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EL pánico ante la página en blanco
22 gen 2006
Cuando se termina de leer un libro, un artículo, en general cualquier cosa impresa uno puede pensar que escribirlo es una tarea sencilla. Todo lo contrario y esto lo sabe cualquiera que se ha enfrentado ante un papel en blanco con la intención de expresar sus ideas. No es una tarea fácil, no lo es en absoluto. Primero hay que encontrar una idea, luego desarrollarla y luego saber plasmarla pero además tiene que considerar el interés que la obra tenga para los futuros lectores.
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EL pánico ante la página en blanco

Mª Cristina Pi Arias â Norton Contreras Robledo

Como en tantas otras ocasiones a lo largo de mi vida, me siento a mi mesa de trabajo, enciendo el ordenador y me preparo para escribir. La pantalla está en blanco, mis dedos sobre las teclas. Una sensación extraña que no logro identificar se apodera de mí. Me incomoda pero intento no darle importancia, me concentro en mi tarea. Mi mente trata de encontrar la combinación de palabras que den vida a mis ideas, pero va pasando el tiempo. Tengo que aceptar la evidencia de que no se como empezar, que no se como escribir lo que quiero expresar, que no sé que quiero decir.
Pruebo a escribir algunas líneas y las releo. No me convencen, no me gustan. El tiempo pasa y la hoja sigue en blanco. Necesito un respiro. Recorro la casa, salgo a la terraza, me siento en la butaca e intento relajarme. Cierro los ojos esperando ese momento mágico en que la inspiración acuda a mí y me susurre al oído... nada. Me remuevo en el asiento, giro la cabeza a un lado, un cuaderno en la mesa, mis manos van hacia el papel y el bolígrafo que siempre esta ahí en espera de ser usado. Comienzo a escribir hasta completar media hoja, pero no es lo que esperaba, no me llega, no me dice nada. Arranco la hoja, hago una pelota con ella y la tiro a la papelera. Me resigno e intento convencerme a mí mismo que no pasa nada, en cualquier momento, cualquier día, volveré sentarme en mi mesa de trabajo ante una hoja en blanco y será como me imaginaba en los días de mi niñez cuando sentado a la sombra de los árboles me veía escribiendo sobre lugares lejanos, contando lo que sentía y lo que veía.
Y es que veces sucede que las ideas no llegan. La mente está en blanco y el escritor se da cuenta de que no sabe que decir, no sabe sobre que escribir. Lo intenta una y otra vez pero nada le parece lo suficientemente bueno o interesante y termina como había empezado. Ante él hay un espacio vacío que espera ser llenado y que es como un enorme agujero negro en el universo de su imaginación.
En el artículo,â? Sobre El Oficio De Escribirâ?, expresábamos la siguiente idea:

â Cuando se termina de leer un libro, un artículo, en general cualquier cosa impresa uno puede pensar que escribirlo es una tarea sencilla. Todo lo contrario y esto lo sabe cualquiera que se ha enfrentado ante un papel en blanco con la intención de expresar sus ideas. No es una tarea fácil, no lo es en absoluto. Primero hay que encontrar una idea, luego desarrollarla y luego saber plasmarla pero además tiene que considerar el interés que la obra tenga para los futuros lectores.â?

Busca ideas en todas partes, casi cualquier cosa puede servir, los periódicos, los programas de televisión, las noticias de la radio, cualquier hecho de la vida cotidiana, la gente de la calle... Todo y nada son interesantes. Los temas actuales están tratados hasta la saciedad, todo lo que se puede decir ya está dicho.
Se pregunta dónde esta la novedad, dónde está lo interesante y al no encontrar respuesta se apodera de él un sentimiento de frustración que va aumentando a medida que va pasando el tiempo y la inspiración no llega. Empieza a invadirle una sensación de fracaso, comienza dudar de su capacidad de escribir. Se pregunta a sí mismo si realmente el escribir es su fuerte, si no se ha engañado a sí mismo. Piensa que su imaginación, su capacidad creadora sólo le alcanzó para ver publicados unos artículos, algunos relatos, cuentos, o poesías. Y ahora se encuentra frente al horror sentido por muchos escritores y escritoras: la hoja blanca y vacía esperando.
Nuevos intentos desesperados por llenar el espacio. Al cabo de unos minutos se detiene, no hay caso, nada se le da, nada le gusta. La historia no le convence, el protagonista del cuento se muere de aburrimiento a la espera de que su creador lo ponga en acción, la poesía queda inconclusa, el artículo no pasó de más de cinco líneas. Piensa que tiene que aceptar la idea de que el oficio de escribir no es el suyo.
No se dará por vencido. En un intento de encontrar las ideas que lo lleven al estado divino de la creación, inicia una búsqueda en el mundo circundante. Pasea por la ciudad en medio de las gentes. Camina por sus calles mirando en los escaparates para ve si refleja la cara sutilmente esquiva de la inspiración. De pronto un presentimiento se apodera de él, se detiene y al mirar hacia una vitrina cree vislumbrar algo . A medida que se acerca, en su alma se acrecienta la sensación de que la ha encontrado. Cuando está lo suficientemente cerca constata con los ojos abiertos por el asombro de que el rostro que se refleja es el suyo. Y es entonces cuando tiene la inevitable certeza de que la inspiración esta en él mismo y que lo que tiene que hacer es sumergiese en el fondo de su alma.

Cristina Pi Arias,Psicóloga-Educadora Social. Norton Contreras Robledo,Comunicador social.

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