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Anàlisi :: sense clasificar
¿En qué sentido el proletariado es sujeto con poder económico en el capitalismo?
29 abr 2009
La afirmación relativa a la desposesión proletaria respecto del poder económico en el capitalismo, así como a que esto diferencia radicalmente al proletariado en sus perspectivas revolucionarias respecto de las clases subversivas del pasado, es una afirmación correcta en un sentido específico. Se convierte en tópico tan pronto como pasa a ser considerada brutamente y sin matices. Se trata de un tópico nocivo en tanto que aparta a las minorías proletarias del camino de la organización orientada hacia el asalto de la producción y hacia el ahogo de la distribución capitalista mediante ruptura organizada con los mecanismos de compra-venta.
¿EN QUÉ SENTIDO EL PROLETARIADO ES SUJETO CON PODER ECONÓMICO EN EL CAPITALISMO?

UN PLAN COMUNISTA DE ACCIÓN DIRECTA EN VÍSPERAS DEL 1º DE MAYO

La afirmación relativa a la desposesión proletaria respecto del poder económico en el capitalismo, así como a que esto diferencia radicalmente al proletariado en sus perspectivas revolucionarias respecto de las clases subversivas del pasado, es una afirmación correcta en un sentido específico. Se convierte en tópico tan pronto como pasa a ser considerada brutamente y sin matices. Se trata de un tópico nocivo en tanto que aparta a las minorías proletarias del camino de la organización orientada hacia el asalto de la producción y hacia el ahogo de la distribución capitalista mediante ruptura organizada con los mecanismos de compra-venta. Efectivamente, si es cierto que el proletariado nada en la total impotencia en lo que se refiere a apoyarse en el proceso económico como resorte con el que cultivar su propia fortaleza política, al tiempo que como terreno a subvertir arruinando, al compás del desorden sembrado, las propias bases de sustentación de los capitalistas…, en ese supuesto no hay más salida que la de concentrarse en constituir a la clase como poder político en competencia a muerte con el poder político de la burguesía. El trasfondo de esta premisa debe bastante a la ideología anarquista. No importa si las diferencias de forma son “radicales” –pues los anarquistas hablan de destruir el poder político y jamás de constituirlo aunque sea como condición dialéctica de acometer su destrucción-, lo importante es que el peso de la acción y de la perspectiva es puesto, por ambos razonamientos, sobre el plato de la maquinaria que reproduce y sanea sin interrupción, con su violencia, su intervención, su política económica, sus negociaciones mercantiles, sus acciones diplomáticas, su formación…, la racionalidad económica existente. Este razonamiento olvida atender a lo más importante; porque, aunque destruir el aparato burgués de violencia y de saber es condición sine qua non para la construcción de otra racionalidad productiva no basada en la reinversión de valor en Medios de Producción con que mejor competir con otras burguesías, sino basada en el consumo y en garantizar la propia realización del sujeto social como productor, el Estado burgués no es otra cosa que el correlato necesario a una economía que demanda de su contención, de su corrección y de la soldadura de una sociedad objetivamente enfrentada y que por tanto tiende a politizar este enfrentamiento básico de su ser. Ello significa que, no importa cuán comunistas y cuán proletarios seamos en la dirección del proceso revolucionario contra el Estado burgués, éste se reconstituirá tarde o temprano sencillamente porque, al haber permanecido las Relaciones de Producción sin ser revolucionadas y habiéndose dejado esta tarea para más tarde –instrumentos de legalidad en mano, así como poder represivo, coactivo, de elaboración de saber, etc.-, el capitalismo continúa funcionando en la producción y gobernarlo demanda la aplicación de los dispositivos políticos adecuados a esa realidad, es decir, de los dispositivos burgueses, no importa que los encargados de aplicarlos y administrarlos no se digan burgueses, sino proletarios. No actuando objetivamente hacia la abolición del proletariado, sino hacia su perpetuación, son tan burguesía como la “otra”, pues, ¿no se define la existencia de esta clase por la existencia del proletariado, a quien explotar y conducir, todo por “el bien de su estabilidad existencial y del suministro de atenciones que les son indispensables en tanto que proletarios”?. Decía Marx que la premisa que sintetiza la ideología del socialismo burgués es que los burgueses existen y deben seguir existiendo, para beneficio del proletariado. Por supuesto, el Estado burgués no puede dejar de existir –se recompondría inmediatamente- si las Relaciones de Producción continúan siendo las capitalistas, y ello en ocasiones para “beneficio comparativo” del proletariado, para quien el Estado actúa como sistema de compensación frente a una racionalidad capitalista individual que, dejada suelta, acaba con las propias condiciones permisivas de la reproducción de la Fuerza de Trabajo y así con las condiciones para la reproducción del Capital. Pero se trataba de abolir las clases, lo que se traduce, en el terreno material de la producción, por abolir cualquier punto de apoyo –en la maquinaria, en las Unidades de Producción, en la tierra, en la Fuerza de Trabajo, en el producto- a partir del que una parte de la sociedad orienta políticamente la cuestión de qué se produce en íntima imbricación con la reproducción de sus condiciones diferenciales de acceso a lo producido. Si este entramado productivo no puede subsistir sin el Estado, ¿es la destrucción del Estado el fin de la sociedad de clases?. ¿O, por el contrario, ese funcionamiento social reclama del Estado de modo que tiene éste que engendrarse de sus cenizas?.

El proletario, falto de poder económico en el sentido de que no controla ninguna faceta de la producción ni del cambio, reúne todo el poder económico en ese otro sentido de que su propia alienación pasa por su trabajo y de que, por tanto, posee en el fondo poder absoluto para interrumpir esa alienación política de la producción y de la relación con el producto y definición de sus condiciones materiales y normativas de acceso. No se trata, entonces, de una cuestión de carencia de capacidad, sino de carencia de consciencia de la misma. También se trata de que las Relaciones de Producción están en el capitalismo también cosificadas en la conciencia: no importa que una minoría de proletarios sean conscientes de su poder de hundir el capitalismo; la mayoría de esa minoría ve la cuestión como algo trivial, carente de importancia y, sobre todo, desprovisto de trascendencia potencial en lo real. Porque el capitalismo agota en la conciencia el campo de lo posible, de modo que es complicado que surja un planteamiento de subversión de la racionalidad productiva capitalista misma. La cuestión difícilmente puede más que aparecer así espontáneamente como una posibilidad de cortocircuitar los mecanismos productivos, de sabotearlos, de detenerlos y, en definitiva, de forzar al Capital a una auto-redefinición menos perjudicial para los proletarios.

No cabe duda de que la burguesía llegó a detentar grandes dosis de poder económico en el seno del orden feudal: la producción doméstica dependía del aprovisionamiento a su cargo y ella se beneficiaba de la producción doméstica. Distribuía el producto, daba préstamos, vendía los Factores de Producción necesarios a las familias y comunidades dueñas de talleres. Acogía en la ciudad a los campesinos que salían de los feudos al tiempo que financiaba y animaba ideológicamente las revueltas de estos. Manejaba la actividad portuaria y las importaciones, con lo que podía presionar a los gremios y cofradías que reunían a dueños y productores. Su poder económico le confería poder político, ya que sin su financiación no había exploración de ultramar ni expansión colonial, y la Corona quedaba así atrapada en los intereses de la burguesía. Tampoco había, sin su financiación, ejércitos y armadas marítimas con que defender el comercio propio de los piratas y de la competencia por parte de otros Estados-Nación. Los hijos mismos de los burgueses hacían carrera militar, diplomática o en el cuerpo burocrático, y así se auto-inyectaba esta clase en la médula misma del poder político. Pero la burguesía no es en el feudalismo la clase que produce los medios para la reproducción del orden estamental; su poder económico queda, pues, condicionado a su capacidad ideológica de involucrar en sus luchas a campesinos, artesanos y trabajadores que tiene a su servicio y que gobierna con sus fueros, sus cartas pueblas o incluso sus Repúblicas burguesas soberanas (como las ciudades-Estado en Italia ya desde el siglo XIII). Y, en lo que pertoca a este condicionamiento suyo, no siempre logra los favores de la Corona, comprometida ésta con el Estamento nobiliario, y, por otro lado, cuestiones morales, de tradición, de sujeción al viejo orden ideológico teocéntrico (así como, por supuesto, la protección subsistencial y de propiedad real sobre ciertos Medios de Producción que los Contratos de Servidumbre en el campo brindan a los campesinos, y que la burguesía obviamente no garantiza), dividen al campesinado en aliados y enemigos. La ciudad también será un ámbito de luchas de clases encarnizadas, con su expresión en la calle (quema de propiedades, asalto de almacenes y de barcos mercantes, matanzas y contrato de sicarios) y con su correlato político-jurídico en las Cortes de los municipios y en la formación de partidos o “brazos” que reúnen respectivamente a la burguesía, a los gremios y al proto-proletariado. Finalmente, la burguesía está intrínsecamente enfrentada al epicentro mismo de la ideología dominante en el feudalismo: la Iglesia, sostén del orden con sus preceptos de “la división natural en Estamentos”, que la burguesía tiene necesidad de destruir si quiere conquistar el Estado monárquico y a la vez adueñarse de la tierra para transformarla en factor de acumulación capitalista y “liberar” a los campesinos haciendo de ellos proletarios sin más fuente de sustento que la de ponerse a trabajar para ella. Y aquí es donde reside la diferencia radical entre el tipo de poder económico que detentó la burguesía en el feudalismo, y el sentido en que podemos afirmar que el proletariado posee poder económico en el capitalismo: pues este último no depende de una tercera clase que opere con los Medios de Producción, con el producto y con las condiciones de su venta y así de la provisión de ganancia. La economía está literalmente en sus manos y, más importante todavía en el sentido de la potencialidad revolucionaria inextricable de orientar en un sentido comunista la acción en el plano de la economía, eso que posee en sus manos esta clase, es nada menos que la materia cuyas cualidades productivas y cuyo fruto poder organizar socialmente y así producir una vida nueva.

El proletariado debe dirigir su acción transformadora prioritariamente hacia los terrenos que suponen la mina material de donde la burguesía y su Estado extraen las bases objetivas para su propia sustentación y para su propia actuación política sobre la sociedad capitalista. Estos terrenos son la producción, la asignación social de los productos y el establecimiento de las condiciones para el consumo. El Estado burgués es la burguesía hecha política; organizada para optimizar sus condiciones de acumulación de Capital, de la reinversión de éste y de competencia con otras burguesías. No puede auto-organizarse en tanto que política aquello que resulta eliminado de la sociedad. El Capital dinerario debe ser destruido; el Capital material –maquinaria, instalaciones, Fuerza de Trabajo- refundado y desviado hacia un gasto cuyo fin sea tanto la realización de los productores en el propio gasto de elementos y en su propio auto-gasto humano (fin del trabajo y nacimiento de la producción libre), como la provisión de las condiciones necesarias de consumo vital y productivo. El Estado ve cortado su nexo con la realidad porque deja de existir esa realidad concreta que velar: la Política Económica –no importa cuál sea su signo- emerge de una Economía Política científicamente estudiada y regresa a la misma bañándola de salud. La enfermedad será extirpada de raíz por el proletariado; no habrá enfermo a quien diagnosticar la aplicación de recetas de Política Económica a fin de que pueda seguir sobreviviendo a costa de la salud y de la vida de sus propios miembros puestos en subordinación. Por supuesto que el Estado no permanecerá a la expectativa de este proceso, e intentará por todos los medios interrumpirlo con la violencia y la ideología. También con toda la presión y sabotaje económicos de que sea capaz sobre las nuevas condiciones de producción, mientras al mismo tiempo clama por “el sentido común” social de continuar sometido a la economía “que da de comer” al proletariado en lugar de embarcarse en experimentos inseguros. Ello porque, en sus esferas alta y media, él es la clase dominante, y no una realidad tercera que actúa por encargo; actúa por sí mismo. Pero incluso en la esfera baja del Estado, muchos de sus empleados han desarrollado intereses –objetivos o ideológicos- que pasan por la supervivencia de las instituciones. Y a esto sumar, en fin, la existencia de intereses relativamente “particulares” en todas las esferas del Estado correlativos al hecho de que no sólo el Capital vive gracias al Estado, sino que el personal de Estado vive de la relación –cómo no, política ella también, tensa, estratégica y que llega a ser de cien modos conflictiva- que le une a los capitalistas así como de su capacidad de convertir esta dependencia capitalista en rentabilidad y en un aumento de poder.

Sin embargo, el ejercicio de la política es sólo una idea si queda desabastecido de sus medios materiales: el Estado necesita de presupuesto; los sindicalistas de Estado, de una paga y unos comercios donde gastarla; policía y militares, de combustible, recambios, municiones. Y el proletariado dueño de los Medios de Producción y del producto, no sólo deja de aprovisionar al Estado, sino que, por los mismos mecanismos productivos antes alienados, se dota ahora a sí mismo de instrumentos, de conocimientos y de técnicas de producción, que lo blindan con sólido acero contra la violencia que el Estado sea todavía capaz de articular.

Si atendemos a las cosas desde esta perspectiva, comprenderemos porqué la fuerza militar de que sea capaz de dotarse el proletariado, no puede ser en modo alguno una especie de coloso simétrico de los ejércitos burgueses, con vocación de colisionar frontalmente con ellos en una revolución que se librara a priori –como en una especie de “Primer Gran Acto”- en el terreno de la disputa por el poder político. Ese camino, sin antes haber actuado con la suficiente intensidad como para mermar la economía capitalista y sustraer al Capital las bases materiales de sus propios recursos y poder, es un camino quijotesco que solamente conduciría a verter ríos de sangre proletaria ante la superioridad aplastante de la burguesía en este campo. Es más, le haría un gran favor a ésta, al ofrecerle la posibilidad de hablar de “legítima y constitucional defensa del orden democrático, de los representantes elegidos por el pueblo y de las instituciones al servicio de la ciudadanía”, mientras aniquila Fuerza de Trabajo que ahora no puede integrar en el mercado laboral, o, habiéndola probado subversiva, la reemplaza por otra después de haberla liquidado. Fortaleza inexpugnable mientras la economía siga en manos de sus a un tiempo financiadores, inversores y beneficiarios, al Estado no se le puede asaltar como en una batalla a la antigua usanza de “ejército contra ejército”, porque para empezar las guerras hace tiempo que no se suceden así ni él va actuar por tanto así. Ahora tiene la bomba H –o la tienen Estados terceros que sin duda se la van a prestar para la ocasión-, que deja Medios de Producción, Unidades Productivas y Capitales intactos mientras extermina la población-objetivo en un área selecta. Pero la bomba H tiene que ser fabricada y fabricadas también las propias máquinas que intervienen en su fabricación.

El proletariado tiene que asumir y practicar el poder económico que en el fondo posee –pero no ejerce organizadamente todavía- bajo el capitalismo. En el periodo actual –periodo de declive absoluto de la Tasa de ganancia engarzado en un círculo vicioso con una sobreproducción que se auto-incrementa-, cada Capital en competencia está determinado, si quiere evitar perder la doble partida de la Acumulación y de la hegemonía mercantil, a precarizar las condiciones de existencia del proletariado y en particular las condiciones de trabajo. Pero que él esté forzado a hacerlo por su misma esencia, y que de hecho lo esté haciendo, no significa que la correspondencia entre (A) “crisis” (dificultad creciente para la Acumulación ampliada de Capital y para mantenerse competitivo cada uno aisladamente o por coalición frente a todos los demás) y (B) traducción efectiva de la crisis en mayor precariedad existencial y laboral proletaria, sea una correspondencia automática. Se da, en lo efectivo, automáticamente, sólo porque el proletariado no consigue impedir la correspondencia mediante la interposición de su fuerza. Por eso una tarea inmediata de consciencia y de organización consiste en obrar por la desfetichización proletaria de la economía: si el proletariado empieza a no dejarse pisar en el trabajo y en esa medida a bloquear cualquier avance de su precariedad, entonces la palanca de descompresión de la decadencia del Modo de Producción que la burguesía acciona queda por lo mismo bloqueada. En ese nuevo marco de fuerzas, el Capital no puede ser más que una olla a presión cada vez más tambaleante, porque no hay manera de externalizar al campo proletario la decadencia del capitalismo. Y por tanto las contradicciones de su producción no pueden ser compensadas dinerariamente; éstas quedan internalizadas en el campo de la burguesía y vuelven a esta clase cada vez más incapaz de operar fructuosamente con su propio Capital para sostener el propio proceso productivo manteniendo los Medios de Producción conjugados y adquiriendo o investigando en otros que le son necesarios en su lucha solitaria contra todas las demás burguesías. La contradicción política a que el ejercicio político del proletariado por sí mismo lleva a la burguesía es una contradicción terminal: cuanto menos puede ésta imponer medidas laborales contra el proletariado, más necesita imponerlas porque su incapacidad política la debilita en su incapacidad de mantener a flote el sometimiento del proceso productivo a la racionalidad de la acumulación ampliada de Capital. Su necesidad creciente traduce aquí su impotencia creciente por satisfacerla. Bloquear las traducciones socio-laborales de la crisis –y con ello ahogar a la burguesía en su propia crisis histórica- no es posible más que con la constitución de una fuerza proletaria global –que se relaciona y plantea sus operaciones más allá del estrecho marco de cada empresa o de cada sector productivo-, que en todo momento respalda las acciones que directamente cada grupo de proletarios lleva a cabo contra los cuadros, los empresarios, las juntas de accionistas mayoritarios y los Directores Generales. A la vez que coopera con los demás proletarios y destina recursos a la clase en su enfrentamiento in situ en una nueva forma de definir las llamadas por los burgueses “relaciones laborales”, lleva a cabo una labor de empuje, de orientación, de dotación de substancia en las acciones, y de exposición clara en relación a la legitimidad y nobleza éticas de la acción directa contra el mundo empresarial y sus sirvientes, sindicatos y “mediadores”. La fuerza militar del proletariado es consciente de que las leyes laborales son agua de borrajas y que los capitalistas son quienes realmente intentan imponer a fin de cuentas las condiciones laborales que les son necesarias a su supervivencia como elementos de clase. Por eso no pierde el tiempo en la lucha por la definición legal de derechos y se bate directamente, por el contrario, en el terreno de los hechos.

Sólo la intervención de una fuerza proletaria sobre la producción, tanto con tintes de autodefensa –ante la precarización de las condiciones laborales y más en general de existencia- como con tintes netamente ofensivos –ocupación de espacios laborales y de sectores de producción, al tiempo que ocupación de las infraestructuras sociales como la sanidad o la construcción estatal de viviendas a fin de sustraerse a la dependencia de un Estado determinado a incrementar sin marcha atrás la intensidad de su maltrato al proletariado-, vuelve planteable una lucha en el terreno del consumo que dé frutos en un sentido de avance hacia la destrucción del capitalismo. Una huelga de consumo planteada aisladamente no conduce más que a un deterioro suplementario de las condiciones de existencia: agudizándose por la huelga la sobreproducción capitalista, la burguesía trata de amortiguar el golpe mediante la agravación de la precariedad laboral y disminuyendo el total de plusvalías transferidas al Estado para el “suministro de servicios a los ciudadanos”, la realización de obras de seguridad o desplazamiento y el mantenimiento de estructuras materiales. La huelga de consumo, desvinculada de la acción de clase sobre la producción, sólo redunda en un golpearse del proletariado a sí mismo en tanto que la burguesía se dispone a “tomar de allí lo que ha perdido de aquí”; el capitalismo es un sistema en la precisa acepción sociológica del término: un conjunto de partes interconectadas que operan como unidad. “La banca” no pierde nunca en este juego que es el suyo propio, el del sistema capitalista, a menos que se le obligue a perder dándole un puntapié al tablero que arruine el juego. Por eso la huelga de consumo, si se apoya sobre el poder que el proletariado ejerce en el trabajo y que consigue impedir la consumación de la necesidad burguesa relativa a recuperarse a costa de precarizarlo, entonces sí agudiza, acelera y descontrola cada vez más esta propia contradicción en que el Capital se halla inmerso. Así permite la huelga reclamar a los empresarios una mejora substancial de las condiciones laborales –lo que es justamente lo contrario de lo que la burguesía necesita, y ante lo que, de todos modos, tiene dos opciones: acatar debilitándose aún más o no acatar. Si no acata –porque sus propias necesidades de mantenerse competitiva no se lo permiten-, en el fondo sabe a qué se expone: la huelga continúa y las empresas más débiles empiezan a arruinarse de verdad al no poder responder al ciclo de la Acumulación ampliada no ya por “pérdidas relativas” en la producción, sino porque la plusvalía no se está dineralizando en la venta mercantil. Eso pone más fácil al proletariado ocupar y autogestionar los sectores productivos y más ampliamente laborales (asistenciales y de distribución) cuya ruina él mismo ha acelerado; esto último significa para la clase un círculo virtuoso en el que moverse, pues justamente es gracias a la posesión de ciertos espacios de soberanía productiva, cómo el proletariado puede alimentarse y abastecerse durante la huelga de consumo. Al mismo tiempo, su previa constitución en fuerza militar permite al proletariado asaltar centros de distribución, comercios y stocks con que mantenerse sin hacer concesiones al mercado y sin verse sometido al blindaje humano policial y para-policial fascista.

No importa con qué pseudo-radicalidad se vista o incluso si pasa por ser la postura correspondiente a la genuina radicalidad comunista, la perspectiva de disputar a la burguesía el trono del poder político realmente existente, organizando y concentrando las fuerzas de la clase en la dirección de la destrucción del Estado, para “descender” sólo entonces a las Relaciones de Producción, no es la perspectiva del proletariado: no es una idea que emerja desde la posición que el proletariado ocupa en la estructura económica ni de su consecuente potencia de intervención contra la sociedad existente. Es, en cambio, ideología de la pequeña burguesía sumergida en el pensamiento de nuestra clase, ideología con la que la pequeña burguesía intenta movilizar una fuerza humana y apuntarla hacia la consumación de aquello que es la única “alternativa” pequeño-burguesa en su desesperación por frenar un desarrollo capitalista que la devora. Debido a la posición social que ocupa, la pequeña burguesía no puede plantear la lucha contra la burguesía en la esfera de atentar contra o cortocircuitar el proceso de acumulación de Capital. Ello, porque no posee a su recaudo los elementos materiales que intervienen en la producción de valor: la plusvalía ya ha sido producida en la producción mercantil. El pequeño-burgués se lleva parte del total a cambio de su labor de intermediario, función de clase que le sitúa forzosamente a la sombra de la buena marcha de la burguesía. Por más que odie al burgués que le oprime tributariamente empleando a su Estado, que le oprime con una competencia que él no puede afrontar o que le oprime con las amenazas intrínsecas al desarrollo mismo del capitalismo (déficit de demanda; costes de adquisición de mercancías que los precios de venta no remontan a no ser que el pequeño-burgués los fuerce a la alza, lo que agrava el problema de la sobreproducción, cuestión que el pequeñoburgués no puede hacer más que contemplar como un problema ajeno en su origen –consecuencia de la “irracionalidad” de la burguesía- pero que le afecta directamente a él como comerciante; etc.), lo cierto es que la pequeña burguesía sabe que ella no pone a la Fuerza de Trabajo a producir valor para ella, sino que simplemente se apropia de parte del creado. El capitalista no depende de ella, pero ella sí del capitalista. Si se le ocurre ponerse en huelga de ventas y cerrar sus comercios para presionar por su situación, esto no es amenaza alguna para la burguesía en el actual estadio de desarrollo del capitalismo: ella posee sus grandes centros de distribución mercantil, a cuya entrada los ciudadanos se verán llevados a hacer cola dado el cierre de las tiendas, y así la burguesía hará el agosto. Lo único que consigue la pequeña-burguesía practicando una huelga es quitarse de en medio como competencia (ya por sí débil y arrojada al cierre a centenares día a día). Y los capitalistas se frotarán las manos, porque, vendiendo directamente ellos a través de los hipermercados y cadenas comerciales de que son accionistas o propietarios completos, se reembolsan toda la plusvalía dineralizada que sus proletarios han generado en la producción, sin que ésta quede fragmentada en ganancias distintas de las cuales una va a manos del mayorista y otra se la lleva el comerciante. Por eso, al ser la pequeña burguesía la clase intrínsecamente privada de la acción directa contra la producción capitalista, históricamente ha sido la constructora de una ideología –y juntamente en ello, aunque en menor grado, con la Aristocracia rentista- consistente en pintar un panorama sintetizable en dos puntos: 1º. El Estado –su parasitismo, su corrupción, sus excesos, su abuso de poder o el mismo poder que acapara- es la auténtica fuente de todo mal, y 2º. Del primer punto se desprende que, de ese modo, la liberación de todo mal social haya de consistir en destruir el Estado, y que eso baste para que automáticamente las personas, libres de yugo, empiecen a poner las cosas en su lugar. Para ello, la colectividad debe coagularse como un segundo coloso que se enfrenta y derrota a Leviatán, lo que está directamente ligado a una ideología en torno a las condiciones que posibilitan la transformación revolucionaria de la vida, que toma a estas condiciones en términos fundamentalmente de sangre y de choque militar –por muy odiado que sea este último término por aquellos mismos que lo sitúan conceptualmente en el núcleo del proceso revolucionario. Pero la pequeña burguesía carece tanto de base social cuantitativa como de fortaleza social y moral para emprender directamente la consumación de esa visión “revolucionaria” suya. Está, en relación a esa tarea, auto-impedida por su moral pacifista, su tradicionalismo, su cristianismo, su contradicción entre el aborrecimiento de una autoridad que la arroja “al cubo de la basura de la historia” y su veneración y servilismo de la autoridad propio de los “hombres pequeños” impresionados por toda fuente movilizadora, organizadora y gobernante de una realidad que les excede… En tanto que esa ideología pequeño-burguesa ha calado entre los proletarios, la primera ha encontrado su ejército. Dependiendo del contexto histórico y del grado de su propia desesperación de clase condenada por la historia, las formas ideológicas y prácticas han sido múltiples: de un lado, nos encontramos con el proudhonianismo, el cooperativismo, el anarco-individualismo… Del otro, con la manipulación pequeño-burguesa del proletariado en sus organizaciones de lucha armada, que, a partir del axioma identificativo del socialismo con “el Estado del pueblo”, son en el fondo grupos de presión con que intentar frenar la tiranía de la burguesía y de su Estado sobre las condiciones de existencia de la pequeña burguesía –pues el capitalismo la arroja cierre tras cierre, ruina tras ruina, a las filas del proletariado, no importa si camuflado detrás de la categoría profesional “autónomo”. Y, en la ambición programática constitutiva y definitoria de estos grupos (ETA, IRA, etc.), una lucha política con que forzar al Estado a que se retire y deje a la pequeña-burguesía sola con un Estado que sueña propio –“socialista”- o con un Estado burgués “humano” con ella por razones de capacidad pequeño-burguesa para forzar “el mutuo entendimiento”, o por razones de “pertenencia a la misma comunidad nacional” o de “integración en un proyecto común de construcción nacional”. La pequeña burguesía, en definitiva, plantee su lucha en términos de transformación “radical” del Estado o de la destrucción de éste, está caracterizada por la impotencia absoluta respecto de la actividad de la burguesía –en la que no interviene más que contemplativa y pasivamente: vendiendo los productos de ésta y realizando su plusvalía en ganancia para ella y, subsidiariamente, para sí misma-, y, así, por la irremediabilidad de plantear la lucha de clases no contra la economía existente, sino contra el aparato político que la guarda y la regula.

El proletariado posee la posibilidad objetiva –como clase social que produce la Reproducción Social, propicia con su trabajo las condiciones de venta de las mercancías producidas y produce el valor sin cuya reinversión el ciclo de la Acumulación de capital deja de girar-, de no ser arrastrado a ser carne de cañón de los sueños pequeño-burgueses por librarse del Estado burgués o por volverlo “respetuoso” a estruendo de bombazo; y posee la misma posibilidad objetiva de no ser arrastrado a suicidarse en masa en una revolución planteada en su supuesta nuclearidad como colisión política contra el Estado cuya destrucción causará la transformación social. Inextricablemente a esta capacidad de clase, el proletariado posee la necesidad de asumir como consciencia de clase su perspectiva revolucionaria objetiva. La necesaria destrucción del Estado no es una cuestión moral o de principios; es una necesidad en el sentido material del término: el Estado expresa la separación social, que intenta conciliar y armonizar con ideología, Política Económica, Ley protectora de la propiedad privada y garantizadora tanto de la igualdad de derechos como de los derechos de facto que posee cada clase según su propiedad diferencial, y por la fuerza policial y militar. Al proletariado corresponde abolir la separación social respecto de la multiplicidad de dimensiones que intervienen en la producción: Factores de Producción, Medios de Producción, Unidades de Producción, Producto. El Estado es disuelto históricamente con ayuda de la lucha político-militar, pero, en una relación cualitativamente distinta, por estar siendo disuelta la realidad socio-económica de la que el Estado brota y que lo reclama, al tiempo que por estarle siendo vedados los medios materiales para el ejercicio de su dominación política. La destrucción del Estado será condición de posibilidad del comunismo, pero, más profundamente, será la consecuencia de la producción del mismo.

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