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Notícies :: sanitat
Contra la medicina del capitalismo
31 mai 2012
Reflexión sobre la medicina policial que viene y la limitada visión de las críticas contra los recortes en sanidad.
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Los tiempos de crisis sirven para replantear nuestras acciones, relaciones, hábitos, perspectivas, proyectos, esperanzas y demás. Esos replanteamientos, son los que vienen haciendo los poderes fácticos (Estados, multinacionales, familias multimillonarias), desde hace varios años. Ellos hablaron de refundación del capitalismo. Y ellos lo están cumpliendo en pro de sus intereses. Mayor competitividad que implica empeoramiento de condiciones laborales y sociales para la gran mayoría, con el fin de garantizar el beneficio de unos pocos y el mantenimiento de las mismas reglas del macabro juego.

Uno de los aspectos que se han propuesto modificar es la concepción que teníamos del Estado como proveedor de servicios de salud para todos. Sus ajustes implican menores prestaciones, mayores contribuciones de los ciudadanos y exclusión del sistema de un porcentaje de gente, para seguir desarrollando una medicina tecnificada e individualizada. De esta forma se prevé el desarrollo de una medicina de dos velocidades, una para el que la pueda pagar y que por tanto se autofinancie, y otra para que los que no la puedan pagar no se hagan un problema. Se ponen las disposiciones para que unos tengan salud y otros queden excluidos de la salud promocionada por el poder, pero con un mínimo de prestaciones que prevenga su problematización.

La medicina ha evolucionado con la sociedad que la produce. De una medicina paternalista y basada en la relación médico-paciente, curativa, aliviadora o paliativa, se ha pasado a una medicina industrializada, objetivadora y tecnificada. A pesar de esta industrialización médica, el individualismo y el consumismo propios de las sociedades de economías capitalistas implican el mantenimiento y desarrollo de una personalización del individuo como consumidor. Así, la industria genera productos incansablemente para los sujetos conformados por los dispositivos de subjetivación, aptos para el consumo masivo de mercancías. La medicina personalizada, aquella que analiza al sujeto individual y trata adecuándose a su perfil biológico personal, y la medicina predictiva que analiza y cuantifica riesgos en función del perfil individual y tratan para prevenir, son ejemplos manifiestos y paradigmáticos de biopolítica. Esta medicina personalizada, que se interna en los recovecos más ocultos y microscópicos de nuestro cuerpo (DNA, neurotransmisores, transportadores de proteínas, etc), precisa de una sofisticación de los medios técnicos mucho mayor, pero proporciona la posibilidad de desarrollar fármacos a la carta y tratar ante la hipótesis de una futura enfermedad. Y es de esta forma que se valoriza el proceso. El desarrollo de la tecnología aplicada y la producción de tantos consumidores como personas haya candidatas para recibir un tratamiento personalizado a una posibilidad de enfermar, es finalmente el proceso que genera beneficios y se convierte en leitmotiv económico de los gobernantes. A nadie le puede extrañar así los movimientos de los responsables sanitarios de los últimos años, centrados claramente en el desarrollo de tecnologías y en la promoción de la personalización del tratamiento médico. Y si no, ver la avanzadilla catalana, que pretenden albergar en Barcelona las próximas reuniones del recientemente celebrado Health Management and Clinical Innovations Forum, donde se reúnen personas del ámbito estatal sanitario y del ámbito empresarial (Siemens, GE Healthcare, GMV) para buscar oportunidades de negocio en torno a la salud.

Pero tampoco hay que pasar por alto el rendimiento político que tiene esta medicina. Ya se ha dicho hace tiempo que el discurso y las prácticas médicas, entre otras, han contribuido a normativizar comportamientos y deseos, a constituir las relaciones que tenemos hoy día, a generar un tipo de inteligibilidad, corporalidad e identidad personales y colectivas concretas (siempre negando otras, claro), además de ocultar las relaciones de poder. Y es así que esas dos velocidades de que se hablaba más arriba en la sanidad que viene se pueden traducir, en un nivel ético-político, en otra separación. Por un lado los que gozarán de salud obedeciendo los mandatos del especialista médico y haciendo lo recomendado para vivir más tiempo, aunque sea a expensas de comer lo saludable por una cuestión exclusiva de salud, hacer las actividades a que nos exhortan para mantener la salud, tratarse de forma rápida para suprimir los síntomas y seguir produciendo, etc. Ellos vivirán más, y pagarán por ello. Ellos no serán problema. Ellos serán los responsables. Y en el otro polo, estarán el resto, los Otros. Los que no quieren adaptarse (inadaptados), los que no pueden pagarse la adaptación (excluidos), los que ni se les pasa por la cabeza plantearse el tratamiento (locos), los que se oponen activamente a un tratamiento organizado de este forma (disidentes/antagonistas). Su tratamiento será policial. Se está haciendo patente el paso a la biopolítica entendida como paso del ‘dejar vivir y hacer morir’ al ‘hacer vivir y dejar morir’. De lo que devenga en los discursos, dinámicas y movimientos que se generen en el último grupo depende parte de la salida política del actual modo de vida.

El modelo capitalista tecnificado no está siendo cuestionado a nivel masivo. Las reivindicaciones de los sectores ‘progresistas’ (curiosamente conservadores del modelo anterior) se están quedando en el mantenimiento del mismo modelo, pero generalizado para todos y en continuo desarrollo. Si fuese así, difícilmente sería viable económicamente, pero se podrían discutir formas. Lo que no sería es igualmente rentable. La medicina genética, la exploración mediante pruebas complementarias carísimas, los diagnósticos de prevención y predicción, los tratamientos experimentales, los tratamientos de enfermedades infrecuentes, etc, requieren un alto coste (inversión, que esperan recuperar con creces las empresas que doten de la prestación). Si existe un Estado que obliga a disminuir los beneficios para hacerlo accesible a una mayoría de ciudadanos, y no obtienen los rendimientos esperados, ya sabemos lo que hacen (se marchan a otro lugar, echan personal, recortan procesos, invierten menos, etc; en definitiva se acaba resintiendo la prestación que se ofrecía). Vemos que el mismo funcionamiento que permite el desarrollo de tecnologías que supuestamente ofrecen avances médicos, exige unos requisitos que acaban limitando la generalización de su disponibilidad para la población.

Pero no es el proceso económico lo que más nos pueda preocupar. El problema económico que supone mantener y aumentar en la medida de lo posible las prestaciones sanitarias dependientes del Capital/Estado es discutible y pueden plantearse modos para llevarlo a cabo (unos más liberales, otros más socialdemócratas, todos capitalistas). Lo más importante, en realidad, es la dimensión humana que conlleva esta medicina, lo que implica en nuestras vidas. Este tipo de medicina ha ahogado, en buena medida, una medicina basada en el auto-cuidado (y como tal fundamentada en la más propia relación con nuestro cuerpo), la relación continuada de cuidados (en relación directa con las relaciones tejidas con las personas de nuestro entorno), la asunción de la enfermedad como proceso parte de la vida (y no como avería de la máquina y por tanto detención de la producción). En su dimensión política se ponen de manifiesto los mecanismos psicológicos y sociales que genera. Dependencia del saber especializado, repudio y marginación del saber popular/colectivo/común, comprensión de la salud como estado casi supraterrenal/descorporalizado (en el sentido de sin absolutamente ningún contratiempo somático o mental que contradiga el funcionamiento maquinal de nuestra actividad diaria; algo que, por cierto, pocas veces es así). Esto último es fundamental, pues forma parte de la forma de vida generada en el capitalismo, y permite el desarrollo infinito de las tecnologías médicas. Esto se ha conseguido por un poder que opera continuamente desde que nacemos, en la escuela, en los medios de comunicación, en las relaciones, en el trabajo… Su esencia está en la comprensión capitalista del cuerpo como máquina. Y desde que esto es así vamos detrás de una quimera, la de una salud inquebrantable para mantener la producción.

Para ejemplificar ese poder que opera continuamente baste el ejemplo de la propaganda mediática. La Marató, programa especial de la televisión catalana de 24 horas destinado a recaudar fondos para la investigación en una enfermedad determinada mediante la Fundación La Marató de TV3, llevará este año por título ‘Cáncer: hacia la medicina personalizada’ (personalizada porque le han tenido que quitar el genómica para no meternos miedo; aún seguimos siendo algo atávicos...). O el goteo de noticias sobre casos aislados de tratamientos milagrosos (quemados regenerados, enfermedades genéticas con bajo índice de supervivencia tratadas con mejora de supervivencia aunque a expensas de vivir como enfermos crónicos graves…) es otro ejemplo que encontramos cotidianamente en la prensa. El papel que el poder otorga al enfermo crónico será el de la producción inmaterial, producir imagen para los que detentan poder. Imagen de salvador, imagen beatífica, de Dios todopoderoso. Son la encarnación de los nuevos Lázaros curados por el Dios de turno. Y pasarán por los programas de noticias, variedades, científico-divulgativos, para ofrecernos su cuerpo salvado y hacer los honores al sistema de poder. Sistema de poder que tiene el objetivo de alargar la supervivencia cueste lo que cueste. Ello se debe a que la vida como existencia ha sido aniquilada. Estamos en el tiempo de la vida como tiempo de producción. Tiempo de trabajo y tiempo de ocio/consumo. Sin continuidad de un sentido personal más allá del paso de una experiencia consumible a otra distinta. O a lo sumo, un sentido de continuidad personal mediante la carrera profesional.

La imposición de la medicina biopolítica, además de la propaganda, cuenta con otros medios igual de efectivos y que en general pasan desapercibidos. Algunos ejemplos son la creación continua de nuevas necesidades mediante el estrechamiento cada vez mayor de la normalidad (como ejemplos ver la evolución de los criterios para tratar la hipertensión, la diabetes o las alteraciones mentales) o la descomposición analítica de todo, que implica la evaluación estadística de riesgos, y por tanto de su predicción y prevención y su tratamiento para no desarrollar la posibilidad (que ya nunca sabremos de cierto). Descomposición analítica que contribuye mucho a perder de vista la globalidad, esa perspectiva de totalidad necesaria para valorar las cosas, y que hoy día si se hace, es contra los mandatos de cualquier poder.

Ahora que nos han inculcado su medicina óptima para la producción capitalista, nos harán pagar por ella. Nuestro futuro pasa por encontrar las líneas de fuga colectivas que nos permitan asumir nuestros procesos corporales y mentales desde otra perspectiva. Una que implique otros cuidados y otras relaciones. En ese proceso se pondrán de manifiesto los poderes que operan para seguir sustentando el cosmos capitalista. Desde las presiones laborales y económicas hasta las personales y familiares, o las culturales y simbólicas.
Mira també:
http://www.kaosenlared.net/component/k2/item/20087-contra-la-medicina-del-capitalismo.html

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Comentaris

Re: Contra la medicina del capitalismo
01 jun 2012
fiuuu,fiiiuuuuuu!
Sindicat