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Anàlisi :: criminalització i repressió : sexualitats
Capturing the paidophilia
30 nov 2006
Capturing the paidophilia

por Blas López-Angulo


"âDos acusados de prostituir a su hijoâ¦â

Aún escupo sobre el titular irreprochable. Me preguntaban en el periódico: ¿acaso no es cierto?, ¿acaso no existen esas acusaciones, del juez, del fiscal, de la Policía? No. Eran falsas. Yo sabía que eran falsas y los periódicos han de creer a los que pagan⦠Los deontólogos manejan titulares llenos de mierda y pretenden actuar con escrupulosa limpieza. Una acusación falsa no es una acusación, sino una falsedad. Protegidos por la soldadesca, jueces, fiscales y policías, el periodismo va tocando su vieja gramola. Diez veces, ciento, un millón, los procesos son largos, los periódicos escribirán que la pareja acusada de prostituir a su hijo⦠es posible que el último día escriban que la pareja acusada de prostituir a su hijo queda absuelta. La mierda. La mierdaâ¦

âCuando quiero hundir a alguien, le tiro una paletada de mierda y aunque se la quite, el olor le acompaña siempreâ"

(El autor termina el párrafo citado con esta frase que atribuye a un fascista barcelonés. Se refiere a Samaranch del que escribió una biografía junto con otro periodista. En Raval, Del amor a los niños, Arcadi Espada, p. 79).


¡Lástima!, que el bueno de Arcadi(o), henchido de amores constitucionalistas, nunca haya extendido esta veraz denuncia a la conocida âbrigada Bruneteâ?, por ejemplo, en todo lo tocante a lo vasco.


El verano en Madrid no reúne demasiados alicientes, por rememorar este último brevemente: piscinas saturadas y homófobas, todas las líneas de metro cortadas, restaurantes cerrados y calor en sesión continúa. Pero hablando de sesiones, la Filmo(teca) âun oasis entre el cemento recalentado de Lavapiés- recupera todos los estíos una buena selección de los títulos más relevantes (no de taquilla, claro) de los últimos años. Sólo así es posible que películas de un valor tan notable como Capturing the Friedmans (sí, por ahí va mi título) no pasen inadvertidas a cinéfilos como yo. Realizada en 2003 en USA, un año después llegó aquí a los Alphaville -por entonces no residía en Madrid-, y no creo que a muchas más salas comerciales en todo el país. En Italia, fue estrenada con el curioso título de Una storia americana, para que luego nos quejemos de las ocurrencias castizas.


Digamos ya que sí, que también es una historia americana (de los USA, pues la parte no es el todo por más que se ignore) y tantas cosas más, aunque, desde luego, que encierra bastantes de los males de la moderna sociedad occidental (descomposición familiar, histeria colectiva, puritanismo inquisitorial y también el abuso de las imágenes, que pervierten la realidad, -los protagonistas se grababan en vídeo mientras la tragedia se cernía bajo su techoâ¦).


Pero no voy a centrarme exclusivamente en este soberbio documental, sobre el que pese a su desconocimiento general (y mío, como tengo dicho en particular) algo se dijo en su día y que el lector interesado podrá rastrear. Me interesa su cuestión de fondo: la paidofilía, y sobre todo, la persecución â capturing, en efecto, captura más bien- policial y judicial que dencadenó (Long Island, 1987), que tantas concomitancias guarda con el caso Raval barcelonés, una grotesca copia sucedida un decenio más tarde. Después de la extensa reforma del código penal de 2003, en vigor desde hace 2 años, los parecidos con la âsociedad americanaâ? no dejan de crecer. A todas estas cuestiones voy a dedicarlas un rato.


No es plato de gusto. Ocurre como en el mencionado, no en vano, âtema vascoâ? que tratar de reflexionar racionalmente conlleva el inseparable baldón de parecer tomar partido por âlos malvadosâ?, en vez de defender los derechos y libertades fundamentales, que es lo que se hace; y que denunciar las tropelías de âlos buenosâ? y la deriva puritana cada vez tienen menos lugar. Si además, topamos con los nunca desaparecidos tabúes sexuales, veremos como la supuesta protección del menor se convierte en el divino detente ante el corazón de Jesús. La mejor defensa ante las balas del mal y el mejor ataque, la nueva inquisición. De este estado de cosas resulta una perfecta coartada para impedir cualquier empeño de razonamiento. Pero no podrán evitar que algunos sigamos empeñados en ello.


El psiquiatra Guillermo Rendueles en su libro Egolatría nos proporciona algunos casos más con preocupantes coincidencias, más allá de los delitos (o más bien fantasma-delitos, en cuestión): el de los Ingram que compara con el proceso de las brujas de Salem desató una especie de pánico satánico, o el de Peter Relley, que sin apreciarse síntomas de psicosis confiesa horrendos crímenes que no cometió, sin duda abducido por una insufrible presión policial.


Si trazáramos un sencillo cuadro de todos ellos, algunas conclusiones son más que evidentes:

En Capturing the Friedmans las víctimas deben recordar mediante hipnosis el trauma supuestamente olvidado, sus relatos son harto inverosímiles como cariacontecidas reconocen en la actualidad, pero con la ayuda policial y de los mass-media lo lógico es contar lo que ya está en boca de todos y que después una sentencia, ya anticipada, sancionará como hechos probados. El trabajo de los abogados se ve constreñido a hacer ver a sus clientes ya culpables los beneficios de su simétrica confesión. ¡Ay, Foucault, qué razón tenías!


En el caso Raval, se desató un escándalo de desconocidas dimensiones, donde algunos menores tuvieron que relatar bajo el dictado de un comisario y la alternativa del reformatorio, los ecos alarmados de la prensa y las terapias psicoanalíticas unos hechos que se adaptasen a su descubierta gravedad. Cada uno debía cumplir con su papel. Los informes psicológicos también, la justicia tampoco podía decepcionar una vez más. Se llegó a procesar y encarcelar incluso a personas que no tenían absolutamente nada que ver.


En Capturing the Friedmans, la bestia, o sea el FBI, se pone en marcha disfrazada de cartero para entregar un paquete facturado en Holanda sospechoso de contener pornografía.


El artículo 189.2 del código penal español tras la reforma mencionada dice así:


âEl que para su propio uso posea material pornográfico en cuya elaboración se hubieran utilizado menores de edad o incapaces, será castigado con la pena de tres meses a un año de prisión o con multa de seis meses a dos añosâ?.


Tratadistas penales como Muñoz Conde opinan que el legislador invade la privacidad conculcando el derecho constitucional a la intimidad ây criminaliza una conducta que, por inmoral que nos parezca, no afecta directamente al bien jurídico protegido en este precepto, indemnidad o intangibilidad sexual del menor o incapazâ?.


Por otra parte, contradice el principio de intervención mínima del orden penal. En la práctica, las pesquisas policiales en la red pueden dan lugar a infinidad de solicitudes de órdenes de entrada y registro, que de concederse afectan también muy desproporcionadamente a la inviolabilidad del domicilio, otro derecho fundamental. Y, en definitiva, conducen a procedimientos judiciales complejos y masificados por la dispersión y número de sus autores, a pesar de la levedad de la pena (multa de seis meses en su grado mínimo).


El citado Rendueles también evidencia âlas contradicciones legales en las que se incurre al limitar el âlibre flujo del deseoââ? (Egolatría, p.223) y las difusas fronteras del tabú sexual en la era de Internet.


El capítulo octavo del código penal en que se encuadran los delitos comentados se llamó hasta no hace mucho, ¡1989!, delitos contra la honestidad. Ahora se refiere a los âdelitos contra la libertad e indemnidad sexualesâ?. Puesto que los menores o incapaces carecen de una plena libertad existe un cierto consenso social sobre la âintangibilidadâ? o âindemnidadâ? que debe protegerles.


Siguiendo de nuevo al penalista Muñoz Conde distinguiremos para comprender mejor el alcance de dichos términos, según se trate de menores o incapaces.


a) en el caso de los menores âcito su manual de Derecho Penal- âel ejercicio de la sexualidad con ellos se prohíbe en la medida en que puede afectar a la evolución y desarrollo de su personalidad y producir en ella alteraciones importantes que incidan en su vida o en su equilibrio psíquico en el futuroâ?. Y ello, como señala el autor, a pesar de que científicamente no sea así e incluso cuando se dice precisamente lo contrario: âque favorece el desarrollo psíquico y una mejor afectividad en las relaciones interpersonales futurasâ?. Sabido es, por el contrario, que del Imperio llegan vientos públicamente nada contemplativos en esta materia.


b) En el caso de los incapaces (que âpadezca(n) una enfermedad de carácter persistente que le(s) impida(n) gobernar su(s) persona(s) o bienes por sí misma(s)â?, -según dispone el art. 25 c.p.-) habrá de probarse tanto su falta de libertad como el âabuso de su trastorno mentalâ?.


La sexualidad de estas personas es, no obstante, muy ignorada y nos muestra un doble rasero significativo de la doble moral aplicable: al deficiente al burdel como terapia, a la deficiente su encierro ante el temor al embarazo.


Parecido cabe pensar respecto a los menores, según su sexo. Ningún menor tendrá reparos en confesar en su edad adulta, o incluso en publicar en memorias, declaraciones, etc., haber sido víctima de la seducción de una perversa Mrs. Robinson. Cuesta más encontrar a Lolitas ufanas y no marcadas por ese pasado, a veces, inopinadamente lejano.


Podríamos en estos casos distinguir según el sexo una intangibilidad o indemnidad inmaterial para lo masculino, y literalmente físicas o corporales para lo femenino, como si el acto sexual dejara en sus cuerpos heridas y huellas indelebles, que no son otras, que, el acervo patriarcal inmemorial.


Para concluir sobre el pretendido bien jurídico que se trata de proteger, vemos, que, finalmente su contenido pende de la interpretación que los jueces hagan de la moral sexual dominante. En la medida que sean receptivos a la pluralidad de los componentes normativo-culturales alcanzarán una legitimidad democrática en sus decisiones, en cuanto se conviertan en árbitros de sus particulares convicciones morales, religiosas, etc., seguirán perpetrando sentencias viciadas y de lamentable repercusión social.


Y como empecé termino con más cine (y psiquiatría) por favor. En el reciente Festival de Donostia se presentó un film danés a lo menos curioso que espero tenga mejor suerte en las pantallas que el reseñado Capturing⦠Kunsten at graede i kor (El arte de llorar y en coro). Breve sinopsis: un padre que padece ânervios psíquicosâ? amenaza regularmente con suicidarse. Con ello pretende conseguir el cariño de sus hijos, que le consuelan de forma muy poco ortodoxa. Sus únicos momentos de gloria se producen en los funerales en que logra hacer llorar a todos los asistentes con sus conseguidos panegíricos. Pero cuando su esposa e hijos van arrojando la toalla, sólo el más pequeño hará frente a la situaciónâ¦


Si llegáis a verla la comentamos, ¿vale?


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