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Rosas y lavandas
11 des 2010
Ana iba por la vida llena de esperanzas, sueños e ilusiones, era la ternura y el romanticismo de la luna llena en una noche de verano, la calma del silencio a los pies del claro de luna, la pasión de los enamorados en la primera la noche de amor cuerpo a cuerpo, alma a alma.
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Rosas y lavandas
Verónica Tumini – Norton Contreras Robledo

Miguel iba por la vida con la herida de un amor que a pesar del tiempo no lograba olvidar. Trató varias veces de comenzar de nuevo, pero había fracasado, porque cuando ya sentía que la había sacado de su vida, de su corazón, de sus pensamientos y de su alma, el fantasma de esa mujer volvía en los sueños o en los recuerdos, en los momentos menos esperados, como una sombra del pasado.
Cuando ella se fue no solo se llevó la ropa, las fotos y la música, se llevó todo, él se quedo sin nada, se llevó hasta su capacidad de amar y enamorarse. Su partida le había dejado los momentos compartidos diseminados por todos los rincones de la casa, y estaban ahí para recordarle el vacío de su ausencia.
Cuando ella se fue cerró puertas y ventanas, tiró las llaves en la chimenea y se retiró a un rincón al cual nadie pudiera llegar, para llevar su luto en soledad, alejado del mundo circundante.
Ana iba por la vida llena de esperanzas, sueños e ilusiones, era la ternura y el romanticismo de la luna llena en una noche de verano, la calma del silencio a los pies del claro de luna, la pasión de los enamorados en la primera la noche de amor cuerpo a cuerpo, alma a alma.
Se vieron desde lejos, y desde la distancia comenzaron a llamarse, él comenzó a caminar. Al principio casi sin tomarla en cuenta. A cada intento de ella de conocerlo más, Miguel respondía con evasivas o simplemente no respondía, pero a medida que pasaban los días, cada vez los encuentros eran más y más prolongados y sin darse cuenta iban abriendo sus almas.
Llegó el día en que tomados de la mano y mirándose a los ojos se besaron, primero con suavidad y ternura y luego la intensidad de los besos fue aumentando y la pasión comenzó abrasar sus cuerpos.
Los caminos estaban unidos, de eso no hay dudas. Fue la vida, el destino y sus designios, o tal vez solo fue coincidencia, pero los dos caminaban la misma senda. Ella iba más adelante, donde el sol brilla intensamente, donde la brisa suave ondula los aromas de las flores de rosas y lavandas, y él… él estaba a un lado del camino, en la parte más oscura y sombría, dónde los rayos de sol no llegan, donde la brisa se transforma en viento helado. Y aunque no pudo dejar atrás la sombra y el frío, poco a poco fue despojándose de ellos, quitándoselos lentamente, como si fueran capas, sintió que la esperanza y la ilusión renacían, nuevamente sintió que la vida tenía sentido y que valía la pena vivirla.
Poco a poco la luz y el calor comenzaron a tratar de entrar a través de las puertas y ventanas. Tuvo que pasar el tiempo para que él saliera de ese rincón oscuro al que se había regalado, para que abriera las puertas y ventanas de par en par. Fue ese día en que comenzaron a caminar juntos por los caminos de la vida.
Ana lo vio llegar a la mitad del camino, notó que en su rostro, el sol comenzaba a reflejarse, la brisa suave llegó hasta él, llenando su alma del limpio aroma de rosas y lavandas. En ese instante, a mitad de camino, pudo tomar su mano… y es que ella, sin darse cuenta, había salido a su encuentro, lo había alcanzado.
Durante ese tiempo la ternura, el amor y la pasión estaban en el latido de sus corazones, en las caricias, los besos y el amor prolongado en los momentos. Ana llegó a la vida de Miguel como un arco iris después de un día de lluvia, pintando el cielo y la vida de colores.
Durante un tiempo fueron felices hasta que nuevamente apareció el fantasma, el recuerdo de aquella mujer, su sombra gélida abarcándolo todo e intentado proyectarse en Ana, para envolverla con su manto de frío y de penumbra, para rodearla, llenarla, ocupar sus espacios, para separarlos. El aliento frío de ese fantasma y las sombras tenebrosas asustaron a Ana e hicieron que huyera de los brazos de Miguel.
Ana corrió, corrió, corrió lejos, lo dejó ahí parado, para huir de las tinieblas, y volver a su lugar en el camino, a su lugar tibio, cálido y perfumado.
Ahora Miguel, en la soledad en sus días de hastíos y en sus noches de insomnio siente el recuerdo de Ana volver a él como la noche al alba. La brisa del amanecer entra por su ventana trayéndole la fragancia de rosas y lavandas.
Y es entonces que percibe que ella aún espera su llegada, más allá de la noche más allá de los días, con un ramo de rosas y lavandas.

Verónica Tumini – Docente
Norton Contreras Robledo – Comunicador Social, Poeta

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