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La cadena de los exilios
23 gen 2014
“La vida humana transita entre el Apego y la Pérdida. La de los emigrantes y los náufragos son experiencias extremas en esa ruta fronteriza… Hay algo muy fuerte que los une… La lucha por la supervivencia y el ansia de una nueva vida. De otra vida” (Rivas 2001)(pág. 8)

por Dolores Juliano
“La vida humana transita entre el Apego y la Pérdida. La de los emigrantes y los náufragos son experiencias extremas en esa ruta fronteriza… Hay algo muy fuerte que los une… La lucha por la supervivencia y el ansia de una nueva vida. De otra vida” (Rivas 2001)(pág. 8)
La historia de los exilios de mi familia puede comenzar en 1949 cuando Fernando, el que luego sería por más de cincuenta años mi compañero, se embarcó rumbo a Argentina buscando nuevos horizontes para su flamante título de aparejador. Pero en realidad venía de antes, cuando mis abuelos italianos abandonaron el sur del hambre y de la camorra, o de antes todavía, cuando mi bisabuelo irlandés escapó de la plaga de la patata. Y cuando viajaron las entonces jóvenes abuelas, con más ilusiones que posibilidades de hacerlas realidad.
Es posible que esos destierros aparentemente económicos fueran sólo la máscara de otras hambres más profundas, hambre de justicia, de libertad. Porque detrás de las migraciones económicas suelen estar las frustraciones políticas, los fracasos en los intentos de mejorar el mundo. Fernando no sólo dejaba atrás un ambiente con escasas posibilidades de trabajo, se expatriaba asqueado del nacional catolicismo y su atmósfera represiva, albergando en lo más íntimo su sueño republicano. Y las abuelas y abuelos habían dejado atrás represiones e injusticias, la frustración de los proyectos nacionales y sociales.
Y allí confluíamos todos, en los países receptores de migración, receptores de sueños. “Todos son ahora linajes del Plata, para grandes hechos que el futuro aguarda” decía Rubén Darío a comienzos del siglo XX. En realidad todos éramos exiliados, con la condena de repetir de nuevo la vieja historia. Ésta podía resumirse en pocas palabras: anhelos de construir un mundo más justo, enfrentamientos, fracasos, políticas represivas, muertes y exilio. Así lo vivió mi generación, así lo vivieron mis hijos y nietos, enfrentados todos con sistemas inhumanos. Expuestos todos y todas al castigo por pensar, por sentir, por soñar. Como dijo Juan Gelman, alguna vez: “La pena es un territorio muy amplio, probablemente argentino”. Pero no es sólo argentino el territorio de los exiliados, de los perseguidos, es tan amplio como el mundo mismo.
La historia no se limita a algunas familias, o a unos pocos países, o a algunos momentos. Por poco que miremos a nuestro alrededor, veremos los nuevos exiliados, hijos y nietos de los antiguos. Veremos que detrás de la migración denominada económica, está la injusticia social que no permite vivir en determinadas zonas, están los “buenos negocios” del mundo rico y la miseria asignada como un destino a más de la mitad de la humanidad. Un informe recienta señala que las 85 personas más ricas del mundo disponen de tantos bienes como el conjunto del 50% más pobre de la población (Oxfam-Intermon 20-1-2014). Si, como decía Eduardo Galeano, las cárceles son el plan de viviendas que la sociedad destina a sus sectores con menos recursos, no puede causarnos sorpresa la emigración y el exilio. Caminar en pos de un sueño, aunque el resultado sea muchas veces amargo.
Algunos autores señalan las coincidencias entre las medidas represivas para controlar la población utilizadas por diferentes dictaduras: la franquista, la de Pinochet o la de Argentina en el siglo XX (Chaves Palacios 2010). Ejecuciones, fusilamientos, desapariciones, torturas, encarcelamientos, exilio han sido prácticas comunes. Es difícil saber cuáles de ellas resultaron más dolorosas, cuáles tuvieron mayores costes afectivos, cuáles dejaron heridas más profundas.
La actual legislación argentina que prevé indemnizaciones para las familias de los asesinados por la dictadura, también contempla compensaciones económicas para quienes sufrieron prisión y tortura (Bozzi 2014). Últimamente la medida se ha extendido a los que estuvieron obligados a escapar, a los que figuraban en las listas de buscados, a aquellos que tuvieron que atravesar las fronteras sin documentos, o usando el pasaporte de otra persona, o se refugiaron en embajadas. Es justo. Negar la protección que otorgan los derechos civiles implica una pérdida significativa, que hace temblar las bases mismas de nuestra identidad.
A veces el exilio se da dentro de las mismas fronteras del país. Se trata de esos exilios internos que mejoran las posibilidades de supervivencia al coste de hacer invisibles las opiniones, las reivindicaciones, la persona misma. Otras veces, pese a los muros protegidos por alambradas con cuchillas, las poblaciones acosadas se vuelcan en algún país vecino como refugiados. Tranquilizamos nuestras conciencias pensando que se trata de situaciones puntuales, con escasa duración en el tiempo, aunque sepamos que estos exiliados sin lugar donde exiliarse, pueden pasar en el limbo de los campamentos mucho tiempo. Hace ya cuarenta años que buena parte de la población saharaui malvive en campamentos en el desierto argelino, mal dotados pero bien administrados, a la espera que el mundo les reconozca su derecho a existir como pueblo.
La contrapartida aparente del exilio es el gueto, y es verdad que hay algunas diferencias. En el gueto se mantiene el grupo familiar, pero se limitan los desplazamientos. En el exilio se abandonan las redes sociales y la geografía de la infancia. Pero en ambos casos se trata de residencias forzadas, de opciones impuestas. En el mundo globalizado, donde los capitales circulan sin obstáculos, las barreras materiales y legales contra la libre movilidad de seres humanos no hacen más que crecer.
Miramos el fenómeno sin asumirlo. Entendemos, después que han pasado y cuando ha disminuido su capacidad cuestionadora los exilios políticos, y nos alzamos de hombros frente a los otros, los actuales, los cotidianos, igualmente dolorosos.


Bozzi, J. C. (2014). “Mentiras canallas o canallas que mienten.” www.Rebelió;n.org.
Chaves Palacios, J., Ed. (2010). La larga memoria de la dictadura en Iberoamérica. Argentina , Chile y España. Buenos Aires, Prometeo.
Oxfam-Intermon (20-1-2014). Gobernar para las élites. Secuestro democrático y desigualdad económica. C. Blanchard, El País.
Rivas, M. (2001). La mano del emigrante. Madrid, Alfaguara.

Dolores Juliano es Doctora en Antropología por la Universidad de Barcelona, donde fue profesora titular hasta 2001, cuando se jubilo. En 2010 recibió la “Creu de Sant Jordi” por su trayectoria.
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