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Oda a Berlín
23 mai 2007
Carta a una amiga
Érase una vez, y hay quien dice que lo sigue siendo, una ciudad libre en el centro de Europa, una pequeña república más o menos independiente que una vez, por causa de una guerra muy muy fría, pero también muy caliente, fue dividida en dos.

Largo tiempo después, también dos eran las amenazas que acechaban a este oasis urbano. Una provenía de un señor orondo con sombrero de copa que gustaba de fumar grandes puros; no diré su nombre, porque no lo merece; la otra amenaza era el vacío... el vacío mental y espiritual que como una plaga se expandía y colonizaba la materia gris de ciertos individuos. Era una conocida plaga que asoló el país en realidad no hacía tanto, sólo que en esta ocasión parecía dejar sin cabello a los afectados, como si de cáncer se tratase. Les llamaban "boneheads", precisamente por la hoquedad (calidad de hueco) de sus cabezas. Pero vayamos por pasos.

Se dice que a esta ciudad se presentó un día cualquiera un eminente provocador, alguien cuya rutina consistía en extrañar con sus extravagancias al personal muerto-viviente de distintas ciudades del mundo. Muerto-viviente precisamente porque la intención del curioso individuo era despertar de su gris letargo a los alienados transeúntes de este nuestro mundo aburrido y robotizado. Y así solía conseguirlo con sus escándalos, y la gente reaccionaba como él espeaba, sorprendida, estupefacta, anonadada... al fin despertaba, efectivamente, escandalizada. Así ocurría allá por donde pasaba el peculiar batracio andante... Menos en nuestro incógnito lugar. ¿Por qué? ¿Porque en dicha republiquita los muertos-vivientes ni siquiera así descarrilaban de sus terribles rutinas? Noooo, simplemente porque en dicha republiquita ese hombre heterodoxo pasaba absolutamente desapercibido, nadie le hacía caso, ¡a nadie llamaba la atención! No destacaba el hombre, sus llamativos colores no eran llamativos en la colorida ciudad, sus escándalos no escandalizaban en la escandalosa ciudad, sus extravagancias y heterodoxias no eran tales en la extravagante y heterodoxa ciudad. O eso cuentan, eso cuentan de aquella vivible y vivida urbe.

Sirva como metáfora de esta ciudad anclada en un extraño tiempo y en un extraño espacio, una ciudad enorme pero curiosamente humana, una ciudad nueva pero sorprendentemente "antigua", pero sobre todo una ciudad... peligrosamente libre, un burgo de ciudadanas acostumbradas a no pedir permiso. Allí hubo un tiempo en que no había que pedir permiso para habitar una casa, ni por supuesto ir con la hipoteca a cuestas o sangrar con el alquiler mensual. Se hacía y decía de los inmuebles lo que antaño se dijo de la tierra: “¡la casa para quien la okupa!“. Valor de uso amigas, valor de uso... “¿Qué es eso?“, preguntaba el barrigudo del puro; “¡tú no lo puedes saber, tú no lo puedes saber...!“, respondía un irado coro. Pero se equivocaba el justamente enfadado coro: bien que lo sabía, el bien alimentado hombre del sombrero, bien que lo sabía... Se hacía el tonto el hombre, que parecía salido de un cómic. Él sabía perfectamente de “valores“, sólo que para él los importantes eran otros. El caso es que a pesar de su envergadura, durante un tiempo no pudo traspasar las invisibles murallas de la libre república centroeuropea. La unión hace la fuerza, y eso es lo que paró al pesado energúmeno del puro habano. “¡El pueblo unido jamás será vencido!“, gritaban por aquella misma época a una distancia de muchos charcos, y parece como que su eco impregnaba los espíritus de nuestra republiquita.

Pero ahora mi querida amiga se sentía amenazada. Ya no estamos en los tiempos míticos, en los tiempos del mito que borra los tiempos. Ahora estamos en los tiempos en que el satisfecho hombre ya penetró en la ciudad, ayudado por grises hombres vestidos como él, que le abrían compuertas y le tendían rojas alfombras mientras hacían sonar las cornetas de la victoria. Se sentía muy amenazada porque sus gobernantes, esos hombres de gris al servicio del orondo y despreciable hombre del sombrero y el puro, sus particulares y serviles gestores, se inspiraban en la forma de conducir los destinos de la libre ciudad en otras urbes ya arrasadas por el huracán del orden, la pulcritud y la repetición. Ciudades que precisamente ya no eran libres, si es que alguna vez lo habían sido. Especialmente se inspiraban en un gran burgo marítimo de origen comercial donde el gordo del puro había sido entronado cual dios de la confundida modernidad y para colmo convertido en patrón de la ciudad. Se dice de esta ciudad que cada vez más se parecía a una gran cárcel, y que todos aquellos que luchaban contra esta tendencia eran tratados de vándalos, delincuentes, algunos incluso de usurpadores de la sacrosanta propiedad. Y es curioso, porque resulta que para enfrentar a estos últimos los gobernantes de la ciudad marítima tomaban consejo de los de nuestra querida libre y pequeña república. Allí donde un tiempo, y por un tiempo, la propiedad pareció no tener propietario.

De ese fluído intercambio de información propio de la época, cuyo tiempo dejó de contabilizarse respecto del famoso profeta de la barba y la corona de espinas para hacerlo respecto de un algo menos conocido autor de ciencia-ficción, iban a poder llegar las prohibiciones que constreñían el movimiento en la urbe marítima. Porque en el año 23 de la era Orwell en esta última ciudad ya no se podía beber una cerveza por la calle, ni decorar las paredes, ni sentarse y charlar por la noche en la calle, ni divertirse hasta altas horas de la madrugada si a uno le apetecía. Incluso se penalizaba el uso de unos baratos y ecológicos vehículos de dos ruedas no-motorizados. Precisamente todo aquello que era digna y respetuosamente posible pero sin límites en la ciudad libre centroeuropea, corría peligro de ser castrado por inspiración de la gran cárcel marítima del oeste. Ahí estas cosas de la vida ya no eran posibles a las órdenes del gordo usurero del sombrero y el puro, cuyos perros de cuadra guardaban un orden que sólo los autómatas querían.

Pero a mi amiga, como ya dije antes, había otra cosa que la atemorizaba: las hordas de energúmenos de cabezas huecas sin pelo, que se extendían sin freno por la periferia y esporádicamente penetraban, cada vez con más facilidad hacia los barrios céntricos, aquellos que antaño eran el epicentro de la libertad. Lo que no se sabe es si en esos momentos los melones andantes entablaban alianza con el famoso obeso de cómic, como hicieron unas cuantas décadas atrás, cuando como ahora decían que estaban contra él. Eso es lo que más atemorizaba a mi amiga, que sospechaba que, efectivamente, de nuevo andaban de la mano ambos peligros.

Digo mi amiga porque a diferencia de otras ciudades, apoteosis del elemento masculino, monumentos a y de la virilidad fálica, nuestra pequeña república libre centroeuropea, con sus respirables espacios, parques, huertos, granjas y verdes campamentos de caravanas, conservaba los atributos femeninos de la madre naturaleza y aplacaba el gris cemento que entierra en vida a los transeúntes de todas las ciudades del mundo. Hasta pronto Berlín, mi querida amiga.


Berlín-Barcelona, Primavera 2007

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Comentaris

Re: Oda a Berlín
23 mai 2007
gracias
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