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Ocurrió en Toulouse, pero nada fue igual
13 mar 2010
Qué ocurre cuando una persona fallece en un hospital de Toulouse sin que haya sido posible determinar su identidad? Hasta conocer la versión oficial sobre el caso de Jon Anza, la respuesta hubiera sido ésta: se hace el acta de defunción; se abre una ficha policial; se solicitan testigos que puedan identificar el cadáver; y, si la investigación no fructifica, el cuerpo es enterrado dos meses después del fallecimiento
No es éste el caso de Jon Anza, pero debería haberlo sido si la versión a la que ayer se puso sello oficial en Baiona quisiera mantenerse alegando que existen precedentes similares. No los hay. Y la razón de que no los haya es simple: las cosas nunca han funcionado así en el Estado francés, ni tampoco en el Centro Hospitalario Universitario (CHU) de Toulouse, en el que se integran tanto el hospital de Purpan como el de Rangueil. En este último se desarrolló el precedente más cercano en el tiempo, pero que debemos situar en las antípodas en cuanto a su desarrollo y resolución.

Resumimos el caso siguiendo las informaciones publicadas en su día por el diario «La Dépêche du Midi»: el 11 de junio de 2008, en el Carrefour del gran centro comercial ubicado en Portet-sur-Garonne -en el área metropolitana de Toulouse-, se desvanece un hombre afectado por una dolencia cardiaca; es trasladado al hospital de Rangueil, donde ingresa en estado de coma; fallece el 12 de julio sin haber recuperado el conocimiento.

Esa persona no llevaba ninguna documentación que permitiera su identificación. Nadie había dado cuenta de una desaparición en la zona, o al menos -como puntualiza el rotativo tolosano- nadie había presentado una denuncia en ese sentido ante la Policía.

¿Cómo se resuelve la situación? Traducimos lo publicado por «La Dépêche»: «Se abrió una investigación. Un requerimiento de testigos, que resultó infructuoso, fue difundido en nuestras columnas el 26 de julio. Y después, este hombre, al que nadie parece conocer, fue enterrado en el vasto cementerio de Cornebarrieu».

También es posible que las diligencias realizadas por el propio hospital obtengan resultado. Recientemente, en Baiona falleció un hombre «sin techo», al que se encontró una tarjeta de un centro comercial de la cadena E.Leclerc; alguien llamó a la localidad en cuestión y la persona fue identificada.

Por otro lado, el protocolo médico-legal francés resulta fácil de explicar. Salvo en caso de muerte violenta, cuando la persona ha fallecido en un centro hospitalario, el certificado de defunción es elaborado por un médico, quien rellena tanto la parte del documento destinada al Registro Civil como el certificado de las causas del deceso (CMCD), que es anónima y queda sellada para garantizar el carácter confidencial de unos datos que, por ejemplo, pueden ser utilizados para elaborar estadísticas sanitarias.

El certificado de defunción tiene que ser enviado en un plazo de 24 a 48 horas al Ayuntamiento donde se ha producido la muerte para que los datos públicos queden conservados en el Registro Civil.

En el caso de que la persona fallecida no haya sido identificada, la investigación policial se refleja también en la web oficial del Ministerio de Interior www.avisderecherches.interieur.gouv.fr, en la que, como publicó GARA en su edición de ayer, hay un apartado dedicado a «personas desaparecidas e identificaciones de víctimas». Todavía ayer, la ficha de Jon Anza aparecía junto a la de otras 60 personas. Sólo 20 de ellas eran hombres mayores de edad y, tras una rápida criba en base a la edad y la raza, apenas quedan 6 o 7 con características físicas más o menos similares a las del militante vasco.

Lo más llamativo a estas alturas es que bajo la etiqueta de «identificaciones de víctimas» sólo aparece una persona: una mujer de más de 60 años cuya identidad aún no ha sido aclarada por la Policía Judicial de Marsella. Si los protocolos se hubieran cumplido en el caso de Anza, aquí debería figurar también la ficha de un hombre fallecido en el hospital de Purpan el 11 de mayo de 2009, pero no hay ni el menor rastro de ella.

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Comentaris

Re: Ocurrió en Toulouse, pero nada fue igual
13 mar 2010
Hoy hay muchísimas más preguntas sin respuesta que antes de que su cuerpo volviera de la nada. Y sigue habiendo una incógnita básica: ¿qué le impidió acudir a la cita que tenía con ETA?

Al guionista parece habérsele ido la mano también en esta ocasión. La resolución de cualquier thriller o de una historia de terror debe tener una mínima coherencia, satisfacer como poco al espectador menos exigente. Cuando no puede conseguirse, en el cine y en la literatura siempre queda el recurso de despertar al protagonista y decir que todo había sido un mal sueño. Pero, ¿qué hacemos con las pesadillas cuando son reales?

La imagen del resoplido de impotencia de la fiscal de Baiona, Anne Kayanakis, y la actitud de manos caídas de su acompañante, el comisario de la Policía Judicial Patrick Leonard, son la muestra más patente de que este caso se ha intentado cerrar dejando, de momento, muchas más preguntas que respuestas. Y si así están los encargados de la investigación, imaginemos el sufrimiento de los familiares y allegados de Jon Anza.

La «versión oficial» relatada, que deja boquiabierta y estupefacta a la propia fiscal, es un coladero por el que se escapa el sentido común.

El cadáver de Jon Anza aparece cuando empezaba a ser ya un desaparecido muy incómodo para las autoridades francesas. Su caso había traspasado la frontera de «los vascos» e importantes medios como «Le Monde», «Le Journal de Dimanche» y «Libération» habían empezado a hacer preguntas. Y, llamativamente, las respuestas que encontraban les dirigían todas a la misma tesis: agentes españoles habían tenido algo que ver en su desaparición.

Además, la investigación oficial francesa había llegado también a plantear cuestiones a la Audiencia Nacional española, con lo que el «Dossier Anza» empezaba a ser, quizá, demasiado voluminoso.

Y, de pronto, por arte de magia, Jon Anza aparece allí donde se le esperaba. En Toulouse. En el lugar en el que ya se le había buscado. Desde donde ya le respondieron a la fiscal que no estaba. Hay quien recuerda el caso de Mikel Zabalza, a quien también pusieron en el Bidasoa para que apareciera donde debía. La diferencia estriba en que es posible rastrear un río sin éxito hasta que el cuerpo salga a flote, mientras que es inimaginable buscar un cadáver en una morgue -un lugar cerrado y ordenado, donde todas las entradas están certificadas- y no encon- trarlo si es que yacía allí.

¿Dónde estaba en mayo-junio de 2009 ese operario tan diligente que esta semana avisó a su amigo policía? ¿Dónde el resto de trabajadores de la morgue y del hospital que tuvieron contacto con Jon Anza? ¿Nadie supo en un año que estaban buscando a una persona de esas características? ¿Reciben moribundos o cadáveres sin identificar todos los días?

¿Cómo es que los billetes de tren con origen y destino en Baiona que ahora han resultado determinantes no figuran en el registro del ingreso hospitalario? Y si no los consignaron por considerar que no eran algo de valor, ¿tampoco los tuvieron en cuenta para tratar de buscar alguna pista sobre el origen y la identidad de una persona a la que atendieron supuestamente durante trece días en el hospital y estuvo meses en la morgue?

Las huellas dactilares de Jon Anza figuraban en los archivos de la Policía francesa y de la española. ¿Nadie tomó las huellas a un cadáver sin identificar y las cotejó?

Pero aun admitiendo que desde el 29 de abril se produce una cadena de fallos en todos los protocolos que impiden la identificación de un enfermo y un cadáver -que ya es mucho admitir-, la pregunta que sigue causando un escalofrío es: ¿dónde estuvo Jon Anza desde que salió de la estación de Baiona hasta que apareció moribundo en un parque apartado de Toulouse? ¿Qué le hicieron en esos días?

¿Dónde está el dinero que debía entregar a ETA?. Porque lo único que la fiscal Anne Kayanakis ha descartado es la hipótesis de Rubalcaba de que Anza hubiera desaparecido voluntariamente para gastárselo. Por cierto, «Interviú» publicó en junio, citando fuentes policiales españolas, que el desaparecido portaba 300.000 euros, lo que desde entonces se ha considerado una verdad absoluta. Si la Policía española no sabía nada de la desaparición de Anza, ¿cómo ofreció una cifra concreta?

Si Jon Anza fue, por ejemplo, víctima de un robo, ¿cómo es que tenía 500 euros en metálico según figura en el ingreso hospitalario? ¿Y dónde están la documentación y el móvil? Un detalle interesante el del teléfono, porque la investigación pidió su registro de llamadas en aquellas fechas. ¿Lo tienen ya? ¿ Y dónde durmió? ¿Dónde comió? ¿Por qué no volvió a casa? ¿No podía? ¿Quién o qué lo retenía?

Quizá murió realmente de un ataque al corazón. Pero la clave está en saber qué se lo provocó. Porque, se mire por donde se mire, la muerte de Jon Anza aparenta cualquier cosa menos una muerte natural. Y no es un sueño ni una película.
Re: Ocurrió en Toulouse, pero nada fue igual
13 mar 2010
Es lo que pasa cuando eres un terrorista profugo de la justicia, que acude a una cita con otro miembro de una banda de asesinos llamada vulgarmente ETA.
Lo que pasa es que vas indocumentado, que nadie ni siquiera "tu puta madre" dicho literalmente sabe a donde vas.
Lo que pasa es que mueres igual que un perro
sarnoso, solo y abandonado, justicia divinia quizas.
Lo que pasa es que te dejan abandonado dentro de una nevera y nadie se preocupa de que le ha pasado a tu puta vida, porque lo mejor que le ha podido pasar al mundo es que te hayas muerto.
Una cosa es creer en la justicia social, ser una persona solidaria, estar comprometido con unas ideas politicas o reivindicativas, otra cosa es apoyar a un vulgar asesino que se dedica a extorsionar a los ricos para matar a todos: pobres y ricos.
Re: Ocurrió en Toulouse, pero nada fue igual
13 mar 2010
Imagino la gran pena que deben tener las familias a las cuales hubieran matado a un miembro de ellas si esta persona siguiera viva.
Se ha muerto un terrorista, y que?
Sindicat