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Anàlisi :: pobles i cultures vs poder i estats
El Estado de bienestar ha contribuído decisivamente a la destrucción del movimiento obrero consciente y organizado
12 nov 2013
Reflexiones en “El giro estatolátrico. Repudio del Estado de bienestar”, Maldecap Edicions, 2011.
"Quizá sea redundante abordar de manera específica esta cuestión, pero dada la obstinación con que el Estado de bienestar es defendido por el miserable obrerismo de conciliación, para el cual todo consiste en una eterna disputa garbancera con los patronos y el Estado dirigida a hacerse con una porción mayor de “la tarta”, lo que le ate inevitablemente a la defensa y apología del sistema capitalista, se añade este capítulo, que se desea sea una breve sinopsis.

Como se expuso, la razón número uno que llevo al ente estatal a constituir lo que luego se llamaría Estado providencia o Estado de bienestar o Estado social fue la destrucción de las expresiones, muchas y bastante poderosas, de autosuficiencia colectiva, cooperación en la base, autonomía organizativa, sistemas mutualistas de ayuda y asistencia, combatividad proletaria y manifestaciones autogestionadas de una cultura, un saber y un arte propios. Hasta la guerra civil había por todas partes sociedades obreras que con bastante eficacia y en el régimen de autogestión proporcionaban a sus socios y socias pensiones por enfermedad y jubilación, así como amparo a los familiares, hijos-hijas y viudas-viudos, en caso de incapacidad temporal, accidente o fallecimiento, a la vez que atención médica regular. Otras en un número enorme eran cooperativas de consumo de productos básicos, o de los insumos necesarios para que los artesanos, pescadores o agricultores pudieran realizar su trabajo en mejores condiciones. Había asimismo asociaciones de resistencia y otras de quehaceres culturales que mantenían un sinnúmero de escuelas nocturnas, colectivos teatrales o musicales, bibliotecas y equipos de lectura en común, grupos excursionistas y otros similares, todas democráticas (asamblearias) en su funcionamiento. Existían igualmente empresas de compra-venta y de concesión de créditos a los socios para realizar obras y reformas domésticas. Muchas cooperativas obreras tenían sus hornos de pan y otras infraestructuras básicas. Tales sociedades se servían de procedimientos de gestión tan sencillos como eficaces, realizados a la vista de todos los socios y socias, generalmente sin funcionarios asalariados.

Esta situación creó problemas bastante graves a la expansión del capital y al auge del Estado. Por un lado, un buen número de bienes y servicios no podían ser mercantilizados con la extensión e intensidad requeridas, de forma que el capitalismo no conseguía superar un estadio insuficiente de desarrollo, lo que se agravaba con la tendencia a restringir el uso del dinero que era habitual en tales colectividades. A la vez, mientras cada asalariado estuviera rodeado de una red organizada y reflexionada de apoyos y ayudas, no era un ser despojado de todo menos de su fuerza de trabajo, no era el proletario deseado por el capital, inerme instrumento para producir plusvalía. Por otro, el Estado encontraba ante sí un universo que no lograba dominar, que se le escapaba y que además creaba una red de auto-ayuda colectiva que tributaba poco o nada, de modo que las arcas estatales sufrían por causa de la organización autónoma de las clases trabajadoras. En tercer lugar, esa riquísima vida comunal, colectivista y asociativa proporcionaba un vigor colosal a las luchas obreras, también porque formaba seres humanos de calidad, acostumbrados a gobernar su propia existencia, en unión de sus iguales, con libertad y responsabilidad, sin delegar ni desentenderse de nada que les afectase. En cuarto, porque era un mundo con una efervescencia cultural y espiritual extraordinariamente rica, donde se rendía culto a la palabra, al diálogo, al debate y al saber auténtico que sólo proporciona la severa pero salutífera escuela de la vida, lo que aguzaba el entendimiento y vigorizaba las facultades reflexivas. De ese modo el ente estatal tenía fuera de él mismo, y en oposición, una contra-sociedad dispuesta a reorganizar toda la vida social según sus nociones básicas: ayuda mutua, ausencia de capitalismo y espíritu de lucro, relaciones horizontales, asamblearismo como modo de toma de decisiones, preferencia por las relaciones con los iguales, los bienes espirituales y la hermandad en actos, sin jefaturas despóticas ni Estado.

Una consecuencia de ello es que entonces fueron las luchas obreras y populares muy persistentes, épicas y heroicas, al ser llevadas por seres humanos que no se habían aún degradado y que se sentían apoyados por una formidable red de solidaridades, afectuosidades y protecciones por parte de sus iguales.

En los territorios denominados España todo eso era más vivo y querido porque hundía sus raíces en las ancestrales costumbres colectivistas y comunitarias del universo rural tradicional del que provenía casi todo el proletariado. El apogeo de tales hábitos, prácticas e instituciones fueron los años 30 hasta la guerra civil. La victoria del fascismo en la guerra civil, no hace falta decirlo, lo liquidó. Muy a menudo se perora sobre la miseria material que conocieron las clases trabajadoras bajo el primer franquismo, lo que se achaca a medidas macroeconómicas tomadas por este régimen, olvidando que quizá su causa principal fuera la destrucción por la fuerza de casi todo ese riquísimo tejido societario, mutualista y comunal, que dejó a las gentes desamparadas ante las contingencias propias de la existencia humana. Además tal devastación de lo asociativo hizo muy difícil la sociabilidad popular en las grandes ciudades y zonas industriales, lo que fue el principio de la atomización y desarticulación de la vida colectiva que hoy ha llegado a alcanzar proporciones aterradoras, al convertir al ser humano en un solitario incapaz de relacionarse con sus iguales, por ello muy apto para obedecer a sus superiores. Dado que no había más que dos espacios de sociabilidad permitidos, la iglesia y la taberna (luego el bar), las mujeres solían acudir a la primera y los varones a la segunda, con funestas consecuencias.

Ya desde finales del siglo XIX la clase empresarial y el Estado buscaron procedimientos para arrebatar al proletariado la iniciativa y autonomía en la autogestión de sus condiciones materiales de existencia, estableciendo los rudimentos del Estado de bienestar, en especial las medidas tomadas por el gobierno de E. Dato, ya citadas, a principios del siglo XX. Es rigurosamente falso que aquéllas fueran demandadas por el proletariado, dejando a un lado a ciertos sectores hiper-serviles vinculados, por un lado, al PSOE-UGT y, por otro, al patético sindicalismo católico y clerical, pues los obreros tenían sus sistemas auto-creados y auto-gobernados de ayuda mutua con los que se sentían razonablemente satisfechos. En realidad, el Estado de bienestar ha sido, y es, una imposición del poder constituido a las clases populares, en “España” sobre todo, destinado a destruir el movimiento obrero y popular como tal, a expandir aún más el poder del ente estatal y a favorecer el dominio absoluto del capital en todas las facetas de la vida social."

(...)

"Hay algo atroz e intolerable en la defensa del Estado de bienestar que manifiesta el grado de encallanamiento y descomposición espiritual de sus apologetas institucionales. Es la noción de que el ser humano ha de contentarse con recibir beneficios materiales, meramente fisiológicos (dejando a un lado el adoctrinamiento de la escuela estatal y la universidad “pública”) sin reclamar la participación de los pretendidos beneficiarios en la gestión. Esta nueva versión del despotismo ilustrado, todo para el proletariado pero sin el proletariado, produce sonrojo. En efecto, si los trabajadores son los beneficiarios, como se sostiene, de las instituciones del Estado de bienestar, lo lógico sería que fueran regidas omnímodamente por ellos, lo que llevaría a desmontar el actual tinglado, enviando a paseo a los altos funcionarios, técnicos, expertos, doctores y sindicalistas domesticados que lo manejan ahora, para poner toda la gestión en manos de los millones de afiliadas y afiliados que, organizados en asambleas, serían los únicos facultados, conforme a los principios del gobierno natural de las comunidades humanas, para tomar y aplicar todas las decisiones que creyeran pertinentes."

(...)

"Una expresión del carácter ultra-reaccionario del ensalzamiento izquierdista del Estado de bienestar es que incluye la renuncia a lo mejor de la tradición histórica del movimiento obrero, por ejemplo, la exigencia de expropiar sin indemnización al capital, privado y estatal, para constituir una economía colectivista y autogestionada sin trabajo asalariado al servicio de los fines inmateriales de la transformación revolucionaria, la realización de la libertad, la verdad y la convivencia, es decir, de la restauración de lo humano. Ya casi nadie se refiere a la necesidad de realizar tal revolución económica y social, pues todo el esfuerzo propagandista se centra en loar el capitalismo de Estado, exigir (mendigar es la palabra exacta) al ente estatal actual más ventajas monetarias y asistenciales (lo que equivale a la apología de la sociedad de consumo), verter lágrimas por el Estado de bienestar y hacer piña con el ejército, la policía y los cuerpos de altos funcionarios para vivir “mejor” bajo el actual régimen de dictadura. Esto es, no hace falta decirlo, aberrante y monstruoso, puesto que equivale a la aceptación del capitalismo y el régimen del salariado a cambio de limosnas vilificantes y degradatorias que nos están desintegrando como seres humanos y que, en lo sustantivo, provienen de la explotación de los pueblos pobres del planeta y de la devastación del medio ambiente. Con dicho enfoque es imposible que el movimiento obrero recupere su cardinal función transformadora renaciendo de sus cenizas, lo que en la presente coyuntura histórica ha de ser una meta de primera importancia."

(...)

"Para hacerlo de manera más ajustada hay que tener en cuenta el ideario de los filósofos cínicos que ha sido validado por lo acontecido, desgraciadamente. Según ellos los tres grandes males son la riqueza, el hedonismo y el poder. Eso es muy cierto, pues el movimiento obrero ha sido destruido por el Estado de bienestar con tres instrumentos: a) el espejismo de la riqueza y la prosperidad; b) la prédica, práctica e imposición del hedonismo de masas ligado al consumismo; c) integrando a los sindicatos y movimientos sociales en el poder constituido, constitucional, parlamentario y partitocrático, como instituciones subsidiadas dedicadas a predicar e instaurar coactivamente el bienestarismo."

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Comentaris

Re: El Estado de bienestar ha contribuído decisivamente a la destrucción del movimiento obrero consciente y organizado
12 nov 2013
"Les cooperatives de Sants. Autogestió proletària en un barri de Barcelona (1870.1939)"

http://issuu.com/laciutatinvisible/docs/les_cooperatives_obreres_de_sant

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