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Notícies :: antifeixisme
Reformismo radical republicano A prop贸sito de 鈥淟a construcci贸n del movimiento republicano antisistema en Madrid鈥? de Mariano Pujadas
10 des 2007
Aunque el título del texto de Mariano Pujadas sobre el movimiento republicano parece invitar a una reflexión sobre la constitución de lo que llama â渦n movimiento antisistema en Madridâ? (ver link al texto al final de esta página), llama la atención que, de siete páginas, sólo dos se aplican a este propósito, y el resto se evapora en lo que quisiera ser una crítica al PCE y su reformismo que ,al final, queda en nada.
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Una crítica al PCE que sea verdaderamente crítica requiere de una exposición descriptiva de lo criticado que incluya su historia, y un contramodelo analítico que haga posible su superación dialéctica: que anule políticamente al objeto criticado y construya a partir de sus residuos, nuevas categorías y proyectos de acción.

Leyendo el texto de Mariano Pujadas concluimos que el PCE está constituido por una comunidad de renegados de la revolución a los que la socialdemocracia ha dejado fuera del escenario político. Sin economía y sin historia que nos den alguna clave explicativa, la lectura del texto nos sitúa ante gente perversa con objetivos inconfesables (â減uestosâ?) al servicio de la contrarevolución.

En uno de sus libros más accesibles, El 18 Brumario de Luis Bonaparte, el viejo Marx describe el arco parlamentario francés entre 1848 y 1851. En ese análisis, cada formación política, cada bancada parlamentaria, cada líder y cada discurso es relacionado con una formación social precisa, con una clase o un sector de clase concreto, con una posición dentro de una estructura económica bien definida, y con unos objetivos políticos determinados. Marx no analiza el reformismo desde una clave exclusivamente política, ni mucho menos moral o emocional. En el ciclo de revolución permanente que arranca en 1789 y va estallando en 1830, 1848 y 1871, Marx coloca a cada corriente política en su sitio y las explica en relación a su posición dentro del modo de producción, a sus intereses como clase. No se indigna, ni se ofende, no hace demagogia. Más bien sonríe al destapar las limitaciones y destacar lo errático del proyecto político de aquellos sectores sociales que iban siendo engullidos por el carro de fuego de la revolución. Su materialismo le obligaba a buscar vasos comunicantes entre la estructura social y su expresión en términos de conflicto político.

De la misma manera procedió Lenin en sus análisis sobre la composición â渜uímicamente impuraâ? de la clase obrera. Esa heterogeneidad social de la clase es la que explica el abanico de sus expresiones políticas, de sus relatos ideológicos y su concepción del mundo: desde el anarquismo armado ruso hasta el reformismo gradualista del laborismo inglés. A Mariano Pujadas ésto se le escapa porque es evidente que desconoce lo más elemental del marxismo y la teoría política. Para él, la naturaleza política del PCE, su rol actual entre los movimientos sociales, su entreguismo criminal en la transición o su colaboración en la liquidación del tejido industrial y la cultura obrera se explican puerilmente como una cuestión de mala fe: como encarnación de El Mal en un proyecto político colectivo; como la opción política de una casta organizativa que â渟e vendeâ? y â渃olaboraâ?. Mariano Pujadas no es capaz de llegar mucho mas allá de esta conclusión: el PCE es malo. Analíticamente su texto acaba en el mismo nivel en el que empieza, sin elevarse un milímetro, sin aportar nada que nos permita despegarnos del sentido común para pasar a un nivel superior de conciencia. Un simulacro de análisis y, en el mejor de los casos, un análisis reformista sobre el reformismo.

Si Mariano Pujadas se hubiera informado antes, podría haber accedido a la bruta cantidad de materiales elaborados desde finales de los 60 por la izquierda autónoma italiana. Los compañeros italianos se preocuparon desde muy pronto por entender lo coyuntural en clave materialista, por adjudicar a cada expresión política en la escena del conflicto social una referencia en el mundo de la economía: un espacio en el proceso productivo, unos presupuestos objetivos, materiales, que se confunden, se mezclan y se adivinan en el discurso y en la praxis política. Así, esa â渆scuela de la composición de claseâ? analizó con lucidez la naturaleza política del PCI y su relación esquizoide con la clase obrera, con la burguesía y el estado. En función de ello, superan el discurso de â渓a traiciónâ? y la â渕ala feâ? (infantil, idealista), a favor de categorías analíticas mucho mas útiles para la construcción del movimiento. Ã塻to en ningún momento rebajó la radicalidad del enfrentamiento (que llegó incluso a la confrontación física), sino que lo situó en el contexto y en el nivel que se merecía. Lo que hace Pujadas es mera adjetivación sin carga analítica, sin capacidad para tocar la esencia del tema (la naturaleza de clase del PCE), un poco mas allá de la apariencia (su proyecto político hoy). El republicanismo de Mariano Pujadas no sirve para â渁mpliar las estructuras mentalesâ?, y, en un escenario en movimiento permanente, lo que no sirve para avanzar, sólo consigue hacernos retroceder. No vale para comprender realmente, desde Marx y no desde otro sitio, los orígenes del reformismo y, por tanto, poder, a partir de ello, diseñar un estilo propio y diferenciado de intervención política revolucionaria. Nos empuja a una política de â渁juste de cuentasâ? con â渓os traidoresâ?, cuando debería ofrecernos herramientas analíticas para levantar movimiento mas allá de cuentos delirantes sobre buenos y malos.

Para superar la crítica reformista al reformismo hay que entender que el PCE no â渟e vendeâ? a cambio de un ramillete de â減uestosâ?, sino que representa a un sector de la clase obrera y de las clases medias instalado cómodamente en los postulados políticos del reformismo (del que forma parte también el republicanismo). El PCE se sostiene a trancas y barrancas sobre un sector social en retroceso y en proceso de disolución. Una base social que se ha dispersado entre la nueva clase media (culturalmente socialdemócrata, socialmente rampante) y la disgregación del paro estructural, las jubilaciones anticipadas y la precariedad congénita a la que ha sido condenada su militancia histórica. Una parte de su base social se desintegró tras la reconversión industrial. Otra escaló y se colocó en el rol del profesional liberal y se sitúa demograficamente en zonas de Madrid como Rivas, San Fernando o en su momento Coslada, en pleno proceso de cooptación electoral por parte de la socialdemocracia.

Mariano Pujadas necesita al reformismo para poder expresar su imaginario â渞upturistaâ? y hace evidente la falta de autonomía de su discurso en tanto que dependiente de un sujeto político externo y contrarevolucionario.

Una vez superadas las expectativas de hace dos años, el escenario político republicano se ha visto reducido a espacio para la recomposición política del nuevo y viejo estalinismo. Sin habilidades políticas y sociales para la puesta en marcha de un proyecto anticapitalista a la altura de las circunstancias, el programa del â渞epublicanismo antisistemaâ? no deja de ser un refrito de los diferentes programas de la izquierda más rancia. El â減rograma mínimoâ? del año 2004 no es un programa anticapitalista. Ninguno de sus ocho puntos, juntos o por separado, pone en peligro el capitalismo. Cuestiones como la autodeterminación, la memoria histórica, la constitución del 78, la constitución europea o la â渋ndependencia nacionalâ? (sic) podrán cuestionar la transición, podrán escandalizar a los monárquicos y a la monarquía, pero no afectan a la esencia del modo de producción en que vivimos: el trabajo, la propiedad privada y el poder, concebido mas allá de su representación política coyuntural y entendido como el conjunto de relaciones que hacen posible la gobernabilidad y la dominación de una clase sobre otras. El movimiento republicano que se pretende construir desde estas premisas no supera el nivel de un reformismo radical, un jacobinismo nacionalista que poco tiene que ver con el conflicto de clase y la resistencia a las leyes del mercado. A pesar de presentarse como lo más rupturista, es sin duda uno de los sectores políticos más atrasados, a años luz (en su capacidad de cuestionar las bases del dominio capitalista) respecto al anarquismo, la autonomía obrera, el sindicalismo de clase, el antifascismo revolucionario o el movimiento de okupación.

Sin comunicación con las nuevas realidades sociales, como la inmigración, la redes sociales resistentes, la juventud precaria y las nuevas agregaciones productivas (clases) desde las que se produce y revaloriza al capital, el remake republicano se aferra ideológicamente al pasado para poder sobrevivir sin caer en el abismo personal y colectivo.

Nunca está de más releer a Marx, aunque sean las primeras páginas de alguno de sus libros. Si volvemos al 18 Brumario, comprobaremos que en la línea primera de su primera página ya había un espacio para nuestros republicanos:

â淗egel dice en alguna parte que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal aparecen, como si dijéramos, dos veces. Pero se olvidó de agregar: una vez como tragedia y la otra como farsa.â?
Mira també:
http://madrid.indymedia.org/newswire/display/5789/index.php
http://kaosenlared.net/noticia.php?id_noticia=47293&nc=1

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