedidos durante la fiesta nacional del 7 septiembre, degenerados y escapados al control de la mediación política clásica. En estos últimos meses ha nacido en Brasil una imaginación social que mañana podría incendiar nuevamente las calles.
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Mientras en Siria el poder y sus competidores tratan de arrestar las oleadas de levantamientos y revueltas que contagia cada vez más regiones del mundo, ahogándolas en un baño de sangre; mientras en Grecia la población está siendo oprimida y aterrorizada para borrar la memoria de la insurrección de diciembre 2008; mientras en Ucrania un motín popular acaba pisado por un macabro juego de facciones de poder; mientras en Egipto, Turquía, Bosnia, Libia, ecc. el orden parece reorganizarse y restablecerse, la Copa del Mundo en Brasil se presenta como un intento de cubrir con una capa de plomo las contradicciones sociales que atraviesan toda América Latina.
Con diferentes rasgos, según los contextos y las condiciones, en el mundo se está llevando a cabo por doquier una restructuración del Capital y del Estado. Las fronteras nacionales se manifiestan cada vez más cómo vallas y muros para gestionar la potencial revuelta de los desheredados. No es un caso si frente a la evidente contaminación entre las revueltas de los últimos años (una contaminación que no está basada en condiciones similares sino sobre una nueva imaginación, sobre la posibilidad de subvertirse, sobre otra vida, sin mediaciones) el Estado insiste con el nacionalismo y sus sentimientos más reaccionarios: de los movimientos fascistas en Europa hasta el renacimiento del patriotismo en países que han vivido la “primavera árabe”, del antiimperialismo barato de antiguos funcionarios cómo Chávez hasta la “fiebre” para los equipos nacionales del futbol.
Pero en lugar de detenernos más sobre los movimientos internacionales de la reacción, concentrémonos sobre los de la revuelta y sobre las posibilidades que se abren. Durante la revuelta de Junio 2013 en Brasil, los insurrectos gritaban: “tras Grecia y Turquía, ¡ahora le toca a Brasil!”. Las revueltas que hemos conocido en estos últimos años han abierto una rendija para acabar con el concepto de “aquí y allá”. Los de arriba, los que dominan nuestra vida hace tiempo que han borrado este concepto: las relaciones entre los diferentes estados en tema de represión se han refortalecido con mucha rapidez, esto no debería sorprendernos ni asustarnos. Visto el aumento de la inestabilidad social y el intercambio de las economías y de los sistemas estatales, se puede imaginar que si algo acontece en algún lugar, esto podría tener consecuencias también en otras partes. Y este movimiento ya está tomando forma en la misma imaginación, terreno particularmente fértil para la revuelta. Ahora se trata de hacer entrar esta imaginación en nuestros proyectos de lucha y coger las ocasiones que se presentan.
No existe una ciencia de la insurrección. Muchos ejemplos recientes, desde los disturbios de Londres del 2011 hasta las revueltas del mundo árabe, nos enseñan el carácter imprevisible de la insurrección. Los pretextos pueden incluso ser muy “banales”. De todas formas esta imprevisibilidad no debería empujarnos hacia una posición de espera del “próximo turno” en otra parte del mundo; más bien reafirma la necesidad de una conflictualidad permanente, de una preparación en el pensamiento y en la acción. Sólo de esta manera se puede esperar de no encontrarse desprovistos en semejantes momentos: independientemente del lugar en el que nos hallamos, se podrá tratar de dar aportes de calidad que empujen las revueltas hacia una dirección radicalmente emancipadora, para golpear las estructuras basilares del dominio moderno y de sus elementos de reproducción, estructuras asentadas detrás de las filas de los maderos y lejos de las cristaleras de los bancos. Subrayar el carácter imprevisible de la insurrección no significa tener la pretensión que caiga de la luna. Sólo quiere decir que puede haber tensiones que indican el aumento de las posibilidades de revuelta, sin embargo no hay ninguna certeza para saber si estas posibilidades se volverán realidad. Viceversa, puede haber contextos o conflictos que no dejarán mínimamente vislumbrar el próximo fuego de la revuelta y que, no obstante, harán volar por los aires la tapa de la olla. Sin embargo la imprevisibilidad de la insurrección no debería representar un grande problema para los anarquistas que se enfrentan continuamente con la autoridad, más bien es un problema grave para el Estado. Si analizamos las importantes inversiones que se hacen a nivel internacional para el control y los instrumentos represivos, no parece que el Estado sea del todo inconsciente de este punto débil. La insurrección es un juego de vínculos y acciones imprevisibles. No es una ciencia cierta con respuestas definitivas. No es un tema de “solidaridad exterior” que aplaude la revuelta ajena. Cada contexto y cada momento ofrecen posibilidades y oportunidades diferentes. Los anarquistas deben dotarse de análisis, conocimientos e instrumentos para pasar a la ofensiva y atacar. También hay que saber aprender, tanto en nuestras reflexiones como en nuestras prácticas, de las experiencias insurreccionales. El tiempo del dominio corre cada vez más rápido y hace disolver la memoria de los rebeldes. Las insurrecciones no son la revolución social y no pueden tampoco ser consideradas como etapas en un desarrollo linear hacia la revolución social. Son, más bien, momentos de ruptura durante los cuales el tiempo y el espacio escapan de manera efímera a las garras del dominio. Visto el aumento de la represión (la autoridad siempre estará allí para ahogar en la sangre la insurrección de los oprimidos) y la aparente confusión de las motivaciones de muchas personas durante los momentos contemporáneos de revueltas, algunos retroceden frente a la perspectiva insurreccional. No obstante, es justamente la insurrección que rompe la dinámica del control y de la represión en un mundo donde el exterminio de masa y la masacre organizada llevan tiempo formando parte de la rutina cotidiana de Estado y Capital. Es la insurrección que puede crear el espacio que ayuda a traducir el rechazo y la revuelta en ideas más claras y más determinadas.
El miedo al carácter imprevisible e incontrolable de la insurrección no se encuentra sólo en las filas del Orden, sino también en aquellos revolucionarios que buscan la salvación en la repetición de viejas recetas políticas: en lugar del ataque continuo y por doquier, la construcción de un movimiento revolucionario unificado; en lugar de la insurrección, el desarrollo paulatino de un “contrapoder”; en lugar de la destrucción necesaria, la ilusión de un cambio progresivo de las mentalidades. Entonces se ven anarquistas que retoman el papel de la moribunda izquierda o ex-insurrectos que salen a la búsqueda de certezas con elucubraciones sobre el “sujeto histórico del proletariado” o que se ponen a leer las obras de Lenin o Fidel Castro para encontrar la receta de una “revolución victoriosa”. Sin embargo las recientes experiencias insurreccionales nos enseñan toda la necesidad de encontrar otras vías, otras maneras que se separen radicalmente y definitivamente de cada visión “política” de la guerra social.
La perspectiva revolucionaria clásica de la autogestión está muerta. Es la hora de tomar definitivamente acto de ello y de acabar con los intentos de resucitarla con otras palabras o bajo otras formas. Ninguna estructura del Capital o del Estado puede ser utilizada de manera emancipadora; ninguna categoría social es portadora de un proyecto de transformación social; ninguna batalla defensiva se transformará en ofensiva revolucionaria. La paradoja contemporánea a la que hay que enfrentarse reside en la constatación que por un lado la insurrección necesita de un sueño de libertad que le de oxigeno para perseverarse, y por otro lado su tarea puede ser únicamente y totalmente destructiva, para así obtener la esperanza de superar la extinción y la desaparición. La insurrección es necesaria para preparar el camino hacia la liberación individual y social; y son las vitaminas de la utopía que abren horizontes inesperados para huir de la prisión social. Una perspectiva revolucionaria contemporánea puede nacer a partir del confluir de una práctica insurreccional con las ideas de libertad. El carácter destructivo de la insurrección es la base para la destrucción del edificio de la prisión social dentro de la cual vivimos todos y todas. Es necesario analizar y estudiar donde se encuentran hoy sus muros, sus guardianes, sus torres, si nos proponemos de golpearlos. El dominio moderno ha construido en todas partes estructuras que permiten la reproducción de la prisión social. Pensemos a las infraestructuras tecnológicas omnipresentes que nos conectan al papel de prisioneros sin que tengamos cadenas visibles. O a como la acumulación capitalista se oriente fundamentalmente hacia la circulación. En Europa, de todas formas, la explotación ya no se concentra en grandes bastiones, más bien se ha expandido y descentralizado en cada aspecto de la vida. Las conexiones entre estos aspectos están aseguradas por carreteras, cables, oleoductos, líneas de ferrocarril y túneles enterrados que representan las venas del dominio. No nos vamos a quejar si en algún lugar del mundo algún insurrecto incendiará el parlamento, pero los aportes anarquistas a la guerra social consisten tal vez en indicar y atacar más precisamente cómo y dónde la autoridad se alimenta y se reproduce.
Sin embargo la destrucción no es suficiente. La acción y el pensamiento deben caminar de la mano. No va a ser fácil pero no se puede esperar de tumbar los muros de la prisión social si no tratamos de mirar más allá, hacia horizontes desconocidos. No se puede pensar libremente a la sombra de una capilla. Exacto. Pero la capilla no es sólo un edificio, es una materialización de las relaciones sociales y de las ideologías dominantes. Es deseando lo que estas relaciones e ideologías no ofrecen, lo que borran del imaginario, lo que suprimen de la pensabilidad misma, que podremos estar ai ferri corti con l’esistente. No necesitamos de un enésimo programa para planificar la transformación del mundo, no necesitamos de experiencias alternativas que siembran las semillas de la futura anarquía. ¡No! Lo que hace falta es la proyección de nosotros mismos en un entorno completamente distinto, de sueños. Sólo si dejamos atrás el realismo que reivindica una nueva capa de pintura para nuestras celdas, paseos más largos o más actividades… podemos esperar de volver a soñar, a dar palabras a nuestros deseos, palabras indispensables para exprimir y comunicar una perspectiva revolucionaria. El mundo deja vislumbrar lo que se puede hacer, nosotros tenemos que hacer lo que no puede ser hecho. Frente a lo que nos rodea, hacer nuevamente de la tensión ética anarquista la punta del diamante de nuestra lucha por la libertad. No dejar degenerar la anti-autoridad en postura política, sino hacerla quemar como el combustible que nos alienta en lo cotidiano, algo que nos rinde ebrios de deseos e incontrolables tanto en los pensamientos como en las acciones. Continuar a partir del individuo, de la individualidad autónoma capaz de reflejar, de soñar y de accionar siempre y en todas partes, en los momentos de agitación social como en los momentos de reacción sangrienta, contra los vientos y las mareas del conformismo y de las valoraciones estratégicas. El corazón de semejante anarquismo impetuoso es también el núcleo de las futuras perspectivas revolucionarias.
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Ya nadie lo duda. Ni el propio Estado. La Copa del Mundo en Brasil no será sin problemas, justamente como los proyectos de depuración social en las Amazonias que se han topado con una inesperada resistencia que no se dejará desarmar fácilmente. El gobierno brasileño se ha permitido de anunciar que movilizará 160.000 policías y militares para preservar el orden durante el mega-encuentro, con un refuerzo de algunas decenas de miles de guardias de seguridad privada que en estos momentos se están entrenando en todo el mundo. Todos los estados aumentan su propaganda para el propio equipo nacional, Brasil prepara la entrada a turistas y a sus divisas extranjeras, se está predisponiendo un homenaje planetario al poder y a la represión de la revuelta. La Copa del Mundo se materializa su una cantidad de terrenos que son posibles ángulos de ataque. En los barrios de las metrópolis brasileñas cobra forma una depuración urbanística y militar realizada por empresas constructoras internacionales con arquitectos procedentes de cualquier lugar y gigantes de la tecnología. Los emblemas nacionales llenarán las calles, las compañías patrocinadoras bombardearán el planeta entero con publicidad, los medios asegurarán la transmisión en directo del espectáculo de la alienación. Las empresas de seguridad y las oficinas de consultorías hacen cola a la taquilla de las autoridades con los más recientes modelos de lucha anti-insurreccional mientras una espesa telaraña de tecnologías de comunicación permite un control diversificado. La maquina de la Copa del Mundo se compone de numerosos engranajes que están estrictamente enlazados e interdependientes: qué alguien, en cualquier lado del mundo, estudie cuales engranajes son susceptibles de poder obstaculizar y paralizar la maquina.
«Não vai ter Copa». Muchos rebeldes en Brasil se preparan para transformar la Copa del Mundo en una pesadilla para el Estado y en una antorcha de insurrección para los amantes de la libertad.
Esta antorcha no debería quemar sólo en Rio de Janeiro, en Sao Paolo o Porto Alegre. Aprovechemos la ocasión para alumbrar en todas partes las tinieblas del dominio.
Contra el mega-encuentro de la Autoridad, por el ataque internacionalista y la Insurrección!

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