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28 jul 2006
AUSCHWITZ - BIRKENAU



El varias veces aludido Instituto de Historia Contemporanea. más de la mitad de cuyos miembros son judíos. pese a que se vio forzado a admitir que las cámaras de gas nunca funcionaron en el territorio del Reich. preciso que “ las exterminaciones masivas de judíos empezaron en 1942. en algunos lugares de Polonia, pero, en ningún caso, en territorio alemanâ€?.

En ningún caso en territorio alemán, dice el Instituto. Este Instituto sabe hacer bien las cosas. Excepto para Juan Pueblo, que engullira ingenuamente cualquier cosa que le repita suficientemente la Radio, la Prensa o la Televisión al servicio de los poderes politicos establecidos, resulta evidente que la historia de las cámaras de gas es insostenible. En cuanto a los crematorios, todos los testimonios de primera mano han afirmado que se utilizaban para incinerar los cadáveres de los numerosos fallecidos a causa de las epidemias, la inanicion y los bombardeos. Entonces, los resistencialistas de Munich sitúan las “cámaras de gasâ€? en Auschwitz, en la actual Polonia boichevizada, donde las autoridades locales no permiten ninguna investigación histórica seria, y el historiador se vé obligado a creer en el testimonio de las honorables autoridades comunistas polacas bajo palabra de honor. (sic).

Esos “lugares de la Polonia ocupadaâ€? citados por el muy oficioso Instituto de Munich son: Chelmno, Belzec, Maidanek, Seibidor, Treblinka, Sttuthof y Auschwitz—Birkenau. Por lo que se refiere a los seis primeros, la existencia y funcionamiento de las “camaras de gasâ€? no ha sido atestiguada más que por el llamado “Documento Gersteinâ€?, del que más adelante hablaremos. y que presentó tal número de falsedades y exageraciones que el propio Tribunal de Nurenberg lo rechazó. Queda, pues, Auschwitz—Birkenau, el mayor de los campos de concentración nazis, ubicado en Polonia, y donde se han “colocadoâ€? como último refugio, las exterminaciones masivas, mediante las “cámaras de gasâ€?, de los judíos.


Antes de seguir adelante, queremos llamar la atención sobre una coincidencia fantástica. Los alemanes tenían, aproximadamente, medio centenar de campos de detenidos, aunque sólo 30 merecieran el pomposo titulo de campo de concentración. De estos 30, y tras haberse asegurado inicialmente que todos poseían sus cámaras de gas, luego, al irse demostrando que tal aseveración era falsa, se aseguró muy seriamente que sólo poseian tal tipo de instalación 7 campos, situados en Polonia, es decir, en territorio ocupado por el Ejército Rojo. Auschwitz, concretamente, en la Alta Silesia, era etnicamente territorio alemán y fué reincorporado al Reich en 1939, al hundirse Polonia. Evidentemente, era posible —al menos, era matemáticamente posible— que los nazis instalaran cámaras de gas en 7 de sus 30 campos de concentración, y que estos 7 campos d. concentración provistos de cámaras de gas fueran los que cayeran en manos de los soviéticos, mientras que los otros 23 desprovistos de cámaras de gas —tal como se admitió oficialmente nueve años después— cayeran en manos de americanos e ingleses. Esto es matemáticamente posible. Como es posible que arrojemos 30 monedas al aire; 23 blancas y 7 negras; y que al caer sobre el tapete las 23 blancas salgan cara y las siete negras salgan cruz. Es el mismo caso. La posibilidad matemática de que esto ocurra es, exactamente, igual al cociente del factorial 23 dividido por el factorial 30, es decir, que hay una posibilidad contra 2.035.800. (Una contra dos millones, treinta y cinco mil ochocientas).

No cabe duda. La posiblidad existe. Algo remota, esto parece innegable, pero existe. Tras haberse afirmado que en Dachau, Belsen, Buchenwald, Dora, y demás campos ocupados por los occidentales hubo cámaras de gas, la investigación histórica, dirigida por los ocupantes o por entidades contando con su placet, ha debido admitir, bien a regañadientes, que en tales campos no hubo —o, más exactamente, no llegaron a funcionar- pues alguien las construyó después del final de la guerra — las fatidicas cámaras de gas. Como en los paises “socialistasâ€? la investigación historica no ha podido llevarse a cabo por haber opuesto una rotunda negativa las autoridades polaco-soviéticas, se ha admitido, oficialmente, que en los 7 campos precitados si hubo “cámaras de gasâ€?, aduciéndose, como prueba, la palabra de honor del Gobierno Polaco. Delicioso. Resulta refrescante, en este mundo materializado, comprobar con qué rara unanimidad se acepta, como prueba incontrovertible, sólido como la roca de Jehová en el Monte Sinai, la palabra de honor de un Gobierno, que ignora, sin duda, lo que se llama “razón de Estadoâ€? que tantas mentirijillas diplomáticas ha alumbrado.

Sin ocurrirsenos, ni por asomo, poner en duda la palabra del honorable Gomulka, nos permitiremos recordar que, hasta ahora, nunca la palabra de honor de un gobierno, y menos aún, de un gobierno interesado, se ha consideado irrefutable prueba histórica. Por consiguiente, vamos a estudiar, con cierto detenimiento, el caso de Auschwitz.

La revista australiana “Perseveranceâ€? (202) publicó la siguiente gacetilla que reproducimos in extenso por considerarla de gran interés:

“Día tras día siguen comentándose las supuestas atrocidades nazis y la gente sigue creyéndolas sin pararse a pensar si tales y tantos crímenes son lógica y matemáticamente posibles. Klaus Losch, se paró a pensar en que todo esto fuera falso y a través de todos los datos que pudo recoger, ha reconstruido este estudio, basándose, además, en la capacidad de trabajo de un moderno horno crematorio existente actualmente en la ciudad alemana en que vive, Bocholt.

“Se ha dicho en la mayoría de los reportajes, que sólo en Auschwitz murieron unos tres millones de seres humanos. Pues bien: teniendo en cuenta que el campo de Auschwitz operó durantes cuatro años, para conseguir llegar a la cifra de tres millones de asesinados, debieron ser incineradas 750.000 personas por año, lo que quiere decir 62.500 cada mes, o sea, 2.083 cada día. De acuerdo con posteriores declaraciones hechas por los propios testimonios de cargo y admitidas por el Tribunal de Frankfurt que juzgó a los guardianes del campo de Auschwitz, estos crímenes se efectuaban por la noche, para guardar el secreto (203). Por lo tanto, los 2.083 individuos debían ser asesinados y quemados en las doce horas nocturnas, operación que debió repetirse durante 1.460 días (los cuatro años de servicio).

“Segun se afirmó, los restos de las victimas fueron enterrados. El peso de la tierra o arena, es un 40 por ciento mayor que el del cuerpo humano; si consideramos un peso de 120 libras (unos 60 kg) de peso por cuerpo humano, eso significa 168 libras de tierra, o sea que cada día se debieron quemar 124 toneladas de carne humana, lo que corresponde a 174 toneladas de tierra que se ha debido remover para enterrarlos. En esos cuatro años 254.000 toneladas de tierra debieron ser removidas y puestas en algún sitio. Al final de la guerra debería existir un muro de tierra alrededor de Auschwitz de 18 pies, es decir, de cinco metros y medio de altura. ¿Dónde está?.

“Se ha dicho que los cuerpos fueron quemados, pero esto es totalmente imposible. Las siguientes cifras se basan en datos obtenidos en el actual crematorio de Dortmund. Consideremos que en la guerra usaban carbón en vez de gas, como en los modernos crematorios de hoy en día. La incineración de un cuerpo humano de peso mediano necesita hoy día 30 metros cúbicos de gas, y una densidad de calor que requiere 325 kilos de carbón. Para incinerar 2.083 cuerpos diarios son necesarios 60.490 metros cúbicos de gas, o 677 toneladas de carbón por día; 677 toneladas de un material tan vital en periodo de guerra, y durante cuatro años. Es imposible que usaran tal cantidad considerando la crítica situación militar de aquellos días.

“Veamos otro cálculo más. Hoy día los modernos hornos necesitan de dos horas y media para quemar un cuerpo. Aún pretendiendo que existieran cien instalaciones de hornos en Auschwitz, serían necesarios 15 años — ¡QUINCE AÑOS!— para quemar tres millones de cuerpos, en 12 horas diarías. El campo sólo operó durante cuatro años.

“Las cenizas de un cuerpo pesan aproximadamente dos kilos y medio. Tres millones de cuerpos producirían 7.500 toneladas de cenizas. Dada la escasa densidad de la ceniza, se hubieran producido gigantescas montañas de ceniza. ¿Dónde están? ¿Qué fué de ellas?â€?

El Doctor Scheidl, alemán aunque no nazi, y ex-internado en Auschwitz, escribe:

“Después de la guerra, Auschwitz fué herméticamente cerrado al exterior. Nadie pudo visitarlo. Desapareció totalmente tras el Telón de Acero. Cuando se volvió a abrir, dijeron que los alemanes habían volado las cámaras de gas, y al mismo tiempo los hórnos fueron expuestos a la vista del público. Ese hecho, por si mismo, demuestra la mentira. Según los planos (sin duda, falsos, pero admitidos como verdaderos por el Tribunal de Frankfurt) las cámaras de gas debieron estar en el sótano, y los hornos encima. En esto han coincidido todos los testigos de cargo. Ahora bien: ¿Cómo se las arreglaron los alemanes para volar el sótano y dejar intacta la parte superior? Esto es física y técnicamente imposibleâ€?. (204).

Como este es el último campo de concentración en el cual pueden dar al fraude de los Seis Millones una cierta plausibilidad, los sionistas se aferran con psicopático frenesí a las absurdas cifras de Auschwitz. La última demostración la ha proporcionado Simon Wiesenthal, el autonombrado 'perro sabueso' que persigue a supuestos responsables nazis de crimenes contra los judíos. En marzo de 1973, la revista alemana “Deutsche Buerger Initiativeâ€?, de Frankfurt, publicó un panfleto, editado por el Doctor Manfred Roeder, Fiscal del Tribunal de Hesse, titulado “Die Auschwitz Luegeâ€? (La Mentira de Auschwitz). El Doctor Roeder cita una frase del conocido abogado judío, Benedikt Kautsky, internado en Auschwitz durante tres años, quien manifestó:

“Estuve en los mayores campos de concentración de Alemania, incluso en Auschwitz. Pero debo testificar, en verdad, que en ningún campo vi, jamás, una cámara de gasâ€?. (205).

El panfleto editado por Roeder contiene las manifestaciones de un testigo ocular, Thies Christophersen, que estuvo un año en Auschwitz. A pesar de que el panfleto es una serena y ponderada refutación de la cifra de los Seis Millones en general, y de los tres o cuatro millones atribuidos a Auschwitz en particular, Simon Wiesenthal tuvo la osadía de exigir al Gobierno de Alemania Occidental que retirara de la circulación el folleto, como insultante a la memoria de los Seis Millones de judíos gaseados por los nazis. Naturalmente el aterrorizado Gobierno de Bonn cedió a las exigencias de Wiesentahl, sujeto, que, incidentalmente, se pasea por medio mundo tomándose “suâ€? justicia por su mano raptando y asesinando, sin que ningún gobierno se atreva a aplicarle la ley.

Hace muchos años, cuando las escuelas proporcionaban educación, además de enseñanza, nuestros libros contaban la historia del mentiroso que se da cuenta de que un cierto número de mentiras son necesarias para “demostrarâ€? su primera mentira. Este simple ejemplo forma la base de la afirmación judía de ser un pueblo perseguido, y la primera mentira sobre campos de exterminio ha debido, forzosamente, tener una secuencia de mayores y mejores mentiras. Una gran mentira tiene infinitamente más éxito que una mentira pequeña. El asesinato de seis judíos podría ser facilmente examinado y demostrarse que es falso; pero seis millones de asesinatos son demasiados para ser fácil y rápidamente sometidos a un examen critico.

En el Proceso de 'cosas dejadas de lado'. En ningún tribunal del mundo —al menos, en ningún tribunal de un Frankfurt contra los guardianes del campo de Auschwitz, todas las reglas de la jurisprudencia han sido país civilizado— un reo sera acusado de haber cometido un número vago e indeterminado de asesinatos. Pero en Frankfurt se acusó a los guardianes de haber dado muerte... “de dós y medio a cuatro millones de personasâ€?. Las cifras ya no significan nada... En ningún tribunal civilizado se presumirá culpable al acusado mientras no se haya pronunciado un sentencia. Cualquier periodista que presuma la culpabilidad del acusado será castigado con presidio por ultraje al Tribunal y el proceso será suspendido. En Frankfurt, todo era al revés. Allí, los periódicos y otros organos de “desinformaciónâ€? pública desataron una campaña de falsedades e injurias contra los acusados antes del juicio, durante el juicio y después del juicio. Cuando un fontanero del campo de Auschwitz fué absuelto, se organizó una campaña de prensa poniendo en duda la honorabilidad de los jueces. Un cambio notable en la parodia jurídica de Frankfurt fué la sustitución del jurado — ¡una institución tan democrática! — por una serie de jueces, cuidadosamente nombrados a dedo. De este modo se evitaba que el sorteo designara a un jurado de mentalidad independiente que fuera capaz de dar un veredicto no acorde con lo que se había prejuzgado.

Los procesos de Frankfurt intentaron —y en muchos caso lograron— sobrepasar en pintoresquismo los procesos de Nurenberg. Omitiremos las referencias a un montón de cosas que se admitieron como evidentes, tales como la quema de bebés judíos en gigantescas piras, el asesinato de unos judíos por un SS provisto de una metralleta, porque los judíos en cuestión discutían acaloradamente y no le dejaban dormir, etc., etc. Un chico judío contó una escena tan horripilante, que él mismo se puso a llorar. Los periodistas lloraron. Los jueces lloraron. El Jurado en pleno lloró. Y al día siguiente el juez debió guardar cama, por sentirse indispuesto tras el drama que había escuchado el día anterior. Incidentalmente, el chico promotor de tan lacrimógena orgía de sangre, tenía 17 años, y recordemos que los juicios de Frankfurt se celebraron en marzo de 1964, veinte años después del drama. Claro que el chico contaba una historia que a su vez le había contado alguien. (206). Una testigo judía que lucía unas antiparras respetables y que declaró que no pudo divisar las atrocidades de Auschwitz demasiado claramente debido a la debilidad de su vista, reconoció, 20 años después, al “acusadoâ€? Hoffmann, que entretanto, se había dejado crecer la barba y se hallaba a 50 metros de distancia. (207).

No obstante, nos detendremos a examinar un par de “pruebasâ€? admitidas por el Tribunal que, a nuestro juicio merecen atención, no por su valor intrínseco, sino por reflejar el desprecio que determinados judíos sienten por la inteligencia de los no-judíos. La primera fué la declaración —admitida por el Tribunal— de que el pelo de las cabezas de los prisioneros de Auschwitz se utilizaba para fabricar cuerdas para ser usadas por los submarinos. Lo que más nos admira, personalmente, es la precisión de las declaraciones. No bastaba con decir que el pelo se utilizaba para fabricar cuerdas. Debían ser cuerdas para submarinos. Este pelo, presumiblemente, no era suficientemente fuerte para acorazados. Nos imaginamos al comandante de un U-Boote, en medio del Atlántico, a la luz de la luna, murmurando: “Ya no es el mismo pelo ensortijado de los rabinos de antes de la guerra... Lós judíos de ahora usan demasiado tónico capilar y perfume y esto debiita las fibras de las cuerdasâ€?. Lo que sorprende es que esas cuerdas de pelo no se utilizaran en las horcas, que, sin duda, debían estar diseminadas en el campo de Auschwitz como narcisos en un claro del bosque.

La segunda historia es una verdadera joya. Es la historia de un soldado de las SS, que fué hallado convicto de haber mandado a su casa un lingote de oro hecho con las extracciones de dientes de... “20.000 a 100.000 judíos gaseadosâ€?... Decididamente las cifras no significan nada y 80.000 más o menos es una insignificancia. Supongamos cuatro dientes de oro por boca; ese lingote de oro ha debido hacerse al menos, con 80.000 dientes, o con 400.000 si aceptamos el presupuesto máximo de 100.000 gaseados. Suponiendo que sólo se emplearan dos minutos por extracción —tiempo rápido para una mandíbula en pleno rigor mortis—, el tiempo necesario para recuperar estos dientes de oro seria, para usar el moderno argot técnico 2.666 horas dentales (mínimo) o 13.334 horas dentales (máximo). Uno está tentado de decir que los dentistas de Auschwitz no tenían un sindicato que les protegiera eficazmente.

Thies Christophersen, a quien ya hemos aludido, niega resueltamente que existiera el “crematorio giganteâ€?, con una enorme chimenenea, cerca del campo de Auschwitz. “Cuando salí del campo, en diciembre de 1944, no ví ninguna chimenea, ni grande ni pequeñaâ€?. (208).

¿Existe hoy ese misterioso edificio, con su gigantesca chimenea...? Pues no. El autor “concentracionarioâ€? judío, varias veces citado por nosotros, Reitlinger, afirma que fué completamente demolido en octubre de 1944, aún cuando Chnstophersen niega que existiera tal demolición. No obstante, Reitlinger no es, en este caso, un testigo de primera, sino de segunda mano. A él se lo dijo un colega judío, el dóctor Bendel, y este Bendel es el único testimonio de la existencia y posterior demolición del “horno giganteâ€?. Mejor dicho, era el único testimonio, porque cuando Reitlinger le citó en su libro, ya había muerto.

Reconozcamos que la situación es extrañamente típica. Cuando se llega a un punto en el que se precisa una evidencia, en el sentido legal del término, una prueba, entonces... el edificio fué demolido, el documento “se extravióâ€?, las órdenes fueron “verbalesâ€?. Otra cosa curiosa: el único acusado que no apareció en el Proceso de Frankfurt fué Richard Baer, el sucesor de Rudolf Hoess como Comandante de Auschwitz. A pesar de hallarse en perfecto estado de salud, murió súbitamente er su celda de la prisión, dos días antes de empezar el proceso, “de manera extremadamente misteriosaâ€? (209). Baer siempre había mantenido su versión de que en Auschwitz nunca existieron cámaras de gas, ni nunca creyó que tales cosas hubieran existido jamás en ningún campo de concentración aleman.

Según Christophersen, en fin, Auschwitz-Birkenau no era más que un gigantesco complejo insustrial, donde se fabricaba, especialmente, caucho sintético y en el que, si ciertamente se empleaba a los internados en trabajos forzosos, nunca tuvieron lugar exterminios masivos de judíos ni de ningún otro grupo étnico.

Como cualquier gran complejo industrial Auschwitz fue organizado de manera sistemática pensando en dársele la mayor eficiencia posible. Las personas recién llegadas, y sin empleo, eran, de momento, acuarteladas en Birkenau, donde estaban instalados los campos de tránsito. Allí mismo estaban los campos para judíos y gitanos. Así mismo, las personas enfermas, muy en fermas ó moribundas eran igualmente enviadas a Birkenau, y si tomamos las cosas en tal sentido sí que puede afirmarse que Auschwitz era un â€?campo de la muerteâ€?. Con tal motivo, habían más hornos crematorios que en otros campos: cuatro, según Rassinier y muchísimos más según los diversos autores judíos, que se contradicen entre ellos hasta límites increíbles.

Otra contradicción se produce en el caso de la única prueba documental de la existencia de las “cámaras de gasâ€?, un documento triunfalmente exhibido por la Acusación en Nurenberg y posteriormente en Frankfurt (210). Se trata de una carta de la Administración General de los Campos de Concentración dirigida a la casa Topf & Sohne, de Erfurt, en la que se solicita el suministro, no de cámaras de gas, sino de “hornos crematoriosâ€? y de unos llamados “baños duchasâ€?. Estos “baños duchasâ€? son, según los mantenedores del Fraude, las célebres “cámaras de gasâ€?. Cuando los abogados defensores, en Nürenberg o en Frankfurt, preguntaban a los testigos de la Acusación en qué se basaban para llegar a tal conclusión, éstos respondían que los alemanes no eran tan estúpidos para formular claramente órdenes tan comprometedoras para ellos y que “baño duchaâ€? significa, en lenguaje de código, “cámara de gasâ€?. Naturalmente no se molestaban en explicar dónde y cómo habían descubierto ellos la clave de tan abracadabrante código.

En cambio, pretenden haber encontrado una orden de cierto “alto jefeâ€? nazi, en el sentido de que dejaran de utilizarse, temporalmente dichas “cámaras de gasâ€?... de dónde hay que concluir que los alemanes eran muy estúpidos o muy listos, según conviniera a los razonamientos de la Acusación. Pero es que, además, no han hallado tal orden, sino que simplemente se apoyan en un testimonio de segunda mano, de un tal Kurt Becker, un oficial de las SS, que se lo “oyó decirâ€? a Himmler. Este Becker salvó su vida protegiendo a la judía húngara Baronesa Weisz.


El gas supuestamente utilizado en las “cámaras de gasâ€? era el Zyklon B.


El Zyklon B era un bien conocido y ampliamente utilizado insecticida, producido por la “Deutsche Gesellschaft fur Schae dlingsbekaempfungâ€? (DEGESCH). Antes de la guerra había sido vendido en todos los mercados del mundo como insecticida de primera clase. Durante la guerra lo utilizó la Wehrmacht y fué también muy empleado en los campos de prisioneros y de concentración y, naturalmente, fué empleado en Auschwitz. La constante amenaza del tifus causado por los piojos, y los calamitosos resultados de un alto forzoso en las medidas de desinfección en Belsen, hicieron que los alemanes extremaran las medidas de precaución en Auschwitz, donde ya en 1943 hubo una epidemia de tifus que fué de tal magnitud que debieron de suspenderse los trabajos en las plantas industriales de caucho sintético. En vista de la gran importancia del complejo industrial de Auschwitz para el esfuerzo de guerra alemán, no es sorprendente que el Zyklon B fuera usado en grandes cantidades en Auschwitz y su región circundante, incluyendo Birkenau, para la prevención de epidemias.

Hagamos referencia, de paso, al hecho de que los alemanes eran los pioneros en gases tóxicos y neurogases, mucho más baratos que el insecticida Zykion B, y de efectos más prácticos para el objetivo que se supone. Al terminar la guerra, se confirmó que los alemanes habían descubierto los tres gases tóxicos más poderosos de los conocidos hasta entonces: el Tabun, el Saryn y el Somán. El llamado Somán produce los efectos más terribles. Al cabo de unos segundos de aspirarlo, los hombres quedan sometidos a un estado de colapso convulsivo al que sigue la muerte segura, en cuestión de unos minutos. Cuando un neurogas (Tabun o Saryn) pasa a través de la piel en cantidades efectivas, deja sentir sus efectos rápidamente y sobreviene la muerte al cabo de uno o dos minutos. Al final de la guerra, los alemanes estaban provistos de 7.000 toneladas sólo de Saryn; cantidad ésta más que suficiente para exterminar a los habitantes de más de 30 ciudades del tamaño de Paris. (212). Es decir, que si hubieran querido realmente los alemanes gasear a sus judios, les bastaba con concentrarles en una reducida zona de la estepa rusa arrojando sobre la misma una infima parte de los gases letales que tenían almacenados.

Es absurdo que disponiendo de tales gases fueran a emplear un insecticida tan conocido en Alemania como el DDT en América y, después de la guerra, en Europa.

Los autores del Fraude saben muy bien que la mejor manera de “colarâ€? una mentira es servirla aderezada con fragmentos de verdad, tengan o no relación con el caso. Además, es imprescindible, para autentificar un fraude, lograr una “doble interpretaciónâ€? de los hechos. Esto se logró en Auschwitz mejor que en ningún sitio. Por ejemplo:

a) No sería demasiado injusto el sobriquete de “Campo de la Muerteâ€? que se le adjudicó a Auschwitz, puesto que allí eran mandados, los considerados, en principio, enfermos graves, precisamente por disponer de las mejores facilidades médicás. Los mitómanos de los Seis Millones lo llamaron “Campo de la Muerteâ€? por haber sido, según ellos, un campo de exterminio.

b) El Zyklon B era utilizado para desinfectar, pero según otros, para exterminar.

c) Las “seleccionesâ€? de personal eran necesarias por la naturaleza de los trabajos que se realizaban en la zona industrial de Auschwitz; pero se alegaba que esas “seleccionesâ€? tenían como finalidad escoger a los presos que se iban a gasear, y, posteriormente, a cremar.

d) Cuando se hacía desnudar a los presos y luego se les obligaba a entrar en los “baños duchaâ€? era para proceder a su despiojamiento, pero los del Fraude afirman que era para gasearles.

e) Existían crematorios convencionales en Auschwitz—Birkenau. Para incinerar los cadáveres de los fallecidos por causas naturales o inherentes a un campo de concentración normal, según unos. Los crematorios eran para cremar a los gaseados e, incluso, a judíos vivos, según otros.

f) El mal olor que se percibía en el campo era debido al proceso de hidrogenación en la fabricación del caucho sintético. No. No era eso. Era el hedor de la carne quemándose en los hornos...


En realidad, esa “doble interpretaciónâ€? sólo sirve para personas muy influenciadas por la propaganda. Las segundas alternativas propuestas en los cinco primeros puntos son obvias mentiras. En todo caso, son indemostrables, y no debemos nunca olvidar que en los sistemas jurídicos de todos los paises civilizados, se aplica el principio “in dubio, pro reoâ€?. En caso de duda, se resuelve a favor del reo. En cuanto al sexto punto, el del hedor de los cadáveres asándose, es un error de los cultivadores del Fraude. Nunca debieron haber hablado de mal olor en su historia; si se nos permite un fácil juego de palabras, eso del mal olor, “huele malâ€?. Es el clásico hecho excesivo. El querer demostrar demasiado. No hace falta ser un Gustave Le Bon, un Sorel, un gran especialista de la psicología de las masas para comprender que una multitud que percibe el hedor de los cuerpos quemados de sus camaradas, con los que ha estado conviviendo horas antes, cae presa del pánico, se produce la histeria colectiva y los guardianes de los miradores deben agotar su munición ametrallando a la despavorida muchedumbre. No obstante, en toda la ingente literatura concentracionaria no hemos leído un solo relato de pánico colectivo. ¿No es esto increíble? Ya no nos circunscribimos al caso particular de Auschwitz. Nos dicen los Kogon, los Reitlinger, los Uris, los Hillberg, y demás apóstoles de este tipo de literatura, que en todos los campos los alemanes, gradualmente, iban exterminando a los judíos. Es inconcebible que los parientes y amigos de los exterminados estuvieran tan “distraídosâ€? que no se dieran cuenta de que estos habían desaparecido tras una sesión de despiojamiento. “Ante la creencia en un daño inminente, la multitud se desmanda. Se producen, entonces, actos inauditos de heroicidad y de desesperación, hasta que llega la histeria colectiva que sólo puede ser controlada y dominada por la vioÃ?encia serena de unos pocosâ€?. (213). La Historia nos demuestra que esta observación es atinada. Por ejemplo, al final de la pasada guerra mundial, los croatas y los rusos anticomunistas de Vlassov que, faltando a sus promesas, los angloamericanos entregaron a los comunistas, se rebelaron, al enterarse de lo que se tramaba y, desarmados, se enfrentaron a sus guardianes. Hubo más de 15.000 suicidios; los hombres mataban a sus mujeres y luego se abrían las venas. Los pseudo—historiadores concentracionarios no citan ni un sólo caso de revuelta en los campos. ¿Tan diferentes eran los judíos de rusos, croatas y, en general, de cualquier otro grupo humano?... Habrá que creerlo así. (214).


Podría escribirse un grueso volumen exclusivamente dedicado a narrar los falsos testimonios perpetrados en conexión con el tema de Auschwitz. Nos limitaremos a mencionar el caso Nyiszli.

El comunista húngaro Mikios Nyiszli declaró ante el tribunal que le escuchó muy seriamente, y luego lo publicó en un libro espeluznante (215) que, en su calidad de detenido-empleado en el campo de Auschwitz, se veía obligado a colaborar con los alemanes en la manipulación de los crematorios y las cámaras de gas. Dice Nyiszli: “25.000 personas, judíos, gitanos, rusos, ucranianos, etc., fueron cremadas en Auschwitz desde principios de 1940 hasta 1944. Otro marxista como Nyiszli, pero no comunista, sino socialista, el ya aludido Paul Rassinier, respondió en su sensacional obra “Le Mensonge d’Ulysseâ€? que:â€?... 25.000 personas diarias durante casi cinco años supondría más de 45.000.000 de cremados, en Auschwitz sólo; y con cuatro hornos crematorios de quince parrillas cada uno —afirmación de Nyiszli que no responde siquiera á la versión oficial— a tres cadáveres por parrilla, harían falta. doce años para acabar de cremarlos a todosâ€?. Rassinier pagaría su fidelidad a la Aritmética con un proceso en difamación que contra él entabló la Asociación de ex-deportados franceses, donde los marxistas tienen predominio casi absoluto. El proceso terminó con un “no ha lugarâ€?, lo que, dado el clima políticó de la época, constituyó un sorprendente éxito.

En el curso del proceso, Rassinier declaró que hizo esfuerzos denodados para ponerse en contacto con el tal Nyiszli, al que parecía habérselo tragado la tierra. Finalmente, consiguió entrevistarse con el traductor de la obra al francés, un tal T. Kremer (otro judio). Rassinier no pudo llegar a obtener la certeza de que el tal Nyiszli existió verdaderamente. Dos años más tarde apareció una traducción inglesa del libro, titulada, simplemente “Auschwitzâ€?. El traductor era Richard Seaver, otro Judío (216), y el editor Bruno Bettelheim, de la misma raza. Nyiszli —si es que llegó a existir realmente— había ya muerto por entonces, toda vez que en el copyright del libro se especiflca que el détentor del mismo es una tal “N. Margaretha. Nyiszliâ€?, viuda del autor. Igualmente se específica en la anteportada del libro que el autor, Miklós Nyiszli, era doctor por la Universidad de Breslau en 1930.

Según Rassinier es practicamente imposible poner de acuerdo los datos suministrados por las diversas ediciones (alemana, inglesa y francesa); es más, incluso es imposible obtener una consistencia interna dentro de una misma edición. En la edición francesa de 1960 sé puede leer que “sesenta hornos podían incinerar varios miles de cadáveres diariosâ€?, pero unas páginas después afirma que cada uno de los crematorios reducía a cenizas, diariamente, 10.500 cadáveres. Es una cifra realmente impresionante, pero lo chocante es que sólo dos páginas atrás el autor se contradice al afirmar que los hornos podrían cremar a 6.500 cadáveres diario, como máximo. En una palabra, una confusión total de datos y cifras.

Rassinier, que no pudo hallar un sólo testigo que hubiera conocido al tal Nyiszli, no pudo, tampoco, localizar a su viuda, que se supone cobraba los derechos de autor. Es muy importante tener en cuenta que Miklós Nyiszl, que se supuso, en un principio, que había declarado personalmente ante el Tribunal de Nuremberg, resultó luego que testificó por medio de una declaración jurada, tipo de testimonio que no se admite como prueba ante ningún tribunal del mundo, sino como simple indicio o corroboración. No ha sido posible demostrar la existencia del tal Nyíszli, ni tampoco que una persona de tal nombre se doctorara en la Universidad de Breslau en 1930, pues al ser anexionada esa ciudad por Polonia en 1945, los archivos de la Universidad pasaron bajo control del Gobierno Polaco, que no permitió que Rassinier investigara en ese sentido. Realmente, parece, por lo menos, sospechoso, qué si Nyiszli estaba en las listas de doctorados, el gobierno Polaco, principal defensor de la tesis de que Auschwitz fue un campo de exterminio, no permitiera esa investigación que debiera hacer resplandecer “suâ€? verdad.

NOTAS
(202) “Perseveranceâ€?, Merredin, Australia, 1 5-V- 1977.

(203) Aún cuando ya lo hemos comentado, queremos resaltar de nuevo la imposibilidad práctica de guardar u secreto conocido por miles de personas, desde Hitler hasta el último guardián de un campo. (N. del A.)

(204) Franz 1. Scheidl: “Geschichte der Verfemmung Deutschlandsâ€?.

(205) Benedikt Kautsky: “Teuffel und Verdammteâ€?.

(206) “Nationalist Newsâ€?, Dublin, Marzo 1964.

(207) Ibid. Id. Op. Cit.

(208) Thies Christophersen: “La Mentira de Auschwitzâ€?, pág. 37.

(209) Thies Christophersen: Ibid. Id. Op. Cit.

(210) Juicios de Nurenberg: Documento N. 1 1450/42/B 1/H

(212) Brian Ford: “Armas Secretas Alemanasâ€?.

(213) Gustave Le Bon: “Psychologie des Foulesâ€?.

(214) Y no obstante, hay motivos para creer que los júdíos, ante la muerte, son extremadamente humanos. Basta con leer a Arthur Koestler en “El Cero y el Infinitoâ€?, donde nos describe las actitudes de sus correligionarios troskystas en el momento de ser llevados ante el pelotón de ejecución: llantos, pataletas, ataques de histeria, pérdida del control de la propia fisiología, etc. En cambio, en Auschwitz, se iban impertérritos a la cámara de gas. ¡ Inaudito! (215) Miklós Nyiszli: “SS OberSturmführer Mengeleâ€?.

(216) Observemos que autores y editores de este tipo de literatura son siempre judíos, nunca Gentiles. (N. del A.).
CNT Girona