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Potencias en conflicto. Las tensiones expresadas en el G20 tenderán a agudizarse con el avance de la crisis
29 abr 2009
Artículo publicado en El Aromo, periódico de la Organización Cultural Razón y Revolución
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Potencias en conflicto

Las tensiones expresadas en el G20 tenderán a agudizarse con el avance de la crisis

Juan Kornblihtt
OME-CEICS

La comparación es inevitable. En 1933, en plena debacle del capital, los presidentes de las principales potencias económicas se reunieron en Londres con el fin de aunar criterios para enfrentar la crisis. El resultado fue un fracaso: Europa y los EE.UU. pugnaron por sus propios intereses y no estuvieron dispuestos a ceder. El proyecto de un plan conjunto ni siquiera pudo sortear las apariencias, ya que los norteamericanos abandonaron el encuentro.
Este año Londres fue, una vez más, la sede de la cumbre de presidentes de las principales potencias. El G20, que reúne a las naciones más poderosas (con un par de colados, como la Argentina), sesionó en medio de una crisis de magnitud similar o superior a la del ‘30. Una vez más, se apeló a la utopía de que la diplomacia y la política podrían dominar las leyes del capital. A diferencia de 1933, esta vez hubo una declaración conjunta y un acuerdo, pero el resultado es poco y nada. Las tensiones se agudizan más y más a medida que avanza la crisis y no hay cumbre que pueda ocultarlas.

Qué pasó en el G20/2009

La amplia cobertura mediática no se restringió sólo a la discusión económica. La alfombra roja con Michelle, la esposa de Obama, a la cabeza, abrazada a la reina fue quizás más citada por la prensa mundial que el acuerdo firmado. La farandulización de la cumbre buscaba darle glamour a un encuentro marcado por las internas y por un marco represivo hacia numerosas manifestaciones, cuya represión se cobró la vida de un manifestante.
El debate estuvo marcado por tres grandes líneas. Por un lado los EE.UU. y Gran Bretaña (GB) pedían un plan conjunto para salvar a los bancos. Alemania y Francia, imposibilitados de seguir expandiendo el ya alto déficit fiscal, lo rechazaron. Su propuesta, en cambio, consistía en mayores controles a la banca, en particular, a los paraísos fiscales. Esto tampoco se aprobó, porque GB y los EE.UU. no están dispuestos a ponerles trabas a los capitales financieros. La más audaz fue China: por fuera de las conferencias formales, planteó la necesidad de ir encontrando un sustituto al dólar. Su plan era darle entidad de moneda global a los títulos emitidos por el FMI, un intento por empezar a sacarse de encima las reservas en dólares. Aunque todos saben que el dólar está sobrevaluado, nadie quiere atacarlo, porque una devaluación implicaría una licuación de las reservas y una pérdida de riqueza incontrolable. Por eso, la propuesta también fue vetada, aunque recibió la simpatía de algunos, como Rusia.
En definitiva, nadie (salvo China) llevó propuestas audaces a sabiendas de que un pacto importante era imposible. El acuerdo que todos suscribieron fue otorgarle algunos fondos más al FMI (750 mil millones dólares) con el objetivo de salir a salvar a los Estados de los países del Este, que son los primeros que están cayendo. Por supuesto, en aquellos países, la receta no será expandir el gasto estatal sino, por el contrario, prestarles plata a cambio de ajuste de cuentas y reducción salarial. Keynesianismo para los ricos y neoliberalismo para los pobres, parece ser la receta. A su vez, se aceptó emitir más títulos del FMI y se incluyó una lista de paraísos fiscales cuestionables, como para que ninguno aparezca como perdedor. Pero en definitiva, ninguna medida tendrá un alcance real en resolver los conflictos existentes entre los diferentes capitales.

La fase estatal de la crisis

La imposibilidad de un acuerdo estaba dictada de antemano. La crisis, más que llevar a la unión entre países, está conduciendo a la disgregación. Ya la Unión Europea (UE) fracasó en establecer un plan conjunto de salvataje. En lo único en que están de acuerdo, por fuera de GB (que sigue a los EE.UU. a todos lados), es en no poner en marcha proyectos en común. Por eso, se rechazó la propuesta de los EE.UU. de aumentar, en forma conjunta, los fondos para salvataje de bancos e industrias.
La cuestión pasa porque la crisis, que estalló por el lado financiero, se está llevando puesto al sector industrial, con una reducción del comercio mundial, un crecimiento del desempleo y quiebras a un ritmo más veloz que en los primeros meses de la crisis del ‘30 (ver gráficos). Ante esta situación, que impide sostener la recaudación impositiva, la acción estatal se realiza sobre la base de aumentar el déficit fiscal. Francia alcanzó un récord histórico de deuda pública y en ese camino van Italia, España y Alemania entre otros. Los EEUU también lo aumentaron en forma extraordinaria. Sin embargo, tienen un mayor margen de maniobra para que este aumento no haga estallar la economía, ya que al controlar la moneda mundial pueden emitir papel y trasladarles su déficit al resto del mundo. Por eso aparecen más dispuestos a aumentar el gasto.
Toda esta expansión del déficit es una nueva burbuja de capital ficticio. Antes, el estímulo a la economía pasaba por el precio artificial de las viviendas. Ahora, todo está centrado en el accionar gubernamental. Los salvatajes estatales no hacen más que patear la pelota hacia adelante. Los déficits acumulados no implican que esa plata sea real. En el caso de los EE.UU., el déficit se financia con emisión de títulos del Tesoro, gran parte de los cuales van a parar a manos de China y de los países más débiles. Como lo muestra la contracción de la acumulación de capital yanqui, esos papeles no tienen respaldo real.
Ante la evidencia del futuro negro para el billete verde, todos quieren sacárselos de encima. China propone hacerlo de forma pacífica, colocando al FMI como mediador. Argentina, por ejemplo, propone el uso de monedas locales en el Mercosur. Con todo, estos gestos no pueden pasar de amagues: de empezar una corrida contra el dólar, los principales damnificados serían ellos mismos. Los EE.UU., en última instancia, podrían devaluar su moneda, como lo hicieron en los ‘30 y en los ‘70 y, de esa forma, proteger su economía y licuar sus deudas con los acreedores. China (y el resto de los países acreedores) se quedaría con las manos vacías, con menos reservas y con menos mercado a quien venderle.
Por estas contradicciones, la salida no puede ser pacífica. Los intereses contrapuestos entre acreedores (el mundo) y deudores (los EE.UU.) son irreconciliables. Los aumentos del déficit, aceleran la tendencia a que la crisis se traslade al Estado y la crisis financiera deviene en crisis política y, de crisis política, a los enfrentamientos entre países. No faltará mucho para que ya ni puedan sacarse una foto juntos.

El largo camino hacia Bretton Woods

La inestabilidad monetaria que implica una crisis lleva a pensar que la solución es un acuerdo mundial que regule y estabilice las monedas a nivel mundial. Ante el fracaso del G20, gran parte de los economistas llaman a crear nuevas reglas de juego. La idea es recrear el orden de posguerra en donde se estructuró un acuerdo global. En aquella ocasión, el dólar era el patrón monetario mundial y, el FMI y el BM, las instituciones coordinadoras globales. Dicho acuerdo, logrado en Bretton Woods en 1944, habría sido la causa, se nos dice, de la recuperación explosiva del capital en los ‘50 y mediados de los ‘60. Por lo tanto, debería ser el modelo a seguir. Sin embargo, una mirada más rigurosa de del fenómeno no confirma estas afirmaciones.
El contraste entre el fracaso de 1933 y el éxito de 1944 aparece, para analistas de la prensa burguesa, como una cuestión de egoísmos primero y racionalidad después. Por lo tanto, para evitar la catástrofe, todo sería cuestión de exigir sensatez a los dirigentes. En este análisis, pierden de vista que Bretton Woods fue el resultado directo de la Segunda Guerra Mundial. El acuerdo sólo fue posible luego, no antes, de la destrucción de capital sobrante y el aumento de la tasa de explotación. Desde su posición victoriosa, EE.UU. pudo imponer el dólar y una serie de instituciones de control a nivel global.
Pese a la ilusión de que los acuerdos y las políticas económicas generaron la salida de la crisis, esta sólo se resolvió por vías reales. La ficción de la emisión monetaria y la expansión del crédito tienen límites. El enfrentamiento real es lo que se oculta detrás de los “no” acuerdos del G20. La llegada de un nuevo acuerdo será resultado de un largo proceso de lucha, cuyo resultado no puede aun predecirse, pero que sin dudas, para bien y para mal, colocará a la clase obrera en el centro de la escena.
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Comentaris

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29 abr 2009
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