Imprès des de Indymedia Barcelona : http://barcelona.indymedia.org/
Independent Media Center
Notícies :: pobles i cultures vs poder i estats
Cada año hay menos lenguas en la Tierra (Mark Abley)
02 feb 2006
Hubo una vez un hombre, Zamenhof, que soñó con que todos los seres humanos compartiesen un día una misma lengua... Y la inventó. La llamó esperanto. Era un sueño bienintencionado, un sueño de fraternidad universal. Aquel sueño fracasó. Y la realidad ha acabado luego por imponer un esperanto: se llama inglés. Y ha emergido no por anhelos de fraternidad, sino por potencia económica y por fascinación cultural. Y hete aquí que esa universalización... comporta también aculturación: empuja hacia la cuneta a muchas otras lenguas. Las lenguas son como criaturas vivas, como especies animales o vegetales: surgen, evolucionan, se extinguen unas, sobreviven otras... Mark Abley se ha dedicado a visitar lenguas amenazadas del mundo
y lo cuenta en ´Aquí se habla´ (RBA).

MARK ABLEY, EXPLORADOR DE LENGUAS
"Cada año hay menos lenguas en la Tierra"

Tengo 50 años. Nací en Inglaterra, de padres galeses, pero crecí en Canadá y vivo en Montreal. Fui periodista y soy escritor. Tengo dos hijas, Megane (18) y Kate (13). Soy ecologista y socialdemócrata. ¿Dios? Creo en el Gran Espíritu. He recorrido el mundo para levantar acta de las lenguas que están en peligro de extinción.

VÃ?CTOR-M. AMELA - 01/02/2006


- ¿Cuántas lenguas se hablan hoy en la Tierra?

- Unas 5.500, según un criterio estricto, y unas 6.800, con un criterio más laxo (y aquí se computaría el valenciano, por ejemplo).

- Dejémoslo en unas 6.000 lenguas...

- Pero lo cierto es que cada año son menos.

- ¿Por qué?

- Al igual que se sabe que miles de especies animales están desapareciendo del planeta..., ¡miles de lenguas están extinguiéndose!

- ¿Y quién es el agente exterminador?

- Depende: lenguas fuertes como el español, el chino, el ruso... La globalización del inglés... La expansión de la televisión...

- La televisión, ¿asesina de lenguas?

- "La televisión es el gas venenoso cultural", me ha dicho un lingüista... El declive de la lengua mohawk (en Canadá) se aceleró en los años 60, cuando dejaban encendido el televisor y los niños iban oyendo el inglés...

- Aldea global, ¿lengua global?

- El aislamiento favoreció la diferenciación de lenguas. El inglés llegó a Nueva Zelanda hace sólo 200 años, y tiene ya acento propio: si quedase aislada, en 200 años evolucionaría hacia una lengua diferenciada.

- Por tanto, si crece la intercomunicación planetaria, crece también la uniformización...

- Eso parece...: se especula con que hace unos dos mil o tres mil años se hablaban en el mundo unas 10.000 lenguas...

- Y con mucha menos gente... ¡Qué Babel!

- Qué diversidad, ¡qué riqueza! Porque cada lengua entraña una visión del mundo singular, única. Así, cada vez que una lengua desaparece..., la humanidad se empobrece.

- ¿Se sabe qué lenguas han desaparecido con mayor celeridad?

- En 1534, el explorador Jack Cartier recogió a dos indígenas de la isla de Montreal, con su lengua propia... Los devolvió dos años después. Lo malo es que se habían contagiado de enfermedades europeas y... Ningún explorador volvió allí hasta 70 años después, hasta Champlain, en 1608.... ¡y aquel pueblo, con su lengua, se había extinguido!

- Cientos de lenguas debieron de morir así.

- Sí, porque un siglo después de la llegada de los europeos a aquel nuevo continente, su población había decrecido en un 90%...

- ¿Qué lengua es la más vieja del mundo?

- El euskera. Hace más de tres mil años se hablaba ya en amplias zonas de la península Ibérica, antes de la llegada de los celtas.

- ¿Y qué lengua tiene más hablantes?

- Como lengua materna, el chino: 1.200 millones de personas. Como lengua aprendida, el inglés: 2.000 millones de personas (de éstas, es lengua materna para 400 millones).

- ¿Y cuál es la lengua con menos hablantes?

- El mati ke, en una zona costera del norte de Australia. Cuando estuve allí, en el 2001, quedaban sólo tres hablantes. Hoy, no sé...

- ¡Tres hablantes!

- Sí: un abuelo, su hermana y un tercero.

- Es triste, ¿no?

- Sí... Y en 1980 murió una anciana que era la última persona que hablaba tagish, una lengua nativa del norte de Canadá...

- Un hablante solo ¡es ya lengua muerta!

- Hombre, podríamos grabarle, conservar la lengua, algún día recuperarla...

- ¿Como en un Jurassic Park lingüístico?

- La verdad es que jamás ha sucedido... Sí es muy curiosa la historia de aquella lengua hablada sólo por un loro del Amazonas...

- ¿Un loro? ¡Cuéntemela!

- El explorador Alexander von Humboldt, hace 200 años, cerca del Orinoco, halló un pueblo extinguido por enfermedades, del que quedaba un montón de esqueletos preservados azarosamente por resinas. Siguió avanzando y se topó con otro pueblo...

- ¿Y dónde está el loro?

- Ya va: esos indígenas le mostraron un loro parlanchín, pero en una lengua que no entendían.

Lo habían hallado cerca del pueblo extinguido: ¡era el único hablante de la lengua que habían hablado aquellos esqueletos!

- ¿Qué lengua le fascina más a usted?

- Lo que me fascina a mí es la facultad de ciertas lenguas de acumular conceptos en una sola palabra: gobray,en lengua boro, significa "caerse a un pozo por despiste"; onsra significa "amar por última vez", y tienen otro verbo para decir "pretendo amar"...

- Un pueblo de lo más amoroso...

- Y me fascinan los inuit, en Alaska, que al decirte puijilittatuq están diciéndote: "Él no sabe qué hacer debido a las numerosas focas que ha visto salir a la superficie".

- ¡Toma ya!

- Y tienen decenas de vocablos para nieve,según su color, brillo, textura, estado...

- ¿Hay lenguas intraducibles?

- Hay conceptos intraducibles. De hecho, ¿es la poesía verdaderamente traducible...?

Costó entender el hixkaryana, hasta que en 1970 se vio que ¡ponía delante el objeto, seguido del verbo y, al final, el sujeto!

- En Europa, ¿hay lenguas en la UVI?

- El occitano-provenzal, el bretón, el gaélico, el escocés, el romanche. el manx...

- ¿Manx?

- Es el gaélico de la isla de Man.

- ¿Y el catalán, qué?

- Tiene buena salud, y pervivirá mientras los catalanes se sientan felices de hablarlo.

- ¿Y qué alimenta esa satisfacción?

- En gran medida, el poder económico: muchos hablantes de lenguas amerindias las abandonan cuando, por razones económicas, tienen que emigrar a grandes ciudades.

- ¿Fortalece a una lengua tener su Estado?

- No es una garantía: el galés jamás ha tenido Estado..., pero tiene 500.000 hablantes empeñados en mantenerlo vivo. El irlandés, en cambio, tiene Estado propio desde 1920 y... es una lengua burocrática, sin vida.

-----------------------------------
NOTÃ?CIAS VARIAS
-----------------------------------
Lenguas en peligro de extinción
http://barcelona.indymedia.org/newswire/display_any/105379

El castellano, dialecto del catalán.
http://barcelona.indymedia.org/newswire/display_any/79358

Llengües en extinció de Mèxic.
http://barcelona.indymedia.org/newswire/display_any/56057

Inglés, Tecnología y Colonización
http://barcelona.indymedia.org/newswire/display_any/150893

Aquesta "Unió" Europea incompetent és una farsa.
http://barcelona.indymedia.org/newswire/display_any/128207

El català, ¿ciencia o acto de fe?
http://barcelona.indymedia.org/newswire/display_any/152472

La lengua y la mundialización
http://barcelona.indymedia.org/newswire/display_any/217459

Mor l'última parlant del "nushu", una llengua parlada només per dones.
http://barcelona.indymedia.org/newswire/display/123008/index.php

This work is in the public domain

Comentaris

Re: Cada año hay menos lenguas en la Tierra (Mark Abley)
02 feb 2006
Quizás se deba a que vivo en una región en donde la cuestión del idioma se ha convertido en un conflicto religioso, en donde se multa a quienes osan escribir etiquetas en otra lengua que no sea la oficial y en donde se obliga a los niños a hablar la lengua del poder. Es la típica pasión represora de los curas, pero aplicada al uso del habla. Quizás se deba a eso, digo, pero nunca me ha preocupado la extinción de las lenguas. Si se extinguen será porque la gente deja de usarlas, pero como la gente nunca deja de hablar, será que dejan de usar unas lenguas para hablar otras. No creo que sea relevante el vehículo; me importa el conductor del vehículo. Que el vehículo cambie no me parece importante, aunque sí me parece importante que se extinga el conductor.
En la contra de “La Vanguardia� de hoy habla un “explorador de lenguas�, Mark Abley, aunque quizás sería mejor llamarlo “coleccionista de lenguas�. Su enfoque es el tradicional: “Cada año hay menos lenguas en la Tierra�. Y lo dice como si fuera una desgracia. No lo es. Si se extinguieran todas las lenguas de la tierra menos una, el mundo seguiría exactamente igual que ahora, pero un poco mejor.
Del mismo modo que el Euro ha logrado acabar con las cien monedas nacionales europeas (otro motivo de nostalgia para los melancólicos) y todos tan felices, sería comodísimo hablar con los polacos y los holandeses en nuestro propio idioma. A lo mejor dentro de quinientos años uno puede viajar por el mundo entero hablando en chino.¡Qué mercado para los escritores! ¡Qué salto en el mundo científico! ¡Qué bendición para los viajeros y para los que buscan novio!
La existencia de una lengua se convierte en un problema sólo cuando el poder es nacionalista, pero también ayudan los intelectuales que ven la cuestión desde un juicio exclusivamente estético. “El declive de la lengua mohawk en Canadá (dice Mark Abley) se aceleró en los años 60, cuando dejaban encendido el televisor y los niños iban oyendo el inglés�. Este coleccionista de bellezas habla del idioma mohawk como si fuera suyo: un curioso bibelot de su colección. No entiende que si los niños mohawk prefirieron cambiar al inglés, a lo mejor era para salir de su condición de criaturas en extinción y para librarse de los proteccionistas como Abley
Re: Cada año hay menos lenguas en la Tierra (Mark Abley)
02 feb 2006
Sobre ídols i tribus (1999) [...] molt recomanable


[1] Introducció de la introducció



Amb el pas dels anys, i amb l’acumulació dels papers escrits i publicats, hom s’adona que allò que va escrivint comença a girar permanentment a l’entorn d’alguns temes que, en el fons, ja són variacions sobre motius repetits o equivalents: la vida dels humans en societat —que és l’única vida humana—, els fets de la cultura que donen contingut o substància a aquesta vida, les societats mateixes o pobles o nacions, el temps que ens ha tocat de viure singularment o en comú, i coses d’aquest estil. Revise títols i capítols de papers meus passats, llibres o articles, i constate que en efecte és així. La conclusió, no sé si provisional, és que segurament no podia ser d’una altra manera: al­menys, és clar, no podia ser-ho per a mi. Potser perquè la meua condició d’antropòleg actiu o contemplatiu, de ciutadà implicat en la vida de la pólis, de practicant dels clàssics grecs, de redactor més o menys professi­onal d’opinions publicades, i finalment de narrador o novel·lista, no em permet escapar-me cap a elucubra­cions més subtils, més variades o més originals. És una condició complexa i assumida, que em deixa poc espai per a ocupar-me de temes més eteris i potser més atractius o més ornamentals.



Els temes d’aquest volum, doncs, són en part continuació de qüestions que ja he tractat en altres llocs, en part variacions noves sobre antigues qüesti­ons, i fins i tot els que semblen més nous, no ho són tant. Espere, amb això, animar el lector més que descoratjar-lo: com les quatre històries repetides que, segons Borges, hi ha en el fons de tota la narrativa universal, les qüestions que ens importen també són limitades en nombre, i només les aclarim, a poc a poc, si ens hi aturem una vegada i una altra. De manera que, si la narració d’històries i l’elaboració d’assaigs tenen algun punt en comú, aquesta necessitat de tor­nar i tornar a llocs ja visitats en seria un de ben explicable. Pretendre ser el primer que tracta un tema o que conta una història, és una simple mostra d’igno­rància: el món és molt antic.


[2]

Del present al futur

(fragment de «Sobre el futur de les nacions»)



No veig, en efecte, que, fins on l’observació el fa previsible, el futur ens reserve canvis substancials en aquest camp, que és el camp de les coses reals. Els jocs d’idees, la terminologia com a ideologia, la fabu­lació semàntica, el lluïment i l’esplendor de l’abstracció desencarnada, m’interessen cada vegada menys, i en tot cas només com a entreteniment i distracció. He escoltat i he llegit massa discursos i especulacions que coincideixen a lamentar una mena de maldat intrínseca de qualsevol nacionalisme, cosa que impli­ca una curiosa posició mental negativa sobre el ma­teix fet nacional, com si fóra una mena de xarampió de la humanitat, una desgràcia històrica, una plaga, i en tot cas un arcaisme a extingir. Estranya posició ideològica que pretén passar sovint per progressista o liberal, mentre vol ignorar que ja fa temps que les societats humanes organitzen el progrés i la llibertat dins d’uns espais que anomenen nacions, i que no semblen disposades a organitzar-lo de cap altra mane­ra. I que qui no disposa d’aquest espai, o no de manera suficient i satisfactòria, difícilment pot trobar-se còmode entre tants altres que sí que en disposen plena­ment. Perquè afirmar que la «vida en nació» és la forma, l’espai i el marc que defineix la vida moderna en societat no és cap «nacionalisme» de perillosa espècie doctrinal, no és una posició o preferència ideològica: és una constatació. I ho és també l’afirma­ció que els processos del temps present semblen més aviat dirigits a reforçar que no a afeblir aquest marc, i a convertir la «vida en nació» en el factor universal i comú d’una etapa històrica de final probablement encara remot. Pensar, per tant, que els «problemes nacionals» són cosa superada i arcaica —a l’Europa de l’est o de l’oest, a l’Àsia o en qualsevol part del món—, que són qüestions marginals sense interès pràctic ni teòric, equival simplement a navegar pel món de les idees volàtils i sense pes. O pensar —pensar poc, en realitat— amb una molt interessada mala fe.



Ignorar o menysprear determinats aspectes i di­mensions de la realitat, quan aquesta realitat no encai­xa en els models conceptuals previs, és una vella pràctica, i no precisament democràtica. És un hàbit mental que ja ve de Plató, passa per Marx i arriba igualment als sociòlegs de l’escola de Frankfurt i als economistes de l’escola de Chicago. És interessant, d’altra banda, el fet que les dues grans ideologies dites «de la modernitat», el socialisme més o menys marxista i el liberalisme més o menys democràtic, pretenguen ser totes dues ideologies de la racionalitat econòmica, o més encara: ideologies per a les quals tot és reductible al model economicista, siga el mercat o siga la planificació. De la mateixa manera, durant molt de temps l’única història «moderna» i acadèmi­cament respectada era la història econòmica o els seus derivats més o menys socials. D’ací a la irresponsable pretensió d’explicar les nacions amb, des de i sobre l’economia i els mercats, el pas era ben fàcil: només calia posar-se les ulleres de vidre blau, per a afirmar que tot és de color blau. Més d’un l’ha fet, aquest pas, amb tanta convicció que després li costa recular. I d’ací, encara, la pretensió d’aplicar el mateix mètode i model al futur: l’economia —la producció, el capital i els mercats a escala continental i planetària— ense­nyaria que les nacions no «tenen sentit» ni espai en el futur, i sobretot, ai, les petites nacions. Ni trobaran lloc cultural o polític, tampoc, per causa dels efectes de l’economia global, que són la unificació global del consum i dels comportaments (tots bevem coca-cola i ballem rock o el que corresponga), i per la unificació dels centres de poder, siguen les empreses multinacio­nals, les grans borses, la Unió Europea o el FMI.



I doncs, no és això: les nacions no són construcci­ons folklòriques particulars que es puguen desmuntar i substituir amb un folklore universal, ni conjunts d’obradors d’artesania que seran anul·lats per la Nissan o la General Motors, ni simples estructures de poder local que s’esvaeixen (de fet, passa el contrari) davant del GATT o dels euròcrates de Brussel·les. Són una altra cosa: són l’hàbitat propi de les societats modernes dins un hàbitat universal compartit, o més exactament la forma moderna d’habitar el món, i això és inescapable. Almenys, fins que no s’invente una altra forma d’estar en el món, substitutòria d’aquesta i igualment universal. Però no veig que tal invent estiga en marxa. No veig enlloc senyals que estiga pròxima l’aparició d’àmbits d’identitat, de construccions imaginàries, d’espais de comunicació, d’espais de creació i difusió de la cultura, i d’espais morals, equivalents i substituts dels que ara són percebuts com a nacionals: complementaris i d’un altre ordre, sí, però substituts i equivalents, no. No d’allò que ara en diem nacions: nacions-estat, o nacions que volen disposar d’un marc suficient —subestatal o quasi-estatal— de definició, cohesió i reconeixement com a tals nacions; i precisa­ment amb aquest nom, nacions, o amb la seua traduc­ció més aproximada. Segurament perquè les nacions, ara com ara i per molt de temps, satisfan de la manera més eficaç unes necessitats humanes que cap altra construcció històrica i social no satisfà tan plenament. Una altra cosa és que tots ens trobem, o no ens tro­bem, còmodes, reposats i pacífics, en la nació o el tros de nació que ens ha tocat. I que aquesta nació, mapa, frontera, i estat, siguen un espai estable o inestable, fet o a mig fer, tranquil o conflictiu, assumit o dispu­tat. Supose que són més feliços els qui tenen la nació en pau —si més no perquè tenen un problema menys—, però potser a nosaltres no ens ha tocat aquesta felicitat. Ens queda el deure, o la passió, de continuar buscant-la. I si, per aquesta modesta i humaníssima pretensió, hem d’assumir el qualificatiu de «nacionalistes» —com un retret que ens associa a gent de la pitjor espècie—, ho acceptarem practicant alternativament el comprensible vici de la indignació i la universal virtut de la paciència.



[3]

De la identitat de l’escriptor



Els qui, en algun moment poc inspirat de la vida, hem decidit practicar aquest desagraït ofici de l’escriptura, i practicar-lo a la manera d’un vot perpetu o d’una professió monacal sense porta d’eixida, sovint ens trobem una miqueta perplexos davant de la contemplació permanent a què ens obliga ja per sempre aquella decisió imprudent. Més encara si, com és el meu cas, l’ofici de contador d’històries i de vides alterna amb un altre (no sé si llavors serien dos oficis, o un i mig, o dues cares del mateix) d’observador de la història i de les formes de vida de la gent.* El nostre lloc en la tribu, si hom vol mirar-s’ho així —«hom», ací, vol dir simplement un mateix, l’escriptor—, pot resultar més incert que no sembla: ¿a què ens obliga, per exemple, aquest ofici d’observar i d’escriure, quines són en últim terme les històries que contem, si sempre les mateixes o sempre diferents, i què ens mou, a fi de comptes, a la pràctica d’aquesta ingrata professió? Anem per parts, doncs, perquè sembla que són tres parts diferents. O potser no tan diferents.



Començaré contant una petita història o reflexió que explica Italo Calvino, una història seua que, quan la llegia, em feia pensar si Calvino era també jo mateix, tan sorprenent era la coincidència en moltes de les respostes hipotètiques a la imminent entrevista. Conta o explica que l’escriptor, a la cuina, es prepara el cafè i es diu, en veu alta: cada dia em dic que avui ha de ser una jornada productiva, i tots els dies passa alguna cosa que m’impedeix escriure. Avui, per exem­ple, han de venir a fer-me aquella entrevista, he de preparar encara les respostes, tinc por que la meua novel·la tampoc avui avançarà massa.



Podria començar amb aquesta pregunta, espera Calvino, i la pregunta és del tot traïdora: ¿s’ha avorrit mai en la seua vida? Sí, en la infantesa, després no, això contestaríem. Cal dir que en la infantesa és un avorriment especial, poblat de somnis, és una mena de projecció en una altra realitat, mentre que en la vida adulta l’avorriment està fet de repeticions, és continuar fent alguna cosa de la qual ja no esperes cap sorpresa. Jo puc dir —no sé si Calvino— que quan era infant i m’avorria, llegia: per tant llegia molt, moltíssim, i això és un vici que, si no es cura, afecta l’ànima i el cos ja tots els anys de la vida. Jo del que ara tinc por, diu ell, és de repetir-me en el meu treball literari, per això he de trobar cada vegada algun desa­fiament, he de proposar-me alguna cosa que vaja més enllà de les meues possibilitats. Efectivament, dic jo, efectivament: el mal és que les meues possibilitats sempre aniran més lluny en el llibre pròxim i per tant cada llibre és com un petit fracàs provisional. Paci­ència. Vejam una altra pregunta, a partir d’una cita­ció de Nietzsche: «Si existeix l’art, si hi ha un acte estètic, un punt de vista estètic, és indispensable una condició psicològica: la frenesia». L’escriptor, mentre beu glops del cafè del desdejuni, no sap què contestar: ¿quina part de raó ha d’haver-hi en la passió, quan escriu? Puc contestar que no, afirma, res de frenesia: que jo sóc sempre racional en allò que escric, que tot el que faig està sotmès a la raó, la claredat, la lògica. Pensaran, pensa ell, que estic cec sobre mi mateix. Jo, no Calvino, que escric amb càlcul i premeditació, no sé si amb lògica però sí amb pretensions de claredat, pense que no estic cec; i tanmateix sempre ha d’haver-hi el rampell, en algun punt, un aire fred o roent que baixa del cel o puja dels abismes, trenca les raons i no se sap per que. Ni Sòcrates sabia sempre què buscava el seu dáimon. També puc respondre, pensa Calvino, que escric so­vint en estat de trànsit, arravatat, no sé com escric coses tan boges. Pensaran que faig comèdia. Deixem­-ho córrer per tant: ¿a qui li importa?



Més val que conteste aquesta pregunta: ¿què hi pose de mi mateix, en allò que escric? A ningú li importa, tampoc, afegiré jo ara, però més val contes­tar raonablement. Calvino respondrà: hi pose la raó, la voluntat, el gust, la cultura a què pertany. I alhora hi pose també l’inconscient, els impulsos interiors, allò que ni jo mateix puc controlar, les meues neurosis, o siga, justament, la frenesia. I afegiré jo, no Calvino, que per als grecs homèrics el pensament no era una freda funció del cervell sinó un alè calent, un vapor, que es formava en els pulmons i que eixia per la boca en forma de llenguatge: i els pulmons es diuen phrénes, de manera que també podem entendre la nostra frene­sia, quan escrivim, com una passió de les entranyes, un vapor de les profunditats de l’ànima, que ja sabem que solen ser les mateixes del cos. Hi ha més pregun­tes, per exemple sobre la interpretació dels somnis, sobre Freud, autor que l’entrevistat llegeix perquè troba que també ell, Freud, és un bon escriptor, com un autor de novelles policíaques que es llegeixen amb interès apassionat. Freud, afegirà no Calvino sinó aquest intèrpret o comentarista, no va entendre realment Èdip ni Antígona, però té el mèrit d’haver tornat a posar en circulació els antics mites i els temes grecs eterns que són el crim, la culpa, la mort i la passió de l’orgull, que són també, si bé es mira, el tema de tantes novelles de Simenon, per exemple, que és un dels més grans narradors del nostre segle. Qui sap, dic ara jo mateix, si qualsevol bona novel·la, petita o gran però bona, no haurà de contenir una dosi o pessic de policíaca, molta lògica profunda, i alguna base, o decoració, de llegenda bíblica o de mite grec. En fi, que si no sempre sabem per què escrivim, almenys hauríem de saber sobre què ho fem, i com i en quines condicions.



Per això afirma Calvino que les preguntes més interessants són les que parlen sobre l’escriptura. Com aquesta que li han de fer: ¿creu que els escriptors escriuen allò que poden i no allò que haurien d’escriu­re? Podria respondre: els escriptors escriuen el que poden. I podria afegir-hi a més a més —Calvino, no jo— algunes consideracions substancials: l’acte d’es­criure té una funció, esdevé eficaç, només si permet expressar la pròpia interioritat. Afirmació, afegiré jo, que venint d’un poeta seria del tot normal, diríem que inevitable, però que venint d’un novel·lista i contador d’històries i de faules, no deixarà de sorprendre algu­na gent. No a mi: tinc costum de contar, quan em pregunten com escrivia la meua novel·la o no-novel·la Borja Papa, que cada matí em revestia de capa magna o dels hàbits pontificals corresponents, em cobria el cap amb tiara, mitra o solideu, em despertava a la Roma renaixentista, i em posava a escriure assegurant-me abans no que el papa Alexandre Borja era jo, sinó que jo era el papa Alexandre Borja. I només jo mateix sé quanta part sóc, o no sóc, del Jesús Oliver d’Els treballs perduts, que, com jo, recorre els carrers de València i viu o vol viure en una casa habitada pels cent quaranta-quatre mil llibres, els elegits de l’Apocalipsi, que formen la suma ordenada del co­neixement universal. En tot cas, afegirà Calvino, un escriptor pot sentir-se obligat a escriure això o allò, però hi ha diferents tipus d’obligació. Hi ha les constriccions literàries, com el nombre de versos d’un sonet. Formen part de l’estructura de l’obra, i al seu interior la personalitat de l’escriptor es pot expressar lliurement. (Quant a mi, he de confessar que les cons­triccions d’estructura me les pose abans jo mateix: me les pose sovint ben rigoroses, com el número dotze, o com els textos o documents de Quatre qüestions d’amor, i en el seguiment de la norma pròpia he trobat, justament, la més bella llibertat.) Hi ha també, continua Calvino, aquelles regles que en diríem les constriccions socials, com els deures ètics, religiosos, filosòfics o polítics, que no poden ser imposats direc­tament a l’obra, han de passar a través de la interiori­tat de l’escriptor. No sé quines constriccions d’aquest tipus podia sentir Calvino com a escriptor del seu país i del seu temps, no sé quines poden sentir (¡aquells que les senten, que no deuen ser tots!) ara mateix els escriptors alemanys, posem per cas: no ho sé exacta­ment, però m’ho puc imaginar, i en alguns autors insignes, des de Leonardo Sciascia fins a Günter Grass, aquesta «constricció» sembla de vegades la seua ma­teixa raó d’escriure. ¿I quines són les «constriccions socials» d’un escriptor català —i més, com en el meu cas, d’un escriptor valencià— en el nostre temps? No sabem si ens correspon expressar aquest confús, per­plex i desesperant país en què vivim, precisament perquè és complex i fascinantment vulgar, com els altres, o simplement perquè és el nostre. Potser tenim el deure d’explicar alguna cosa, amb les històries i els llibres, però ¿d’explicar què? Una cosa és certa, en tot cas: difícilment es pot conèixer («conèixer» no sem­pre és «explicar» o «explicar-se», però ja és moltíssim) un país que no produeix una narrativa suficient que l’expressa o l’exposa, i això només ja és prou per a confirmar, si és que calia, quin sentit pot tenir aquesta incerta «responsabilitat» o constricció social de l’observador de fets i del contador d’històries. Si les histò­ries contades són tan «reals» com els fets, o si el país on passen és ell mateix una veritat o una construcció literària, és tota una altra qüestió.



Perquè preguntaran també, continua Calvino: ¿són mentiders els escriptors? I si no ho són, ¿quina mena de veritat contenen? Aquesta, diu, és una pregunta molt important. Vejam: els novel·listes conten aquella veritat que es pot amagar en el fons de qualsevol mentida (també podran, afegiré jo, contar aquella mentida que s’amaga en tota veritat, però no sé si és la mateixa cosa o n’és una altra). Ja sabeu, afirma, que per a un psicoanalista el fet que digueu una veritat o una mentida no és tan important, perquè també les mentides són interessants, eloqüents, reveladores, tant com qualsevol suposada veritat. Jo sent una certa desconfiança, diu, envers l’escriptor que pretén dir tota la veritat sobre si mateix, sobre la vida i sobre el món. M’estime més buscar aquell punt de veritat que es troba en l’escriptor que es presenta com un menti­der desvergonyit. Quan escric una novel·la construïda sobre mistificacions literàries, diu, el que intente és trobar per aquesta via una veritat que altrament no hauria pogut trobar. I ací el narrador que preparava l’entrevista matinal recorda sobretot Se una notte d’inverno un viaggiatore, però també podria recordar Il barone rampante o Il cavaliere inesistente, per exemple, i l’altre modest narrador que ací fa de co­mentarista podria pensar en Els treballs perduts seus, treballs impossibles, en la ficció-no ficció de Quatre qüestions d’amor o en l’irreal i exacte Viatge al final del fred, i pretendre explicar quines veritats s’amaga­ven sota el vestit de la pura construcció literària: possibles «veritats» sobre la seua ciutat o sobre temps de la història, no sé si equivalents o no a les que es poden expressar en un assaig sobre el poder, la cultura o la nació. Aquestes o aquelles veritats, però, si és que existeixen —i sempre confiem que sí, i que seran visibles— correspon al lector descobrir-les, si és que en té ganes o necessitat.



També li preguntaran per què no escriu poesia, i contesta, com faria jo, que en va escriure una mica de molt jove, i que tot és una qüestió de mecanismes mentals. Qui no té el do d’aquests mecanismes, com pense que és el meu cas, més val que no s’hi esforce, perquè no farà en aquest camp res de profit. Li pre­guntaran si pensa que Europa està submergida per la cultura angloamericana i contestarà que no, que ell no ho sent així (i aquest glossador tampoc), i li pregunta­ran encara més coses, perquè un escriptor —afegiré jo— és un individu que els entrevistadors suposen que ha de tenir resposta a qualsevol pregunta sobre les coses humanes i divines, i això, a més de ser del tot fals, és una injustícia grossa. Aquestes coses pensava Italo Calvino, tot bevent el cafè del desdejuni, un matí de 1983. A mi em van arribar quinze anys més tard, a través de la revista Micromega, em van fer pensar que si algun dia em feien preguntes com aquelles jo segu­rament prepararia respostes molt semblants, i alhora, tal com les repetia i traduïa, em suggerien notes i glosses personals que poden ser oportunes o no, però són meues. Perquè segurament les preguntes i les respostes bàsiques, a un escriptor i d’un escriptor, podrien ser gairebé sempre les mateixes, com les històries que contem són en el fons històries repeti­des; i escriure històries, encara que siguen sempre les mateixes, pot ser una mania racional o frenètica —o qui sap si la mateixa passió d’escriure no deu ser una mania diabòlica, com afirma Josep Pla—, però també pot ser, al mateix temps, una honestíssima manera de passar la vida.



¿De què escrivim els narradors?, havia preguntat abans, ¿de què podem escriure?, o més exactament, ¿quines són aquelles històries que d’una manera o d’una altra repetim, fins i tot quan pensem inventar coses mai no dites ni escrites? Em permetran acudir ací a l’autoritat enciclopèdica i poètica de Borges, que afirma en El oro de los tigres que les històries són quatre, o quatre cicles. Una, diu, la més antiga, és la d’una forta ciutat que encerclen i defensen homes valents. Els defensors saben que la ciutat serà lliurada al ferro i al foc i que la seua batalla és inútil: el més famós dels agressors, Aquil·les, sap que el seu destí és morir abans de la victòria. (La batalla és inútil, afegiré jo repetint: sabem que és inútil i hi anem, perquè sabem que és necessària, i que la guerra de Troia, la mateixa o una altra de molt semblant, sempre tindrà lloc.) Els segles van anar afegint elements de màgia, continua Borges: hom digué que Helena de Troia, per la qual van morir els exèrcits, era un núvol bellíssim, una ombra; hom digué que el gran cavall buit on s’amagaren els grecs era també una aparença. Homer no haurà estat el primer poeta que relatà la faula; i algú, al segle XIV, va deixar aquesta línia que roda per la memòria del bibliotecari de Buenos Aires: The borgh brittened and brent to brondes and ashes, re­cord —mal traduiré jo— de ciutats cremades reduïdes a brases i cendra. Les fantasies sobre el destí fatal són innombrables: Dante Gabriel Rossetti, diu Borges, imaginaria que la sort de Troia quedà segellada en l’instant que Paris cremà en l’amor d’Helena; Yeats elegirà l’instant en què es confonen Leda i el cigne que era un déu. La ciutat condemnada i el destí fatal, no diu Borges però dic jo, és també la sagrada Tebes i és Èdip, el seu rei, i encara podríem continuar, i potser arribaríem a València, la ciutat que crema tota cada any una nit de primavera, i que enderroca bàrbara­ment els seus propis palaus.



La segona història, que es vincula a la primera, és la història d’un retorn. El d’Ulisses, que després de deu anys d’errar per mars perillosos i d’aturar-se en illes d’encanteri, torna a la seua �taca. El de les divini­tats del Nord que, una vegada destruïda la terra, la veuen sorgir de la mar, verda i lluent, i troben perdu­des en la gespa les peces d’escacs amb què abans havien jugat. (En parlarem ara mateix, d’aquesta his­tòria que és la història de totes les històries, i admet tots els principis però només alguns finals.) La tercera història és la d’una cerca, i hi podem veure (diu Borges, i jo sospitava) una variació de la forma anteri­or. Jasó i el Velló d’or, els trenta ocells perses que creuen muntanyes i mars i veuen la cara del seu Déu, el Simurgh, que és cada un d’ells i tots. En el passat, diu, tota empresa era venturosa: algú robava, final­ment, les prohibides pomes d’or; algú, per fi, mereixia la conquista del Grial (tot i que el Grial vertader, com vostès deuen saber, és a la Seu de València i ja fa temps que no el vol conquistar ningú, però això és un altre tema). Però en el nostre temps, lamenta Borges, la cerca està condemnada al fracàs: el capità Ahab troba per fi la balena, però la balena el desfà; els herois de James o de Kafka només poden esperar la derrota. Som tan pobres de valor i de fe que ja el happy-ending no és altra cosa que un afalac industrial. No podem creure en el cel, però sí en l’infern. (I per això, afegiré jo, per aquesta variació de la fe segons el mitjà o l’instrument, sembla que les bones pel·lícules sí que poden tenir final feliç, però les bones novelles no: i els meus herois, lamente dir-ho, ho lamente per ells, també busquen molt i també acaben malament.) L’última història és la del sacrifici d’un déu. Attis, a Frigia, es mutila i es mata; Odín sacrificat a Odín. El Mateix a Si Mateix, penja de l’arbre nou nits senceres i és ferit de llança. Crist és crucificat pels romans. Quatre són les històries, doncs, acaba Borges: «Durante el tiempo que nos queda, seguiremos narrán­dolas, transformadas». Transformant-les per contar­-les, o mentre les contem.



Continuarem narrant-les, cadascú a la seua mane­ra i a la manera del seu temps, i cadascú en tindrà alguna de preferida. La meua és, o a mi em sembla que és, sobretot una història de viatjar en cercle i de buscar alguna cosa que no es troba, potser perquè el cercle no té cap final. També Ulisses buscava, no el Grial ni les pomes d’or, ni el velló màgic dels argonautes, però buscava alguna cosa igualment valuosa: el coneixement del món, que és alhora el coneixement de si mateix. Si ho va trobar o no —l’Odisseu d’Homer o l’Ulisses de Joyce, o l’altre Ulisses que Cervantes anomenà Quijote—, és ja tota una altra qüestió. Quant al final de l’aventura, no hi ha acord entre els poetes sobre quin va ser el destí d’Odisseu l’homèric després d’haver viatjat tant, després de tornar a l’antiga pàtria i a la dona lleial. Dante fins i tot, en la Comèdia, recull una versió segons la qual Ulisses mariner no torna a �taca sinó que, havent navegat més enllà de les colum­nes d’Hèrcules, es perd en l’oceà buscant descobrir un món desconegut, buscant conèixer i sabent que això significa la mort: quan per fi veu en l’horitzó el perfil de l’altre extrem de la terra, un déu envia una onada que el farà naufragar. Res, ni l’amor del fill, ni la dona ni la pàtria, «vincer poter dentro da me l’ardore / ch’i’ebbi a divenir del mondo esperto, / e delli vizi emani e del valore». En qualsevol cas, si tornà a casa, va comprovar com és de complicat el final de les llargues guerres, quedar-se sense reptes heroics, sense res més per conèixer, sense enemics i sense més aven­tures en la vida. És una constant de la història, i els americans del nord, ara mateix, estan preocupats per­ què s’han quedat també ells sense enemics per com­batre —enemics dignes de tal nom, almenys— ni fronteres per conquistar: ni el salvatge oest, ni l’impe­ri del mal, ni la lluna. Així, els grans temes que inspi­ren els discursos del seu president, els domèstics camins de la glòria, són la seguretat dels air bags, els uniformes escolars, les deduccions fiscals o l’ús del superàvit del pressupost, coses d’aquest ordre. El pre­sident Kennedy, no fa tants anys, encara parlava de les forces del bé i del mal, de la fi apocalíptica del món, o dels grans passos que faria la humanitat navegant per la mar desconeguda dels planetes del cel. Ara, però, sabem que la fi del món és una cosa remota: potser ens equivoquem, però ho pensem i vivim més tranquils (en parlarem després). Sabem també que el bé i el mal es confonen en un únic propòsit moral: contro­lar el dèficit i la inflació, assegurar els sistemes de pensions i reformar el mercat del treball i la seguretat social, objectius admirables però escassament heroics, i que poc eixamplaran el coneixement dels vicis i del valor dels humans.



El resultat és que, en aquests països que en diem d’occident, l’únic horitzó comú és mirar la televisió i procurar administrar la hisenda. Mirant la tele con­templem com estan de malament els altres, els afri­cans per exemple, o algun altre poble igualment dissortat, i això ens reforça encara més la necessitat d’administrar la vida amb prudència, fonament de tota ideologia pública i privada. No ens impulsa, cer­tament, ni a l’aventura ni a tornar a la mar. Potser ens avorrim amb una mala gana històrica, com l’Ulisses del poema de Tennyson, que diu: «...Com és de tediós descansar i arribar al final, com un metall que es rovella i no brilla per l’ús» (la meua traducció de l’anglès és una mica lliure). L’Ulisses de Tennyson és un rei sense faena ni profit, an idle king, que s’avor­reix (¡ell no és escriptor!) bevent al costat de la llar, al costat d’una dona ja no jove, i repartint lleis desiguals a una raça de gent, la pròpia, que només pensa a omplir el rebost, menjar i dormir (com ara mateix, diríem, fan els reis presidents nostres: repartir lleis desiguals a pobles que només pensen en el rebost: poc canvia la raça dels humans). A aquest Ulisses li agra­daria que el cor i les forces l’acompanyaren encara en un esforç desesperat per continuar buscant. Però sap que no pot ser, el cor és feble, i a la gent no li interessa: ¿qui l’acompanyaria?, ¿a qui podria dir com l’Ulisses de Dante: «fatti non foste a viver come bruti / ma per seguir virtute e conoscenza»? S’ha acabat, doncs: ha tingut tot el que podia desitjar, fama i aventura, els déus l’han escoltat, ha tornat a casa, tot està segur, i s’avorreix mortalment. (No és escriptor, recordarem amb ironia, i no llegeix).



Aquest és un final possible per a Ulisses, d’Homer o de Joyce, i per a qualsevol personatge nostre que seguisca els seus passos. Un altre és el de l’Odisseu del poema d’Agustí Bartra, una interpretació bellíssima. Ulisses, que és un rei rural, s’ha fet vell i està sol en un mas prop de la mar, on només se senten veus de molts passats, criatures perdudes, els esperits, i la remor llunyana de les ones. És a dir, les veus comunes de la vellesa, per molt que en els textos de Bartra puguen semblar veus de tragèdia única. I Ulisses mo­rirà abraçat al rem negre, que és tant com dir a la pròpia vida, i la seua ànima és una àguila roja que s’envola, «enduta per la darrera ràfega de vent, cap als espais de l’infinit». De manera que, per si no ho sabíem, el destí final d’Ulisses és el mateix de tots: volar cap als espais d’algun infinit, després d’haver passat una vida o una altra. No necessàriament heroi­ca, com per exemple la vida perduda del meu Jesús Oliver de València, o la d’Ulisses Bloom ciutadà de Dublín: no heroica segons com es mire, o potser sí. Perquè qui sap si Leopold Bloom no és el més gran Ulisses de tots, és a dir, aquell que sap allò tan difícil de saber: que els homes i les coses són com són, a Dublín o a la terra dels feacis (els homes, les coses i Molly Bloom, no Penèlope), i per això no necessita malsons de rei cansat ni d’heroi que es morirà de pena per culpa de la pau (com es mor el Capità Conan de l’esplèndid film de Tavernier).



És més cert encara, tanmateix, que qualsevol Ulisses de nosaltres, si és que tots som Ulisses d’imi­tació, pot fer com l’Odisseu original, el del pare Homer: abandonar la imatge de les funestes aventures passa­des, anar fent, i anar passant la vida feliçment, si pot ser. Sense escriure, això sí, i no llegint massa, que són passions incòmodes. Ens conta Homer que els déus ordenaren a Ulisses d’agafar el rem i caminar fins que arribara en un lloc on ja ningú sabera què era un rem, on el confongueren amb una pala de forn (no de vogar per la mar, doncs, sinó de coure pa en terra ferma) o amb una modesta ventadora per a la llar de foc. « I he de plantar llavors el rem a terra», tradueix Carles Riba, i llavors fer les paus amb els déus, tornar a casa i esperar la mort. Això sembla que havia fet ja en la vellesa el viatger infatigable Josep Pla, com veurem tot seguit, però resultà que no era del tot cert: ell tenia la infernal passió d’escriure, a diferència d’Ulisses, i això no permet fer la pau, ni davant de la mort. La mort, continua la traducció de Riba, «dolça tant com es pugui pensar, la qual ha d’occir-me aclaparat sota una vellesa ufanosa; i el poble serà feliç entorn». Segurament Homer era més savi que Tennyson, i més que Pla i que jo, i el seu Ulisses no veu el descans com una dissort sinó com la més gran fortuna que atorguen els déus. En tot cas, els he de confessar que no sé quina és la moral d’aquesta història de final de viatge. Probablement perquè les grans històries, cap de les quatre grans, no tenen cap moral.



Els escriptors no solem ser aventurers i, si viatgem una mica pel món, més que pel pur plaer de viatjar és per poder-ho escriure. De manera que, por­tant les coses a l’extrem, podem imaginar que viure d’una o d’altra manera és un accident, però que es­criure —de la manera com volem escriure— és una necessitat. Si la vida, llavors, és un pretext per a l’escriptura, i si aquesta, en paraules de Josep Pla, és «una activitat diabòlica i sanguinària», i un «ofici prou desgraciat», el resultat pot arribar a ser poc saludable per a l’equilibri i el benestar de l’esperit. Tan poc saludable com l’expressa el mateix Pla en El quadern gris: «És objectivament desagradable no sentir cap il·lusió —ni la il·lusió de les dones, ni la dels diners, ni la d’arribar a ser alguna cosa en la vida—, només sentir aquesta secreta i diabòlica mania d’es­criure (amb tan poc resultat), a la qual ho sacrifico tot, a la qual probablement ho sacrificaré tot en la vida». Els herois d’alguna gran història vivien per al combat inescapable, vivien per a la mort acceptada i necessà­ria, com una mena d’exaltats existencialistes avant la lettre, i molt abans de la teoria de Heidegger o de Sartre. Els herois d’altres històries han viscut per al sacrifici en nom d’alguna cosa o d’algú, per a la recerca del tresor suprem, o sobretot per fer el gran viatge, tornar i descansar. L’heroi d’aquest «ofici prou desgraciat», si és heroi de veritat (condició a què arriben molt pocs, gràcies a Déu que mira per la nostra salut i salvació), ja diu Pla que li ho sacrifica tot, i en primer lloc l’experiència de la pròpia vida. Ja sé que aquestes exageracions, en aquests temps de comoditat com a dret comú i de banalitat com a mercaderia, no són precisament la moda ni l’exemple, però així és com és, o com hauria de ser.



Per dissort meua, i per falta d’oportunitat o d’in­sistència, només em vaig trobar personalment amb Josep Pla dues vegades. La primera va ser a València, quan jo no sabia encara —o ho sabia confusament, no clarament— que volia entrar en aquesta professió d’escriure, quan no gosava pensar que a la pregunta «¿què és vostè?», jo podria contestar «escriptor» sen­se un excés de presumpció. El senyor Pla portava la boina fins a les celles, era d’hivern, em sembla, fuma­va sense parar cigarrets preindustrials, i acabava d’arribar de Nova York. Va contar coses d’Amèrica —coses bones— que em varen escandalitzar considerable­ment, i que després he comprovat, vivint allà, que eren certes i que eren, en efecte, bones. La segona vegada que em vaig trobar amb Josep Pla no era ben bé ell sinó el seu cos o cadàver, a prop del qual vaig estar el dia del seu enterrament. Era un dia de finals d’abril, a mitja vesprada, una hora amable i encalmada, quan vam anar del Mas Pla a Palafrugell, si no em falla la memòria, i d’allà cap a un petit cementeri de la parròquia de Llofriu. L’abat de Poblet recità discreta­ment les absoltes, i els assistents miràvem de trobar cares conegudes, del gremi de la ploma, de l’ofici, i en trobàvem ben poques. Ser planista o planià encara no estava de moda, tothom era molt modern i molt d’es­querra. Jo sóc persona d’escasses aficions funerals, m’estalvie tant com puc assistir als enterraments, i espere que tarde encara aquell en què no podré evitar fer de protagonista. No sé per què vaig anar a l’enter­rament de Josep Pla. Potser un impuls, potser perquè vaig sentir la notícia per la ràdio del cotxe, amb l’hora i el lloc, i vaig dir-me: si ara vaig a acompanyar el mort després el llegiré amb més bona consciència, com si ell i jo haguérem establert algun lligam perso­nal en l’hora funerària. I el fet és que ha funcionat: he llegit Pla, després, amb més gust encara que abans.



Fa poc de temps, quan feia un segle redó que va nàixer aquell home que acompanyí a la fossa, pensava que segurament es va morir en el moment que tocava, ni abans ni després. I ell ho devia saber: ho devia saber precisament com a escriptor, aquesta és la misteriosa qüestió. Almenys una cosa és certa, tan certa com que està escrita: alguns anys abans de morir-se, quan en tenia setanta-cinc, sabia que l’hora no li havia arribat encara. I ho va saber, circumstància admirable, enmig d’un infart de miocardi que, segons totes les regles de la cardiologia, la víctima no hauria hagut de poder explicar. Però, justament, misteriosament, havia de viure per a poder convertir l’infart en literatura. La víctima, és clar, era Josep Pla, i per tant el va explicar com segurament ningú mai no ha explicat un infart. La narració, amb aquest títol, Un infart de miocardi, figura al final de Notes per a Sílvia, volum XXVI de l’Obra Completa.



Tal com avisa l’autor, «descriure una cosa qualse­vol ocorreguda a la pròpia persona, d’una manera clara i simple, és tan difícil i complicat, que més aviat és arriscadíssim». Arriscadíssim, sí senyor: ningú no s’atreviria a fer literatura sobre el propi infart i, si ho feia, el resultat seria segurament retòric i lamentable. O cínic, o heroic, o qualsevol altra cosa excepte «clar i simple», que és el resultat de Pla, una curta obra mestra («Tot el que escric està sotmès a la raó, la claredat, la lògica», volia contestar Calvino). Abans d’arribar al cor, l’escriptor explica el dia i l’hora, l’oratge i el paisatge: «Des d’una finestra de la casa vaig veure que el vent feia girar les llargues fulles de blat de moro, que la girada feia brillar les fulles, i que aquesta botànica anava creixent». Després, un sopar amb amics («L’hora era intempestiva, perquè ara im­pera el socialisme»), tornar a casa, el llit amb un llibre a la mà, i l’arribada del dolor, minuciosament descrit: barres de dolor damunt del cor, després un dolor triangular, després «un dolor total, d’aixella a aixe­lla», «un dolor opressiu, en profunditat», totes les formes de dolor ofegant. I en Pla buscant un descans impossible, caminant per la sala del mas, al llit, al balancí o estès a terra, recorda: «La infelicitat és la pesantor del cos humà». En aquesta frase, tribut co­brat d’una nit de dolor, hi ha mitja història de la literatura universal.



L’escriptor no va demanar auxili a ningú, passà la nit així, dins d’un dolor extrem, sabent que era el cor que fallava, però convençut («El fet és una pura intu­ïció, i la intuïció és molt important», escriu) que aquella no era encara la seua hora. Potser, qui sap si ho va pensar, perquè l’havia d’escriure. De manera que esperà el matí, cridà el metge, i se l’emportaren a una clínica. Alguns mesos després, no solament havia convertit l’infart en una altíssima peça de literatura, sinó que estava en condicions de donar consells a les hipotètiques víctimes, és a dir, a qualsevol lector: «En primer lloc, facin el possible per no tenir cap deute». I a més, no entreu en cap farmàcia, no mengeu gaire, tracteu de tenir alguna forma de riquesa i, si ja heu entrat en el retour d’âge, no tingueu tracte, físic ni mental, amb cap dona, «tot i que en aquesta edat l’erotisme mental és literalment escandalós». Con­sells dignes de la versió més humana, no divina ni heroica, de qualsevol Ulisses definitivament domès­tic. I finalment: «Facin la vida que han heretat: la vida de la civilització, que és l’antinatural». Llegiu llibres, doncs, fins a l’hora mateixa de la mort, que per això alguns tenim el desagraït ofici d’escriure’ls. Per fortu­na, la civilització que hem heretat inclou milers de pàgines de Pla. I de Borges, i d’Homer i de Calvino. I així, quan jo tindré el meu primer infart de miocardi, espere que siga un infart civilitzat i, si pot ser, espere també transformar-lo després en una història escrita. Perquè aquest ofici, quan fins el viatge de la pròpia vida es posa al seu servei, és tan diabòlic que només s’acaba en el mateix infern. O, si és que Déu ens pot perdonar la competència que li fem, en el ben guanyat descans del paradís. Mentrestant, com Calvino, cada dia em dic, per vot i per ofici, que avui ha de ser una jornada productiva. I el cel, recordava Borges, deu ser, per als lectors i els escriptors, la glòria d’una biblioteca infinita: al paradís, llegint, ja no ens avorrirem mai.



* La primera versió d’aquest text va ser llegida al Centre de Relacions Internacionals de la Ruhr-Universität, la primavera del 1999, després que el professor Till D. Stegmann hi llegira una ponència sobre la meua novel·la Els treballs perduts.



[4]

Sobre ídols i tribus / Taula


Introducció ... 7

Primera part. Ã?dols: entre el poder i la cultura

El cercle màgic: sobre el cultiu, la cultura i els fetitxes ... 13

Ciència i consciència: la imatge i l’espai social de la universitat ... 73

El poder, els polítics i els civils ... 95



Segona part. Tribus: terres, identitats, literatura

Sobre el futur de les nacions ... 107

Entre Alalia i la llei: mediterranis ... 159

De la identitat de l’escriptor ... 179


Final. Sobre si el món s’acaba



Un lloc en el temps: el futur ... 205
Re: Cada año hay menos lenguas en la Tierra (Mark Abley)
02 feb 2006
Si la intel·ligència és un dels atributs més consubstancial a l'ésser humà i les llengües i les cultures el producte més destacable de la intel·ligència d'un col·lectiu, no protegir, afavorir i preservar tal patrimoni és tant com obviar la existència dels drets humans.

L'individu com a ésser social i, com a extensió de la seva llibertat personal, ha de poder integrar-se lliurement en aquells col·lectius que consideri convenient. A la vegada, el col.lectiu ha de poder regir els seus destins i pactar lliurement amb la resta.

Mo em demaneu que cregui en tot aquell que no defensi aquest principis tan elementals.
Re: a "article d,en Felix"
02 feb 2006
Ets una mica fascistoide, has comparat les llengües amb l'EURO, per a tu una llengua no és cultura?... darrere de TOTA llengua existeix una manera de pensar i una cultura, la desaparició de les llengües significa DESAPARICIÓ DE PART DE L'HUMANITAT.

Segons la teua opinió, els Castellans van fer molt bé a américa exterminant llengües, pobles i cultures.

Jo, en canvi, abogue pel contrari: hem de mantindre totes les llengües i cultures del món, com?... fem ús d'una llengua internacional apàtrida, lógica i neutral com l'esperanto.

Cada poble la seua llengua.
L'esperanto com a eina comunicativa entre pobles amb diferents parlars.
Re: Cada año hay menos lenguas en la Tierra (Mark Abley)
02 feb 2006
Ahul. La lengua GUANCHE antigua en canarias tambien esta en peligro de extincion por no decir que ha casi desaparecido por culpa de los malditos españoles.pero poco a poco se va recuperando.

Ahul www.azarug.org
Re: Cada año hay menos lenguas en la Tierra (Mark Abley)
02 feb 2006
Si la intel·ligència és un dels atributs més consubstancial a l'ésser humà i les llengües i les cultures el producte més destacable de la intel·ligència d'un col·lectiu, no protegir, afavorir i preservar tal patrimoni és tant com obviar la existència dels drets humans.

L'individu com a ésser social i, com a extensió de la seva llibertat personal, ha de poder integrar-se lliurement en aquells col·lectius que consideri convenient. A la vegada, el col.lectiu ha de poder regir els seus destins i pactar lliurement amb la resta.

Mo em demaneu que cregui en tot aquell que no defensi aquest principis tan elementals.
Re: Cada año hay menos lenguas en la Tierra (Mark Abley)
17 feb 2006
Soy gallego y no entiendo el catalan, me gustaria poder entender estas opiniones pero...
Si cada uno habla en la lengua propia no se pueden extender las ideas tan facilmente
El esperanto no fracaso
18 feb 2006
Es una lastima que tan buen articulo tenga tan mala introducción. El señor Machín llama al esperanto un "sueño fracasado" ¿En qué fracasó?

El esperanto no es ningún fracaso. Es una bien desarrollada lengua con más 2 millones de hablantes en todo el mundo. Más de 100 años de uso muestran que es adecuada para la comunicación internacional. Que nos hace falta un medio internacional de comunicación es obvio. A largo plazo una lengua planeada, como el esperanto, es la mejor solución.

Recuerden que las grandes ideas requieren tiempo para establecerse. La idea del sistema métrico ya tiene más de 330 años, y todaví­a no ha conquistado EE UU, pero eso va a ocurrir!

Sobre el esperanto en la actualidad
http://www.uea.org/info/hispane/ghisdate_hisp.html

Algunos links interesantes:

Compartir un mundo de diversidad (sobre diversidad cultural)
http://www.terralingua.org/OtherPubs/Compartir_un_mundo_de_di.doc

Lenguas internacionales y derechos humanos internacionales
http://www.uea.org/informado/ED37-hispana.html

Un mundo en el que todos se entienden es un mundo mejor
http://2-2.se/es/index.htm

Yo lo uso todos los dias para chatear con gente de todo el mundo! Y aprenderlo es muchisimo mas facil que cualquier otro idioma!
Sindicat Terrassa