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Buen tiempo en el resto
25 mar 2007
Cuando antaño la familia unida en torno al enorme aparato de radio oía las noticias de RNE, a las que, por cierto, todo el mundo llamaba «el parte» y cuando se informaba de la predicción meteorológica, siempre decían que era necesario el uso de cadenas en las Portillas del Padornero y de la Canda y en el puerto de Envalira, en el Principado de Andorra y, además, habría chubascos de intensidad variable en Galicia y el Cantábrico y buen tiempo en el resto.
Esto último era indefectible, siempre hacía buen tiempo en el resto, concepto indeterminado, pero que delimitaba la frontera entre el mal y el buen tiempo. Algo parecido debieron oír los magistrados de la Sección Cuarta de la Audiencia Nacional que iba a juzgar a Arnaldo Otegi por un, a la postre, inexistente delito de enaltecimiento del terrorismo. Y es que, mientras en todos los medios de comunicación se informaba sin cesar de las consecuencias del terrible temporal de primavera que azota a todo el norte peninsular, la Sala, presidida por Bermúdez, seguía, a piñón fijo, con el buen tiempo en el resto, lo que demostraba que la inasistencia del aspirante a condenado era injustificada, porque no era cierto que se hubiera quedado tirado en la carretera, en la que sin embargo había miles de camiones atascados. Así que el juez de la campanilla, que parece mentira que no conozca estas cosas habiendo sido Magistrado de Trabajo en Donostia, se lió la manta a la cabeza y tras confirmar oficialmente que hacía buen tiempo en el resto, dio la orden de detener al elgoibartarra, sin que nadie lo solicitara, para poder así celebrar una vista de todo punto inaplazable. Resulta chocante que en una casa en la que cada dos por tres se suspenden juicios por las más diversas razones, algunas tan incontestables como las socorridas necesidades del servicio o la incomparecencia injustificada de un policía citado como testigo, hubiera que celebrar a toda costa un juicio por una nimiedad y con una petición de quince meses de prisión, en una institución en la que los años de pena se reparten, frecuentemente, por cientos y hasta por miles.

Total que se puso en marcha un sencillo mecanismo que trasladó a cinco 4x4 de la autodenominada Benemérita hasta el domicilio del acusado, armados y acompañados de perros, alguno con nombre tan simpático como `Hitler', con la misión de trasladarle a Madrid por tierra o aire, y poder celebrar, por fin, el inaplazable ritual. Lo intentaron en helicóptero, pero el fuerte viento lo impidió; una prueba más de que la ausencia matutina era de todo punto injustificada, y al fin un avioncito incautado a algún narco y que ahora usa la Policía, se llevó al presunto hasta un aeródromo madrileño. Militar, por supuesto.

Para entonces el Tribunal, actuando diligentemente, ya había habilitado las horas que restaban hasta las doce de la noche para poder celebrar la vista sin problemas de nulidad. ¿Quién dijo que la justicia era lenta? Al final, retirada de acusación y absolución. Apoteósico. ¿Cuánto habrá costado al Estado de Derecho y por ende a los contribuyentes todo este dislate?

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