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Comentari :: educació i societat
Deben ser desterrados
06 feb 2010
Mariano Cabrero:"Violar es matar el alma de cualquier mujer, y deshonrar su cuerpo".
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Violar es matar el alma de cualquier mujer, y deshonrar su cuerpo. Pulsando estudios sociopolíticos de distintas culturas, venimos en conocimiento que, nuestras hijas de Eva, han sido excluidas de las posiciones de mando o poder en los gobiernos de turno o en los consejos de administración de las grandes empresas...Pero estos patrones de comportamiento en las sociedades actuales han cambiado, afortunadamente.

Comenzando el siglo XXI la mujer-hijas de Eva- y, pisando fuerte, van poco a poco consiguiendo su ya merecido puesto en el plano socio-laboral, que –en igualdad de derechos y también de obligaciones– le facilita una comunicación liberalizada respecto al hombre. Es bueno comprobar como un hombre y una mujer se pueden tomar unos güisquis juntos, conversando tendidamente de sus mismos proyectos y aspiraciones laborables: se está produciendo poco a poco la liberación de las mujeres: ellas también quieren ser mujeres liberadas…

Violar es invadir el cuerpo de cualquier mujer, y matar su alma. Las matizaciones y los argumentos referentes a las violaciones de las mujeres nos llevan, ineludiblemente, a un argumento final: Todas las violaciones de nuestras féminas son actos sadistas–con dolor e humillación–de dominio y de poder, por parte de nosotros los hombres. Y es que nos convertimos en verdugos–sin sentimientos–de nuestras propias victimas.

“Bien, lo que viene a decir este escritor es que nos salgamos de la calle, que nos vistamos con el burka de la castidad perpetua, que nos marchemos a dormir–al limbo de los justos–el sueño eterno...”, dirán muchas mujeres. O: “...que hay miles de violadores en el mundo”. O: “...que debemos temblar ante la presencia de cualquier hombre”.O: “...que debemos desconfiar de nuestros propios maridos”. Ni tanto ni tan calvo: hay violadores en España, en Estados Unidos, en Colombia, en México, en Filipinas..., y, si me apuráis un poco, hasta en la propia Cochinchina.

Sin embargo, podemos aceptar que, bajo estas circunstancias, para algunos hombres la violación es una patología de sus sentimientos amorosos, prevaleciendo la idea–ya muy extendida–, de que estos individuos necesitan afirmar su masculinidad. Discrepo de estas teorías: La violación es un acto voluntario inhumano cometido por un hombre contra una mujer, y que debía ser castigado con “cadena perpetua”, si la hubiese en nuestra legislación penal vigente. (María Goretti–campesina italiana–, fue apuñalada mortalmente, y en el año de 1954, sin que su asesino consiguiese violarla.)

Nunca vi matar a un hombre/mujer, nunca vi violar a una mujer/hombre, nunca vi matar o violar a un niño/a. Dichos aquí y ahora, y en frío, son horrendos dramas, que forman parte de la Humanidad. Entiende uno que, algunas veces, estos se dan conjuntamente: el horror de la muerte, que es propio de la condición humana.

Hemos visionado muertes y las seguimos visionando en la Guerra de Irak y Afganistán. Podemos afirmar que, a diario, se producen homicidios conscientes cometidos con la fuerza de voluntad necesaria para cometerlos: los móviles por los que se cometen tienen bastante que ver con el odio, con la ignorancia, con el xenofismo, con la envidia, con los celos...: a los culpables se les pueden aplicar atenuantes, pero... ¡Tantas sombras habitan en los cerebros de nosotros los mortales...!

Muchos violadores-asesinos andan sueltos por falta de pruebas fehacientes que, muchas veces, por desgracia no se pueden conseguir, para ponerles a disposición de las autoridades judiciales competentes–jueces y magistrados de turno.

Sí me encontré una vez con una mujer que, a gritos enfurecidos y rabiosos, pedía y suplicaba: ¡Auxilio!, ¡auxilio! “He sido volada–en mis carnes y en mi alma–, por tres energúmenos muchachos–bestias de la muerte–, que escaparon a la velocidad del rayo”, concluyó diciendo.

Era alta, rubia, guapa..., y vestía ropas cansadas por el dolor y la rabia contraída, que le habían causado. Ella se paró al verme, y su mirada cayó sobre mis ojos como agua hirviendo. Tan sólo me dijo: “Llame, llame a una ambulancia”. La trasladé a un hospital cercano por urgencias, y puse los hechos en conocimiento de la policía.

De un tiempo a esta parte, y si visionásemos los períodos de un día, caeríamos en la cuenta de que las violaciones, los homicidios y las desapariciones misteriosas de niños/as...son el pan nuestro de cada día.

Pero la violación de una mujer, que invade sexualmente su cuerpo, es ultraje contra su integridad física, es un acto violento y aterrador contra su voluntad, que lesiona su cuerpo y su alma, produciéndole un desequilibrio corporal y psicológico muy difícil de olvidar en muchos años.

Sí he de manifestar que, las violaciones de hombres por otros hombres en los centros penitenciarios, se producen por la situación de cautiverio en la que se encuentran, y la falta de vigilancia por parte de los funcionarios de prisiones, quienes presuntamente miran hacia otro lado: son éstas las llamadas cárceles del alma y cárceles del cuerpo.

Las semillas de la violencia se depositan en los cuerpos de las mujeres que han sido violadas, y la cinta de casete que ha grabado en sus cerebros la villanía de sus verdugos, funcionará día y noche, noche y día: muchas noches y muchos días como una pesadilla interminable. Y como colofón de lo que expreso, y en el interior de sus vientres vírgenes, pueden llegar a fructificar posibles embarazos no deseados...

No podemos ni queremos olvidar, ni por un momento, que, hasta hace poco tiempo, el sometimiento sexual de la esposa al marido no era considerado como un delito de violación: hoy por hoy, y gracias a Dios y a las leyes, ya no ocurre lo mismo: existen las relaciones sexuales entre mujer y marido, pero nunca jamás empleando la violencia o la fuerza bruta.

Si podemos y debemos recordar que la esclavitud, no sólo fue una opresión de racismo–del hombre blanco hacia el hombre negro–, sino que también supuso otra opresión del hombre blanco hacia la mujer negra.

La violación de la mujer se ha desarrollado y se sigue desarrollando como una provocación salvaje de las guerras y revoluciones, tanto en las que venimos en llamar ‘justas’ (pocas existen que lo sean), como en las ‘injustas’. Las guerras se suelen activar por intereses económicos (la mayoría de las veces), o por odios contraídos y almacenados en las mentes y cabezas de los hombres de mala voluntad, o por expansiones territoriales no justificadas... ¡Son tantas las causas que las provocan...!

La Coruña, 6 de febrero de 2010
© Mariano Cabrero es escritor

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