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Psicología del fanatismo
28 mai 2006
Victor Frankl describía al fanático con dos rasgos esenciales: la absorción de la individualidad en la ideología colectiva y el desprecio de la individualidad ajena.
Psicología del fanatismo

Olavo de Carvalho
Jornal da Tarde, 21 de noviembre de 2002

Victor Frankl describía al fanático con dos rasgos esenciales: la absorción de la individualidad en la ideología colectiva y el desprecio de la individualidad ajena. "Individualidad" es la combinación singular de factores que hace de cada ser humano un ejemplar único e insubstituible. Hay individualidades más y menos diferenciadas. Cuanto más diferenciadas, menos se pueden reducir a tipicidades generales y más se requiere la intuición comprensiva de su fórmula personal. Esto se observa, más nítidamente, en la obra de los grandes artistas y filósofos, por no hablar de los santos y profetas. Sólo de manera parcial y deficiente la personalidad creadora encaja en categorías generales como "estilo de época", "ideología de clase", etc., que los científicos sociales han inventado para hablar de medias humanas indistintas, pero que el estudioso mediocre insiste en aplicar como camisas de fuerza a todo lo que supera la media.

Ya en esa misma insistencia se manifiesta, de forma disimulada y socialmente prestigiosa, el fanatismo descrito por Frankl. Buena parte de la "ciencia social" de hoy no es más que el recorte de las individualidades según la medida de la mediocridad-patrón. Antonio Gramsci, que limitaba el papel de los seres humanos al de agentes o pacientes de la lucha de clases -- excluyendo a los incatalogables como aberraciones o como residuos arqueológicos de etapas anteriores de dicha lucha --, fue, en ese sentido, un genio de la mediocridad y un codificador-mayor del fanatismo. La palabra "fanático", aplicada al fundador del PCI, les parecerá insultante e inaceptable a quienes, como buenos mediocres, sólo entienden "fanatismo" en la acepción vulgar y cuantitativa de la exaltación frenética. El verdadero fanatismo, por el contrario, es totalmente compatible con la serenidad del tono y presenta, no pocas veces, convincentes señales de "moderación". El fanático no necesita ser irritable, nervioso o rabioso. Está en tal sintonía con la ideología colectiva que ésta le basta como canal de expresión de sus sentimientos, vivencias y aspiraciones, sin que quede en él nada de ese hiato, de ese abismo que el hombre diferenciado ve abrirse, a menudo, entre su mundo interior y el universo a su alrededor. El fanático piensa y siente con el partido, ama y odia con el partido, quiere con el partido y actúa con el partido. Todo lo que en su ser se salga de esa horma es insignificante o enfermizo. Nuestra época y nuestro país han añadido a esto un gesto grotesco que marca la última rendición del alma: el militante injerta la sigla de la agremiación en su nombre de bautismo, convirtiéndose en "Juanito del PT", "Maruja del PT". Ni el viejo "Partido" llegó a esos extremos. La filiación partidaria ya no es la mera aprobación crítica y condicional que la personalidad autónoma da a ciertas ideas políticas: se ha convertido en el factor estructurante y en la esencia vivificadora de la personalidad misma en cuanto tal, que sin ella se desplomaría como un saco vacío. La función nominativa y definidora, antes reservada a las familias, a las profesiones y a las regiones, corresponde ahora al partido.

Al mismo tiempo, la filiación da al fanático una localización y un punto de apoyo en el espacio externo: gracias a la ideología colectiva se integra tan bien en el mundo, que nunca se siente aislado y extraño a no ser durante el corto intervalo de tiempo necesario para recuperar el sentido de su misión partidaria y de su lugar en la Historia, deshaciéndose con desprecio de ese momento de "flojera". Jamás se siente desplazado en este mundo y no aspira a ningún tipo de trans-mundo que no se presente en forma de un futuro cronológico que deba ser realizado en este mismo plano de existencia. Nada le arraiga más profundamente en la temporalidad, en lo histórico, que su rechazo del presente, contra el que grita: "Otro mundo es posible", queriendo decir, precisamente, que se trata de este mismo mundo cuando sea subyugado por su partido. Kant, con involuntaria ironía, denominaba al espíritu de la Revolución "sabiduría mundana". La absorción de lo infinito en el finito no podría expresarse más explícitamente que en el verso del poeta comunista Paul Ãluard: "Hay otros mundos, pero están en éste." ¿No se podría? Se puede. Gramsci pregonaba "la total mundanización del pensamiento". El fanático, en ese sentido, está desprovisto de la soledad, de la profundidad, de la tridimensionalidad propias de los que "están en el mundo, pero no son del mundo". Ãl, por el contrario, puede "no estar" en el mundo, pero, con toda la intensidad de su ser, "es" del mundo. En un próximo artículo mostraré cómo eso vuelve al fanático incapaz de captar la individualidad ajena.

http://www.olavodecarvalho.org/espanol/2002/20021121Psicologia%20del%20f


Más sobre el fanatismo

Olavo de Carvalho
Jornal da Tarde, 5 de diciembre de 2002

El segundo rasgo de la personalidad fanática, indicado por Victor Frankl, es el desprecio de la individualidad ajena.

La estructura de la individualidad se manifiesta ante todo como una jerarquía de metas vitales, distinta en cada ser humano. Lo que es esencial para uno es secundario para otro. Pero todas las metas reflejan, en cierto modo, algún valor universal, que puede ser reconocido y apreciado por quien no las comparte. No quiero necesariamente para mí lo que tú quieres para ti, pero reconozco que para ti es bueno quererlo. El hombre que desea la riqueza aprecia al que busca el conocimiento, éste respeta al que busca la perfección artística, la felicidad en el matrimonio, el éxito político, etc. Un mismo hombre puede, de modo simultáneo o sucesivo, perseguir objetivos diversos, que traducen cada uno de ellos, en la situación del momento, los mismos valores básicos. Para el fanático, sólo hay un objetivo auténtico: las metas de su partido o de su secta. Las demás, en sí mismas, no valen nada; se vuelven buenas o malas según se ajusten o se separen de aquéllas. Pongamos, por ejemplo, la caridad. Para quien la cultiva, es, por sí misma, la meta, el valor y el criterio supremo de sus aciones. Para el izquierdista fanático, la caridad es un símbolo inocuo, que adquiere valor positivo o negativo según su utilidad política. En un momento dado puede ser condenada como una ilusión individualista burguesa, en otro enaltecida como la virtud máxima del ciudadano, según se presente como alternativa autónoma o como práctica social integrada en la estrategia de izquierda, como pasó con la "campaña de Betinho".

En cambio, si tú insistes en reafirmar tus propios criterios, independientemente de si sirven o no para alcanzar las metas políticas que él pretende, el fanático tendrá que ignorarte como irrelevante o catalogarte como enemigo. ¿Reconocer sus objetivos vitales como independientes? ¡Ah!, eso no. Nunca. Ese reconocimiento equivaldría a reducir el sacrosanto ideal político al que rinde culto a un mero valor vital entre otros, y eso es precisamente lo que el fanático no puede admitir de ningún modo. Por eso es incapaz de comprender a los demás con los criterios de ellos. Tiene que traducirlos al lenguaje de su propio ideal, o sea, reducirlos a amigos o enemigos del partido, y juzgarlos en función de eso, a poco que quepan en ese molde prefabricado.

Eric Voegelin, cuando era joven, no estaba ni a favor ni en contra del racismo. Estaba a favor de la ciencia histórica. Estudió la historia de la ideología racista, y habiendo descubierto que ésta no tenía nada que ver con la realidad biológica de las razas, publicó esa conclusión en un libro. Pero, para los nazis, la ciencia histórica no era un criterio autónomo admisible. La historia tenía que estar a favor o en contra del partido. Al día siguiente, la Gestapo emprendió la caza y captura de Eric Voegelin.

Boris Pasternak no estaba ni a favor ni en contra del socialismo. Estaba a favor de la buena poesía lírica, de la expresión genuina de los sentimientos humanos. Pero, para el fanático socialista, eso no vale como criterio autónomo. La poesía lírica, si no sirve al socialismo, sirve a los enemigos del socialismo. Pasternak fue condenado y encarcelado como enemigo del Estado soviético.

Lo que el fanático niega a los demás seres humanos es el derecho a definirse según sus propios conceptos, a explicarse según sus propias categorías. Sólo son válidos sus conceptos, o sea, las categorías del pensamiento partidista. Para él, en definitiva, tú no existes como individuo real e independiente. Sólo existes como tipo: "amigo" o "enemigo". Una vez definido como "enemigo", te vuelves, a todos los efectos, idéntico e inseparable de todos los demás "enemigos", por más extraños y repugnantes que los consideres. Yo, por ejemplo, ya he sido catalogado por los izquierdistas como colega ideológico del Sr. Lyndon LaRouche, quien, por su parte, me considera portavoz de todo lo que abomina. ¿Habrá modo de explicar a él o a ellos que no tengo nada que ver con todo eso?

Ahí, las intenciones personales de la víctima desaparecen por completo. Si, por ejemplo, tú estás en contra del socialismo por motivos morales y filosóficos que no tienen nada que ver con el interés de las "clases dominantes" que el socialista dice combatir, poco importa: para él, tú eres un ideólogo de las clases dominantes. Y, si contestas que lo que para ti está en juego es algo completamente distinto, ni te escucha: tú ya estás catalogado, y catalogar es el máximo de gentileza que él puede conceder a alguien que, desde su punto de vista, sólo sirve precisamente para eso.

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