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Anàlisi :: un altre món és aquí
Mientras la crisis se agrava, los economistas marxistas discuten de estadística….
12 nov 2012
«…Si se quiere evitar la barbarie, es necesaria la revolución del proletariado mundial. Lo que implica necesariamente la elaboración del programa y la construcción del Partido comunista, dejando a los economistas burgueses las querellas sobre la fiabilidad de este o aquel dato estadístico.»

La tesis según la cual la causa de la actual crisis reside en el enorme crecimiento de la esfera financiera o en los procesos especulativos del sistema bancario, tras el fracaso de todas las maniobras de política monetaria adoptadas para afrontarla, ha quedado prácticamente huérfana de partidarios. Por el contrario, desde hace algún tiempo, son mucho más numerosos los economistas que, en su intento de comprender las causas, se acogen a Marx y a su crítica de la economía política pero con resultados tan divergentes que a veces se hace costoso identificar lo que hay en común con el autor del El Capital. De hecho, algunos redirigen la crisis a la famosa, por controvertida, ley de la caída de la tasa media de beneficio descrita por Marx en los capítulos 13º,14º y 15º del Tercer libro de El Capital, con las correspondientes referencias a los capítulos 6º al 10º del Primer libro; otros, por el contrario sostienen que se trata de una crisis de sobreproducción determinada por las políticas neoliberales adoptadas en todo el mundo a partir de los primeros años 80 del siglo pasado las cuales, favoreciendo la reducción generalizada de los salarios y la polarización de la riqueza en pocas manos, habrían causado también una considerable contracción de la demanda agregada.
De alguna forma, en esta tesis resuena aquella sostenida por Rosa Luxemburgo en los inicios del siglo pasado según la cual, extremadamente resumida, en el interior de la estructura de un sistema capitalista puro es imposible la constitución de una demanda suplementaria que sea capaz de absorber la producción creciente de mercancías derivada del empleo, en su producción, de una masa de capital continuamente creciente. Por lo tanto, concluía Rosa Luxemburgo, la reproducción ampliada de capital podría desarrollarse con éxito únicamente por la existencia, junto a las áreas capitalistas, de zonas no capitalistas. De aquí el fenómeno del imperialismo, derivado de la necesidad para los países capitalistas mas avanzados de asegurarse el control de esas zonas y, en la medida en la que esto implicaba su inclusión en las zonas, la inevitabilidad de la crisis del modo de producción capitalista y de la necesidad “de la revuelta de la clase obrera internacional”. Los actuales partidarios de la crisis de sobreproducción llegan por el contrario a conclusiones diametralmente opuestas, es decir, que con políticas económicas de apoyo de la demanda agregada de tipo keynesiano, las crisis no sólo pueden ser superadas sino incluso evitadas.[1]


También hay que decir, desgraciadamente, también aquellos que se reclaman a favor de la ley de la caída de la tasa media de beneficio, salvo algunas raras excepciones, tienden a eludir el hecho de que, una vez asumida la ley de la caída tendencial como causa última de la crisis, también se debe admitir su inevitabilidad y el carácter transitorio del modo de producción capitalista y por tanto de la necesidad de la revolución comunista, sobre todo en una sociedad capitalista madura como es la actual.


Es esta una ausencia realmente clamorosa que, por otra parte, en vez de favorecer la ampliación de la discusión y el afinamiento de los análisis de las causas de las crisis y sus perspectivas, los confina en un círculo estrecho, en su mayor parte en el mundo académico, reduciéndolo a una discusión escolástica sobre métodos de determinación de datos estadísticos que unos y otros aportan en apoyo de sus respectivas tesis.


Por nuestra parte, como es sabido, siempre hemos sostenido que un análisis exhaustivo de las causas de las crisis no puede prescindir de ningún modo de la ley de la caída tendencial de la tasa de beneficio, y que el fenómeno de la sobreproducción, si la ley se interpreta correctamente, no la contradice sino que la incluye por completo.


La ley resumida[2].


Hay que recordar ante todo que Marx, con la ley de la tendencia al decrecimiento de la tasa de beneficio, no descubre el fenómeno, pero, reconduciéndolo a las contradicciones propias del proceso de acumulación del capital, demuestra que no puede ser atribuido a la naturaleza (como sostenía en la teoría del rendimiento el pensamiento económico clásico y en particular Ricardo), sino a los límites propios del modo de producción capitalista. De hecho, después con este fenómeno ha debido saldar cuentas también la escuela marginalista. En efecto, dada la ley de la demanda y la oferta y la tendencia hacia el punto de equilibrio (punto en el que se igualan la oferta y la demanda) que de ella se deriva, es inevitable una reducción progresiva del precio y por tanto también del beneficio hasta su anulación cuando, alcanzado el punto de equilibrio, el precio se nivela con el coste marginal (el coste de la última unidad producida).


Para Marx, obviamente, el fenómeno tiene distintos orígenes y puede ser comprendido únicamente si se relaciona con la ley del valor-trabajo y con el hecho de que la producción de las mercancías no es el fin en sí del capital sino el medio para poder, mediante la explotación de la fuerza-trabajo, incrementar ese capital; exactamente, lo expresado en la fórmula general D-M-D’ (acumulación o reproducción alargada del capital).


Veamos brevemente de que modo lo hace. Para producir una determinada mercancía son necesarios determinados medios de producción y una cierta cantidad de fuerza-trabajo, es decir, un cierto número de operarios. El capitalista necesita invertir una parte de su capital monetario D en la adquisición de los medios de producción y otra parte en fuerza-trabajo, en salarios con los que retribuirá a los trabajadores. Marx llama capital constante [c] a aquel invertido en los medios de producción y capital variable (v) al invertido en fuerza-trabajo, mientras que a la relación entre estos dos componentes, tanto desde el punto técnico como desde el relativo a su valor, la denomina composición orgánica del capital.[3]


Denomina constante al capital invertido en los medios de producción porque estos, habiendo ya incorporado el plusvalor extraído a la fuerza-trabajo empleada en su producción, a las nuevas mercancías no pueden transferir más que su valor. En otras palabras: la inversión en capital constante no genera nuevo plusvalor y por consiguiente tampoco el beneficio que ello supone.


Por la razón opuesta, por ser esta la única fuente de plusvalía, Marx llama variable al capital invertido en fuerza-trabajo.


Dado por ejemplo un salario X por una jornada laboral de ocho horas y suponiendo emplean cuatro de ellas para producir la cantidad de mercancías equivalentes al valor de su salario (tiempo de trabajo necesario), y ya que el capitalista con ese salario determinado se asegura el derecho de apropiarse de todas las mercancías producidas en la jornada total, consigue así apropiarse de las cuatro horas que exceden del tiempo de trabajo necesario sin retribuirle. Marx denomina plustrabajo, o, si se considera bajo el aspecto del valor, plusvalía, a la parte de la jornada laboral que excede el tiempo de trabajo necesario, mientras denomina tasa de plusvalía a la proporción entre la plusvalía y el capital variable ( Pv/v ), y tasa de beneficio a la proporción entre el plusvalor y el capital total ( Pv/C en donde C= c+v, ó suma del capital constante y del capital variable).


Si bien extremadamente resumida, esta es la ley del valor-trabajo que Marx ha colocado como base de la ley de la caída tendencial de la tasa de beneficio. Por tanto, mediante la producción de mercancías, el capital invertido en esa producción, incorporando la plusvalía extraída a la fuerza-trabajo, se incrementa en una medida tal que el capital inicial, D, cuando las mercancías se hayan vendido, será D’ = D + pv. [4]


En otras palabras, gracias a la explotación de la fuerza-trabajo, en cada nuevo ciclo productivo, el capital inicial D será mayor que el del ciclo anterior. Lo que significa que, a fin de que la reproducción ampliada pueda desarrollarse por lo menos con la misma velocidad e intensidad del ciclo precedente, en cada nuevo ciclo se acrecienta también la cantidad de plusvalía extraída a la fuerza-trabajo.


Para alcanzar este objetivo, el capital deberá por tanto incrementar tanto los medios de producción, es decir el capital constante, como la fuerza-trabajo, de manera que, quedando invariable la relación entre los dos componentes, pueda conseguirse una plusvalía adicional, y que el nuevo capital pueda ser remunerado e incrementado por lo menos en la misma medida que el invertido en el ciclo productivo anterior. Supongamos, ahora, que el capitalista, impulsado a incrementar la producción de plusvalía, introduzca mas máquinas que fuerza de trabajo y que, por cualquier razón, la tasa de plusvalía permanezca invariable; ya que la tasa de beneficio viene dada por la relación Pv/C, se observa que, al incremento del capital constante seguirá inevitablemente una reducción de la tasa del beneficio. En otras palabras, a un incremento del capital constante en mayor medida que el variable, corresponderá necesariamente una reducción de la tasa de beneficio. Lo cual, bien observado, no excluye que, aumentando la producción total, pueda incrementarse la masa del beneficio.



Las causas antagonistas.


Ahora, ya que la reproducción ampliada del capital puede tener lugar únicamente si al incremento del capital constante corresponde igualmente un incremento de la plusvalía, el capitalista, en la medida en que el capital constante crece relativamente más que el variable, deberá necesariamente encontrar el modo de aumentar la producción de plusvalía, es decir, el grado de explotación del trabajo. Los procedimientos para conseguir este objetivo son esencialmente dos: a) mediante la introducción en los procesos productivos de máquinas cada vez más avanzadas tecnológicamente, lo que implica un posterior incremento del capital constante; b) mediante la prolongación de la jornada laboral.


Con el primer método, gracias al incremento de la productividad del trabajo, pudiendo un operario en la misma unidad de tiempo producir una mayor cantidad de mercancías, suponiendo constante la duración de la jornada laboral y el valor del salario, se reduce el tiempo de trabajo necesario en beneficio del plustrabajo y por tanto de la plusvalía (plusvalía relativa). Con el segundo método, por el contrario, y ya que se incrementa el plustrabajo, la plusvalía (plusvalía absoluta) crece aún permaneciendo, caeteris paribus, constante el tiempo de trabajo necesario.[5] Un procedimiento no excluye al otro, si bien, desde el punto de vista del capitalista, la prolongación de la jornada laboral, no implicando una modificación de la composición orgánica del capital, se presenta como el más ventajoso. Este procedimiento, sin embargo, se encuentra con límites objetivos tales como los límites fisiológicos humanos. El ser humano, como cualquier otro animal, para trabajar tiene necesidad también de descansar, comer, en resumen desarrollar todas aquellas funciones sin las cuales su misma supervivencia y reproducción no serían posibles. Además, como se ha observado en diversos estudios desarrollados desde hace más de cien años, más allá de un cierto punto, la prolongación de la jornada laboral resulta incompatible con el incremento de la productividad del trabajo.


En Gran Bretaña, tras la introducción de la máquina de vapor, la jornada laboral fue prolongada hasta alcanzar las 16 horas diarias. Pero llegados a este punto, además de por la fuerte oposición de la clase obrera, en muchos sectores de la misma burguesía (hoy diríamos la burguesía iluminada) maduró la certeza de que una jornada laboral tan larga minaba los mismos fundamentos de la propia formación social capitalista y al mismo tiempo impedía ulteriores incrementos de la productividad del trabajo que los continuos perfeccionamientos del sistema maquinista hacía posibles. El Estado, en cuanto portador de las instancias de conservación general del sistema, pone un límite legal a la duración de la jornada laboral, reduciéndola primero, en 1844, a 12 horas y después, en 1847 a 10 horas.


Desde entonces, el aumento de la productividad del trabajo ha sido el procedimiento más eficaz para incrementar la producción de plusvalía. Desde hace algún tiempo a esta parte, sin embargo, gracias al hecho de que con la nueva organización del trabajo basada en la robótica muchas tareas particularmente fatigosas han sido transferidas a las máquinas, la tendencia a la prolongación de la jornada ha recibido un nuevo impulso.


Además del incremento del grado de explotación del trabajo, se oponen a la caída de la tasa de beneficio la reducción del salario por debajo de su valor, la disminución del precio de los elementos de capital constante, la sobrepoblación relativa, el comercio exterior, el crecimiento del capital accionista. [6] Marx las denomina causas antagonistas y a su examen dedica completo el capítulo 14 del tercer libro del Capital, al que remitimos para eventuales profundizaciones posteriores.


Aquí nos interesa poner de manifiesto las conclusiones a las que llega Marx y que consisten en que “en general las mismas causas que determinan la caída de la tasa de beneficio dan origen a fuerzas antagonistas que obstaculizan, frenan y paralizan parcialmente esta caída…De esta forma, la ley se reduce a una simple tendencia, cuya eficacia se manifiesta de modo convincente únicamente en condiciones determinadas y en el transcurso de largos períodos”.[7]


En otras palabras, la ley se manifiesta plenamente solamente cuando, dada una determinada composición orgánica media del capital total, a pesar de las causas antagonistas, la relación entre la plusvalía total extraída a la fuerza-trabajo y el capital anticipado en la producción de mercancías va descendiendo poco a poco. Ahora, ya que como hemos visto el capital monetario D se transforma en capital industrial M solo en la expectativa de su incremento en D’, es evidente que disminuyendo esa expectativa de remuneración, al menos en la tasa de beneficio anterior el nuevo capital, el proceso de reproducción del capital disminuye su marcha hasta dar origen a aquellas crisis que cíclicamente sacuden hasta los cimientos del modo de producción capitalista.


Por tanto, en relación con la distinta velocidad con la que sucede el proceso de reproducción del capital, en el ámbito de un ciclo completo de acumulación del capital total, se distingue una fase ascendente, en la que las causas antagonistas anulan la tendencia de disminución de la tasa de beneficio, y una fase descendente cuando, a pesar de su oposición, la disminución se frena, pero no queda anulada. En ambas fases son siempre posibles bruscos acelerones y otros tantos bruscos frenazos, debidos a factores puramente coyunturales.


Una cuestión metodológica


Esto, especialmente en la fase ascendente y cuando la misma se prolonga por mucho tiempo como está sucediendo en la crisis actual, ha ofrecido siempre a los opositores a esta ley el apoyo, sobre la base de los datos referentes a los incrementos de la masa total de beneficio que se registran en estos momentos, para mantener la falta de fundamento de esta ley, aún siendo evidente una tendencia general de signo contrario y que no necesariamente el incremento de la masa de beneficio implique también inmediatamente el aumento de la tasa de beneficio. Sorprende por ello que también aquellos defensores de la ley se dejen tan frecuentemente atrapar en discusiones basadas en la fiabilidad o no fiabilidad de los datos utilizados o en el método usado para determinarlos.


Además, determinar la marcha de la tasa de beneficio general en relación con las modificaciones de la composición orgánica del capital, tal como lo define Marx, es algo extremadamente complejo, por no decir imposible. La misma determinación de la composición orgánica del capital, tratando de estimar en términos de valor la relación entre la composición técnica y la composición desde el punto de vista del valor, a escala mundial, implica el conocimiento de un número exorbitante de precios a menudo diferentes entre sí aún referidos a un mismo elemento constitutivo del capital. Por no hablar de la dificultad de disponer de datos suficientemente homogéneos referidos a momentos diferentes. Con mayor motivo, por consiguiente, será aún más difícil la determinación de la tasa de beneficio.


Por otro lado, ¿cómo esa fila infinita de economistas que a cualquier hora del día y de la noche nos cocinan previsiones sobre la marcha del ciclo económico, podrían, gracias a las series de datos estadísticos con las que las acompañan, hacerlas colar como fruto de una atenta investigación científica? Tanto más en la época del ordenador, cuando es posible construir complejos modelos econométricos en menor tiempo del que antes era necesario para resolver un problema con las cuatro reglas.


Es una maldición de nuestro tiempo, que desgraciadamente tampoco perdona a los economistas de tradición marxista, especialmente a los académicos, la de considerar los fenómenos y las leyes inherentes al desarrollo del proceso económico como asimilables a los fenómenos y a las leyes de la física. El proceso económico, a causa de su origen de la relación dinámica de factores objetivos y subjetivos, excluye que las leyes que lo contemplan, y las previsiones que a partir de las mismas se puedan formular, puedan ser verificadas como las de la física, de forma experimental en un laboratorio. Un ordenador capaz de calcular el grado de resistencia de la clase obrera al incremento en el grado de explotación de la fuerza-trabajo que el proceso de acumulación de capital determina aún no ha sido inventado, y tenemos fundadas razones para considerar que nunca lo será. Por lo tanto, para verificar la validez de la ley de la caída tendencial de la tasa general de beneficio no hay otro modo que comprobar la correspondencia de las previsiones formuladas a partir de la misma, con los resultados del proceso económico en el curso de su desarrollo, es decir, históricamente. Lo que, en el caso en cuestión, comporta también la correspondencia del fenómeno investigado con la ley del valor-trabajo. En sentido contrario, la demostración de su eventual invalidez implica también la invalidez de la ley del valor-trabajo y del corolario que de ello se deriva: que la producción de plusvalía únicamente se deriva de la explotación de la fuerza-trabajo (trabajo vivo).


Un ejemplo.


Examinemos un fenómeno común tanto a la crisis que ha precedido a la primera guerra mundial, como a la de 1929, como a la actual: el crecimiento bulímico de la esfera financiera.


Según la ley de la caída de la tasa de beneficio, el fenómeno se verifica, dado que el fin de los capitalistas es el incremento del capital comoquiera que se invierta, cuando disminuye la expectativa de que este objetivo pueda alcanzarse mediante la transformación del capital inicial D en capital industrial. Entonces, los agentes capitalistas en vez de inmovilizar sus capitales adicionales en la producción de mercancías, prefieren mantenerlos líquidos; no tanto por atesorarles como para poder invertirlos en la esfera financiera como capitales productores de intereses o en la especulación.


Desde el punto de vista del capitalista individual, de hecho, es totalmente indiferente que su capital inicial D se incremente mediante la producción de mercancías o invirtiéndolo como capital productor de intereses ó en actividades especulativas. Sin embargo no es indiferente respecto al ciclo de acumulación del capital total.


Según la ley del valor-trabajo, en el ciclo D-D’ no hay una producción de plusvalía ex novo, por lo que para un capitalista individual es una reproducción ampliada de capital en realidad nos es mas que la transferencia de capitales de una mano a la otra; en algunos casos, como por ejemplo la producción de moneda por parte del Estado, es la anticipación de una eventual producción futura de plusvalía y/ó apropiación parasitaria de plusvalía procedente en todos los casos de la denominada economía real. En el curso del tiempo es inevitable por lo tanto la creación de una acelerada divergencia entre la producción total de riqueza real y la producción nominal de capitales que se realiza en la esfera financiera. Por tanto, cuando esa divergencia supera un cierto nivel, inevitablemente los mercados financieros serán sacudidos por crisis cada vez más frecuentes y devastadoras en las que, de la noche a la mañana, masas enormes de capital financiero se desvanecen en la nada, confirmando así la naturaleza efímera, ficticia del capital monetario producido a partir de otro capital monetario y sin la mediación de la producción de mercancías. En otras palabras, la sucesión de crisis financieras cada vez más frecuentes constituye al mismo tiempo una confirmación de la ley de la caída tendencial de la tasa de beneficio y de la ley del valor-trabajo. Según un estudio de la consultora McKinsey “en 1980, el valor total de la actividad financiera a nivel mundial era, grosso modo, equivalente al Producto Interior Bruto mundial; a finales de 2007, el grado de intensidad financiera a nivel mundial (world financial depth), es decir la proporción de esta actividad respecto al producto bruto, era del 356%”. No es casualidad, por lo tanto, que mientras en los años de 1945 a 1971, a escala mundial, no se verificó ninguna crisis bancaria, entre 1975 y 2010 se han dado “no menos de 160 crisis financieras y 54 crisis bancarias”. [8]


No obstante las crisis de los mercados financieros, y en tanto en cuanto no se paraliza todo el sistema, para los agentes capitalistas individuales queda el hecho de que la inversión financiera es, si no mas rentable, por el hecho de que la liquidez es mayor, al menos mas atrayente que la inversión industrial.


El resultado de todo lo anterior es que se determina entre la esfera financiera y la industrial, en el sentido estrecho del término, tasas de beneficio diferentes. Para los capitales invertidos en el mundo de la producción y que no pueden ser desinvertidos, poner en acción todas las condiciones que puedan favorecer el incremento de la producción de plusvalía mediante la explotación de la misma o menor cantidad de fuerza-trabajo se convierte en cuestión de vida ó muerte. Y ya que, como hemos visto, el modo mas eficaz es aumentar el grado de explotación de la fuerza-trabajo, en el mundo de la producción de mercancías se observa por un lado una disminución en la velocidad del flujo de capitales suplementarios invertidos en la misma y, por otro lado. Un impulso para el empleo una cantidad reducida de fuerza-trabajo para la producción de la misma o mayor cantidad de mercancías. El resultado es el incremento de la desocupación, el crecimiento del ejército industrial de reserva y el incremento de la competencia entre los trabajadores y, por ello, la devaluación del salario. De esa manera se refuerza también el impulso hacia la modificación la composición orgánica del capital a expensas del capital variable. En otras palabras, el proceso íntegro por el cual las mismas causas que determinan la reducción de la tasa de beneficio son las mismas que activan las causas que se oponen a esa reducción, sufren una enorme aceleración.


Llegados a este punto nos parece importante poner en evidencia que, tomando los movimientos de la ley de la caída tendencial de la tasa de beneficio, no explicamos sólo el fenómeno específico evidenciado por la crisis, en este caso, el crecimiento de la esfera financiera, sino también sus relaciones dinámicas con otros fenómenos que la crisis saca a la luz y que, junto a lo considerado, son reducibles a la misma ley, sin ninguna contradicción entre ellos.


La crisis y la ausente guerra imperialista.


Pero hay otro aspecto de la cuestión, por muchos motivos diferentes, que, en nuestra opinión, en el debate sobre el origen de la crisis del ciclo de acumulación, no se toma con la debida consideración. Nos referimos a la relación crisis/guerra imperialista.


Dada la ley de la caída de la tasa media de beneficio, y debido a su carácter inmanente al modo de producción capitalista, las crisis que periódicamente de ello se derivan son inevitables, y, suponiendo constantes las relaciones de producción capitalistas, insuperables de motu proprio. Es decir, ya se confíe a la mano invisible del mercado o a la intervención del Estado el sostén de la demanda y/o de la oferta, el proceso de acumulación en su conjunto no puede reiniciarse sin haberse vuelto a determinar una nueva composición orgánica del capital total, y una tasa de beneficio tal que la inversión directa en la producción de mercancías vuelva a ser suficientemente rentable. En otras palabras, un nuevo ciclo de acumulación del capital no puede comenzar sin una significativa destrucción generalizada del capital acumulado en exceso.


Así ha sucedido en la crisis de finales del siglo XIX, desembocada en la primera guerra mundial, y en la de 1929, desembocada, a pesar del New Deal y la adopción en todo el mundo de políticas económicas keynesianas, en la segunda guerra mundial. Hay un dato que nos parece muy significativo para aclarar la función decisiva que tuvo esa segunda guerra: en los EE.UU. , entonces la mayor potencia industrial del mundo y no por casualidad epicentro de la crisis, la producción industrial alcanzó los niveles anteriores a la crisis únicamente en 1946, una vez finalizada la guerra.


Volviendo a la actualidad, lo que constatamos es que a pesar de que las primeras señales de la actual crisis se remontan a los primeros años ’70 del siglo XX, la gran guerra no ha estado presente. Se hundió la URSS pero por implosión, y tras cuarenta años de crisis ni una sola bomba ha caído sobre Roma, París, Moscú o Pekín. Un transcurso de crisis durante un tiempo tan largo nunca se había dado en la historia del capitalismo moderno.


Los mismos que, en los primeros años ’70, hemos estado entre los primeros y mas convencidos defensores de que la crisis que se iba manifestando se ajustaba a la ley de la caída tendencial de la tasa media de beneficio, y que por tanto estaba cerrada la fase ascendente del ciclo de acumulación iniciado tras la segunda guerra mundial; asumida la ley como causa de la crisis, preveíamos, en ausencia de revolución comunista y en un arco de tiempo mas o menos largo (pero ciertamente no de 40 años) el estallido de la guerra imperialista generalizada. De ello podría deducirse, por tanto, que, no habiéndose verificado una de las previsiones mas significativas que a partir de la ley es posible formular, la crisis actual no se ajusta a la caída de la tasa del beneficio; que la ley no se verifica.


En realidad, en la formulación de aquellas previsiones, se olvidó o no se tuvo suficientemente en la debida consideración, y nos parece que a muchos se les sigue olvidando, que la crisis con sus consecuencias de guerra y destrucción no devuelven todo al punto de partida sic et simpliciter; al contrario las mismas, además de medios de destrucción, son también una potente vía de aceleración del desarrollo y perfeccionamiento de las formas de dominio capitalista y, por tanto, que estas, en el transcurso del desarrollo del modo de producción capitalista mutan considerablemente. Por el contrario, una correcta interpretación de la ley impone que eso se tenga en cuenta; de otra manera sería como pretender que el pasado confirme el presente cuando es este presente, en su desarrollo concreto, el que debe confirmar la ley, que una vez confirmada se enriquece a su vez con nuevas determinaciones cada vez mas precisas.[9]


Así, en este caso, no se ha tenido en cuenta que la segunda guerra mundial no había modificado únicamente el peso y el papel de las diferentes potencias imperialistas en el tablero internacional, sino que había creado las bases para que se pudiera conseguir lo que tal vez ha sido el mayor cambio en la forma del dominio imperialista: la sustitución en los intercambios internacionales de la moneda-mercancía por un billete no convertible. Los acuerdos de Bretton Woods primero, y su denuncia por parte de los EE.UU. después han marcado un cambio de rumbo histórico en la historia del capitalismo.[10] Sin lo primero no hubiéramos superado, en el sistema de pagos internacionales, el patrón oro; y con su denuncia tuvimos la afirmación definitiva, como medio de pago internacional, de una divisa no convertible, como es el dólar, en sustitución de la moneda-mercancía (oro).


La producción de las divisas y sus derivados, por lo menos las de las mayores potencias imperialistas, y en particular el dólar, una que ha sido posible producirlas, aunque no sea ilimitadamente, prescindiendo de la producción de la riqueza del país emisor, se ha convertido gracias también a la desregulación de los mercados financieros en algo similar a los títulos de deuda pública y/o del capital por acciones y sus derivados, que son al mismo tiempo productos de capital ficticio y la base para la producción de más capital ficticio. Que es lo mismo que decir que el medio de pago internacional más extendido se ha convertido también en el medio más potente para desplazar enormes cantidades de plusvalía de un extremo del mundo a otro.[11] De tal modo, el crecimiento exponencial de la esfera financiera ha podido conjugarse con los procesos de deslocalización de la producción industrial y alimentarse con partes importantes de la plusvalía extraída a la fuerza de trabajo de las áreas afectadas por este proceso.[12]


No sólo se han modificado profundamente, creando nuevas convergencias y divergencias de intereses determinados por el grado de dependencia de las distintas economías nacionales y/o continentales del nuevo medio de pago internacional; también las relaciones inter-burguesas a escala mundial. Nueva York no ha sido bombardeada, pero la guerra, precisamente porque estas convergencias y divergencias cambian permanentemente con las modificaciones en los ciclos económicos de los países emisores del medio de pago, ya no es ocasional y se ha hecho permanente. Es por ejemplo el caso de la guerra por el petróleo que desde los primeros años ’70 del pasado siglo, de hecho, no ha conocido interrupción. De hecho, el control de las áreas de producción de petróleo ó atravesadas por su transporte, estando el precio del oro negro expresado principalmente en dólares, es una variable fundamental para la determinación de la masa monetaria emitida por la Reserva Federal, y por tanto de todas las variables macroeconómicas del proceso financiero-económico a escala mundial.


En cualquier, todo lo anterior no excluye que la guerra generalizada no pueda estallar mañana mismo.


Y por tanto no es infundada la ley, sino que ha sido malinterpretada formulando previsiones, sobre la única de abstracciones y prescindiendo del presente y concreto desarrollo del proceso económico y de los fenómenos con este relacionados. Y también tenemos que la crisis, a pesar de los factores potenciadores de las causas que se oponen a la caída tendencial de la tasa de beneficio, entre altibajos, no ha conocido solución de continuidad. Por el contrario, mientras los economistas marxistas discuten de estadística, tenemos el inminente riesgo de que pueda desembocar en una catástrofe social sin precedentes: un medievo del capitalismo que es difícil incluso de imaginar.


“El horror –escribía Marx- que ellos (los economistas burgueses n.d.r.) experimentan frente a la tendencia a decrecer de la tasa de beneficio, está inspirado sobre todo por el hecho de que el modo capitalista de producción encuentra en el desarrollo de las fuerzas productivas un límite, que no tiene nada que ver con la producción de riqueza como tal; y este límite particular atestigua el carácter limitado, puramente histórico, pasajero, del modo capitalista de producción; demuestra que no representa el único modo de producción que puede producir riqueza, sino, que por el contrario, llegado a una cierta fase, entra en conflicto con su propio desarrollo”.[13]


¿Qué este horror lo anticiparon ciertos economistas marxistas? ¿O que por el contrario, cometiendo un error aún mayor, se puede pensar que lo inevitable de las crisis implica también lo inevitable del comunismo? “El capitalismo –advertía O. Damen- no muere por agotamiento o porque ha llevado a término su tarea histórica de clase, puede continuar viviendo, como de hecho vive, aunque ya no tenga más que decir en ningún aspecto económico ni de desarrollo social y cultural.”.


En resumen, si se quiere evitar la barbarie es necesaria, parafraseando a Rosa Luxemburgo, la revuelta del proletariado mundial. Lo que implica necesariamente la elaboración del programa y la construcción del partido de y por la revolución comunista, dejando a los economistas burgueses las discusiones sobre la fiabilidad de este o aquel dato estadístico.


[1] Merece la pena precisar que Rosa Luxemburgo, en su obra más importante y famosa, La acumulación del Capital, desarrolla su tesis en oposición por un lado a la del ala reformista del partido socialdemócrata alemán, en particular Bernstein, y por otro lado a la del economista ruso Tugan-Baranovskij que, de una lectura escolástica de los esquemas de la “reproducción del capital” que Marx ha elaborado en el segundo Libro de El Capital extraía las conclusiones de que no existían límites de ningún tipo al desarrollo del modo de producción capitalista y que las crisis se derivaban del surgimiento de “desproporciones” ó, como alguno hoy en día todavía sostiene, “desequilibrios” entre producción y consumo y que por lo tanto podían ser evitadas, incluso en el ámbito de las relaciones de producción capitalista, con una atenta planificación por parte del Estado. Si después el proletariado, en cuanto mayoría en la sociedad, aprendiendo las lecciones de ello hubiera tomado el control, con las oportunas reformas se hubiera podido edificar una sociedad de tipo socialista por vía parlamentaria.

[2] Sobre la ley de la caída tendencial, ver Istituto Onorato Damen

[3] Más precisamente, Marx denomina a la composición del capital –considerada desde el lado del valor- composición del valor que “se determina mediante la proporción en la cual el capital se subdivide en capital constante, es decir el valor de los medios de producción, y en capital variable, el valor de la fuerza-trabajo, la suma total de los salarios” , y composición técnica, ó composición del capital contemplada desde el lado de “la materia” que “se determina mediante la relación entre la masa de los medios de producción de una parte y de la cantidad de fuerza de trabajo de otra”, y denomina composición orgánica del capital a la “estrecha relación recíproca” entre las dos, es decir: la “composición del valor del capital en cuanto está determinado por su composición técnica y en cuanto refleja las variaciones de esta”. El Capital Libro Primero, Cap. 23 Pág., 753 Einaudi Editore.

[4] Aquí suponemos que todo la plusvalía se transforma en beneficio y que todo el beneficio en capital adicional, pero en realidad el plusvalor se subdivide en beneficio, intereses y rendimiento.

[5] Marx denomina plusvalía absoluta al la plusvalía que se obtiene prolongando la jornada laboral más allá del tiempo de trabajo necesario y plusvalía relativa a aquella obtenida reduciendo el tiempo de trabajo necesario.

[6] Para esta última es necesario precisar que Marx la asume entre las causas antagonistas: “En el sentido de que estos capitales si bien invertidos en grandes empresas industriales…una vez deducidos todos los costes, rinden simplemente intereses más o menos considerables…Estos capitales no están incluidos en la tasa general de beneficio, dando una tasa de beneficio inferior a la media: en caso de que entraran esta tasa disminuiría en mucha mayor medida” (El Capital –libro 3º cap.14º Pág.338, Ed.cit).

[7] Op. Cit. Libro 3º cap.14, Pág. 336

[8] Citas y datos extraídos de Titanic Europa, de Vladimiro Giacchè, Aliberti editor, Pág. 15 a 18.

[9] Sobre esta importante cuestión se puede ver en este mismo número de la revista I nuovo materialismo, de M.Lupoli.

[10] Es importante recordar que la denuncia de los acuerdos de Bretton Woods por parte de los EE.UU. sucede en 1971, y justamente después emerge la crisis.

[11] Sobre esta cuestión se puede ver también G.P. La crisi dei subprime rileggendo Marx, en Istituto Onorato Damen

[12] Con el nacimiento de la microelectrónica y la revolución de la organización y la división internacional del trabajo, así como del sistema de transportes y comunicaciones, que de ello se deriva, ha sido posible deslocalizar la mayor parte de la producción industrial de los países más avanzados capitalistas hacia áreas mas atrasadas, con salarios incluso trescientas veces menores.

[13] K.Marx, Ibíd. Pág. 340

http://www.istitutoonoratodamen.it/joomla/espanol/237-marxistasdiscutene
Mira també:
http://www.istitutoonoratodamen.it/joomla/espanol/237-marxistasdiscutenestadistica

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