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Notícies :: sense clasificar
Las afinidades secretas de Thomas Bernhard
19 oct 2009
El siguiente es un artículo de Josep Alemany sobre el escritor austriaco Thomas Bernhard (1931-1989), abrumadoramente detestado por los habitantes de las ciudades de su niñez, Viena y Salzburgo, por maldecirlas vivamente en sus escritos. Publicado en dos entregas en el periódico "cnt" nº 150 y nº 151 (Bilbao, junio-julio de 1993). Corregido en febrero de 2009 por el autor.
Tardé bastante en leer a Thomas Bernhard. Me temía que fuera la nulidad de turno promocionada por el márquetin editorial, uno de esos «grandes narradores» que pretenden aportar tanto y lo único que aportan es aburrimiento y cretinismo.

Thomas Bernhard murió hace veinte años, el 12 de febrero de 1989. Coincidiendo con este aniversario, ya han empezado a publicarse artículos que hablan de cualquier trivialidad —¡incluso de sus zapatos!— sin decir nada interesante. Se insiste, por lo demás, en presentar a Bernhard como un monstruo literario que escribía encerrado en una pecera. El genio dentro de la burbuja del arte. No se mencionan nunca sus afinidades anarquistas, convertidas en un secreto incómodo.

Se trata de una estafa. Porque no se puede entender a Bernhard sin tener en cuenta las ideas anarquistas transmitidas por su abuelo. En su última obra, Extinción, ese bagaje aparece sin tapujos. Algunas páginas parecen variaciones sobre ideas de Bakunin, como cuando habla de la religión o de la necesidad de destruir como acto indisociable de la creación.

Además, ya se encargó el propio Bernhard de hacer estallar la burbuja del arte. La pentalogía autobiográfica supone una ruptura con las obras anteriores, demasiado ancladas en los enredos literarios.

En 1993, tras la lectura de Extinción, escribí sobre la obra de Bernhard las líneas que vienen a continuación, dejando totalmente de lado su teatro. Ahora, en febrero de 2009, sólo he cambiado la introducción. A partir de aquí, pues, reproduzco, con algunos retoques, el artículo de 1993.


SALZBURGO BAJO LAS BOMBAS

El primer libro de Bernhard que leí fue Tala . No salía de mi asombro. En cada página se traslucía el espíritu anarquista del autor. Y un espíritu bien hard, además.

En el primer volumen de la autobiografía tuve confirmación de lo que presentía. El personaje decisivo en la formación de Bernhard fue su abuelo. También escritor, huyó de Salzburgo y «se fue a Basilea, para llevar allí una peligrosa existencia de anarquista, como Kropotkin» (p. 109). En el último volumen, Un niño, recuerda otra vez la fuga de su abuelo a Suiza, «donde hizo estudios técnicos y se unió a algunos anarquistas de sus mismas ideas. Pero no orientaba sus energías hacia la política, sino hacia la literatura» (p. 43). «Los anarquistas son la sal de la tierra», le decía una y otra vez (p. 20). Pero dejemos al abuelo y volvamos al nieto.

Bernhard empieza escribiendo poesía, luego teatro y novela (Helada, 1963; Trastorno, 1967; Corrección, 1975; la enumeración no es exhaustiva). Más tarde se opuso a la reedición de las obras anteriores a Helada, lo que significó enterrar la poesía en el olvido. Descanse en paz. En 1975 aparece el primer volumen de la autobiografía, El Origen. Una indicación . Seguirán El sótano. Un alejamiento (1976), El aliento. Una decisión (1978), El frío. Un aislamiento (1981) y Un niño (1982), todos ellos publicados en castellano por Anagrama.

La autobiografía abre una nueva línea en la obra de Bernhard. Ya en las primeras páginas de El origen salta a la vista la diferencia con las novelas anteriores: la escritura es más nítida, menos laberíntica, lo que da por resultado la condensación estilística; las reflexiones, al mezclase con la narración, intensifican el relato; las repeticiones le dan un ritmo obsesivo, alucinógeno. La páginas en que describe la vida y, sobre todo, la muerte en Salzburgo bajo los bombardeos aliados constituyen un buen ejemplo del arte de Bernhard. Tras «vaciarse» en cuatro volúmenes, en Un niño narra los años anteriores a El origen, estructura circular frecuente en nuestro autor. En el último volumen de la autobiografía, la depuración estilística llega al máximo; incluso cabe hablar de simplificación.


¿EL PESIMISTA UNIDIMENSIONAL?

Ver solo el lado pesimista y demoledor de Bernhard significa tener una idea muy incompleta de sus obras completas. Es innegable que Bernhard tiene en mucha estima a los «clásicos del pesimismo» (Schopenhauer y Pascal) y que en las primeras novelas domina de modo unilateral un pesimismo abrumador (los protagonistas de todas ellas se suicidan o, como en el caso de Trastorno, piensan hacerlo). A partir de la autobiografía, sin embargo, las cosas cambian.

Hay que tener en cuenta, por otra parte, que interés por los «clásicos del pesimismo» no implica, ni mucho menos, una adhesión total. Al contrario, Bernhard establece una sutil relación de coincidencias y discrepancias. Coincide con Pascal en la constatación de la desgracia de los hombres. Ahora bien —y la discrepancia es esencial, una verdadera inversión—, mientras que la desesperación en Pascal conduce a Dios, en Bernhard conduce al suicidio o a la ausencia de toda esperanza. Igualmente esenciales son las diferencias con respecto a Schopenhauer. A partir del pesimismo, Schopenhauer rechaza el suicido e, inspirándose en el nirvana del budismo, confecciona una filosofía cuyos conceptos fundamentales son el renunciamiento y la disolución del yo. Nada más alejado de semejante actitud quietista que la afirmación del yo y del hombre activo que caracteriza el pensamiento de Bernhard.

En Corrección, el pesimismo suicida de Bernhard llega a un callejón sin salida. Alcanzado el punto máximo de la ausencia de esperanza, Bernhard toma la dirección opuesta y supera la tentación de la autodestrucción. Con la autobiografía su obra cambia de signo. Montaigne contrarresta a Schopenhauer (decir que lo desplaza sería excesivo). La actitud literaria de Bernhard responde a su experiencia personal. El aliento nos ofrece el momento esencial en que toma la decisión de convertir en su contraria una situación desesperada: desahuciado en el hospital, los médicos esperan el instante en que deje de respirar, y entonces toma la dirección opuesta y decide vivir. Al producirse recaídas en su enfermedad, reacciona siempre de la misma forma. Del relato de los horrores, las muertes y las enfermedades se desprende una decidida voluntad de vivir. Incluso la muerte del abuelo se convierte en estímulo para seguir vivo.


COMPLEJIDAD

El origen abarca los años en que Bernhard estuvo en un internado de Salzburgo, primero nacionalsocialista; después, tras el hundimiento del III Reich, católico. La formación anarquista que había recibido de su abuelo había de chocar frontalmente con la máquina de aniquilación nacionalsocialista-católica. De ahí la extrema tensión en que vive el joven Bernhard, al borde del suicidio, y el tono desgarrador con que evoca aquel período tan desgraciado de su vida.

Pero Bernhard rechaza toda visión unilateral de las cosas, abarca la realidad con sus aspectos contradictorios. Después de la desgracia de El origen, viene, pues, la felicidad de El sótano . De repente, Bernhard toma la dirección opuesta a lo que lo hacía desgraciado: deja de ir al odiado instituto y se va a trabajar al poblado de Scherzhauserfelfd —el barrio de los horrores de Salzburgo—, en un establecimiento de alimentación, en el sótano del señor Podlaha. «No había sabido que la vida podía ser tan feliz» (p. 72). La soledad no excluye la convivencia con los hombres. «Mi abuelo me enseñó a estar solo y vivir para mí mismo; Podlaha a convivir con las personas» (p. 59). Más ejemplos: «El hombre de hoy sólo puede conservarse en el campo al ciento por ciento, o en la gran ciudad al ciento por ciento» (p. 105). «Lo que aquí se describe es la verdad; y no lo es por la sencilla razón de que la verdad sólo es, para nosotros, un deseo piadoso» (p. 41). La escritura sólo es el intento de comunicar la verdad; sólo permite la indicación, la aproximación.

El individualismo de Bernhard, lejos de encerrarse en el solipsismo o de inventarse un reino de fantasía, no olvida el espacio social y político; al fin y al cabo, «uno no se conoce a sí mismo sino en relación con los demás» [1]. Dicha relación se «institucionaliza» por primera vez en la escuela. En El origen, educación es sinónimo de destrucción, porque la escuela refleja el funcionamiento de la sociedad y del Estado. Es un dispositivo de violencia y de terror, en nombre del nacionalsocialismo o del catolicismo. El paso de un régimen a otro no aporta ningún cambio. Así, resulta que uno de los escritores más ferozmente individualistas del siglo XX es el autor que más ha tratado la tragedia política de nuestro tiempo: la aparición del totalitarismo y su pervivencia en formas y regímenes pretendidamente democráticos. No se ha cansado de insistir en el tema. En la última obra, huelga decirlo, ocupa un lugar central.

La ciudad de Salzburgo le permite esbozar, ya en las primeras páginas de El origen, una de sus ideas más interesantes: la belleza «en tanto que máquina de falsedad», en tanto que «elemento mortal» que aplasta a «los seres que están ligados a esa ciudad y a ese paisaje». Bernhard hace trizas la fachada de la belleza y del arte para mostrar lo que hay detrás, su reverso espantoso: la mentira, la violencia y el horror. A este respecto, cabe señalar Tala. Una irritación (1984), y, sobre todo, Maestros antiguos. Comedia (1985), donde expone sus opiniones demoledoras sobre pintura, música, literatura y filosofía. Como botón de muestra, veamos las conclusiones sobre la filosofía de Heidegger, «ese ridículo burgués nacionalsocialista en pantalones bombachos»: «El método heideggeriano consistía en hacer de grandes pensamientos ajenos, con la mayor falta de escrúpulos, pequeños pensamientos propios» (pp. 58-59). Aquí conviene recordar lo que decía Borges: «Heidegger escribe un alemán abominable. Cuando supe que estaba con los nazis me alegré, ¿no? Muy bien, así es como debe ser, ¿no?». [2]


LOS MOTIVOS PARA ESCRIBIR

Como es sabido, muchos autores escriben continuamente el mismo libro. Thomas Bernhard es uno de ellos. El mismo libro, sí, pero no de la misma forma. Con las variaciones que introducen, el resultado puede ser mejor o peor. También ocurre con frecuencia que, a fuerza de repetirse, llega un momento —la fase final de muchos artistas— en que la gracia se evapora, el estilo adopta un tono seco, mecánico, las piezas chirrían.

Ésos eran los pensamientos que me rondaban por la cabeza antes de emprender la lectura de Extinción. Un desmoronamiento (1986), la última obra de Bernhard. Además, acababa de leer Trastorno y, la verdad, no me había convencido del todo. En fin, que albergaba mis dudas. Sin embargo, al girar las páginas, las dudas se disiparon pronto. Tras un comienzo muy típico de Bernhard, a partir de la página 123 (descripción de Wolfsegg) Extinción ensancha su horizonte y logra un excelente registro que mantiene a lo largo de toda la obra. Como era de esperar, aparecen los ingredientes habituales de Bernhard; el tratamiento, en cambio, es original y sorprendente porque, en el caso de Extinción, nos hallamos ante una «novela familiar» —o, mejor dicho, «antifamiliar»— en toda la regla.

Según Freud, «la felicidad es sólo la realización de un deseo infantil». De pequeño, Bernhard oía cómo su abuelo se levantaba a las tres de la madrugada y se encerraba en su habitación para escribir. De mayor, Bernhard escribe para realizar un deseo infantil y, al mismo tiempo, para continuar la obra de su abuelo. «Mi abuelo, el escritor, había muerto, ahora tenía que escribir yo» (El frío, p. 36). Incluso utiliza la misma máquina de escribir y el mismo método.

No es de extrañar, pues, que a la pregunta «qué motivación se tiene para hacer el esfuerzo de escribir si a uno lo asalta la idea de que nada tiene sentido», Bernhard contestara tranquilamente: «Es que escribiendo obtengo un placer inmenso. [...] Me gusta escribir, eso me basta». [3] La obra maestra que el abuelo dejó inacabada al morir, la ha escrito el nieto. Y no se titula El valle de las siete granjas sino Extinción .

El protagonista y narrador, Franz Josef Murau — a todas luces un alter ego del autor — recibe en Roma un telegrama de sus hermanas anunciándole la muerte de sus padres y de su hermano Johannes en un accidente de coche. A partir de ahí se sucederán los elementos característicos de las obras de Bernhard, con su geografía de exclusiones y oposiciones. El lugar de nacimiento —Wolfsegg, en Austria— es un mundo opresivo donde reina el catolicismo, al que luego se añadirá el nacionalsocialismo. Murau sólo se siente a gusto entre los jardineros y al lado de su tío Georg, quien se marchará a vivir en Cannes. Más adelante también Murau huirá de Wolfsegg y se instalará en Roma, donde da clases de literatura alemana a Gambetti. En Roma coincide con Maria, personaje cuyo modelo es Ingeborg Bachmann.


UNA DISCREPANCIA

Siento tener que discrepar del traductor de casi todas las obras de Bernhard, Miguel Sáenz, pero el caso es que discrepo de él cuando, en el epílogo a Un niño, afirma que, a pesar de la autobiografía, «seguimos sin saber gran cosa de Thomas Bernhard» (p. 158). Yo creo lo contrario. Es decir, que la autobiografía ofrece datos suficientes para conocer a Bernhard. No diré todo Bernhard, eso no se puede decir nunca, pero sí lo esencial. En la autobiografía, por lo demás, Bernhard cuenta las experiencias de las que sacará material para sus novelas. En Extinción, sin ir más lejos, hallamos, transpuestos y transfigurados, muchos elementos de Un niño . Wolfsegg se inspira en la aldea de Seekirchen, donde estaba la granja de los Hipping. Fue el paraíso infantil de Bernhard (también Wolfsegg lo fue para Murau en los primeros años de su vida, antes de transformarse en un infierno). En Seekirchen, Bernhard iba a menudo a la granja, incluso se quedaba a dormir con los criados (cf. el mundo de los jardineros de Wolfsegg); hizo una gran amistad con el hijo mayor de los Hipping (cf. su hermano mayor Johannes). «Mi primera función de teatro fue mi primera función de iglesia» (Un niño, p. 78) (cf. el seminario como «escuela de arte dramático católico», p. 471). Encontramos los mismos entierros y cortejos fúnebres. El cadáver decapitado en accidente de coche procede de El frío .

Salta a la vista que el tío Georg se inspira en el abuelo. [4] El tío Georg escribía un libro sobre Wolfsegg, pero el manuscrito desapareció a su muerte y Murau se propone volver a escribirlo (cf. la obra de Bernhard como continuación de la de su abuelo). El abuelo rompió con su hermana a causa del nacionalsocialismo (Un niño, p. 152); el tío Georg rompe con su hermano por el mismo motivo. Se podrían rastrear más pistas; pero, a fin de cuentas, semejante ejercicio tiene una importancia secundaria.


«LA DOLCE VITA» EN ROMA

Roma ha significado un nuevo comienzo para Murau. Gracias a los paseos por el Pincio con Spadolini, a las conversaciones durante toda la noche con Gambetti y a los encuentros con Maria, Murau ha recuperado el arte de vivir y de pensar. También ha contribuido a ello el ambiente mediterráneo de la Ciudad Eterna y sus restaurantes (« comer bien por un lado, pensar bien por el otro », p. 372). Tras años de atrofia en que no leía más que los periódicos con su porquería insoportable, en Roma ha vuelto a leer auténticos libros, se le han reavivado las pasiones intelectuales. Con Gambetti la seducción es recíproca; los papeles de profesor y alumno son reversibles, al relacionarse con él se le han despertado las afinidades anarquistas. [5] Murau se entrega al placer de pensar sin detenerse ante nada ni ante nadie. Para hacer boca, vale la pena reproducir algunos fragmentos de sus reflexiones filosofantes.

Sobre el catolicismo. «La Iglesia católica hace, de los hombres católicos, criaturas embrutecidas que han olvidado el pensamiento independiente, […] católicos sin voluntad ni pensamiento, creyentes, como ella dice, con infamia. […] ¿De qué nos sirven esas obras de arte como iglesias y palacios católicos, si no tenemos una sola cabeza propia desde hace siglos? […] No tenemos ningún Montaigne, ningún Descartes, ningún Voltaire, sólo esos monjes poetizantes y esos aristócratas poetizantes con su imbecilidad católica» (pp. 107-110).

Sobre la transformación y, por consiguiente, la aniquilación del mundo. «Las revoluciones superficiales, más o menos diletantes, no sirven aquí de nada, como vemos en otros países de Europa, sólo una revolución realmente fundamental, elemental, puede ser la salvación, una revolución que comience por derribar y destruirlo todo, realmente todo» (p. 110). «Tenemos que […] desintegrar lo antiguo para, en definitiva, poder extinguirlo totalmente para lo nuevo. Hay que renunciar a lo antiguo, aniquilarlo, por doloroso que sea ese proceso, para hacer posible lo nuevo, aunque no podamos saber qué será lo nuevo, pero que deberá ser lo sabemos» (p. 159).

Una original terapia contra la desesperación —y su corolario: el suicidio—, que, desgraciadamente, no está al alcance de todo el mundo. «Gracias a la compra de esos pantalones y esa chaqueta, hicimos de una tarde desesperada una tarde feliz. Antes de morirse de desesperación, es mejor salir a la calle y entrar en una tienda de lujo, y vestirse de nuevo, hacer de nosotros una criatura de lujo incluso para un Don Giovanni kitsch, antes que refugiarnos en la cama con una dosis triple de somníferos, sin saber si nos despertaremos, cuando, sin embargo, siempre ha valido la pena despertarse» (p. 165).

Dos pensamientos heredados del abuelo: lo peor es la inactividad; hay que atreverse a actuar y a pensar incluso a riesgo de fracasar, «al fin y al cabo, siempre hemos fracasado en el fondo, y todos los otros también, ya pueden haber sido los mayores intelectos, de repente, en algún punto, fracasan y su sistema se derrumba, como prueban sus escritos, que admiramos porque son los que más han avanzado en el fracaso» (p. 277).

Me gustaría transcribir fragmentos de las reflexiones sobre la fotografía, la literatura alemana, Kafka, Goethe, Musil..., pero resultaría demasiado largo.

Murau también cultiva el arte de someter la experiencia y los acontecimientos a análisis; gracias a esos ejercicios intelectuales, las obras de Bernhard no caen nunca en el costumbrismo insulso. Que nadie se crea, sin embargo, que se trata de una «novela de ideas» o de un «plomo». Porque en Extinción, cosa que no sucedía en algunas obras anteriores a la autobiografía, las reflexiones y los análisis, al descomponer y desmenuzar los acontecimientos, multiplican los ángulos de la narración, dan más fuerza al relato. Y en sus páginas no hay ni rastro de plomo, porque la novela está escrita con fluidez y con grandes dosis de humor.


LA RELIGIÓN COMO TEATRO

De la galería de personajes que desfilan por las páginas de Extinción, uno de los más logrados es, sin lugar a dudas, Spadolini, el Brillante, el Admirable, el Príncipe de la Iglesia nato. Mediante ese personaje, Bernhard aborda el fenómeno eclesiástico en toda su complejidad y perversidad. Cuantas más «cualidades» adornan a Spadolini, más espantoso resulta el papel de la Iglesia católica como institución basada en la hipocresía, el engaño y la mentira. Spadolini lleva a su más alto grado la religión como teatro. Es un genio de la escena, un gran actor del espectáculo eclesiástico; su arte oratorio es un calculado arte de la falsificación. El punto culminante de su actuación se produce durante los funerales que cierran Extinción. La novela tiene así un final operístico, porque la liturgia católica confiere a los gestos y a las actitudes un carácter marcadamente artificial. Tanto en la ópera como en las ceremonias, el artificio funciona como motor único de la representación.

He leído dos veces Extinción, y la segunda vez me ha entusiasmado todavía más que la primera. Me atrevo a decir, pues, que las 482 páginas de Extinción constituyen la culminación del arte de la escritura de Thomas Bernhard. El nuevo giro iniciado con la autobiografía se ha cerrado con una obra maestra. Y como ningún artículo — al fin y al cabo, pobres vivisecciones — puede reemplazar el placer de leerla, invito el lector a que lo compruebe por su cuenta.ir arriba

Notas:
1. Tinieblas, Gedisa, p 88. Se trata de una recopilación de varios relatos, discursos y entrevistas con Bernhard, y una serie de estudios sobre su obra. regresar
2. Richard Burgin, Conversaciones con Jorge Luis Borges. Taurus, p 127. regresar
3. Tinieblas, pp. 82 y 95. Leyendo esta obra también nos enteramos de que Bernhard «en momentos de fastidio o durante períodos depresivos, lo que hojea son sus propios libros, puesto que son ellos, más que otra cosa, los que lo hacen reír.» (p. 149). regresar
4. Para que no haya ninguna duda, en la página 28, puede leerse lo siguiente: "Mi tío Georg se ocupaba una u otra vez de los dos revolucionarios Kropotkin y Bakunin, a los que, en lo que se refiere a la literatura memorialista, consideraba los más altos". (p. 28). regresar.ir arriba
5. «Gambetti el anarquista, que sólo por mí se ha convertido realmente en anarquista, a quien probablemente he educado yo como anarquista contra sus padres, contra su entorno, contra sí mismo, pensé, y que, al mismo tiempo, estimuló mi elemento anarquista, movilizándolo otra vez en Roma» (p. 381). regresar.
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Comentaris

Las afinidades secretas de Thomas Bernhard
19 oct 2009
Grande muy grande. Tan grnade que no cabías y por eso te echaban de todas partes, te insultaban y maldecian, ametrallaban y pintaban la fachada de su casa...tan grande que no, NO CABÍA...!
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El más corto de estos dos textos fue pronunciado por Thomas Bernhard como discurso de agradecimiento en ocasión de la entrega del premio nacional austríaco de Literatura en 1967. El texto más largo estaba destinado a agradecer la entrega del premio Wildgans de la Industria austríaca en 1968. La ceremonia fue sin embargo cancelada sin motivo especial, verosímilmente porque el primer discurso había provocado un incidente: fuera de programa, el ministro de Educación respondió con dos frases a las afirmaciones de Thomas Bernhard y una gran parte de la concurrencia aplaudió. Las conversaciones escuchadas durante la recepción que siguió a la entrega testimoniaron la gran irritación que habían producido el discurso y el incidente. Dos interrogantes quedan abiertos: el de la oportunidad de las circunstancias y, el más importante, el de saber qué sociedad puede abstenerse de tal irritación.




Cuando estamos a la búsqueda de la verdad sin saber cuál sea ésta, que no tiene de común con la realidad sino la verdad que no conocemos, estamos a la búsqueda del fracaso, de la muerte… de nuestro propio fracaso, de nuestra propia muerte, por lejos que se remonten nuestro pensamiento o nuestros sentimientos, o nuestra imaginación o por lejos que miremos hacia el porvenir, es la muerte, la ausencia de reposo o el reposo como fenómenos de debilidad, de fracaso… se trata de las ciencias, de las artes, de la naturaleza misma, marcas específicas de la muerte… Cuando hablamos de la vida y ponemos el dedo sobre ella, cuando nos ocupamos de la vida como de una decepción permancnte de los conceptos de lo que es la naturaleza,— nosotros, los elementos teatrales...—un análisis letal nos resulta imposible.

Lo entendemos, lo vemos, lo sentimos y lo pensamos, es un concepto de infinito en que se cruzan las líneas del menoscabo, de la mortificación, de la desaparición, donde todo se extingue simplemcnte, donde todo lo que está entre el finalmente y el por fin es fatalidad patológica, a favor y en contra, sin origen, sin objeto y sin finalidad, de nuestra facultad innata de soñar, de nuestra limpidez; es método, méodo de muerte: aquello de que huimos, como sabemos, está en nosotros, lo que tenemos está en nosotros, lo que somos está en nosotros... etcétera. Nos prometemos mucho, aprendemos todo y nos contradecimos, después recomenzamos a aprender siempre y todavia y nos oxidamos, nos pudrimos de arriba abajo y de abajo arriba hasta la médula y partimos, pasando constantemente de una naturaleza a otra, hacia la muerte... En nuestro ser, somos incapacesde acción, somos materialistasfilosóficos, la mistificación hasta en la muerte…

Lo que poseemos es la experiencia, algo metafisico de lo cual, cuando tenemos tiempo para el miedo, tenemos miedo, ante lo cual, y alli mismo está la desviación, capitulamos: nos morimos, caballeros solitarios como somos de nuestra impotencia, huérfanos de la historia, articulaciones muertas de la naturaleza... Estamos a la búsqueda de una coherencia, circunstancias, condiciones de la muerte, estados del cuerpo, estados de ánimo de la muerte...

Nuestro nacimiento nos arroja en una amnesia, ávidos de universo, regeneradores de nada sino de la muerte. La muerte se explica para mí como historia natural, como lo que ha hecho posible el pensamiento. Si tenemos una meta, me parece, es la muerte, aquello de que hablamos, es la muerte...

Os hablo, pues, hoy, de la muerte, pero no os hablaré directamente de la muerte, sería demasiado ambicioso, inútil, hablaré ahora indirectamente de la muerte, por alusión, de esta experiencia que poseemos, que hacemos constantemente, que haremos siempre hasta el infinito, hablo ahora de la muerte, puesto que me habéis encargado un discurso, algo sobre la vida, es cierto, pero yo hablo, aun cuando hablo de la vida, de la muerte…Todo lo que se dice es siempre sobre la muerte… Pero no hablaré hoy de un lugar particular de la muerte, de nada que se refiera al detalle, eso seria, he dicho, demasiado ambicioso no nos hemos reunido aqui para escuchar un estudio, eso sería una infamia, y mucho más triste; no quiero recubrir esta sala de fiesta con mi negrura, con la negrura general, con las tinicblas generales, por más que hayáis encargado un discurso, y que me lo hayáis encargado a mí, y por más que esta sala me deslumbre, todas las salas de fiesta me deslumbran, comprendeis... y por más que no necesite tener en cuenta consideraciones, no entristeceré esta sala y no os entristeceré... pero de todos modos hablo de la muerte, porque hablo, porque nos gusta oir hablar de la vida, de la muerte, por ejemplo de los hombres y de sus conquistas, porquenos gusta oír hablar de conquistas, de las ciudades y de sus conquistas, de los Estados y de sus conquistas, del macrocosmos del microcosmos... de la capacidad, de la incapacidad, de las enfermedades mortales, de los restos de Europa. .. ¡de los restos! comprendéis... de la peor impresión imaginable que tenemos todos juntos, y seria necesario decir aqui, ahora, a la vista de todos, lo que habitualmente sólo decimos en la intimidad... pero eso llevaría demasiado lejos, llevaria a la catástrofe… pero yo no hablo tampoco de nuestros lagos, de los valles de alta montaña, de la manera con que los ingenieros desprovistos de gusto pero no de avidez destruyen nuestro hermoso paisaje, de la destrucción general, de nuestra literatura de pequeño burgueses, de la cobardia de nuestra "intelligentsia" no, si hablo, es de la muerte… señalo la vida y hablo de la muerte…

No hablo de la historia del espiritu, sino de la muerte, no de las aproximaciones fisiológicas, psico]ógicas, sino de la muerte... no de los órdenes de grandeza, de realidades perturbadoras, de genio y de martirio, de idiotez y de sofistica, de jerarquias y de amargura, todo esto me contento con mencionarlo y hablo de la muerte... y no hablo de religiones, de partidos, de parlamentos, dc academias, ni de apatia, de simpatía, de afasia... seria necesario ciertamente que hablara aqui de todo, de todo al mismo tiempo, pero es imposible hablar de todo al mismo tiempo, es absurdo, por lo tanto sólo puedo deciros todo aquello de lo cual yo podria hablar hoy aqui, mencionar lo que en verdad callo, porque no puedo hablar de eso, lo que concieme a la filosofía por ejemplo, a la poesía; no hago sino mención de la ignorancia y la verguenza... no tiene sentido ir al fondo dc ninguno de estos temas que imagino, ante vosotros, desarrollar aqui en esta sala de fiesta uno solo de estos temas… nos falta para eso la más grande, la más alta atención, que se debe exigir y que no tenemos, que ya no tenemos, no tenemos más la más grande, la más alta atención… Pero podria, como podéis imaginaros, hablar aqui del Estado, de la imposibilidad del Estado, y sé que estáis contentos de que no hable de eso, tenéis constantemente miedo de que vaya a decir algo de lo que tenéis miedo y estáis contentos de hecho de que no hable aquí realmente de nada, y no hablo aquí efectivamente de nada; puesto que no hago más que hablar de la muerte… y que hago mención de la dictadura, una justicia criminal, el socialismo y el catolicismo, la hipocresía de nuestra Iglesia… no tenéis por qué tener miedo... de que mencione nada a propósito de sarcasmo, de idealismo, de sadismo… de norte y de sur… y aun de nada ridiculo: que la ciudad de Viena es las más sucia de todas las capitales, con los miembros paralizados y la cabeza podrida y los nervios destrozados... nada a propósito de mis tíos carniceros, o de los tios aserradores, tíos agricultores, etcétera, de mi granja en Nathal, gentes de allá, de su belleza, de lisiados, de tipos de cereales y de engorde de cerdos, la caza moviéndose en el bosque, el paso de un circo por una pradera… de Alexander Blok, Henry James, Ludwig Wittgenstein... cómo se hace de un hombre honesto un criminal de un dia para otro, cómo nos encontramos en prisión y cómo fuera de ella… de los asilos de locos, de la división y de la multiplicación… del concepto de abandono y de las neuralgias sociopoliticas… del Estado y del Estado Monstruo, o aun de los distribuidores de premios... ¿o bien debo hacer aquí un discurso de agradecimiento, contar alguna cosa sobre el mal de vivir?... o algo sobre los industriales, o quizá sobre el genio desconocido... sobre la irreflexión, la bajeza, algo sobre la moral, no sé… sobre la vejez como horror ejemplar o la juventud como horror ejemplar, sobre el suicidio, el suicidio de los pueblos... podria también contar una historia, pues tengo varias historias en la cabeza, o un cuento como El cuento de la bella Austria, cuando era todavía algo, o LosAustríacos cuando eran todavía algo… o El cuento de la navegación de ultramar que no es ya rentable, El cuento de la crianza de cerdos que no es ya rentable, La fórmula mágica CEE… o La literatura que no es ya rentable, el arte que no es ya rentable, la vida que no es ya rentable…o prefiririais El cuento del porvenir... hablo de la mentira y del ridiculo y no cuento El cuento de la profundidad… no hago más que rozar todo esto y arrojo a esta sala algunas palabras, por ejemplo la palabra "aislamiento", "degeneración", "vulgaridad", la palabra "sensibility"... hago hincapié en el envejecimiento, la inutilidad creciente, y puesto que muy rápidamente nos cansamos de la comedia, del espectáculo de la existencia, de todo el arte dramático... un día, en un solo instante, en el instante decisivo, nos arrojamos de cabeza a la muerte... Mi tema, es la muerte, como también es el vuestro... hablo, pues, de la vida y no hago sino mencionar la estupidez actual por ej emplo , por ejemplo la incapacidad catastrófica de este gobiemo, todo ese enorme escándalo gubernamental en el que también metemos mano... todo este absurdo de las democracias por ejemplo, este perpetuo y repugnante calidoscopio de pueblos... pero no hago discurso sobre las masas terrestres y humanas, sobre esas enormes y absurdas masas, ni sobre un mundo nuevo, porque no veo ninguno, no digo nada sobre el átomo, nada tampoco sobre los leprosarios y las revueltas de los negros, nada sobre Inglaterra que pide socorro, sobre Alemania que miente, Norteamérica esquizofrénica, Rusia diletante, China a quien tememos, la minúscula Austria… hablo de la muerte, lo que digo son palabras sobre la muerte, no hablo de la innoble ausencia de necesidades del espiritu... ni del hecho de que las revoluciones no nos han aportado lo que esperábamos, no hablo ni de imperios en putrefacción, ni de monarquías, de repúblicas estúpidas, de dictaduras, ni de amor a la patria, ni de abyecta neutralidad, no presento ninguna carta de ciudadania… pero no cuento nada tampoco sobre Ferdinand Ebner o T. E. Lawrence... pero me pregunto si no debería de todos modos presentar alguna cosa, optimista, al estilo de los cancionistas... algo grotescamente fatalista, algo sobre la tristeza, la fantasía, la melancolia… cómo se hace dinero o bien cómo se pierden los amigos y el dinero, no, no, todo es malentendido, todo es bien entendido malentendido... en la medida en que la muerte misma no es otra cosa que un malentendido, y que yo esté, que esté aquí, ante vosotros, para hablar, es también un malentendido, exactamente como la muerte, bien entendido… ¿que haga el viaje o que no lo haga?... busco, cuando me despierto, refugio en este tema, el objeto de la frase y el enunciado de la frase, el ascenso y el descenso… habria tanto que decir, pero no es este el lugar para proceder a una intervención quirúrgica en un estado de cosas que es un estado de cosas catastrófico, este no es el lugar de trasplantes filosóficos, de acrobacias aritméticas, nos faltan aqui, en esta hermosa sala de fiesta el instrumental, y sin embargo me darian placer todas estas operaciones, cortar y coser, atar, amputar... pero odio la afectación… y no dire nada de Shakespeare y nada de Buchner, y no os fastidiaré con Flaubert... sabria muy bien, de manera muy penetrante, quizás hasta extremadamente sorprendente manejar los elementos cómicos, graciosos, irónicos en mi, y manejar los mismos instrumentos en vosotros… desplegando todo mi entendimiento, decir algo nuevo sobre Homero, sobre Torgueniev… o bien: se toma simplemente a Dios y se revuelve el todo, se toma simplemente al diablo y se revuelve el todo, se toma la burguesía y se revuelve el todo , se toma el proletariado y se revuelve el todo... Que no nos olvidemos de hablar de la primera mitad de este siglo como de una mitad en la demencia… seria inteligente citar un verso de Baudelaire, una frase de Proust, una frase de Montaigne, una frase del cardenal de Retz si se quiere, o alguna otra obscenidad fillosófica... que no nos olvidemos de los sacerdotes y de los médicos, los fisicos y los comunistas, el Ejército Rojo y los guardias suizos, la industria de metales ligeros y sobre todo de nueslros huéspedes... Todo esto, lo creáis o no, queráis verlo o no, tiene algo que ver con la muerte, que hable de vosotros o de mí, que seáis vosotros o yo a quienempuje al absurdo, es la muerte, estamos empujados por la muerte… que tenga algo contra los gobemantes o contra los oprimidos, contra los blancos o contra los negros, contra este gobierno por ejemplo que, como todos los gobiernos, es el peor que se pueda imaginar, contra nuestros parlamentarios, contra nuestro canciller federal, contra nuestros profesores universitarios y contra nuestros artistas, contra Heine y otros, contra Marx y otros, que tenga algo contra todos estos señores, es la muerte, es lo irreparable... es la catástrofe... todo esto, tiene algo de imposible, de inaudito.

Pero creo que he dicho bastante, o hablado, ¿no es asi? señalado, ¿no es así?, pasado en silencio muchos temas, como véis, pasado en silencio casi todos los temas, como podéis convenceros y no me queda sino expresar mi agradecimiento por algunos millares de schellings que me habéis ya enviado a mi domicilio en Alta Austria, por las magnificas vacaciones que con esa suma me podré tomar. Me pagaré un periodo de prodigalidad, algunas semanas al borde del Mediterráneo, o algunas locuras en Bruselas, París o Londres, no sé todavia... en todo caso lejos de aqui, lejos de Viena, lejos de Austria, de la patria, que amo… os agradezco, por más que no sepa de qué os agradezco, es posible que os agradezca efectivamente por una locura... por una loable finalidad quizá, pues la vida es una finalidad absolutamente loable, algo que, como lo sabéis ahora, tiene mucho que ver con la muerte… que todo es la muerte, la vida entera no es más que la muerte, que voy a desearos una buena, quizá memorable velada, y salir de esta sala, partir de esta sala, partir de Austria algún tiempo hacia el placer y hacia el trabajo, y lo digo una vez más: os agradezco por esta distinción, por el malenlendido que constiluye sin ninguna duda esta distinción, pues, como sabéis, todo es malentendido y os recuerdo una vez más especialmente la muerte, que todo tiene que ver con la muerte, no olvidéis la muerte... no la olvidéis, no la olvideis…








Discurso pronunciado el 22 de marzo de 1968 en ocasión de la entrega del Premio Nacional Austríaco:







Señor Ministro
Vosotros los aquí presentes



No hay nada que exaltar, nada que condenar, nada que acusar, pero hay muchas cosas rislbles; todo es risible cuando se piensa en la muerte.

Se atraviesa la vida, se reciben impresiones, no se reciben impresiones, se atraviesa la escena, todo es intercambiable, se recibe una formación más o menos buena en la tienda de accesorios: ¡qué error! Se comprende, un pueblo que no sospecha de nada, un hermoso pais-padres muertos o conscientemente sin conciencia, hombres con la simplicidad y la bajeza, la pobreza de sus necesidades.

Todo es prehistoria altamente filosófica e insoportable. Los siglos son pobres de espiritu, lo demoniaco en nosotros es la prisión perpetua del pais de los padres donde los componentes de la tonteria y de la brutalidad más intransigente se han hecho necesidad cotidiana. El Estado es una estructura condenada permanentemente al fracaso, el pueblo una estructura condenada sin cesar a la infamia y a la flaqueza de espiritu. La vida es desesperación en que se apoyan las filosofias, en las que todo, finalmente, es prometido a la demencia.

Somos austriacos, somos apáticos; somos la vida, la vida como indiferencia a la vida, vulgarmente compartida; somos, en el proceso de la naturaleza, la locura de grandezas, el sentido de la locura de grandeza como porvenir.

No tenemos nada que decir, sino que somos lamentables, que hemos sucumbido por imaginación a una monotonia fllosófica-económica mecánica.

instrumentos de la decadencia, criaturas de la agonia, todo es claro para nosotros, no comprendemos nada. Poblamos un traumatismo, tenemos miedo, tenemos mucho derecho a tener miedo, vemos ya, por más que indistintamente, en último término, los gigantes de la angustia.

Lo que pensamos ha sido ya pensado, lo que sentimos es caótico, lo que somos es oscuro.

No tenemos que tener verguenza, pero no somos nada tampoco y no merecemos sino el caos.

Agradezco, en nombre personal y en el de aquellos a quienes se distingue hoy conrnigo, a este jurado y muy especialmente a todos los aqui presentes.




UN HORRIBLE VACIO

No puedo explicarle ahora mi vida, ni lo que soy. No, eso no se puede hacer. Necesitaría tres mil páginas y posiblemente se me olvidarían aún las cosas importantes, que se me ocurrirían luego. Para eso haría falta otro volumen complementario. Lo esencial se me olvidaría en esas tres mil páginas, y en mi lecho de muerte diría: ¡Santo Cielo!, ahora veo lo más importante de todo, ahora, al mirar desde un lecho de muerte, eso lo explicaría todo de otra manera, no tiene ningún sentido.

Hay que llegar a todo por sí mismo. Uno no tiene ninguna tarea ni nada parecido. Tareas sólo tienen los colegiales y los que obedecen a sus maestros.

Y entonces pierdo de algún modo las ganas, porque no tengo ya nada que hacer, eso es lo idiota. Por eso he tenido que tener siempre una compensación y hacer algo, aunque fuera absurdo. Pero da igual. Como las mujeres, que tienen que sacudir incansablemente alfombras para tranquilizarse y poder freír sus tortillas. Todo ser humano se busca algo parecido. De algún modo siento un —¿cómo se llama ese famoso vacío?—, un horrible vacío, desde hace un año. ¿Qué puedo hacer ahora? No me interesa ya nada. Pero bueno, siempre ocurre algo, aunque sea una desesperación pura, algo llega siempre. Y entonces lo explotaré otra vez. Porque la vida es una explotación. Y uno se precipita sobre lo que sea, otra persona o uno mismo, no sé. Todo eso no conduce a nada.

Eso me recuerda dónde estuve ayer, en casa de un campesino, que me contó que un tabernero, al que yo también conocía, había muerto de pronto, aunque podía preverse desde hacía un año, pero sin embargo, de pronto, tenía un pie totalmente podrido, y desde luego hubo mucha gente en su entierro, y uno de ellos, ex carnicero y posadero, que había sido anteriormente oficial de carnicero pero tenía ya más de sesenta años, tuvo que llevar una cruz, de dos metros, enormemente pesada... siempre tienen, cuando llevan algo así, una especie de soporte de cuero, donde va metida la cruz. Y sólo hace falta sujetarla, pero no cargarla. Sin embargo, no encontraron el soporte y el hombre tuvo que llevar la cruz durante dos horas, y le pusieron encima además una corona, y entonces él se derrumbó y ahora estaba en cama, también listo. Ahora me acuerdo.

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