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Notícies :: immigració
Migrar
05 ago 2006
Reflexión introspectiva sobre el hecho de tomar la decisión de cortar la vida para continuarla en otro lugar. Emigrar, una vivencia cada vez más común, con un enfoque que muchos se resisten a observar desde otros ángulos. Europeos burgueses, con la empatía bloqueada por una comodidad fruto del sufrimiento de otros.
20060805-emigrar.jpg
Lo de dejar atrás el barrio donde naciste, familia, amigos y todas esas caras, no fue ninguna sorpresa, es decir, si no lo has pensado antes, terminas por darte cuenta justo en los primeros días, o como mucho al par de meses –cosas del ajetreo, ya se sabe–.

Lo peor sucede al cabo de algunos años –diez, por ejemplo–, cuando un día llegas a casa, conectas tu ordenador, te pones a buscar imágenes y ahí están: las mismas fiestas patronales y los mismos carnavales, repetidos hasta el mar… los mismos niños, que hoy exhiben barba cerrada; y enormes edificios en el lugar donde jugábamos de verdad o me escondiera entre las cepas, arañando algún racimo a contraluz.

Luego llamas, y te cuentan que fulanito murió, que Xavier, Miquel y algunos más de la cuadrilla andan metidos en drogas; que Juanjo y Josep se casaron… ¡entre ellos! Recuerdas los compañeros de pupitre, y te enteras de que hoy son padres; que la panadería cerró; y que junto a la vieja estación ahora trabajan señoritas; que hay muchos ‘moros’ –te cuentan–. Regresas a tu ordenador, y miras fotos una vez más… apenas recuerdas a nadie… quizá un par o tres… quizá.

De repente te das cuenta de que has tomado decisiones que en realidad jamás tomaste. Más, helas ahí. Uno de los efectos de la vida, es que la irrenunciable libertad no alcanza al pasado. Al fin y al cabo, tenía razón el pobre Luis: contigo solo estaba, en ti sola creyendo; pensar tu nombre ahora envenena mis sueños.

En algún momento, tus pasos te llevan por senderos en horquilla. Avanzar supone dejar de ver a mucha gente “más o menos para siempre�, y nadie te advierte entonces, de que al hacerlo, de algún modo, toda esa gente muere para ti, y tú mueres para ellos.

En mi tierra hay unos versos de un sacerdote con nombre de flor, en los que habla de la distancia y del amor, de la melancolía y el olvido… de un emigrante indefinido, en el que todos pueden reconocerse, y para el que nadie es un extraño. Partir no es solo emigrar, caminar es también partir la vida. Dicen que vivir es morir un poco, y a pesar de todo y de todos, marchar… es acabar con tu propia vida para renacer en otro lugar, pero sin morir, en realidad.

Vuelves a ojear esas fotos, y se te escapa un repentino enrojecimiento de ojos. Pero de todo se repone uno, ventajas de emigrante… ventajas de saber cosas que no quisieras recordar. Todo eso pasó –piensas–, viajar no es tan malo: conoces personas, coleccionas vivencias que otros siquiera podrían soñar, y bueno… nada es para siempre… quizá un día podrías volver… volver, como en el tango.

Migrar es partir. No más. Migrar… verbo curioso… y pensar que hay quien pierde el tiempo en odiar sombras, que podrían ser reflejos. Migrar… salir de casa. ¿Quien no ha salido alguna vez? Donde veáis un emigrante, vedme a mi, veros a vosotros, porque no hay demás, ni otros… esas palabras murieron. Todos somos primera persona… sobretodo los más necesitados.

¡Salud y fraternidad!
Mira també:
http://www.larepublica.es/article.php3?id_article=1395
http://www.kaosenlared.net/noticia.php?id_noticia=21761

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