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Anàlisi :: globalització neoliberal
Telegramas desde la ciudad desnuda, el urbanismo de la miseria, Barcelona
19 abr 2011
Si el poder espectacular tuviera que elegir a uno de sus numerosos descendientes como paradigma a seguir, Barcelona seguramente sería su hijo pródigo. El urbanismo burgués fue capaz de dar a luz a un barrio creado de forma totalmente artificial como es el Eixample, con sus geométricas e inacabables calles, que invitan a vivir el perpetuo presente con el que el sistema sueña...
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“Ts'in Che Hoang Ti hizo quemar libros pero no consiguió hacerlos desaparecer todos. Stalin llevó más lejos la realización de un proyecto semejante en nuestro siglo pero, a pesar de las complicidades de todo tipo que pudo encontrar fuera de las fronteras de su imperio, quedaba una amplia zona del mundo inaccesible a su policía donde se reían de sus imposturas. Lo espectacular integrado lo ha hecho mejor que ellos, con nuevos procedimientos y operando, esta vez, a nivel mundial. Ya no está permitido reírse de la ineptitud, que en todas partes se hace respetar; en cualquier caso se ha hecho imposible revelar que es objeto de risa.”

El poder, desde su primitiva formación hasta sus paradigmas burocratizados bajo diferentes pseudónimos y variantes meramente formales, ha sufrido de gravísimos transtornos y psicosis, siempre ha sido un marido celoso obsesionado por el control de los seres a los que somete, coacciona y vampiriza a voluntad. En su delirante enfermedad, ha creado todo tipo de mecanismos para evitar la contestación directa, ha pretendido extirpar de raíz cualquier objeción a su mandato imperante. La moderna sociedad de consumo, con sus bufonescos especialistas y librepensadores a la cabeza, los sociólogos, politólogos, analistas y demás chamanes del mundo contemporáneo, ha significado el punto de inflexión para el desarrollo de la más perfeccionada tiranía de la historia humana: Nunca la censura había sido tan perfecta, nunca alguien tan oprimido se creyó tan libre.

“Donde hay poder, jamás podrá haber libertad” – Nicolás Maquiavelo

Nadie puede, a estas alturas, negar que el poder se trata de un alumno aventajado, que se perfecciona a a medida que extiende su dominio sobre todas las esferas de la vida y de la realidad. El desarrollo de la sociedad de consumo tras la Segunda Guerra Mundial supuso el mandato expreso de la mercancía sobre todos los aspectos de la vida social. La explotación ya no se limita únicamente al puesto de trabajo, si no que ahora goza de plena libertad para instaurar su dictadura totalitaria en todos los ámbitos de la vida del sujeto. Su dominio bajo el aspecto mercantil ha conseguido arrodillar al mundo ante su trono, ahora ya no solamente trabajamos para comprar mercancías, si no que dedicamos nuestro supuesto tiempo libre a rendirles culto.

Los métodos y apariencias del poder son múltiples y variadas, su incesante desarrollo le ha permitido controlar la vida de sus súbditos desde una multiplicidad de ópticas aparentemente distintas y ajenas a él, vías que van de la policía a la prensa, de los sindicatos a los partidos políticos, y de las cárceles a los manicomios y otros centros de reinserción social, olvidándonos aún así del paraestado, los servicios secretos, y el propio lenguaje espectacular, el mismo que ha borrado del diccionario de la historia conceptos como clase social, burguesía o proletariado. Aún así, en la sociedad dominada por el secreto generalizado, las herramientas reales del poder se preservan en la oscuridad.

Es frecuente entonces, leer las críticas más demoledoras a la jerarquía social y las más hábiles contestaciones al dominio de clase, pero no tanto qué significa este dominio en la vida cotidiana del ser humano. Constantemente, se olvida que todos los fenómenos, toda protesta, pasión o deseo, se suceden sobre el terreno de juego que la sociedad del espectáculo ha creado para su goce y disfrute. El urbanismo es el decorado con el que el orden social ha escondido las miserias de su casa, es el escenario sobre el que más cómodo se siente. En los comienzos del capitalismo, se trató de una disciplina reservada únicamente a las clases con una posición más privilegiada en la pirámide social. Hoy, la obsesión por el control social ha llevado al urbanismo a extenderse hasta cada rincón de la ciudad y de nuestras vidas. Los planos de desarrollo urbanístico ya no se presentan como proyectos megalomaníacos de un burgués adinerado, si no como algo imprescindible para continuar la expansión urbana. El mayor logro del urbanismo ha sido irradiar la propia realidad.

Las lecciones que aprendió la gran burguesía tras las primeras luchas proletarias que asolaron Europa a principios del siglo XX, es que las grandes aglomeraciones de población que habitaban las zonas periféricas de las ciudades en condiciones miserables y penosas debido al masivo éxodo rural y a la imperiosa necesidad de mano de obra barata en las fábricas, eran un enemigo a tener en cuenta. El poco tiempo libre que les permitía su trabajo, fue invertido en luchar por diferentes demandas de tipo social y salarial, en la autoorganización para enfrentarse a las principales causas de sus indignas condiciones vitales. Todo esto supuso una reorganización del territorio y de la estructura urbana, y la creación definitiva de la ciudad-empresa, más centrada en ofrecer servicios y entretenimientos variados a sus clases medias, que a suplir sus necesidades reales.

Los barracones desaparecieron mágicamente del paisaje urbano para dar paso a las grandes avenidas que posibilitaban la rápida conexión entre los diferentes barrios de la ciudad. La rápida movilidad se hizo necesaria para que el tiempo que el asalariado pasaba entre su casa y su puesto de trabajo fuera mínimo, y lo más productivo posible. La interacción social quedaba suprimida bajo el autoritario mandato del reloj que marcaba el tiempo de trabajo. El propio centro de la ciudad, antaño definido por su concurrencia y concentración poblacional, quedaba eliminado en su forma física para pasar a ser una zona mucho más amplia y difusa, socavado por el nacimiento de quilométricas calles que no daban opción a la reunión o al debate. Los pocos referentes geográficos de la nueva jungla de asfalto pasaban a ser uno de los principales inventos del poder en su forma de espectacular integrado, los centros comerciales importados de Estados Unidos, que ahora agrupan toda actividad cultural convirtiéndose en eventuales cines o museos que muestran banalidades de diversa índole. Si ya es difícil crear arte en una época en la que el arte ha muerto, más difícil es transmitir los sentimientos de la obra a través un cristal blindado y un sistema de vigilancia en estado de alerta permanente.

Si el poder espectacular tuviera que elegir a uno de sus numerosos descendientes como paradigma a seguir, Barcelona seguramente sería su hijo pródigo. El urbanismo burgués fue capaz de dar a luz a un barrio creado de forma totalmente artificial como es el Eixample, con sus geométricas e inacabables calles, que invitan a vivir el perpetuo presente con el que el sistema sueña. Más allá del proyecto que diseñó Ildefons Cerdà, su genialidad se ha visto turbada por el nuevo complejo Espai 22 Arroba, un barrio carente de vida, construido para ser la privatopía empresarial, y abrir Barcelona al new business. Se trata de un espacio realmente característico, pues la mayor parte de sus habitantes son cámaras de videovigilancia y adormecidos vigilantes de seguridad nocturnos.

Los urbanistas, esto es, los decoradores con mayor responsabilidad de toda la historia, han sabido aprovechar cada uno de los espacios de los que disponía Barcelona para transformarla en una urbe llena de gente y negocios, pero ausente de sueños, vida y felicidad. Aún así, el último de los desafíos que tuvo que encarar la dictadura urbanista del poder, sigue siendo muy reciente. La ocupación del Banco de Crédito, los cuatro días en los que pudimos hablar, reír y soñar, son mucho más que un símbolo. Son una esperanza. Si alguien en pleno uso de sus facultades mentales, sigue dudando del gran horror que significaron esos días para el orden establecido, que haga el esfuerzo de recordar la fachada del edificio durante la jornada de huelga, y que la contemple a día de hoy. La jerarquía social pretende recordarnos su victoria en su propio terreno de juego. Es nuestro deber recordarle que su triunfo es solamente temporal.

"Tengo casi cincuenta años. Estoy en paro desde hace cuatro años, después de trabajar toda la vida. Estoy desesperada, pero esta ocupación me ha devuelto la sonrisa"
Mira també:
http://muertedelahistoria.blogspot.com/2011/04/telegramas-desde-la-ciudad-desnuda.html

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