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Algunas reflexiones en voz alta...
10 mar 2008
Debate político es mucho decir, y no sólo en lo que se refiere a la cuestión de la forma de Estado.
En España hoy, entre la partitocracia y el oligopolio de los medios de comunicación, no puede hablarse seriamente de debate, es decir, de encuentro de opiniones con libertad de criterio y profundidad de análisis (fucK). Hay, desde luego, una sobredosis de opiniones, pero todas dicen más o menos lo mismo. Innumerables tertulias mediáticas nos aburren continuamente con su cri-cri de jaula de grillos que nunca cambian de partitura. Declaraciones de políticos suceden a declaraciones de políticos, opiniones sin cuento que nada tienen que contar, como puede apreciarse en el grado de degeneración al que llevan el lenguaje, exprimido y torturado hasta el absurdo por el prurito de hablar lo más diciendo lo menos. Este oligo-debate, amplificado ruidosamente, sólo llega a animarse de vez en cuando con bonitas peleas de corral: los gallos mediáticos cada cuanto se disputan el gallinero, pero no hay pollo que ose hollar fuera del angosto y excrementicio espacio.
Así el panorama, resulta fácil comprender que cualquier alusión a la forma de Estado (y no digamos si la alusión es crítica) será sepultada de inmediato en el densísimo follaje de la intrincada selva mediática, donde desaparece sin ser vista; o, si el enunciante goza de alguna atalaya que le permita evitar ser ignorado, cae instantánea sobre él la terrible acusación de irresponsabilidad y de marginalidad que distingue a quienes se atreven, aunque sea sólo por un ratito, darse una vuelta fuera del gallinero "democrático".
Así pues, ha caído el silencio o el anatema desde el principio de la sacrosanta transición. La cuestión simplemente no existe, o es cosa de locos. Quien se atreva a ponerla en cuestión, sea recordando su oscuro y poco legítimo origen, sea trayendo a colación su indiscutible incompatibilidad con los principios "democráticos" (la máxima magistratura del Estado se rige por el feudal derecho de sangre, en vez de por la voluntad popular), se convierte ipso facto en un forajido (fora exitus: salido fuera, marginado) para el sistema político.
Tampoco es extraño, por otra parte, el nerviosismo y la incomodidad del stablishment cuando se agita el fantasma, si tenemos en cuenta el origen de este estado. Muerto el Caudillo, el aparato franquista debía decidir, en un plazo no muy dilatado, si inmolarse a mayor gloria de los Principios Fundamentales del Movimiento o bien seguir manteniendo la mayoría de sus puestos y sinecuras a cambio de renunciar a tales principios. Naturalmente, y salvo los exaltados de turno, una gran parte del aparato franquista sufrió una súbita conversión a la democracia, una transmutación tan milagrosa, potente y generalizada que acabó arrastrando, además, a casi todos de los que, recién huérfanos, gruñían y echaban espuma por debajo del bigotillo fascista. Menuda pérdida: renunciaban a unos principios que fueron derrotados en 1945, pero manteniendo casi intacta la estructura del Estado formado a su sombra, que seguiría manteniéndolos en su seno.
Ya sólo quedaba que la "oposición democrática", cada vez más nutrida con quienes, de pronto, caían en la cuenta de que ellos no habían sido otra cosa toda la vida que demócratas (o, cuando menos, "aperturistas"), empezara a pelechar el pelo de la dehesa revolucionaria por donde los más ardorosos hozaban ensoñándose ingenuamente. Los aires sesentayochistas, exhibidos más indecentemente que nadie por los hijos de la burguesía que curaban así su mala conciencia en la Universidad, fueron perdiéndose a un ritmo tanto más acelerado cuanto mayores pareciesen a cada cual las expectativas de acceder a puestos de responsabilidad. Los más espavilados perdían el culo por adquirir ese aire amable y tranquilizador de respetabilidad "democrática" que resultaría imprescindible para tener alguna opción en un sistema político cuyos mecanismos iban a ser, sin remedio alguno, los de un mercado mediático, mercado en el que los productos Juan Carlos, Suárez, Felipe, "demócratas"(y cristianos), modernos, progresistas, centristas, europeos, moderados, pragmáticos, responsables, monárquicos, bonitos y guapos iban a tener bastante mayor cuota de ventas que comunistas, anarquistas, radicales, izquierdistas, revolucionarios, rojos, republicanos, feos, poco fotogénicos. Especialmente patética fue la postura del PCE, el más obsesionado de todos por ganar cualidades mercantiles con las que enjugar sus gastos bajo la represión franquista: fue el primero en aceptar la monarquía inclusa en la constitución, y quiso demostrar su buen talante democrático y su carencia de rasgos luciferinos albergando en sus edificios y mostranto ostensiblemente en todos sus actos la bandera bicolor que tanta repugnancia, en realidad, producía a sus militantes. Pero ni por esas, a pesar de tantos sacrificios y de tanta protestación de fe, a pesar de aclarar el encarnado de los carteles hasta casi tornarlo naranja, había que seguir siendo muy rojo para votar comunista, y se hacía evidente que el gran trabajo que el franquismo se había tomado en aniquilar el rojerío y en difamar su nombre había obtenido un notable éxito.
Los medios hacían su trabajo, mostrando el lado amable, moderno, democrático y deportista de la familia real, y del "¡Juan Carlos, Sofía, la olla está vacía!" de las primeras manifestaciones obreras se iría llegando a esos verdaderos actos del Antiguo Régimen que constituyeron las bodas reales de Barcelona y, sobre todo, de Sevilla, en que miles de supuestos ciudadanos se rebajaron a la condición de siervos al llenar las calles, desafiando esperas e incomodidades, para aclamar la apoteósica y televisiva celebración de realeza, aristocracia y poderío que se servía ante sus villanos y estólidos hocicos. Semejante parafernalia y beatitud monárquicas quizás no hubieran llegado a extremos tales de pánfilo asentimiento de no mediar la oscura noche del golpe de Estado. Lo que fue, como mucho, un sospechosamente tardío cumplimiento del deber por parte de un monarca constitucional, se convirtió en un heroico y trascendental acto de defensa de la "democracia", motivo de eterna gratitud y patente de corso para que el tal monarca desbarre también de vez en cuando, como ha ocurrido en alguna que otra Pascua militar. Pasar de jefe de Estado designado por la voluntad de un dictador fascista, saltándose no sólo la legitimidad del régimen derrocado por las armas, sino incluso la propia línea dinástica de descendencia, a héroe de la democracia, no está nada mal, para tratarse de un dicharachero y campechano Borbón. Sin embargo, quizá no se insistiría tanto en el rito de paso del 23-F si no fuera para oscurecer con el brillo de la supuesta gesta el origen de un Estado que el monarca encabezaba, y que se mantuvo incólume (usurpadores, inútiles, estraperlistas, torturadores y asesinos incluidos) como condición sine qua non impuesta a los tímidos miembros de la "oposición democrática".
Y, en fin, así estamos a las puertas de eso que los periodistas y todo cristo en general, con estúpido y grandilocuente fetichismo, llaman el tercer milenio: con una "democracia" consolidadísima, por desgracia, en turbios cimientos. De aquellos polvos van saliendo los lodos de la policía, de la justicia, y los que queden. Poca cosa ha sido, en realidad, teniendo en cuenta lo repletas que se heredaron las famosas cloacas del Estado.

¡Salud, despreocupado lector!

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Comentaris

Re: Algunas reflexiones en voz alta...
11 mar 2008
Tu també fas servir la mateixa dialèctica que ells "españa" per aquí, "españa" per allà. No oblidis que "españa" en realitat no existeix, és l'estat espanyol. "españa" és un concepte qu defineix un projecte polític quasi acompletat pels feixistes i espanyolistes. Si utilitzes els mateixos conceptes que "ells", els seus arguments poden arribar a inmovilitzar els teus.
comentari: tot i fotre la txapa, s'ha de reconèixer que aportes algo
Re: Algunas reflexiones en voz alta...
11 mar 2008
que pesadets els indepes amb la normalitzacio linguistica politicamente correcta..aquesta es tota la critica que tens? ves a cagar
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