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Rascando la fina capa de la democracia... el totalitarismo
09 mai 2012
Análisis sobre la represión de los movimientos políticos actuales a la luz de la comprensión de la actual democracia como totalitarismo encubierto.
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La fase que la democracia moderna atraviesa hoy revela su carácter totalitario de la forma más evidente. La crisis económica ‘obliga’, como cínicamente repiten los gobernantes, a realizar ajustes que empeoran las condiciones existenciales de la gente. La contradicción entre la buena marcha de la economía y el empeoramiento de las condiciones de vida de los gobernados se ve descaradamente. Pero aún no ha llegado lo peor para una buena parte de población occidental.

En los últimos tiempos se han subido las tasas para estudiar, se han subido impuestos, se han subido recibos, se han aumentado horarios de trabajo por el mismo salario, se han reducido salarios, se despide más barato, se hará pagar por las medicaciones y otros servicios de salud… Paralelamente se han desplegado una serie de medidas represivas para contener la rabia que provocan estas medidas de los gobernantes. En Catalunya, sus actuaciones han sido hacer una web con fotos y videos de manifestantes, presuntamente culpables de delitos varios, para que ciudadanos anónimos puedan identificarlos; encarcelar preventivamente a varios manifestantes antes de cualquier juicio en base a una posible reincidencia o riesgo de fuga; realizar controles aleatorios en determinados puntos de la ciudad para identificar a ciudadanos y preguntarles por sus actividades políticas; utilizar armas que no se utilizaban desde hace tiempo (gases lacrimógenos), además de adquirir y plantear otras más (aturdidoras, sprays de pimienta, cañones de agua, nuevas escopetas, etc); aumentar el control de las manifestaciones con infiltrados policiales. En otros lugares, como Italia, Grecia o Inglaterra, éstas se extienden a otras que finalmente también se han ejecutado ya aquí. Se trata de medidas cautelares con detenidos no juzgados o juzgados con penas que incluyen determinadas pautas comportamentales. Por ejemplo, libertad condicionada a firmar todos los días en comisaría, o incluso firmar dos veces durante el transcurso de una manifestación para asegurar que no participe, o estar en casa durante la noche o no poder ir a determinadas zonas de la ciudad, o no poder salir de la ciudad. Además se pretende endurecer el código penal tipificando las resistencias o bloqueos pacíficos con penas de varios años de prisión.

Éstas medidas, muestran su raíz totalitaria por varias razones. No respetan la presunción de inocencia, haciendo un juicio social paralelo antes del juicio legal. A nadie se le escapa lo que puede significar el hecho de que la policía saque tu cara en su web oficial de delaciones. Por tanto el Estado criminaliza utilizando a la masa anónima ciudadana como parapeto. Una ciudadanía a imagen de su interés. Y es que uno de los mecanismos que tiene el poder para perpetuarse es el de crear una imagen a la medida de un sector de la población. Este sector es el de la clase media que aún tiene trabajo, aun puede pagar sus deudas, aún puede permitirse viajar en vacaciones o ir al teatro y al cine con asiduidad, aun puede ser expoliado. Como el poder ha conseguido destruir en buena medida la solidaridad entre personas, fomentando el desarrollo del individualismo y el consumismo, este sector (cada vez más reducido) es casi incapaz de ver más allá de su perspectiva, de la perspectiva que le da su posición social actual, la perspectiva del presente indefinido. Los medios de comunicación-formación de masas se ocupan de crear esa imagen todos los días. Pero además de lo anterior, las medidas tomadas en este tiempo están normativizando determinadas conductas (como participar en movimientos sociales con ánimo político) no tipificadas como delito, para aplicar leyes de excepción (vale la pena leer la traducción de un reciente texto distribuido en Génova días tras: Vigiladxs y castigadxs), y de paso tratan de generar un ambiente de miedo que intenta alinearnos a todos con las conductas deseadas por el poder (no disidencia ni contestación, obediencia, disenso pasivo). En definitiva, y como una de las características esenciales de los totalitarismos, están homogeneizando la sociedad aniquilando por la coacción la individualidad, es decir, la capacidad para individuar la realidad compartida y manifestarla como expresión singular.

Esto que el poder y sus medios promocionan lo extienden buena parte de los ciudadanos. Cuando no se permite, y se criminaliza marcando al que lo hace, debatir y cuestionar lo que es violencia, los distintos tipos de violencia, la legitimidad de algunos tipos de violencia, la inevitabilidad de ésta. Cuando se estigmatiza al que cuestiona, y ACTÚA en consecuencia, la separación tan profunda que existe entre el discurso teórico y la acción consecuente (quejarse continuamente de lo desigual de la justicia, lo injusto de la reforma laboral y los impuestos, lo que mienten y esconden los media, lo mala que es la policía por la función que desempeña, etc, y luego sentarse a ver la TV, leer la prensa, acudir a la policía y a la justicia ante cualquier problema, no hacer huelga y mantenerse sumiso a todas las exigencias laborales, etc). Cuando se cuestiona al individuo que rompe en la práctica las jerarquías y las mediaciones. Se le cuestiona como persona y se le acusa de loco, extremista o delincuente.

Estas acusaciones se fundamentan en la ruptura del consenso social, del mundo compartido y respetado. Si bien la última es la más objetivada en tanto se basa en los códigos legislativos que el poder instituido ha señalado como permitido y no permitido, la primera le sigue el paso tipificando y codificando a los sujetos en categorías de apariencia objetiva. El segundo caso, el del extremismo político, es el caso límite. Mientras no comete un delito, habitualmente se le tiene como forma latente de loco o excéntrico, especialmente porque sus ideas se traducen en hechos. Esta es la figura que menos interesa al poder puesto que le responde en el terreno político práctico y destinará sus esfuerzos a fin de acabar con él. Desacreditando su experiencia y su discurso como loco, utópico o infantil, controlándolo con todos los dispositivos legales y excepcionales al alcance, criminalizándolo día a día en los medios, construyendo identidades monolíticas y deformadoras con las que criminalizar (como la de antisistema), creando montajes policial-judiciales, etc. Si todas estas figuras son puestas en el punto de mira del poder es porque manifiestan su individualidad y expresan su ausencia de respeto por el mundo construido por el poder, porque no respetan las leyes y normas sociales ya sea por idiosincrasia, por convicción política o por necesidad del tipo que sea.

En definitiva, el fondo totalitarista de la democracia moderna, instituida sobre el expolio de las libertades civiles y los medios materiales para autogestionarse, enseña ahora su versión más despótica. En esta, la militarización de la vida cotidiana por el ejército y las diferentes policías (ejemplos los hemos tenido en Barcelona para la cumbre del BCE, en Barcelona, Atenas y Londres para las Olimpiadas, entre otros muchos) se corresponde con la homogeneización de la sociedad y la criminalización del disenso sirviéndose de los media y los ciudadanos acríticos. Igual que en los periodos de los fascismos del siglo pasado el papel de la ciudadanía pasiva, y con esa pasividad otorgando su beneplácito al poder establecido, es esencial para el desarrollo de las políticas represivas de orden totalitario.

Son tiempos de guerra, se quiera ésta o no, y permanecer impasible y acrítico ante lo que se desarrolla también es ser responsable. Para bien o para mal. Alinearse con el poder dominante tendrá sus consecuencias.
Mira també:
http://www.kaosenlared.net/component/k2/item/17726-rascando-la-fina-capa-de-la-democracia-el-totalitarismo.html

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