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Notícies :: criminalització i repressió
647 鈥淐orredores de la muerte鈥?; 1 solo corredor del crimen
27 des 2005
El 13 de diciembre pasado hasta las agencias internacionales de (des)información se hicieron eco de esta nueva â渃rónica de una muerte anunciadaâ?
El 13 de diciembre pasado hasta las agencias internacionales de (des)información se hicieron eco de esta nueva â渃rónica de una muerte anunciadaâ?: Stanley â淭ookieâ? Williams había sido asesinado en la cárcel de San Quintín, en la bahía de San Francisco y en la California de Arnold â淭erminatorâ? Schwarzenegger, mediante el procedimiento de la inyección letal; tal como lo fueran Kenneth Boyd unos días antes en Carolina del Norte e inmediatamente después John B. Nixon en Mississippi. Poco importó que â淭ookieâ? -un preso escritor de libros infantiles, nominado para los Nobel de la Paz y de Literatura- se transformara en un símbolo con el correr de los años, que dedicara su obra a luchar contra el pandillerismo propio de las grandes urbes estadounidenses y que un clamor popular reclamara rabiosamente su indulto: la inclemencia de la â渏usticiaâ? estadounidense debía ponerse en marcha una vez más; como tantas veces en el pasado y tal cual amenaza hacerlo por lo menos otras 647 veces en el futuro previsible. Sí, 647 condenados -633 hombres y 14 mujeres- aguardan la ejecución de sus sentencias homicidas en eso que la morbosidad criminal de los aparatos de â渏usticiaâ? de los United States of America ha bautizado como â渃orredor de la muerteâ?: un â渃orredorâ? en el que se puede estar durante años y aun décadas, esperando silenciosamente o a los gritos el momento final. Las viscisitudes de esa larga espera son variables pero las últimas 24 horas están sujetas a un riguroso y uniforme ritual.

Casi como si se tratara de una ceremonia mística, a las 18 horas del día anterior a la ejecución, el condenado es trasladado a una celda contigua al lugar en el que habrá de cumplirse la pena. Está previsto que allí sea vigilado continuamente por 3 carceleros; seguramente para evitar el suicidio del â渞eoâ? y preservar esa máxima criminal de que su vida no le pertenece a él sino al Estado. Allí recibirá la visita del sacerdote o, en su defecto, del director de la cárcel; probablemente -¡colmo del sadismo!- con fines de alivio y consolación ante el inminente final; una función que ahora el Estado está dispuesto a compartir con la iglesia. En un gesto de â渕agnanimidadâ? se permitirá que el condenado a muerte seleccione a familiares y/o amigos que estarán autorizados a presenciar la ejecución y a â渁compañarloâ? en ese instante postrero. Esa â渕agnanimidadâ? no se extiende al vestuario: el â渞eoâ? ni siquiera podrá elegir para su muerte la desnudez o la indumentaria que se le ocurra puesto que el Estado ya ha establecido que deberá vestir pantalones vaquero y camisa azul de â渢rabajoâ?. Luego será escoltado hasta la cámara de ejecución y será atado a la camilla mortal: el sentido de lo absurdo ha previsto ahora que su evolución sea seguida por un monitor cardíaco; algo así como el electrocardiograma del asesinato inminente. Y luego, el final a todo orquesta: una dosis de pentotal sódico para lograr el estado de inconciencia; otra de bromuro de pancuronio para detener la respiración; y una última de potasio clorado para que el corazón pueda experimentar -siempre bajo la supervisión del Estado, naturalmente- el último latido. ¿Será ésta la sublime culminación de la civilización y la cultura â渙ccidentalesâ? y â渃ristianasâ??

Decidir sobre la vida y la muerte como expresión extrema de la racionalidad estatal: he ahí la clave de entendimiento. Potestad ésta que todavía hoy 76 Estados se han reservado para sí; nada menos que a 50 años de la Declaración Universal de los Derechos Humanos y como muestra del valor real de este tipo de compromisos cuyo supuesto objetivo era liberar al ser humano de la omnipotencia estatal. Una potestad que un núcleo más reducido y â渟electoâ? aplica incluso desde los 16 años en adelante; en cuyo seno encontraremos, por ejemplo, a Irán, Arabia Saudita, Nigeria, Pakistán o Yemen. Y ¡cómo no! a la mayor potencia bélica de la historia que, no conforme todavía con orientar sus relaciones inter-estatales según las máximas de la â済uerra preventivaâ?, no satisfecho con arrasar y ocupar Afganistán e Irak, no saciado aún con diseminar bases militares aquí y allá, se ensaña también con sus propias gentes. Es casualmente en los Estados Unidos donde la insanía que expresa la pena de muerte no parece tener límites y nada importa la edad o la condición mental a la hora de ser implacable; hasta un punto que no faltan esos mercaderes de la â渟eguridad ciudadanaâ? y la â渢olerancia ceroâ? que incluso plantean extender su aplicación a los menores de 16 años.

Se sabe que la finalidad es puramente simbólica y no se encuentra en otra parte que en la contundencia del â渆jemploâ?. Infinitas veces se ha demostrado que la severidad de las penas no guarda relación alguna con los índices delictivos. Pero ¡no importa! Lo que realmente interesa es la afirmación del poder: esa facultad â渃elestialâ? capaz de imponerse incluso sobre la vida ajena; de disponer por sí y ante sí el comienzo y el fin de todas las cosas.

Se sabe también que la finalidad es reprimir lo marginal, lo distinto, lo peligroso; y es precisamente por eso que en las cárceles estadounidenses la proporción de afroamericanos y de latinos no guarda ninguna relación con las proporciones correspondientes a estos grupos en la población total. Pero ¡tampoco importa! Esa â渏usticiaâ? de la cual se ufanan los Estados Unidos sigue siendo -con sus 2 millones de presos- tan indiferente al movimiento real de la sociedad como en los tiempos en que Spies, Parsons, Engel y Fischer fueran ahorcados o Sacco y Vanzetti llevados a la silla eléctrica.

El menú de opciones -ahorcamiento, silla eléctrica, inyección letal- es objeto de refinamientos, pero la dinámica criminal es la misma. Allí se entrecruzan y refractan el sentido de impunidad, la omnipotencia y la arrogancia con la debilidad, la ineptitud y el miedo. Es el ejercicio del poder ubicado más allá del bien y del mal; la práctica irrefutable de la â渏usticiaâ? divina, asumida ostentosamente y en forma pública. ¿Qué otras barbaries insondables se deslizan en las mentes de los ejecutores, de los responsables intelectuales y del sistema en su conjunto? Porque la sola existencia de la pena de muerte es una denuncia de la sociedad toda; una sociedad preocupada por la acumulación meticulosa de bienes de consumo y por salir expansivamente al encuentro de nuevas fronteras pero que sólo puede demostrar, frente a lo sencillamente humano, un fenomenal desprecio por la vida misma. Estas muertes y las 647 muertes que vendrán sólo merecen de nuestra parte un repudio y un rechazo al que le faltan palabras que puedan dar la nota de su indignación. Nosotros, anarquistas y nacidos en Cuba, queremos gritar hasta la afonía contra estos actos de crueldad y de barbarie; y lo hacemos, seguramente junto a nuestro pueblo, en el preciso instante en que el gobierno de la isla sólo puede convocarse a sí mismo a mantener un ominoso silencio.



¡Salud y comunismo libertario!

Movimiento Libertario Cubano (MLC)

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