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Notícies :: corrupció i poder
Soldados de la ONU en el Congo cambian comida por sexo con niñas
28 oct 2006
El campo de refugiados de Bunia es el hogar de unas 15 mil personas, separadas por una alambrada de las tropas de la ONU.


Adolescentes de la República Democrática del Congo, que eran violadas por milicianos, están siendo sexualmente explotadas por los cuerpos de paz de las Naciones Unidas, quienes dan a las jóvenes comida a cambio de sexo.


Así lo manifiesta el diario The Independent, dando detalles sobre los resultados ONU. (Mujeres hoy)


Trabajadores/as humanitarios/as dicen que cada noche, las jóvenes se arrastran a través de huecos en la alambrada que rodea el campamento de la ONU para vender sexo a soldados marroquíes y uruguayos a cambio de mercancías, tales como un plátano o un pastel, generalmente para alimentar a sus hijos e hijas, que son el resultado de las múltiples violaciones previas.''Es fácil para nosotras llegar a los soldados de la ONU'', dijo una niña de13 años llamada Faela. ''Cruzamos la alambrada cuando está oscuro, a veces una vez por noche, a veces más''.


Faela describe la vida en el campamento de refugiados en Bunia, una población al noreste de la República Democrática del Congo, llevando en brazos a su hijo de seis meses de edad. Quedó embarazada después de haber sufrido repetidas violaciones por parte de numerosos hombres de su poblado.''La vida en el campamento es difícil para muchachas como yo, con bebés y sin esposos. No tenemos hombres que nos cuiden. Hemos sido mancilladas por los soldados que invadieron nuestros pueblos. Ninguno nos tomaría como su esposa, y es difícil para nosotras conseguir comida en el campamento'', dijo.


La explotación ocurre a pesar del llamamiento de la ONU para detener la política de tolerancia cero con sus soldados que cometan abusos sexuales. Dominique McAdams, reesponsable de la misión de la ONU en Bunia, declaró que creía que se estaban cometiendo abusos sexuales, pero que no había visto ninguna evidencia.

The Independent entrevistó a más de 30 muchachas durante cinco días, y la mitad de ellas dijo que había estado con los cuerpos de paz a través de huecos abiertos en la alambrada del campamento.


Un funcionario de Atlas, la organización de ayuda del campo de refugiados, confirmó que miembros de su personal estaban al tanto dicha conducta, pero que tenía miedo de enfrentarse con la situación. ''No hay nada que los detenga, y las muchachas necesitan comida. Es mejor quedarse callado'', dijo. ''Tengo miedo de que si digo algo pueda perder mi trabajo, y yo tengo mis propios hijos que alimentar''


Mientras la ONU ha prometido utilizar ''todas las sanciones disponibles''contra los violadores, hay dudas acerca de que algo cambie con la investigación y de que los culpables sean llevados ante la justicia, asegura el medio británico.


Sexo y muerte en el corazón de �frica. Hambrientas, asustadas y desamparadas, las jóvenes mujeres de la República Democrática del Congo están vendiendo sus cuerpos a cambio de comida y abrigo. Y los hombres que les ''pagan'' son los cuerpos de paz de la ONU, los responsables de protegerlas.


Faela tiene 13 años de edad; Joseph menos de seis meses. Sentada en el suelo polvoriento del mayor campamento para refugiados internos, acuna a Joseph en sus brazos, y cuenta como se asegura el alimento para ella y su hijo ''Si voy a ver los soldados de noche y duermo con ellos, algunas veces me dan comida, tal vez una banana o una torta'', dice Faela, mirando a su hijo.''Tengo que hacerlo con ellos porque no hay nadie que me cuide, y no hay nadie más que yo para proteger a Joseph. Ãl es todo lo que tengo y debo cuidarlo''

Esta es una historia que no sonaría a extraña en ninguna parte de este país asolado por la guerra, si no fuera por un detalle: los soldados de los que Faela está hablando no forman parte de los grupos rebeldes que han devastado la provincia de Ituri, en el noreste del país durante los pasados cuatro años y medio. En cambio, son parte de las fuerzas de paz de la ONU en el Congo (MONUC es su sigla en inglés), y están bajo sus órdenes junto al campo de refugiados de Bunia.


La ONU tiene el control del aeropuerto local, una vez se ha vuelto a poner en marcha este nudo comercial que servía a toda la provincia de Ituri. La región es rica en recursos naturales, incluyendo uranio y las grandes reservas de petróleo, recién descubiertas. El aeropuerto de Bunia rebosa de personal militar, y el estado y la cantidad de aviones de la ONU contrasta con los herrumbrados aviones congoleños abandonados en las cercanías.


Después de dejar el aeropuerto, se pasa por una serie de barracas a lo largo de unos caminos sin pavimentar. Se puede ver a los cascos azules de las fuerzas de paz uruguayas y marroquíes detrás de sus barricadas hechas con sacos de arena y alambre de púas. La gente forma una corriente constante que camina a lo largo del camino polvoriento, pero es imposible decir a donde se dirige.


El campo de refugiados de Bunia se estableció hace un año, tras una escalada de enfrentamientos entre las etnias Hema y Lendú, y la gente llegó allí buscando protección al lado de la base de la ONU. Hoy el campo es el hogar de unas 15 mil personas, y consiste en varias filas de tiendas de nylon azul. Sin embargo, la vida dentro del campo sigue siendo dura. Los enfrentamientos entre etnias rivales estallan cada noche, y la tensión es muy alta. Durante el día florece el mercado negro, en el que se puede conseguir desde comida hasta armas. En este mundo de esperanzas perdidas y sueños destrozados, la de Faela es una historia común. Es una historia de guerra y de soldados, de sexo, y, más que nada, de miedo Si ella es indiferente a su futuro, es porque lo único que ha conocido en su corta vida han sido la violencia y la sumisiòn.


Su mundo, una vez lleno de familiares y cariño, se ha esfumado lentamente, y se ha estrechado día a día, hasta que todo lo que le queda es su hijo, y su preocupación por alimentarlo.


''Yo llegué a este campamento hace unos seis meses, cuando los combates empeoraron en nuestro pueblo'', explica con calma. ''Los soldados, diferentes soldados, venían cada noche y no sabíamos lo que estaba sucediendo. â. Cada noche los soldados venían a nuestra tienda y nos obligaban a mis hermanas y a mí a hacerlo con ellos. No teníamos elección. Si nos hubiéramos negado, nos habrían pegado. Algunas veces ponían sus armas contra mi pecho, y otras entre mis piernas. Yo estaba realmente asustada''.


Tan asustada estaba que dejó el pueblo donde había nacido y comenzó una larga caminata hacia el campo de refugiados a través de la selva de Ituri. Sabía antes de partir que estaba embarazada y que el anónimo padre de su hijo era alguno de los integrantes de esas bandas de soldados. ''Tuve a Joseph en la selva'', dice.''Mi padre no podía ayudarme más, porque está avergonzado de mí por tener este bebé sin estar casada. El tiene que cuidar a mis hermanos y mis hermanas''. Faela esperaba estar segura en el campamento. Pensaba que la vida sería también dura, pero que al menos no tendría más visitas de medianoche, que no habría más hombres con armas. Pensaba que sería alimentada, arropada y protegida. En cambio, cuando vio que la gente le negaba la comida, la aislaba, y hablaba de su ''vergüenza'', lentamente descubrió que era una paria.


âEs difícil vivir en el campamento para muchachas como yo, con niños y sin marido'', dice. Solteras con hijos, proclaman que como no tienen a nadie en el campamento que las proteja, tienen que buscar ayuda donde pueden. María tiene 15 años. Como Faela, ella también tiene un bebé. De pie junto a la alambrada de púas, explica por qué no tiene más remedio que trepar por sus agujeros y dormir con los soldados de la ONU. ''Cruzo la alambrada cuando necesito comida'', dice. ''Nada malo nos sucede allí, los soldados son gentiles y nos dan cosas. En este campamento no hay mucho. Yo vine a Bunia para estar segura y para alejarme de los soldados que atacaban mi pueblo''.


María, como muchas de las demás muchachas dentro del campo, niñas cuidando niños, nunca fue a la escuela y no puede leer ni escribir. Siempre fue una hija obediente y no tenía idea de adonde ir después de que su familia la abandonase. Pasó de ser amada y protegida por su padres a ser expulsada, y admite que cualesquiera sean los peligros, no dejará de visitar a las fuerzas de paz cada noche. ''Los soldados de la ONU ayudan a muchachas como yo, nos dan comida y cosas si vamos con ellos'', explica.


Este artículo demuestra la importancia del Estatuto de Roma y la Corte Penal Internacional que tipifica entre los delitos más graves cometidos contra la humanidad, el de violación y esclavitud sexual, conductas en las que cae el "intercambio de comida por sexo". En este caso la violación es más grave aún, pues las víctimas son niñas.
Mira també:
http://www.pueblosenmarcha.es

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