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Comentari :: amèrica llatina
Cabral: Tengo derecho a decir
10 jul 2011
Cabral siempre Cabral
Cabral, tengo derecho a decir

José Gregorio González Márquez
caminosaltair ARROBA hotmail.com

El dolor a veces nos sorprende inmisericorde como terremoto que remece las entrañas del amor. Acercarlo a la memoria y entonces, recordar que viene acompañado de la muerte, repliega la osadía de vivir plenamente, sin artilugios que puedan comprometer el instante que separa el fino hilo de la vida y la cercana llegada de la eternidad. Cantar, cantar a la existencia viviendo la libertad sólo se logra con felicidad. La poesía, el canto por excelencia del hombre libre no lo apaga ni desaparece la vileza de unas balas. La mano asesina, la iniquidad miserable de algún oscuro aprendiz de íncubo, cuya cobardía esconde detrás de espalderos asalariados, no logrará desterrar jamás al poema hecho canción. La palabra, bastión infinito de acercamiento al Creador, crece desaforadamente cada vez que uno de sus cultores nos deja sin avisarnos ni despedirse.
No existen fronteras ni barreras para encerrar la poesía. Ella vuela ojos al viento, dobla la espiga hasta hacerla tocar suelo para luego devolverla a su encuentro con el sol; ah, palabras maravillosas cantadas al ritmo de tu sencillez. Las letras se mecen en arabescos vitrales, cobran inmortalidad fundiéndose en silencio con ritos sagrados, se deslizan por la estepa clara de la noche, no claudican ante las amenazas ni traicionan la pureza del espíritu. La palabra desmadeja el alma. Solícita vierte su carga de sortilegios para amainar los vendavales que la tristeza va dejando a su paso. La palabra es libertad en su esencia, mítica hechura de huellas trazadas por unicornios cuando buscan doncellas, simple ademán de ubicuidad reflejado en millones de espejos.
Nunca te asesinaron por que tú eres la palabra, el canto, la trova, la poesía. Alquimia que vincula el alfa y el omega; transmutación al dorado esplendor que señala los infinitos caminos del corazón. El olvido lo merecen quienes apuestan contra la vida, quienes acechan al destino creyendo destruir la cotidianidad humana. Parafraseando a mi hermano Alí Primera: los que mueren por la vida no pueden llamarse muertos y a partir de este momento es prohibido llorarlos…Que redoblen las campanas de la poesía, del canto alegre, de la tierra fértil; que sigan creciendo los versos al amparo de la solidaridad y la amistad, que se desplieguen por todos los mares hasta alcanzar la transparencia.
Facundo, nos acompañaremos hasta el fin de los tiempos con la voz de Atahualpa Yupanki con nosotros nuestros muertos pa’ que nadie quede atrás…Yo tengo tantos hermanos que nos los puedo contar y una novia muy hermosa que se llama libertad, y la fraterna sencillez de Alberto Cortez cuando afirma que a mis amigos les adeudo la ternura…

Cuarto creciente /Sierra Nevada

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