Fernando Camacho Servín / La Jornada 17/06/2012
“A medida que las guerras se hacen
largas y a la gente se le pudre el alma, los periodistas caen menos
simpáticos. De ser quien te saca en la
tele para que te vea la novia, te conviertes en testigo molesto”, afirma el escritor español Arturo Pérez-Reverte en su libro
Territorio comanche, donde narra la experiencia de ser corresponsal de guerra.
Aunque oficialmente en México no existe una guerra, en muchas
regiones del país la intensidad de la violencia alcanza niveles propios
de un conflicto armado interno, por la duración de los
enfrentamientos, el tipo de armas usadas, la participación de fuerzas
militares y el desplazamiento forzoso de civiles, como establece la
Corte Penal Internacional de La Haya.
En este escenario, el de los periodistas ha sido uno de los sectores
más agredidos. De acuerdo con cifras de la Comisión Nacional de los
Derechos Humanos, de 2000 a la fecha han sido asesinados 82
comunicadores en México, aunque algunos medios, como la revista
Contralínea, ubican la cifra en 93
ejecutados y 16 desaparecidos en los dos sexenios panistas.
La gran mayoría han debido enfrentar solos este panorama adverso.
Ante el retraso de la puesta en marcha del mecanismo de protección para
defensores de derechos humanos y periodistas, los reporteros en zonas de
conflicto han resuelto como pueden el estrés que implican la violencia,
las amenazas y la falta de garantías para realizar su trabajo sin morir
en el intento.
Carlos –nombre falso para proteger su identidad– empezó como
corresponsal en Tamaulipas a principios de los años 90, cuando la
violencia estaba limitada a ciertas áreas fronterizas y ningún reportero
vivía atemorizado, a menos de que violara el código de ética respecto a los grupos delincuenciales: no tumbarles un cargamento, no bajarles a sus novias, no meterse con su dinero.
En 2005 se sintió el cambio
Sin embargo, a partir de 2005 empezó a sentirse el
cambio. “A mí hace cinco años me dieron p’arriba (me secuestraron). No
me pasó nada, pero me di cuenta de que fue porque los mismos compañeros
cuestionaban por qué yo sí hacía notas que ellos no podían”.
A partir de entonces, todo cambió. Me entero de cosas porque tengo
que enterarme, pero cuando empiezas a platicar del tema a todo les
dices que no sabes. Me hago pendejo porque no sabes ni con quién estás
hablando. Te vas cerrando y desconfías de todo.
“Al paso de los años, vivir recelando hasta de tu sombra te empieza a
pasar la factura. Te puedo mostrar unas manchas que me salieron de
cuando me levantaron. Una vez bajé 40 kilos cuando me dio una úlcera y una gastroenteritis cabrona, que yo asocio con el estrés”.
A la tensión por el trabajo –dice Carlos– se suma la falta de alternativas de distracción. A
la una dejo de trabajar y me voy a encerrar a mi casa. Ahí hice un
chapoteadero y me meto con mis chiquillas. La gente no sale a más de 15
kilómetros de las ciudades, porque no sabes si te toca la mala suerte de
que te puedan agarrar.
El miedo, las enfermedades y la paranoia son temas que se comentan
muy superficialmente con los compañeros o la familia. “En el norte
estamos acostumbrados al calor, al frío, a vivir en el límite. A lo
mejor una terapia sería buena, pero la creo innecesaria, y en el
diarismo no se puede hacer eso.
“Además el sicólogo también tiene sus pedos, porque le levantaron al suegro o lo que sea; por eso no le veo sentido”.
Atención sicológica necesaria
Veracruz se ha vuelto uno de los estados donde los
comunicadores tienen más motivos para temer por sus vidas, ya que en los
pasados 18 meses han sido asesinados nueve reporteros o fotógrafos:
Noel López Olguín, Miguel Ángel López Velasco, Misael López Solana,
Yolanda Ordaz de la Cruz, Regina Martínez, Gabriel Huge, Esteban
Rodríguez, Guillermo Luna y Víctor Manuel Báez Chino.
Según confía un alto directivo de un medio, es la entidad
donde algunos reporteros han pedido permiso para portar armas, pero no
para disparar contra sus agresores, sino contra sí mismos, para no
sufrir las torturas que puedan venir. Donde ningún diario tiene guardias
más allá de las 9 de la noche. Donde la consigna es ir a cubrir un acto
solamente si es en bola, nunca solos.
“Ante este proceso de exterminio, muchos colegas agarraron sus tiliches y se fueron. Algunos regresaron a los pocos meses y los ejecutaron; algunos
cambiaron de domicilio y de profesión”, cuenta en entrevista telefónica
un reportero veracruzano que también pide el resguardo de su identidad.
La vida cotidiana de los compañeros sí ha cambiado mucho. Están
paranoicos, cambiaron su número de celular, cambiaron de rutas, llaman
para decir que ya están en sus casas. Ya no son las redacciones
románticas de antes, que eran un mercado de negros. Ahora cada quien
entrega su material y se va, dice.
Por el miedo a ser asesinados, “muchos de los reporteros ya no hacen
una cobertura tan perruna. Antes no se les iba ni el aire, y ahora ya
son más selectivos. Además, están como una olla express: si les preguntas algo o les pides su material, explotan. Ya no tienen vida social y son extremadamente precavidos”.
Aunque los medios veracruzanos tratan de dar ánimos a sus reporteros, lo cierto es que no hay ninguna medida extra para ayudarlos a sobrellevar el estrés. Creo
que necesitarían atención sicológica, y no porque estén mal de la
cabeza, sino porque necesitan fugar esa tensión excesiva, porque si no,
se van a quemar.
Tómate una aspirina y ponte a trabajar
A pesar del grave desgaste de los periodistas en zonas de
conflicto, la gran mayoría de los medios informativos donde trabajan no
se han preocupado por brindarles ningún tipo de asistencia sicológica, o
la posibilidad de cambiarlos de fuente o de domicilio de manera
temporal.
Más por casualidad que por un esquema diseñado ex profeso, la tanatóloga Maricarmen Olivares Gutiérrez comenzó a notar que los reporteros del diario de nota roja El Centinela, de Zacatecas, comenzaron a enfermarse con mucha frecuencia de gripe, gastritis, colitis y problemas en las articulaciones.
Al platicar con ellos y ahondar en sus problemas, se dio cuenta de
que estos síntomas físicos eran la somatización del enorme nivel de
estrés emocional que les provocaba convivir todos los días con escenas y
entornos violentos.
Empecé a encontrar reporteros que percibían la violencia como si
fuera contra ellos o contra un familiar. Se hacían muy retraídos y al
mismo tiempo muy violentos. A la menor provocación querían renunciar a
su trabajo, tenían pesadillas y entraban en una especie de crisis de
adolescencia, de sentir que nadie los comprendía, detalló Olivares en entrevista.
Por su cuenta, la tanatóloga comenzó a acercarse a ellos para
preguntarles cómo se sentían y sugerirles encontrar alguna actividad que
les permitiera olvidarse del trabajo. Muchos han formado equipos de
futbol o se juntan los viernes a jugar dominó. En otros casos es
recomendable que cambien de trabajo, porque no todos tienen estómago
para esto.
En una sociedad que cada vez se vuelve más tolerante a la violencia,
donde se habla de una balacera o un muerto como si nada, los periodistas
han tenido que asumir ellos solos ese entorno con todas las
afectaciones personales que les genera, lamenta.
“A los medios no les importa gran cosa el aspecto emocional de los
reporteros –indica–, lo ven como algo secundario. Lo que yo hago con
ellos es de manera informal, y en otros lugares difícilmente se hace
algo, porque existe la idea de que no es para tanto, de decirles: ‘no
seas payaso, tómate una aspirina y ponte a trabajar’”.
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