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Notícies :: educació i societat
La educacion del Cesar
15 nov 2005
Analisis de la posicion del P.P. Frente la la Ley de Enseñanaza:
Hoy me he sorprendido una vez más cuando he visto las imágenes de unos cuantos miles de personas manifestándose en Madrid en contra de la Ley de Educación que proyecta el gobierno socialista.
Me he sorprendido porque suponía que el deseo de mantener unas prerrogativas injustas e insultantes era algo de tiempos pasados; me he sorprendido porque creía que en este país la gente había aprendido a que ningún gobierno, ningún gobernante y ninguna administración es responsable de las opciones personales de los ciudadanos; me he sorprendido porque creía que este país había crecido y me he dado cuenta de que se ha limitado a envejecer.

¿Qué piden aquellos que se manifiestan contra la nueva ley? ¿Qué solicitan los obispos que apoyan esas manifestaciones? ¿Qué está reclamando el Partido Popular con su adhesión a esas protestas?
Hablan de calidad en la enseñanza, hablan de derechos y hablan de que el Estado no garantiza su libertad de culto y su derecho a una educación cristiana. Una vez más, como ya pasara con la malhadada LOGSE, los defensores de la educación cristiana se ponen la venda en los ojos y sueltan salvas a diestro y siniestro esperando que alguna acierte en el blanco.
No se trata de defender o no la educación vinculada a unos valores religiosos. Se trata de defender una situación de privilegio que ha permitido sobrevivir y medrar a una institución como la Iglesia.
Como las religiones se basan en la fe tienden a cometer errores de bulto con respecto a los datos. Sencillamente, tienden a obviar los datos. Supongo que habrá que recordárselos.
La Iglesia Católica recibe 3.000 millones todos los años del Gobierno Español. 3.000 millones que no recibe la iglesia protestante, la comunidad judía o la comunidad musulmana en España. Independientemente de la presencia que cada una tenga en nuestro país, el resto de las religiones no reciben esa cantidad por un sencillo motivo: no la piden.
Los católicos españoles están acostumbrados a que sea el Estado el que se encargue del mantenimiento de sus templos, de la manutención de sus sacerdotes y de la difusión de sus valores dentro del sistema educativo. Están acostumbrados a que su culto se desarrolle como un estamento parasitario del Estado.
¿Estarían dispuestas esas personas que se han manifestado este fin de semana enarbolando las banderas de la libertad de culto y la libre elección de centro a que el Estado se gastara unos pocos miles de millones en repartir Madrassas o Sinagogas por el territorio español? La respuesta es simple. Por supuesto que no. Ellos no quieren la libertad de culto. Quieren la gratuidad de su culto.
Si los judíos o los musulmanes no piden dinero para sus escuelas coránicas o rabínicas es simplemente porque las pagan ellos mismos. Y eso es algo a lo que deberían acostumbrarse los católicos. Si quieren educación religiosa pueden tenerla. Paguen a sus profesores y enseñen a sus hijos su religión en sus templos, muchos de los cuales, por otra parte, están conservados y mantenidos por el Estado.
El hecho de que los colegios concertados enseñen religión es algo baladí. El Estado no les da dinero por eso sino por el resto de las asignaturas que enseñan, por cubrir las necesidades educativas en zonas a las que la enseñanza pública no llega. Si hay un colegio público a dos manzanas de uno concertado y este puede asumir a los alumnos del concertado, no tiene sentido mantener el concertado, aunque en uno se enseñe religión y en el otro no. Es una cuestión de aritmética. La aritmética simple y justa de un estado laico.
Y como tanto el PP como los obispos y las asociaciones de padres católicos no pueden luchar contra la aritmética del laicismo acuden de nuevo a su ámbito mas venerado para defenderse. Acuden de nuevo a la fe y la negación de los datos para reclamar contra la nueva ley.
Hablan de calidad en la enseñanza y del bajo nivel de la enseñanza pública. Realmente, resulta sorprendente que se atrevan a hacerlo.
El PP ha colocado el nivel de la enseñanza en los estadios más bajos desde los tiempos de Canovas del Castillo, por no acudir a la España medieval.
¿Quién suprimió el latín y el griego de la mayoría de los planes de estudios? ¿Quién eliminó dos años de historia y tres de lengua de la mayoría de las carreras de letras? ¿Quién elimino once lecciones de historia contemporánea del temario de los institutos? ¿Quién redujo la presencia de la filosofía y eliminó los temas sobre las teorías políticas de los temarios de historia de la enseñanza pública?. La respuesta indefectiblemente es siempre la misma: El PP.
Que el Partido Popular se atreva a hablar de la calidad de la enseñanza es tan absurdo como que el piloto del Titanic de una conferencia sobre deriva de cuerpos flotantes en el mar.
El fracaso escolar, el acoso en las aulas, las escasas capacidades de los estudiantes son producto de ocho años en los que lo único que ha preocupado a la Administración Pública era si los colegios tenían o no tenían crucifijos en las aulas.
Es el resultado de maestros agotados y mal pagados, es el resultado de niños aparcados durante horas en los colegios porque sus padres no tenían otro remedio que seguir trabajando ambos durante muchas horas para poder llegar a fin de mes, es el resultado de jornadas de trabajo partidas que impiden a los padres estar con los hijos; es el resultado de un gobierno que pensaba que España iba bien y que rezaba a Dios para que siguiera yendo bien.
Los estudiantes españoles no alcanzan el nivel no por culpa de la enseñanza pública, sino pese a la enseñanza privada y por supuesto a la enseñanza religiosa.
Los que defienden la necesidad de esa educación privada católica y, desde luego, cara obvian el hecho de que ninguna universidad privada española, salvo la de Salamanca, tiene rango en ningún país del mundo. De que los títulos que conceden no otorgan capacitación, por ejemplo, en Estados Unidos. De que sólo están reconocidas las universidades públicas y un puñado de universidades gestionadas por religiosos.
Los que se manifestaron el pasado fin de semana obviaron el hecho de que en âesa educación de calidadâ? que representan al parecer los colegios religiosos, los profesores ganan un 30 por ciento menos que en la enseñanza pública, no existen apoyos psicológicos a los alumnos âa menos que se paguen aparte-, el personal no docente cobra menos de la mitad que en la enseñanza pública y el sistema de selección del alumnado no se hace basado en otros criterios que no sea el económico, es decir, el que paga tiene plaza.
No habrá más calidad porque persista la escuela privada o porque se mantenga el sistema de concertación. Habrá más calidad en la enseñanza cuando nos dediquemos a enseñar lo que tiene que ser enseñado y cuando por fin se separe la educación del compromiso religioso.
Nadie dice que los católicos no tengan libertad para enseñar a sus hijos a serlo, pero que lo hagan ellos, que lo hagan sus sacerdotes y que lo hagan en su tiempo. No en el tiempo que sus hijos tiene para aprender otras cosas ni en instituciones, como los centros reenseñanza, que deben de cumplir otra función.
Todo el mundo tiene derecho a la mejor educación que el Estado pueda proporcionarle. En cuanto a la religión. Todo el mundo tiene derecho a tener la que quiera y a aprenderla en el grado en el que su propio dinero pueda costearlo. Eso es la libertad religiosa.
Al Cesar lo que es del Cesar y a Dios lo que es de Dios.

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