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Comentari :: globalització neoliberal : immigració
Détournement bajo el cielo de París
14 nov 2005
A quien me enseñó lo que es el amor


1.

Coge mi mano con fuerza. Cierra los ojos y déjate llevar. Ten confianza en mí, pero sobre todo ten confianza en ti, en nosotros y en lo que de hermoso pueda quedar en este monstruoso mundo. ¿Notas ya el cuerpo ligero, los pies desanclándose del suelo? Vuela, vuela conmigo. Acompáñame hasta la ciudad más bella del mundo. Acompáñame a la ciudad de los poetas y los bohemios.

A espaldas de los tedios y los vastos pesares,
que oprimen con su peso la brumosa existencia,
feliz aquél que puede, con alas vigorosas,
lanzarse hacia campos brillantes y serenos;
aquél cuyas ideas se elevan, como alondras,
libremente hacia el cielo del claro amanecer;
-sobrevuela la vida y entiende sin esfuerzo
la lengua de las flores y de las cosas mudas.[1]

Ven conmigo a París, la ciudad de los sueños. París donde la Modernidad nació y donde hallará algún día âpronto quizás- su lecho.

Lo moderno tiene que estar en el signo del suicidio, sello de la voluntad heroica que no concede nada a la actitud que le es hostil. Ese suicidio no es renuncia, sino pasión heroica. Es la conquista de lo moderno en el ámbito de las pasiones.[2]

Y en nuestro devenir seamos héroes o al menos tratemos de serlo. Alcémonos sobre las ruinas humeantes de esta ciudad sin dueño. Héroes o villanos, aún podemos elegir, pero me temo que esto es por poco tiempo. ¡Corramos ahora que aún tenemos tiempo!

La noche de los conjurados
todos los bailarines comprendimos el día y la hora
ya que el porqué estaba de sobra justificado
en la inmensa cuantía del sufrimiento humano.[3]

Lancémonos, como fantasmas recorriendo los cielos, a contraviento, volando más alto y mucho más lejos. Fíjate, allá abajo, las hogueras iluminan el camino. No sabemos hacia dónde nos conduce, pero ten presente que sólo hay dos posibles senderos: el que termina en el abismo o aquel que hace realidad los sueños. En cualquier caso, son las hogueras en la que se consumirán los restos de un siglo ya viejo. ¿Qué camino tomarán los acontecimientos? No lo sé, pero ¿por qué no el que nosotros mismos creemos?

Caminante, son tus huellas
el camino, y nada más;
caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.
Al andar se hace camino
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.
Caminante, no hay camino,
sino estelas en la mar.[4]

Ya llegamos. Desciende despacio. A nuestros pies se extiende la ciudad sin nombre, la ciudad indomable, la ciudad que se armará sobre sus ruinas.


2.

¿Te llega el olor de la revuelta? ¿La sientes? Yo también. No se parece a otras. Es cierto. Es odio lo que llevan dentro. Un profundo, hiriente y doloroso odio. Es la furia por no hallar un lugar en este mundo y antes que soportarlo prefieren verlo ardiendo, consumiéndose hasta los cimientos. No les censures, al menos no de momento, pues piensa que el odio lo llevamos todos dentro.

De no haber odiado nunca nada, ¿habría podido jamás amar alguna cosa?[5]

Ha sido el odio el que ha movido el mundo desde hace siglos. El odio contra lo viejo ha hecho nacer lo nuevo. Pero a menudo el odio ha sido ciego, sordo, tremendamente estúpido y sólo ha engendrado más odio, más irracional y violento. ¿Cómo utilizarlo? ¿Cómo hacer crecer lo nuevo sobre lo viejo sin barrer con fuego más que lo que ya estaba ardiendo?

Hay que conquistar la desesperación
más intransigente
para llegar a las formas más duras y más vacías
para construir nuestro castillo[6]

Es necesario que busquemos una respuesta. Hacer hablar a nuestro desencanto. Pero el tiempo se nos acaba. Cada instante que pasa es un eslabón más en nuestra cadena. La herida sigue sangrando y amenaza con hacernos perecer desangrados, sobre el asfalto de esta ciudad de muertos.

- ¡Dolor, dolor! El tiempo nos devora la vida
y el oscuro Enemigo que el corazón nos muerde
crece y se hace más fuerte con la sangre que echamos.[7]

Sigamos, pues, nuestro camino a través de las humeantes ruinas, junto a los coches en llamas, símbolo de una sociedad que consume a sí misma, y tal vez podamos encontrar una respuesta, un posible sentido que nos eleve sobre las ruinas de nuestras vidas.

Para las masas en su existencia más honda, inconsciente, las fiestas de alegría y los incendios son sólo un juego en el que se preparan para el instante enorme de la llegada de la madurez, para la hora en la que el pánico y la fiesta, reconociéndose como hermanos, tras una larga separación, se abracen en un levantamiento revolucionario.[8]

Toma de nuevo mi mano. Vayamos al centro de la revuelta. Tratemos de comprenderla abandónate conmigo en el centro de la tormenta, dejándonos llevar por su furia. Comprender nos debe llevar a recordar para poder elevarnos por encima de la Historia. ¡Sígueme!


3.

Ciudad vieja, mucho has conocido ¿Recuerdas aquellos tiempos que no vivimos? ¿Recuerdas los días de vino y rosas? ¿Recuerdas las miles de lágrimas, tantas como el océano inmenso? ¡Qué bellos días, qué agrios recuerdos!

Papá cuéntame otra vez que tras tanta barricada
y tras tanto puño en alto y tanta sangre derramada,
al final de la partida no pudisteis hacer nada,
y bajo los adoquines no había arena de playa.[9]

Yo también los tengo presentes en mi memoria. Siento su impulso guiándome a lo largo de los avatares de mi existencia, enseñándome a levantarme cada vez que caí. Pero hoy se desvanece la memoria, se disuelve en las mentiras de la historia.

la musa de la historia, Clío, está tan completamente inficionada por la mentira como una prostituta callejera por la sífilis.[10]

La historia nos abandona al porvenir. Huérfanos, pobres hijos de un siglo infecto que puso su semilla sobre la historia para darnos a luz, arrojándonos al vacío, a la nada de un progreso sin miras. Y ahora nos encontramos perdidos, entre una esperanza tímida y el más intenso miedo al futuro.

Algunas claves
del futuro
no están en el presente
ni en el pasado
están
extrañamente
en el futuro[11]

Pero a pesar de todo, hay un futuro que está todavía por escribir, aunque su escritura a menudo nos precede, aún podemos vencerlo, retomándolo en nuestras manos. Pero no nos atrevemos a afrontar la tarea. Nos asomamos a hurtadillas a su puerta porque ya no nos pertenece nos ha sido extrañado, suplantado por el dictado del presente.

En un solo minuto hay tiempo suficiente
para decisiones y revisiones que un minuto más tarde serán vueltas del revés[12]

Ya no cuenta ni el pasado ni el futuro, sólo existe el ahora. Es la señal distintiva de nuestra época. Por eso son hijos de su tiempo. Reivindican su ahora, reniegan de su pasado y no creen en nuestro futuro. Por eso su revuelta nos enseña más sobre nosotros mismos de lo que nos gustaría reconocer.

tanto teme el hombre sin horizontes su muerte que desprovisto de dios cava su tumba[13]


4.

Observa los rostros. Los viejos junto a los nuevos. Son nuevos, sí, y lo son en todos los sentidos, mas⦠¡cuán iguales son ya todos! Tan poco hay que los distingaâ¦

La raza humana es harto uniforme. La inmensa mayoría emplea casi todo su tiempo en trabajar para vivir, y la poca libertad que les queda les asusta tanto que hacen cuanto pueden por perderla. ¡Oh, destino del hombre![14]

Todos -también los que se rebelan- reflejan, en su diversidad, la misma unicidad. La misma nada, la nuestra y la suya, aquí y en todos los lugares. La vida de los hombres ha quedado reducida al pálido reflejo de aquello que debiera ser. Abandonados al hastío, al aburrimiento de lo siempre nuevo, pero falso y por ello estéril y feo.

El tedio de lo constantemente nuevo, el tedio de descubrir, bajo la falsa diferencia de las cosas y de las ideas, la perenne identidad de todo, la semejanza absoluta entre la mezquita, el templo y la iglesia, la igualdad de la cabaña y el castillo, el mismo cuerpo estructural entre ser rey vestido y salvaje desnudo, la eterna concordancia de la vida consigo misma, la inmovilidad de todo lo que vivo sólo de moverse está pasando.[15]

Este sinsentido de la existencia esconde lo más aterrador de nuestro tiempo y explica la terrible indiferencia con la que hemos llegado a asumir la monstruosidad, con docilidad, con absoluta indiferencia. Culpables pero inocentes, sin tan siquiera saberlo. Perdida nuestra capacidad de afrontar la vida, porque parece que ésta carece ya de todo sentido.

A Winston le sorprendía que lo más característico de la vida moderna no fuera su crueldad ni su inseguridad, sino sencillamente su vaciedad, su absoluta falta de contenido.[16]

Parece como si no hubiese ya posibilidad de escapar, ¿dónde podríamos huir? Sólo nos resta plantar cara y luchar. Resistir apegados a nuestra humanidad o arrojar las armas lejos de nosotros y abandonar, llorando, el campo de batalla.

A veces el cielo cambia de color. Siendo negro, se convierte en más negro. Se eleva en un tono como para indicar que lo impenetrable ha retrocedido aún más.[17]

Me has acompañado en este viaje y has escuchado cosas que preferirías que fuesen sólo un sueño, una pesadilla de la que despiertas y recuerdas con una sonrisa: sólo fue sueño. Pero esto no es un sueño, aunque pudiera parecerlo, hemos llegado hasta aquí, hasta el infierno.

Así que esto es el infierno. Nunca lo hubiera creído⦠¿Recordáis?: el azufre, la hoguera, la parrilla⦠¡Ah! Que broma. No hay necesidad de parrillas; el infierno son los otros.[18]

Los otros⦠¿o nosotros mismos en nuestra pérfida complicidad con lo que nos condena? Te he lanzado hasta el infierno, pero no te abandonaré y juntos, tal vez, podamos transformar la pesadilla en dulce sueño. Coge mi mano de nuevo, más fuerte, y prosigamos en busca de algo que nos invite a vivir.


5.

Llegamos, pues, al final de este viaje. La desesperación parece tocar techo y la revuelta se diluye, pues en su esencia está que se evapore, confundiéndose con aquello contra lo que se alzó. Siempre ocurre, como si el ciclo fuese siempre el mismo. Pues nada parece cambiar a lo largo de los tiempos. Toda revolución fracasa por culpa de sus planteamientos.

Ni tampoco el mundo se renueva volviendo a tomar la Bastilla
Yo sé que únicamente lo renuevan quienes viven enraizados en la poesía[19]

¿Puede la poesía ofrecernos algo para construir un mundo nuevo? El poeta es una figura marginal de las revoluciones, pero siempre se le encuentra en ellas. No hay revolución, no hay tiempo ni lugar donde el hombre haya luchado por una vida emancipada, que no haya contado con un aedo, un trovador, un poeta, un luchador de la palabra.

El quiso ser
palabra sobre el río amanecer
y caminó
por viejas esperanzas
que nadie entendió.[20]

Y ahora, en la frontera de lo monstruoso, ante la amenaza de la disolución de aquello que hemos sido, ¿quién sino el poeta? ¿quién podrá alzarnos más allá de los tiempos, recordándonos lo que fuimos, lo que todavía somos?

Si se limpiasen las puertas de la percepción, todas las cosas aparecerían ante el hombre como son: infinitas.[21]

Saltemos hacia el infinito. Tú y yo juntos, con la fuerza de la poesía. Armados con la palabra y protegidos por la armadura del amor. La más gloriosa de las rebeliones, la que se envuelva en el amor infinito, en la palabra, pero revestida de profundo odio; odio hacia quien quiere que dejemos de amar, que dejemos de amarnos, que dejemos de creer en la poesía, que dejemos de ser humanosâ¦

Pero es el amor (lâamour o deseo) lo que produce la transición del pesimismo a la acción; el amor denunciado en la demonología burguesa como la raíz de todo mal. Porque el amor exige el sacrificio de todos los demás valores: el status, la familia y el honor. Y el fracaso del amor dentro del marco social lleva a la revuelta.[22]

La revolución tendrá odio y amor a partes iguales. La revolución será poesía pura. ¡Armemos el odio con amor! ¡Todo el poder para los poetas! ¡Todo nuestro amor y todo nuestro odio para acabar con la sinrazón!

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[1] Charles Baudelaire: âElevaciónâ?, La flores del mal, Obra poética completa. Akal. Madrid. 2003. p. 49.

[2] Walter Benjamin: âEl París del Segundo Imperio en Baudelaireâ?, Poesía y capitalismo. Iluminaciones II. Taurus. Madrid. 2001. p. 97.

[3] Leopoldo María Panero: âContra España y otros poemasâ?, Poesía Completa, 1970-2000. Visor. Madrid. 2001. p. 403

[4] Antonio Machado: Proverbios y cantares. El País. Madrid. 2003. pp. 16-7.

[5] Robert Walser: âNiños y casitasâ?, La habitación del poeta. Siruela. Madrid. 2005. p. 55.

[6] Leopoldo María Panero: âTeoríaâ?, Poesía Completa, 1970-2000. Visor. Madrid. 2001. p. 92

[7] Charles Baudelaire: âEl enemigoâ?, Las flores del mal. p. 61.

[8] Walter Benjamin: âSombras brevesâ?, Discurso interrumpidos I. Taurus. Madrid. 1987. p. 149-150.

[9] Ismael Serrano: âPapá cuéntame otra vezâ?, Atrapados en azul

[10] Arthur Schopenhauer: âMetafísica de lo bello y estéticaâ?, La lectura, los libros y otros ensayos. Edaf. Madrid. 1996. p. 86.

[11] Mario Benedetti: âConjugacionesâ?, Viento del exilio. Visor. Madrid. 2001. pp.28-9.

[12] T. S. Eliot: âLa canción de amor de J. Alfred Prufrockâ?, Prufrock y otras observaciones. Pre-Textos. Valencia. 2000. p. 35.

[13] Tristan Tzara: El hombre aproximativo. Visor. Madrid. 2001. p. 69.

[14] J. W. Goethe: Penas del joven Werther. Alianza. Madrid. p.24

[15] Fernando Pessoa: Libro del desasosiego. Acantilado. Barcelona. 2005. p. 137.

[16] George Orwell: 1984. Círculo de Lectores. Barcelona. 1983. p. 71.

[17] Maurice Blanchot: El último hombre. Arena Libros. Madrid. 2001. p. 76-77

[18] Jean-Paul Sartre: âA puerta cerradaâ?, La puta respetuosa. A puerta cerrada. Ediciones Orbis. Barcelona. 1983. p. 186.

[19] Guillaume Apollinaire: âPoema leído en la boda de André Salmonâ?, Alcoholes. Hiperión. Madrid. 1997. p. 103.

[20] José Antonio Labordeta: âEl poetaâ?, Dulce sabor de días agrestes. Huerga & Fierro. Madrid. 2003. p. 132

[21] William Blake: El matrimonio del cielo y el infierno. Cátedra. Madrid. 2002. p. 93.

[22] âManifiesto de los surrealistas a propósito de La Edad de Oroâ?, citado por Dawn Ades: El Dadá y el Surrealismo. Labor. Barcelona. 1975. p. 54-55.
Mira també:
http://fcuatrocincouno.blogspot.com

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