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Notícies :: amèrica llatina
** Dignidad Rebelde **
06 jul 2006
.
*** DIGNIDAD REBELDE***

Somos dignidad cabalgando en la historia
Grito rebelde que busca vencer al tiempo,
Somos agua, flor y aroma que combate
Decididos a llevar la muerte a su desierto.

Somos lo que seremos, estrella inmortal y bella
Semilla de la Libertad, espíritu de la valentía,
Somos el viento que va trazando su leyenda
Recorrido que acorrala al hambre y la injusticia.

Soñamos, esa es nuestra virtud, nuestra marca
Insatisfechos con un mundo desbarrancado ;
Luchamos, siempre, somos acción y convicción
Pintores de un porvenir sin humillados.

Somos vida, la vida que va buscando su verdad
Su terreno imaginado, utopía que justifica,
Somos tierra que abre su propio camino
A fuerza de resistencia, amor y agonia.

Somos palabra, lenguaje que va inventando su luz
Vuelo de pueblos que escriben su nuevo mañana ;
Soñamos, eso nos salva, nos conduce a nosotros
Grito que no se rinde, dignidad rebelde que cabalga.

Rodrigo Grion (Argentina) del libro " HUELLAS DE RESISTENCIA-ETERNIDAD " , próximamente en librerías.

This work is in the public domain

Comentaris

Re: ** Dignidad Rebelde **
07 jul 2006
Con diez cañones por banda,
viento en popa, a toda vela,
no corta el mar, sino vuela
un velero bergantín.
Bajel pirata que llaman,
por su bravura, El Temido,
en todo mar conocido
del uno al otro confín.

La luna en el mar riela
en la lona gime el viento,
y alza en blando movimiento
olas de plata y azul;
y va el capitán pirata,
cantando alegre en la popa,
Asia a un lado, al otro Europa,
y allá a su frente Istambul:

Navega, velero mío
sin temor,
que ni enemigo navío
ni tormenta, ni bonanza
tu rumbo a torcer alcanza,
ni a sujetar tu valor.

Veinte presas
hemos hecho
a despecho
del inglés
y han rendido
sus pendones
cien naciones
a mis pies.

Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria, la mar.

Allá; muevan feroz guerra
ciegos reyes
por un palmo más de tierra;
que yo aquí; tengo por mío
cuanto abarca el mar bravío,
a quien nadie impuso leyes.

Y no hay playa,
sea cualquiera,
ni bandera
de esplendor,
que no sienta
mi derecho
y dé pechos mi valor.

Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria, la mar.

A la voz de "¡barco viene!"
es de ver
cómo vira y se previene
a todo trapo a escapar;
que yo soy el rey del mar,
y mi furia es de temer.

En las presas
yo divido
lo cogido
por igual;
sólo quiero
por riqueza
la belleza
sin rival.

Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria, la mar.

¡Sentenciado estoy a muerte!
Yo me río
no me abandone la suerte,
y al mismo que me condena,
colgaré de alguna antena,
quizá; en su propio navío
Y si caigo,
¿qué es la vida?
Por perdida
ya la di,
cuando el yugo
del esclavo,
como un bravo,
sacudí.

Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria, la mar.

Son mi música mejor
aquilones,
el estrépito y temblor
de los cables sacudidos,
del negro mar los bramidos
y el rugir de mis cañones.

Y del trueno
al son violento,
y del viento
al rebramar,
yo me duermo
sosegado,
arrullado
por el mar.

Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria, la mar.
Re: ** Dignidad Rebelde **
07 jul 2006
Los filibusteros del 1600: la libertad a toda vela
En el siglo XVII, el poderío ibérico en América, y especialmente en el Caribe, tuvo un gran enemigo que no fue Francia, Inglaterra u Holanda sino la Cofradía de los Hermanos de la Costa, compuesta por hombres de muy diverso origen y nacionalidad a quienes se conocerá como «filibusteros» —del holandés vrij bouiter, ‘el que va a capturar botín’—, que en inglés será freebooter y en francés filibustier.

Para España se trata de bandidos y piratas, para las naciones adversarias del poder peninsular son bandidos... o aliados. Esos calificativos no preocupan a los filibusteros mismos, por esencia libertarios a quienes nada importa como no sea su condición de hombres libres, en el mar que es la libertad y agrupados en la Cofradía..., que será un peculiar ensayo de sociedad anarquista. Pero alguna vez hay que bajar a tierra, y debe ser en lugar seguro. Ese lugar será la isla de La Tortuga.

Siendo muy inciertos o inexistentes los registros sobre el origen de la hermandad, lo más probable es que se trate de bucaneros. En el norte de la isla de la Española (hoy Santo Domingo), explorada y ocupada desde los tiempos de Colón pero con poco valor e interés para los españoles, fueron a tener desde fines del s. XVI numerosos aventureros, esclavos blancos y negros fugitivos, prisioneros huidos, que aprendieron de los indios arawacos a preparar el «bucán», la carne ahumada de jabalí y otros animales que cazan en la boscosa región. El negocio de estos bucaneros es comerciar carne ahumada y frutos varios con los barcos en travesía. Pero en 1620 los españoles les atacan para hacerse de ese comercio y desarticular a ese núcleo extranjero y no católico. La derrota es fácil, pero no su captura. Un gran número cruza el canal que separa a la Española de la isla de La Tortuga y se refugian allí, donde fijan residencia permanente, volviendo a la isla mayor a cazar, pero no a quedarse. El ataque trajo otra consecuencia: la necesidad de defenderse en conjunto y organizarse. Así nace la Cofradía después de 1620 y sobrevivirá hasta 1700.

¿Cómo se organizaron? ¿Qué discusiones hubo? ¿Por qué ese nombre? Nada hay escrito aunque no eran todos analfabetos y hubo hombres ilustrados, incluso nobles, pero que como los otros, al pisar la isla era nada más, y nada menos, que un «hermano». Lo que nos ha llegado son ecos de una tradición oral de esta fraternidad, que vivía en libertad separada apenas por un brazo de mar de la sociedad que los expulso, o de la que alejaron voluntariamente. Escuchemos esos ecos.

«Sin prejuicios de nacionalidad ni de religión». No se es francés o inglés, católico o protestante, se es un hombre al que se critica o elogia como individuo. El primer registro de una división de ingleses contra franceses, en 1689, señala ya el fin de la Cofradía. Tampoco crearon un idioma común o una nacionalidad nueva, nadie trató de imponer nada al otro.

«No hay propiedad individual». No se refiere al botín sino a la tierra. Nunca hubo lotes ni en La Tortuga ni en las zonas de caza. Tampoco los barcos eran propiedad individual y el capitán que llegaba a la isla con uno, perdía sus derechos sobre él. Cualquiera que preparase una expedición podía utilizarlo.

«No hay la menor injerencia sobre la libertad individual». No hay actividades obligatorias, ni prestaciones forzadas, ni impuestos, ni presupuesto general. No hay código penal y las querellas se resuelven de hombre a hombre. Nadie esta obligado a combatir, se participa en las expediciones voluntariamente y voluntariamente se las deja; por esto no hay ni hostigamiento ni venganza. No hay ningún registro de persecución contra el hermano que abandone el filibusterismo.

«No se admiten mujeres». Se refiere a las europeas y ninguna podía desembarcar en la isla. No así las mujeres negras o indígenas. Cuando el agente oficial francés D’Ogeron intenta, en 1667, convertir La Tortuga en colonia de su país, utiliza no la fuerza sino el quebrantamiento de esa norma. Trae 100 mujeres blancas, que pese a ser «rameras sacadas de la cárcel, pelanduscas recogidas en el arroyo, vagas sin vergüenza», se ubican fácilmente entre los hombres del lugar. Se forman parejas, sin casamiento, en las que la mujer no es la esclava sino la compañera, pudiendo reclamar la ruptura de la unión en caso de maltrato. Pero no obstante se iniciara allí el aburguesamiento de los filibusteros, y junto con la ropa zurcida y los niños aparecerán el adulterio, las intrigas y rencillas vecinales.

En toda constitución hay derechos y deberes. En la Cofradía las leyes que vimos no señalan ningún deber para con la comunidad que no se preocupa de proteger a los débiles. De lo único que se protege es de la tiranía y la mejor manera de hacerlo es fortaleciendo la importancia de cada individuo. Son los derechos de cada uno los que garantizan la libertad, y cuanto más numerosos y más fuertes los miembros, mejor será la garantía de subsistencia y de equilibrio para el conjunto. Para esta fraternidad las necesidades militares son imperiosas y obligan a designar jefes para el combate. Pero se trata solo de un cargo militar, determinado por elección y revocable en cualquier momento. El Gobernador, que así se llamará, deja sus funciones cuando la contingencia bélica es superada. Recuérdese que faltan mas de 150 años para la independencia de los Estados Unidos y para la Revolución Francesa, pero en La Tortuga ya hay elecciones. Mientras mantenga este consenso, el gobernador —como el capitán de un navío— tiene una autoridad indiscutida. También había un Consejo de Ancianos, formado por los más veteranos, quienes velaban por la pureza del espíritu libertario de la Cofradía, especialmente vigilando las condiciones de ingreso de nuevos miembros a través de un noviciado sui generis llamado «matelotage», donde el aspirante debía compenetrarse con el espíritu y la conducta de la hermandad o ser rechazado.

La consolidación del capitalismo y de nuevos poderes imperiales europeos en el Caribe acabó con la extraordinaria experiencia de los Hermanos de la Costa. El filibustero se hizo «corsario» —agente de potencias europeas con patente de corso para asaltar enemigos. Otros cayeron en un mero bandidaje naval que perdió todo matiz anarquizante. Pero la leyenda nunca olvidará esa inédita aventura de libertad que navegó a pleno sol de las Antillas.
Re: ** Dignidad Rebelde **
07 jul 2006
Históricamente, el capitalismo es un modo de producción que logró integrar a su lógica todas las instituciones sociales, y a sus valores todas las diferentes culturas, en un proceso de homogeneización sin precedentes. Si en verdad no inventó los mecanismos de explotación y dominación, no es menos cierto que acentuando y separando irreversiblemente los roles sociales, circunscribiendo y empobreciendo la existencia de los productores ya víctimas de mecanismos económicos de expropiación, el capitalismo manifiesta toda la negatividad tanto de la explotación, como de la dominación política y cultural, que se traducen en la creciente alienación de la humanidad.

Las estructuras tecno-administrativas de la empresa capitalista contemporánea se caracterizan por su carácter burocrático y heterogestionario, donde los trabajadores pierden toda posibilidad de control sobre la producción y gestión del todo. De la misma manera, el llamado Estado de Derecho acaba usurpando para sí, o sea para su burocracia y sus especialistas de la representatividad electoral, todo papel decisorio, siendo los ciudadanos meros espectadores a quienes solo se llama para sufragar por esas minorías. Pero las élites dominantes también se benefician al convocarnos a «participar» más ampliamente. Ciertas cofradías del management contemporáneo tienen como punto central las virtudes de la participación, cooperación e iniciativa de los trabajadores, rebautizados como colaboradores. Abolir la conflictividad social, principalmente en el aparato productivo, a través de un corporativismo o de un paternalismo feudal, es consigna en boga para la postmodernidad capitalista. Esto llega a su extremo en los proyectos carcelarios de «autogestión» ya implantados en algunos países: ¡los presos se vigilan a sí mismos!

La autogestión libertaria nada tiene que ver con estas caricaturas. Los valores de autonomía, auto-organización, cooperación, solidaridad y apoyo mutuo fueron históricamente valores opuestos a los del capitalismo, y se manifestaron en el movimiento socialista principalmente en la corriente anarquista. El concepto de autogestión, enunciado a mediados del siglo XX, traduce otro que era central para el socialismo libertario clásico, el de autogobierno, según el cual todos nosotros —sea como ciudadanos o trabajadores— podemos prescindir de la burocracia y del Estado en la gestión social. Este fue un punto central para el movimiento social durante las experiencias socialistas desde la Comuna de París, pasando por la Revolución Rusa y la Revolución Española. No es una técnica para aumentar la inversión de recursos o los beneficios empresariales gestionando con más inteligencia, ni pretende reglamentar a los trabajadores en líneas de producción —a la manera brutal de Henry Ford o con en el guante de seda del «modelo Toyota»—, incluso porque la automatización y la robótica están liquidando la necesidad de intervención humana directa en la manufactura. La división social del trabajo —y la seudodemocracia representativa— exige la ilusoria participación de todos, principalmente de los de abajo, para obtener dos resultados: creciente productividad y legitimidad, combatiendo la indolencia que es una manifestación socialmente peligrosa. Es suficiente ver lo que acontece con el ausentismo, la baja productividad, el estrés y el sabotaje en muchas líneas de montaje industrial. En el campo político basta imaginar las consecuencias de que los gobernantes se eligiesen con 20%, 10%, 5% de los votos. ¿Cómo legitimar sus discursos y sus políticas?

En los movimientos sociales contestatarios, como opciones de rebeldía ante el Estado y los modos de articulación jerarquizada y despótica inherentes al capitalismo, puede constituirse un modelo de organización asentado en prácticas colectivas e igualitarias y en relaciones de solidaridad y cooperación voluntaria, en resumen autogestionario, configurado por grupos auto-administrados, cooperantes y donde no tuviesen cabida el autoritarismo y la dominación. Ciertamente que esa organización voluntaria y no jerarquizada exige empeño personal, participación y conciencia, al contrario de las instituciones autoritarias que recurren a chantajes, propinas y fraudes. Por esa razón es más difícil y más tardía la creación y desarrollo de formas de organización cooperativas, incluso porque la resistencia a la innovación, la huella de los valores dominantes y la rutina tiende a apartarnos de modos de organización que implican un trabajo arduo y permanente de renovación y compromiso solidario. Siendo así: ¿será entonces la autogestión —y más aún la autogestión generalizada— una posibilidad real?...

Para el anarquismo la respuesta es si, ya que la explotación y la dominación, con la consecuente miseria y alienación, producen resistencias e imaginarios testimoniando el deseo de otra sociedad que exprese otras vías de organización y de relación entre los seres humanos. Ciertamente que la ruta de esa alternativa social no es tan corta y lineal como algunos pensaban, incluso porque la historia nos muestra cuanto está interiorizado en todas las clases y grupos sociales el fenómeno de la subordinación y alienación, mas aún en nuestra sociedad masificada y paralizada por la ideología del consumo y del espectáculo. El individualismo posesivo tiene raíces culturales —y hay quien diga sociobiológicas— profundas y trae como consecuencia explotación, muerte, guerra y alienación, pero como bien demostró Piotr Kropotkin en su libro El apoyo mutuo, y en ningún modo ha desmentido la investigación científica posterior, tanto en el mundo animal como en el humano uno de los factores decisivos de la evolución de las especies ha sido la cooperación entre sus miembros.

La cuestión está en saber hasta qué punto las sociedades humanas son capaces de llevar su proceso de aprendizaje histórico y de recreación de las estructuras sociales; o si la fuerza conservadora de la inercia mezclada con las tramas autoritarias del poder, puede congelar la creatividad e insatisfacción humana que recorre la historia. El camino de la libertad (superación de la dependencia absoluta a la naturaleza y al otro, por tanto construcción de la autonomía), esa senda que los grupos sociales y los individuos buscan a través de la historia, exige el fin de las amarras de la explotación, de la dominación y de la alienación, potenciando una relación auténtica y profunda entre el individuo y los que lo rodean. Es tal el reto que deben superar los movimientos por el cambio, si no quieren perderse en el atajo de las concesiones con que el sistema de poder ha engatusado a sus antagonistas —en el pasado al sindicalismo y los partidos socialistas, hoy a los nuevos movimientos sociales—, en la mayoría de los casos virados a clientes satisfechos de la explotación y dominación que previamente condenaban.

La organización autónoma —autónoma con relación al Estado, al Capital o cualquier otra instancia de poder autoritario— es la libre asociación por afinidad y también uno de los principales instrumentos posibles para el cambio social. Sólo que esa concepción no pasa por la mera adopción de algunos vagos principios teóricos, sino que impone otras formas de asociación que apuntan desde ya a un modelo igualitario, autónomo y legitimado ante todos por la acción de todos, un micro-modelo de lo que sería el proyecto de la razón utópica para la sociedad global. Un modelo de participación directa e interactiva (donde la delegación sea hecha teniendo como meta tareas determinadas y durante plazos limitados, respondiendo permanentemente los delegados ante las asambleas y pudiendo ser revocados en cualquier momento), que rechace la burocratización y esclerosis administrativa de sindicatos, partidos y movimientos sociales entumecidos en los formalismos, contribuyendo al enriquecimiento cultural y social de cada participante, creando una cultura alternativa y de resistencia, pilar de las nuevas relaciones colectivas, condición previa para la recreación de la estructura social.

Ese fue el rumbo que comenzó a ser transitado por el movimiento libertario —con sus sindicatos, ateneos, escuelas, colectividades—si desde el siglo XIX, interrumpido trágicamente por una convergencia de fuerzas negativas en el primer tercio del siglo XX, pero que actualmente, tras el derrumbe del capitalismo de Estado en Europa del Este y con el capitalismo globalizador neoliberal evidenciando su incapacidad ante los problemas humanos esenciales, ésta en hora de retomar con lucidez y esperanza, siguiendo la huella que Martin Buber llamaba caminos de utopía, que llevan a la autogestión generalizada.

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