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Anàlisi :: ecologia
Desarrollismo y devastación
29 mai 2008
Los libros de Historia (con mayúscula, que no es otra cosa que la dominación de la historia) han buscado convencernos, ya desde la infancia, en la escuela, y dándonos forma como al barro, del laicismo del Estado Moderno. Convencernos de la no-deidad del Estado al que «tan heroicamente» contribuyeron la toma de la Bastilla, las sublevaciones y todo eso que nos cuentan de la revolución burguesa del siglo XVIII: el Siglo de las Luces.
Antemuro de la nada
esta vida me parece
Miguel Hernandez

1. Los libros de Historia (con mayúscula, que no es otra cosa que la dominación de la historia) han buscado convencernos, ya desde la infancia, en la escuela, y dándonos forma como al barro, del laicismo del Estado Moderno. Convencernos de la no-deidad del Estado al que «tan heroicamente» contribuyeron la toma de la Bastilla, las sublevaciones y todo eso que nos cuentan de la revolución burguesa del siglo XVIII: el Siglo de las Luces. Lo que no nos cuentan —lo que no nos hacen ver— es que, sustituyendo la estampita de Dios por la figura endiosada de la razón, convirtieron religiosamente a la razón en razón de Estado... Término este último asociado a Maquiavelo y referido a las medidas «racionales» que un gobernante debe tomar con objeto de conservar la salud y fuerza de su Estado.

2. Vivimos en el mundo que vivimos y no en «otro». Y aunque nos joda, de la Postmodernidad, o «hipermodernidad» ya1, como de la guerra cotidiana (patriarcado, escuela, trabajo, etcétera) no se escapa ni Dios.
Liquidado de las grandes «mayorías sociales» el proyecto de la Modernidad, el derrumbe de los grandes relatos de legitimación de lo artístico, lo moral y lo científico (el proyecto histórico, la idea unitaria, la historia, la emancipación, la razón, etcétera), tal y como diagnosticara Lyotard en La condición postmoderna, el panorama de hoy es muy distinto. Hoy no sólo la criatura humana sigue estando en minoría de edad, reverso pegajoso y patético de lo que Kant afirmara con la Ilustración, sino que la única en emanciparse ha sido la técnica: el procedimiento o el conjunto de procedimientos tecnocientíficos que tiene como objeto la apropiación completa de la vida (biológica y política) por vía del conocimiento.

Hoy lo público y lo privado, el cuerpo biológico ligado al pueblo llano («vida reducida a mera supervivencia y sacrificable»: plebs) y el cuerpo político que encarna al ciudadano (populus: «forma o manera de vivir propia de un individuo o de un grupo»), son ya indiscernibles: «a pesar de tantas charlatanerías bienintencionadas [dice Giorgio Agamben] el pueblo no es hoy otra cosa que el hueco soporte de la identidad estatal y únicamente como tal es reconocido.»2
Hoy el conjunto de los ciudadanos en su condición de cuerpo político unitario (Estado Total) y el Capital en su faceta tecnoindustrial, el dominio espectacular de la técnica del que han hablado por ejemplo Neil Postman (Tecnópolis, 1993), Jacques Elull (La edad de la técnica, 1960) Lewis Mumford (Técnica y civilización, 1934, y El mito de la máquina, 1970), Adorno y Horkheimer (la Dialéctica de la Ilustración, 1947), Günther Anders (Nosotros, los hijos de Eichmann, 1988) o, más cercanos a nosotros, el colectivo parisino l´Encyclopédie des Nuisances (Contra el despotismo de la velocidad, 2003, y Observación sobre la agricultura genéticamente modificada y la degradación de las especies, 1999) o Los amigos de Ludd (Las ilusiones renovables, 2007),3 son un mismo cuerpo...

Hoy no existe pueblo, clase o movimiento alguno enfrentado al estatuto actual del capitalismo; al menos no radicalmente.

3. Pero ¿qué es la Postmodernidad sino una agudización de los postulados más nocivos de la Modernidad?

La Modernidad puede definirse como el modo de designar a las sociedades resultantes de un determinado proceso histórico, que se afirma con la Ilustración, de transformación de la civilización en su conjunto. Si durante la Edad Media el poder político lo sustentó la malla de la religión, durante la Modernidad el poder político lo encarnaría la idea liberal de «progreso ilimitado», ad infinitum: una nueva fe esta vez con argumentos racionales.

Ciencia, moralidad y arte fueron las tres esferas en las que se separó la razón. Tomaron forma las fuerzas institucionales del mercado y el Estado. La movilización social fue el aspecto principal de la modernización: cambios en la convivencia de la familia y el entorno más inmediato (crecimiento económico, explosión demográfica y proceso de urbanización); paso de la economía de subsistencia a la sociedad de consumo; innovaciones que afectaron a la estructura ideológica (medios de comunicación, publicidad, industrialización, paso de la cultura de élites a una cultura para las masas...); cambios en las estructuras de Poder...

Frente a la comunidad (el todo para todos) surgió la sociedad, y, como consecuencia, la dominación de una nueva oligarquía constituida por el poder económico de la gran burguesía (el todo para unos pocos, naturalmente).

4. La sociedad Post-moderna o Post-industrial... nombre propuesto por algunos, y desde luego no el más correcto,4 para una sociedad que ha experimentado una serie de cambios en su estructura (ahora básicamente más flexible y mundializada) tras la ofensiva lanzada por el Estado-Capital contra una determinada composición de clase, la de los últimos 60 y primeros 70, con el fin de amputar toda posibilidad de una segunda «tentativa a los cielos», es el resultado de una devastación sin precedentes de la vitalidad, de los deseos más genuinos y primarios de la criatura humana. Puede decirse incluso que «lo originario del Capital —de la propiedad patrimonial— no es la acumulación sino la devastación. Antes de la construcción del Estado y de la Familia hubo también una devastación del tejido social de apoyo mutuo» (Casilda Rodrigañez, Las raíces emocionales de la autoridad y de la propiedad).5

5. La quiebra ecológica y militarización de la sociedad, inseparables, pues van de la mano de un desarrollo científico y técnico avalado por el Capital (bajo su dominio la Ciencia ya no es ciencia sino más bien religión), es la soga que recorre ya cuarto y mitad del siglo XX y lo que llevamos de éste... y que desde luego seguirá dilatándose.6

El panorama actual —y no creo estar exagerando ni rindiéndole cuentas a ninguna ideología entendida como «falsa conciencia del pensador», que diría Engels— es de lo más parecido al de un campo de concentración de dimensiones planetarias, es decir, que contiene al mundo en su totalidad y no hay nada en él que se le escape. No estamos en época de imperialismos ni nada por el estilo, no hay afuera: ni «origen» (naturaleza humana) ni «interioridad» (individuo escindido de lo común) ni determinismos históricos en los que apoyarse. ¿Resistir será entonces el único sustento de quienes incidan realmente en el terreno de una «crítica crítica»?7 ¿Existe hoy algún sujeto, algún movimiento, capaz liquidar al capitalismo... y de ponerlo en jaque aunque sea? ¿Acaso a existido o existe alguna Nación capaz de saltarse el mercado? ¿Se nombra hoy algún sujeto, léase «precariado», que no sea sino la traducción retórica de un mal viaje iniciado en los 70, una abstracción más?...

Hoy el único Imperio que asedia, el imperio del capital financiero y productivo asociado a la técnica (omnipresente), se ha derramado como una mancha de aceite sobre lo «que ha sido» y lo «que podría ser» y los ha condensado, el pasado y el futuro, en un presente continuo caracterizado por la amenaza aterradora de los bárbaros: islamistas, ETA, kale borroka, «chusma»... El aparato del Estado, cada vez menos nacional y mucho más universal y homogeneizado (el mercado se erige como regulador de las relaciones económicas y la democracia como reguladora de las relaciones de poder), actúa, como pudimos ver por ejemplo durante la invasión de Iraq de 2003 o el intento más cercano de Israel en el Líbano (verano de 2006), al margen de la Ley: la pone en «suspenso» con el propósito de preservar la Paz, la Libertad y el sacrosanto orden democráticos. La excepción es hoy la norma. El estado de sitio puede decretarse en cualquier lugar y en cualquier momento.

Un Presidente, el Pueblo (Volk), la guerra y la muerte —elementos del fascismo clásico— es a lo que nos viene acostumbrando ya el soberano, el Capital y su Estado, lo Absoluto, Dios: ¿quién decide sino las guerras? Con la teoría del Choque de Civilizaciones de Samuel P. Huntington, profesor de ciencias políticas de la Universidad de Harvard y antiguo miembro del Consejo de Seguridad Nacional de la Casa Blanca, la teología vuelve hoy al papel central que ya orquestara durante la Edad Media: «Dios me dijo: ve a combatir a esos terroristas... Y así lo hice» (George W. Bush).8

6. ¿De qué es posible seguir hablando después de Auswith?

Especialmente desde entonces (con la proliferación de los medios de formación de masas, con la extensión de redes de incomunicación como Internet, la telefonía móvil, la televisión, etcétera) no se vienen diciendo más que idioteces. Y casi siempre o siempre alabando los enormes logros de la ciencia y la técnica dentro de la «muy costosa», sobre todo en el caso de España, democracia totalitaria. Y es que siempre habrá idiotas (del griego idioté: «ciudadano privado y egoísta que no se preocupa de los asuntos públicos») que fijen su mirada embelesada en el dedo mientras se les señala, horrorizados, la luna... «El hombre europeo [occidental por extensión] al exigir la dictadura de la razón [dice en 1949 Eugen Kogon, el gran historiador del nazismo], se ha convertido en objeto de funestos vasallajes, recubiertos, en parte, con ropajes deslumbrantes. Cargado de ciencia y de técnica, ha vuelto a un estado parecido al de la esclavitud. Los señores feudales y los príncipes del absolutismo no lo dominan ya, pero es ahora prisionero de numerosas necesidades —que se han despertado sin ser satisfechas—, una víctima desorientada, profundamente descontenta y a menudo desesperada, de Estados de termitas administrados burocráticamente.»9

Después de Hiroshima (6 de agosto de 1945), «acontecimiento» que marcó el ocaso de la Segunda Guerra Mundial y que probablemente terminó de esbozar el principio de una nueva era definida por la amenaza nuclear y el terrorismo industrial generalizados, el estado de sitio pasó a ser la norma. Y bien, con el paso ya de seis décadas esto no ha hecho más que empeorar. Hoy puede decirse, sin ningún miedo a ser simplistas, que la política, lejos de representar una escala de valores que la dignifique, no consiste sino en una mera administración del desastre:10 tanto a nivel ecológico, acostumbrando a la población de forma que pase desapercibido (el Poder se vuelve «ecológico», «bio» o «verde» en la misma medida que el ecologismo entra a formar parte del Poder... así se estimulan por ejemplo cotas de mercado dedicadas al «consumo responsable» y planes estructurales con la etiqueta de «desarrollo sostenible», conceptos en ambos casos absurdos puesto que consumo y responsabilidad y desarrollo y sostenibilidad son antitéticos) como a nivel social, reformando y endureciendo tanto las formas heterónomas de dominación (que intervienen sobre los cuerpos) como las «autónomas» (que se interesan mucho más por las pasiones, por los sentimientos).

Las ruinas sobreexpuestas de Palestina (1948-?), Kosovo (1999), la guerra del Golfo (1990), Tian´anmen (1989), Chernovil (1986), Bhopal (1984), Villagrimaldi (1976), Hiroshima (1949), Auswitch (1940) o los campos de concentración franquistas (1936-1947), son hoy, en Democracia, la matriz oculta del espacio político en el que vivimos, no lugares: macrocárcel de Zuera, Topas o Puerto 3 (Puerto de Santa María, Cádiz); los regímenes FIES (Ficheros de Internos de Especial Seguimiento); el miedo jadeado a través de los media y legitimador de la Tolerancia Cero, la Normativa Cívica y la guerra global contra el terrorismo; la subordinación de todos los ámbitos de la vida o, mejor, de todas las capacidades y pasiones humanas, a la cadena del mercado (Arbeit macht frei); la reforma y endurecimiento del Código Penal, la Ley del Poder judicial, la Ley de Enjuiciamiento Criminal, la Ley del Menor, la Ley de Extranjería; las zonas de detección de los aeropuertos y las zonas de detección de migrantes «ilegales», tierras de nadie situadas también en las interfases fronterizas; la condición de Palestina como lugar paradigmático de esta estructuración; los extrarradios de los muros fronterizos en Tijuana o entre Ceuta y Melilla, donde anualmente 50000 africanos intentan saltar las vallas hacia Europa; los centros de internamiento para extranjeros (CIE); Guantánamo... «Inmigrante» y «terrorista» son, a grandes rasgos, las dos figuras fantasmagóricas que lo transitan.

Más sencillo: la cara más acabada del capitalismo, de la Demo-tecnocracia, es por hechos consumados el fascismo y el nazismo. Condición sine cua non que productos-espectáculo como la película de Al Gore Una verdad oculta (por nombrar sólo un ejemplo dentro de la cháchara acondicionadora y superficial sobre el «cambio climático», que no informa ni por asomo sobre el cenit del petróleo sino que sólo intenta acostumbrarnos a lo peor sin afrontar sus verdaderas causas; a saber, el desarrollismo y el consumo desorbitado del modelo industrial, con todo su séquito de empresarios, políticos, técnicos y burócratas) o el ciudadanismo que congrega bajo un mismo techo ideológico a militantes y simpatizantes de la izquierda de partidos y sindical y a altermundistas de los varios y muy apaciguados Foros Sociales, movilizaciones contra la guerra, contra la manipulación mediática y política del 11-M o por una Vivienda Digna, se encargan de enmascarar reclamando «más democracia» (representativa, estatista...) y una mejor gestión de la miseria ingénita al Capital.

7. La Demotecnocracia, como mentira y mentirosa que es, no tiene otra forma de legitimarse más que esa apelación constante a una situación de peligro grave (Al-Qaeda, ETA, etcétera) que expone machaconamente y en todas partes —a ojos de todo el mundo— y que al mismo tiempo se esfuerza en producir secretamente. Si la prostitución y el camelleo son la expresión más desgarrada de la miseria social, la pornografía de los medios de formación de masas y el tráfico de drogas (la promoción y el uso que hacen de ellas la industria del ocio y las diferentes ciencias o pseudociencias... la psiquiatría por ejemplo) son la principal máquina-herramienta que el Estado-Capital nos ofrece para seguir produciendo y reproduciendo lo Absurdo.

8. El sistema de producción de orden sabe rentabilizar incluso su propio nihilismo —su propia carrera desbocada hacia delante— replegando a la sociedad entera bajo sus pantalones y procurando que ninguna esfera de nuestras vidas quede fuera de sus márgenes, de su asquerosa economía.

9. El Estado-Capital sólo dialoga con sus propiedades.

10. Más lejos del optimismo o el pesimismo no se me ocurre nada que salvar de una sociedad-cárcel que bien puede medirse por los colores, los modelos y el olor —una vez usado— del papel higiénico que consume. Realidad y capitalismo son sinónimos: la realidad (fordista, postfordista o la suma presente de aquellos modos de producción y valoración que hasta hoy ha dado el Capital) no nos ofrece nada. ¡Mierda! Es lo que compone y hace girar al mundo. Es solo un cadáver en estado muy avanzado de putrefacción.

11. Si hoy existe algún sujeto revolucionario —que como tal no existe— ya está muy alejado del viejo movimiento obrerista: la conciencia no deviene en el lugar de trabajo, entre otras cosas, porque la fábrica se ha derramado a toda la sociedad invadiendo por completo en nuestras vidas. Poco o nada tiene que ver con el proletariado industrial despojado de los medios de producción y su toma de conciencia a través de una lucha de clases «marxista» (desposeídos de los medios de producción contra poseedores) y menos, aún los esfuerzos del espejismo mediactivista, con el precariado social de Antonio Negri: «a rey muerto, rey puesto» que diría alguno... Hoy el único sujeto que persiste, que lucha sin subirse a las ramas de la ideología (o «falsa conciencia»), es el individuo autoconsciente de su situación de explotación mediante el trabajo, el consumo, y autoconsciente también de la cosificación de su vida a través del mercado y la técnica y que actúa en consecuencia. Proletario es aquel o aquella despojada de su vida —que somos todos—, claro que «solo existen dos clases: la de quienes quieren ser libres y la de quienes, activa o pasivamente, sostienen el sistema que nos lo impide» (publicación Venganza).11

«No digáis más (sociedad, profesor, etc.) decid (chantaje, revienta cerdo, etc.)» (Los Vandalistes, Mayo del 68).

«El tercer volumen de La obsolescencia del ser humano deberá contener, desgraciadamente, un capítulo sobre "La obsolescencia de las revoluciones" causada por la superioridad de fuerzas de los instrumentos y de quienes los dominan. Pero el conocimiento de la obsolescencia no debe impedir la reflexión sobre qué nuevos tipos de revolución hemos de inventar o inaugurar. Porque el hecho de que la lucha se haya vuelto más difícil no quita la necesidad de continuarla.» (Günther Anders, Estado de excepción y legítima defensa, 1986).

NOTAS:
1. Los tiempos hipermodernos, Gilles Lipovetsky, 2006.
2. Giorgio Agamben, Medios sin fin: notas sobre política, 1996.
3. Libros editados correlativamente por Virus editorial, Alikornio ediciones y Muturreko burucioak.
4. Me refiero aquí a los «insus» Alfredo Bonanno o Constantino Cavallieri.
5. www.casildarodrigañ;ez.org.
6. «Cada época tiene su número secreto, el signo oculto que preside su nacimiento, el augurio inadvertido que indica su dirección, por lo cual el siglo XX comenzó verdaderamente en Ypres el 22 de abril de 1915, en una nube de fosgeno, bajo el patronazgo de la química industrial y de las masacres.» (Encyclopédie des Nuisances, Observaciones sobre la agricultura genéticamente modificada y la degradación de las especies. Alikornio ediciones).
7. En este aspecto, apunta Miquel Amorós: «La transformación de las conurbaciones en comunidades territoriales, es decir, la relocalización productiva, el retorno a la agricultura tradicional, los talleres autogestionados, la desurbanización y la democracia directa, no será el producto de ninguna placa fotovoltaica ni de ningún diseño verde, ni llegará de la mano de las viejas instituciones, de iniciativas ciudadanistas o mediante fórmulas financieras y empresariales, sino la obra de una revolución que subvierta las relaciones sociales existentes. Paradójicamente, dicha revolución ha de preocuparse en preservar todo lo que el capitalismo no pudo destruir —solidaridad, experiencia de lucha, cultura popular, viejos saberes... pero también la flora y la fauna, el aire puro y el agua limpia—, por lo que habrá de tener por primera vez un carácter eminentemente conservador y constructivo. Ni técnica ni políticamente es posible evitar la alternativa entre extinción biológica o la revolución tal como apuntamos. No hay solución desde dentro, a la izquierda o a la derecha; sólo desde abajo y desde fuera.» (Desde abajo y desde fuera, proyectiles. Editorial Brulot, 2007).
8. La Nación: 7/10/2005.
9. El Estado de la SS.
10. Entendemos por «desastre» el despilfarro de agua, energía y materias primas, la degradación de las especies, la destrucción del territorio y de las ciudades, la dictadura de la movilidad, la contaminación galopante, la acumulación de residuos, las guerras por el petróleo, la carrera de armamentos, la concentración de poder, etcétera.
11. Verano de 2003.

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Sindicat Terrassa