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Dónde caen los escombros del 11 de septiembre del fútbol italiano.
15 feb 2007
Livorno: futbol italiano y leyes especiales.
Dónde caen los escombros del 11 de septiembre del fútbol italiano.

Los que recuerden lo hechos más recientes de alteración del orden público en el mundo del fútbol italiano, desde los disturbios de Avellino en el 2003 desencadenados por la reacción a la muerte de un joven napolitano, no pueden que quedarse impactados por el carácter de guerrilla urbana que atraviesan estos fenómenos. Agresiones masivas a las fuerzas policiales, cortes de carreteras, de ferrocarril, navales, manifestaciones nocturnas con disturbios programados. Episodios que no involucran simplemente las áreas cercanas a los estadios de fútbol, como en el caso de Catania y Avellino, sino que se difunden exportando desordenes en distintos ámbitos del territorio urbano. Este fenómeno, cuando que explota dentro del estadio, está relacionado a dinámicas conflictivas entre grupos; en los demás casos se desencadena a partir de la necesidad de hacer valer el peso simbólico de la âtifoseriaâ? (hinchada) en ámbitos relacionado a las situaciones administrativas y disciplinares del equipo. Pero, en cualquiera de los casos, estamos frente a características permanentes, en el sentido que es un fenómeno que tiene fases culminantes, espectaculares y de alta visibilidad cuya vuelta en el cono de sombra prefigura un retorno. Probablemente con nuevos actores, organizados de manera distinta, alrededor de un horizonte simbólico nuevo y con otras prácticas, pero, en definitiva, con la peculiaridad de una convergencia entre grupos que encuentran un momento de fusión en la ruptura del orden público.
   
Si miramos esta situación con ojos historiográficos vemos, a partir del hallazgo de una bomba en el estadio de Verona en el 1977 y la muerte de Vincenzo Paparelli en el 1979, que fases culminantes y conos de sombra han constituido, durante treinta años, el continuum de la producción de momentos de rupturas del orden público. Es algo al que se le puede aplicar el esquema luchas/reestructuración/lucha que la historiografía âoperaistaâ? aplicaba a su propio objeto de estudio: a una estación de ruptura de las dinámicas de orden público se corresponde una de reestructuración social y normativa que desemboca en una nueva estación de ruptura. En este sentido, hasta que aguanta la formula, y ha sido así hasta ahora, podemos hablar de un fenómeno permanente. Pero no se puede tener una idea del fenómeno si lo representamos como en enjambre que crece hasta el colapso, tal como podría ser el polvillo de alíenos de Ghost of Mars de Carpentier.

Si comparamos la larga historia de disturbios en la época industrial con la ruptura del orden en las sociedades post-industriales, vemos como en el segundo caso las rupturas acontecen en un territorio urbano contenido, circunscrito y en episodios cuantitativamente más reducidos por número de personas involucradas y por nivel de gravedad. La diferencia está en el grado de espectacularización del gesto de ruptura del orden a través de la pluralidad de los planes mediales que sitúan estos episodios al centro del cerebro social. Lo que afirmamos sonará raro para los que se han dejado atropellar por los planos de imágenes que se difunden, como en el caso de los tumultos de Catania, y están editadas a través de comentarios ansiogenos o participativos del luto de quién es victima de los disturbios. La impresión que se extrae de estos planos de imágenes es que la violencia es ubicua. Pero no hay que confundirse: entre la modalidad de difusión de los disturbios provocados por las hinchadas de la época industrial y post-industrial hay una diferencia enorme. En el primer caso, en el plano urbanístico estaba incluido el territorio y en buena medida su población; en el segundo, son los sectores especializados de población y los operadores profesionales del orden que se confrontan en un territorio ceñido y compartimentado por las variables funciones de uso social o de practicas de control. La otra gran diferencia respeto a la época industrial es el retorno de los disturbios a los circuitos de las imágenes y a la vez los efectos de deslegitimación del sistema social que circulan a través de las imágenes mismas.

Por mucho que pueda parecer una paradoja, los tumultos entre hinchadas de la época industrial, que invertían ciudades enteras, pero no entraban en el imaginario de una nación, ahora, además de los estadios, penetran en zonas âconsagradasâ? del tejido urbano: a través de la producción de imágenes en una multiplicidad de canales de fuerte impacto capilares, terminan por circular dentro del cerebro social. Y esto sucede en un momento en el que la producción de simbólico generado por estas imágenes opera una deslegitimación de la sociedad del control: ahí donde el consenso se gestiona a través de prácticas de seguridad, la difusión espectacular de la impotencia de las fuerzas policiales deviene un problema que tiene efectos directos en la magnitud de la crisis de legitimación de la fuerza del estado, fuente prioritaria del jurídico y del político. Es aquí entonces que grupos de ultras impolíticos, o de grupos ideológicamente minoritarios, terminan con producir eventos que alteran la legitimación de los aparatos administrativos e institucionales, cuando en realidad esta legitimación se sigue produciendo a golpes de erogación de seguridad mucho más que de distribución de derechos o de servicios sociales. En este sentido, los estadios, lugares de producción de grandes eventos en los que convergen cuotas significativas de población, son zonas de máximo control y de su elusión difusa, espacios en los que se intenta ejercer tecnologías de pacificación y donde en realidad se practican varios niveles de conflicto.

Entonces, no sorprende ver que la óptica del poder, que hoy se concretiza en las tecnologías televisivas a circuito cerrado (para el ejercicio de prácticas de policía) y abierto (para la reproducción de practicas mediáticas de legitimación) se concentra en los detalles microfísicos o insignificantes. Cuando en las primeras páginas de los diarios se representa el peligro a través de unas pintadas aisladas que revindican los hechos, significa que la óptica del poder se hace microfísica mucho más allá de la específica necesidad del control. Un signo de cómo un poder, que no puede erogar ni derechos ni servicios, se concentra en la seguridad y en la obsesión de la vigilancia. Se representa así la ansiedad del estado de erogar seguridad, casi siempre simbólica, en vez de derechos y servicios

Si alguien busca, en estas dinámicas de estadio, las banlieue italianas, las encontrarás. Primero en el plano de la morfología social: cada periferia es la columna vertebral de una âcurvaâ? de estadio de una ciudad italiana. En el sentido de la capacidad de atraer en sus propias prácticas extensos estratos âde centroâ? de la sociedad: algo que la banlieue francesa no puede generar en cuanto sitiada físicamente por la misma estructura de la ciudad. Lo que diferencia las dinámicas de estadio italianas de la banlieue francesa es el bagaje cultural. Insertado en la sociedad de consumos o despolitizado, o politizado al interior de un vacío simbólico de derecha, el italiano; plenamente implantado en las dinámicas de auto-producción de las culturas musicales, el francés. En este sentido, la contraposición italiana entre periferias e instituciones, que se juega en un horizonte concreto y simbólico, no tiene la fuerza para emerger ni la calidad necesaria para ser efectivamente reconocido como tal. Aunque jueguen en lo concreto del conflicto con la policía (que es mucho más que una banda en el territorio en cuanto representación simbólica del estado), aunque resulte evidente el uso de la cultura del espectáculo (el fútbol en el caso italiano y la música en el francés, ambos vehículos de una confrontación que va más allá del espectáculo), en la especificidad italiana los significados de esta contraposición con las autoridades no han llegado todavía a tener el peso de âuna generación de excluidos en contra del poderâ?, tal como acontece en Francia. Primero porque el nivel de autoprodución de la cultura italiana, condicionada fuertemente por los grandes estilos de consumo, no es comparable en términos de calidad con la escena musical francesa. Hay dos razones más que explican la especificidad cultural de las âcurvasâ? italianas e introducen el riesgo de que estos eventos de ruptura del orden se queden exclusivamente atrapados en dinámicas represivas con sus profundas consecuencias sociales. La decenal despolitización y reducción a âenclaveâ? de consumo de las periferias italianas (aquellas generales y no solo futbolísticas) y el evidente desplazamiento de la izquierda italiana hacia el lenguaje, los temas culturales y políticos de las clases media y medio-alta âcivilizadasâ?. Un deslizamiento de la izquierda, de todos géneros, de las periferias. De tal magnitud que si por sea caso la izquierda decidiera atravesarlas otra vez, se encontraría con un trabajo político de cartografía, de adquisición de lenguajes, de asimilación de comportamientos que duraría más de treinta años. En este sentido, aunque se produzcan fenómenos de conflictos que perforan la esfera política, las periferias, en un horizonte de deslegitimación simbólica del estado, no son capaces de entender efectivamente lo que están haciendo, mientras que la izquierda, por el miedo de perder contacto con los clases medias y medio-altas, frente al comportamiento de las periferias, no piensan deslegitimar las practicas de seguridad.

Es así como, a través de los eventos de Catania, se revela la deriva de las periferias italianas: empobrecidas económicamente y cognitivamente, lejanas de una lenguaje colectivo, abandonadas por la izquierdas que mira hacia otros niveles estratégicos de representación. La sociedad de control, la disciplina y la privación tecnológica de la libertad en el plano universal de la norma, retroalimenta la toma de la morfología social, precisamente a partir de los disturbios simbólicos, y mediáticos, como los de Catania. La izquierda no es actualmente en condición de producir retrovirus y zonas de resistencias que hagan frente a la evolución de la sociedad de control. Si el policía muerto en Catania es algo como un 11 de septiembre del fútbol italiano, un derrumbamiento de la arquitectura de organización del espectáculo y de las relaciones sociales, la hinchada del Catania es algo parecido a una Al-Qaeda. En el sentido de una hinchada que mantiene una relación contractual y cooperativa con instituciones y clase política de su territorio. Algo como una Al-Qaeda que se escapa del control de sus propios referentes políticos e institucionales que hasta ahora la han cultivada o han reconocido su presencia. Lejos de la idea de una chispa enloquecida del mundo juvenil fuera del territorio y de las relaciones con partidos políticos e instituciones, la hinchada del Catania, sería más bien un elemento regulador de las relaciones de poder de la ciudad que se fuga de sus propios ámbitos de regulación. Sin olvidar el clima político y la idea que la clase política de gobierno tiene de la sociedad. Las afirmaciones del presidente del consejo que habla de un âpaís enloquecidoâ? en cuanto contrario a la reestructuración financiaría, no pueden que encontrar un desemboque en un plano de políticas sociales. Y lo encuentran en la animalización de algunos sectores de la sociedad a los que se corresponde la erogación de prácticas y normativas de emergencia. Políticas de emergencias que intentan mostrarse radicales como herramientas de resolución de la crisis de las instituciones que las promueven.

En esta situación la respuesta no puede que ser neutralizar las funciones de control ahí donde nos encontremos a âcooperarâ? con estas finalidades y trabajar para entrelazar una telaraña de anticuerpos refractarios al control, a través de un cruce de culturas âaltasâ? en el horizonte crítico y culturas underground. Se trata de producir, desde el horizonte lingüístico hasta el político, todos los dispositivos simbólicos que impidan funcionar a los dispositivos de poder, y sobre todo, a sus evoluciones tecnológicas. L*s que saben mirar más allá de la apariencia de los fenómenos, sin ceder a las retóricas del dolor y de los bárbaros a la puerta, puede empezar este camino. Están en juego las garantías reales de nuestras libertades colectivas.

Mcs, de la Redacción de Senza Soste.

(Artículo publicado en el número de Senza Soste, http://www.senzasoste.it, semanal de información autoproducido, que se reparte durante cada partido interno del equipo del Livorno. La redacción de Senza Soste se compone de personas provenientes del historico y disuelto grupo BAL, Brigada autónomas livornese, y de la experiencia decenal del Centro Sociale Godzilla. El semanal, de 8 páginas, encara problemas sociales de la ciudad, hospeda artículos de información de las actividades de los grupos antagonistas y es un observatorio abierto sobre las mutaciones del territorio. Distribuido a través de una red alternativa de puntos de venta, Senza Soste se lee en el estadio antes y después de cada partido del Livorno y es una preocupación constante tanto de la policía y de los partidos políticos de la ciudad, como de los medios de comunicación al servicio del poder. Actualmente se prepara el nuevo número que saldrá en ocación del partido de UEFA con el Espanyol, parte de cuya hinchada, un grupo de naziskin que actua en Barcelona dentro y fuera del estadio, ha amenazado la âtifoseriaâ? de izquierda del Livorno, que seguirá masivamente el partido en la capital catalana, con organizar agresiones. Este artículo es también una invitación al âpuebloâ? de hinchas antifa de Barcelona y no solo, a vigilar y participar activamente a la fiesta roja que se celebrará el 22 de febrero en el estadio Montjuic de Barcelona. Ni un paso atrás!).

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