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Notícies :: @rtivisme : globalització neoliberal : educació i societat
Dia Sin Compra 2005
01 nov 2005
El 25 de Noviembre se celebra este año el Día sin compra, una jornada de reflexión sobre la sociedad de sobreproducción y sobreconsumo en la que estamos inmersos. Como en el año pasado, desde Ecologistas en Acción estamos organizando distintas actividades (Ciclo de cine anticonsumista, Debates, talleres de contrapublicidad, proyección de videos sobre el consumo, trueque, teatro, conciertos de música). También hemos preparado algunos materiales para difundir, como el documental Gran Superficie o el Cederrón didáctico. Si quieres participar, organiza actividades en tu ciudad y aporta todo el material que puedas.
Un día para no comprar

A medida que se aproximan las fiestas navideñas, el comercio, y los medios de comunicación, lanzan sobre los ciudadanos la consabida ofensiva consistente en repetir, hasta la saciedad, mensajes de paz, de amor, y, sobre todo, de consumo. A nuestras obligaciones de ser felices, bondadosos, solidarios, entrañable-mente familiares, alegres y divertidos, se une la más sagrada de todas, la de comprar.

La celebración de la Navidad y el ir de compras se han convertido, en nuestra sociedad de consumo, en actividades complementarias cuando no sinónimas. La publicidad se ocupa de hacernos ver la necesidad de participar en estas fiestas, de convertirnos en protagonistas de los acontecimientos. Se nos trasmite la idea de que si no participamos, somos insolidarios, inhumanos, egoístas, aburridos, en definitiva, aguafiestas. Y ¿cuál es la mejor (cuando no única) forma de participar?, muy fácil, consumiendo, comprando.

La lista de compras navideñas imprescindibles resulta, cada año, más exhaustiva: alimentos para comidas y cenas especiales, bebidas, participaciones en juegos de azar, adornos para el hogar, ropa y complementos para que luzcamos elegantes los días más señalados, regalos para todos y para casi todos los días, juguetes, entradas para fiestas, conciertos y demás saraos... El número de necesidades se multiplica, y parece que quisieran concentrarse en unas pocas semanas del mes de diciembre.

A la vez que la lista de compras obligadas se alarga, asistimos a una curiosa anticipación de las navidades. Antaño, la fiebre consumista arrancaba el día del sorteo de la lotería extraordinaria de Navidad, sobre el 22 de diciembre. Ahora el frenesí comprador empieza al finalizar noviembre, si no antes: VISA nos anima a adelantar la fecha de inicio, por razones evidentes.

Buy Nothing Day: un día para no comprar

El de España no es un caso aislado. Todos los países desarrollados protagonizan en esos días la misma orgía hiperconsumista. En Estados Unidos la señal de partida para desatar el desenfreno de un consumo sin medida coincide con una de sus fiestas nacionales, el día de Acción de Gracias, que tiene lugar a finales del mes de Noviembre. Desde hace algunos años, diversas asociaciones ciudadanas convocan, precisamente en esas mismas fechas, un día para no comprar nada. El Buy Nothing Day es algo parecido a un día de huelga del consumidor, una operación de boicot no contra un producto o una empresa concretas, sino contra la sociedad de consumo en general. La propuesta consiste en escapar de la corriente consumista que las empresas y los publicistas nos imponen tanto en Navidad como en el resto del año. Para ello se invita a toda la población a no acudir a comercios y grandes almacenes, reducir al máximo las compras de esa jornada, limitándolas a lo realmente necesario, o incluso anularlas, y salir a la calle para denunciar un sistema socioeconómico injusto, alienante, y ambientalmente insostenible.

Esta iniciativa tiene su origen en 1992, en Canadá. Un trabajador del mundo de la publicidad -Ted Dave- fue quien desde su lugar de trabajo lanzó la idea contra el constante bombardeo del sobreconsumo. Su lema fue: “lo bastante es suficiente?. Desde entonces cada año son más los países que se suman a esta idea. Este año, activistas de 14 países (Alemania, Holanda, Inglaterra, Irlanda del Norte, Australia, Nueva Zelanda, EE UU, Canadá, Bélgica, Eslovenia, Polonia, Finlandia, Noruega y España) realizarán diferentes acciones callejeras, para reflexionar sobre nuestra conducta consumista. El calado entre la población de los diferentes países es aún muy diferente, pero parece que cada vez son más los ciudadan@s de las naciones desarrolladas que están hart@s del modelo de consumo imperante. No es de extrañar.

Las formas en que las diversas organizaciones de los distintos países se manifiestan este día, son muy variadas: creando zonas libres de tiendas; haciendo representaciones teatrales donde marcianos visitan nuestro planeta y alucinan con el comportamiento de l@s terrícolas; repartiendo información o bien montando un Túnel de la Felicidad, un laberinto que en su recorrido incita al consumo hasta llegar al final y encontrarnos con las consecuencias negativas de la desaforada locura consumista.

Las razones

El modelo de consumo en el que estamos instalados, homo-geneizador, despilfarrador, cínico e individualista, contribuye, de forma decisiva, al mantenimiento de una situación social y ambiental poco o nada sostenible. En este modelo los medios de comunicación de masas representan un papel fundamen-tal, pues actúan como cajas de resonancia de la publicidad. La situación resulta especialmente dramática en la TV cuya de-pendencia de los anunciantes es prácticamente completa. Ya sea en forma de spot publicitario, ya sea dentro de los componentes de su programación, la televisión nos vende continuamente la idea de que la felicidad se logra en un mun-do virtual al que acceder a través de nuestra tarjeta de crédito.

El espacio urbano también se encuentra impregnado por la sociedad consumista. Las calles de nuestras ciudades se transforman en escaparates de franquicias y transnacionales: podemos comprar el mismo donut o la misma camiseta en Madrid, en Roma, en Nueva York o hasta en Pekín. El ocio y las comunicaciones tampoco están exentos de los patrones dominantes en nuestra sociedad. Vemos las películas que las grandes productoras y distribuidoras de Hollywood quieren que veamos, compramos teléfonos móviles para ser libres y porque lo importante es hablar, aunque no tengamos nada que decir, y cada vez nos resulta más difícil divertirnos o pasar nuestro tiempo sin consumir, sin comprar.

Nos resulta complicado descubrir el origen de nuestros alimentos, de nuestros vestidos, de decenas de objetos cotidianos, y cuando alguien nos los muestra muchas veces preferiríamos seguir en la ignorancia. Aunque las altas instancias se empeñan en hablar de desarrollo sostenible, de ayuda humanitaria y de solidaridad, lo cierto es que el sistema imperante no hace otra cosa que ahondar en las diferencias entre ricos y pobres devastando por el camino a la naturaleza y al ser humano. Resulta difícil digerir que, por ejemplo, para que la economía estadounidense vaya bien, para que Wall Street obtenga beneficios, sea necesario que aumente el número de parados. No es fácil admitir que grandes empresas se expandan a costa de la ruina del comercio tradicional, que se apropien del espacio urbano, y que impongan costumbres y actitudes.

La gente comienza a estar cansada, y busca un espacio para rebelarse contra el sistema establecido. El Día sin Compra no es una revolución, pero sí es uno de esos espacios en los que la ciudadanía busca un hueco para expresar su rabia y su impotencia.
Mira també:
http://www.letra.org/spip/article.php?id_article=658

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Comentaris

Nuevo producto Super-fluo
01 nov 2005
super_fluo.jpg
Y en el sexto día, el hombre hizo el marketing
Isidro Jiménez

Luego dijo el hombre, "hágase el marketing", y el hombre hizo el marketing. El séptimo día, como vio que era bueno, descansó. Existe en los neoliberales una tendencia a narrar en términos tan mágicos (tan divinos) la llegada de las técnicas modernas de mercado basadas en la comunicación. Dice Fernando Trias de Bes, por ejemplo, que "el marketing tan sólo trata de comprender las necesidades de los consumidores para así servirles de forma más competitiva, y que la oferta, en juego libre, se defina conforme a lo que se demanda" (1). Ya decía Adam Smith que ese "juego libre" y la búsqueda del beneficio económico particular deben dar como resultado el libre mercado. Una mano invisible, como si de una tendencia natural se tratara, lograba el milagro: "Al buscar su propio interés, el hombre a menudo favorece el de la sociedad mejor que cuando realmente desea hacerlo" (2).

Antes que Adam Smith, algunos filósofos modernos como Hobbes, Locke o Rousseau imaginaron una ley natural que gobernaba a los hombres cuando aún no existía la sociedad política. En aquel tiempo, pensaban, cada individuo lucharía libremente por sus propios intereses en condiciones de semejanza. Para Rousseau sería justamente esta condición la que, en cuanto pone en peligro a todos los hombres, les lleva a asumir, de forma individual y voluntaria, la necesidad de un contrato social que estipule jurídicamente los derechos y deberes de cada uno. Hasta entonces, dice Locke, cada hombre es juez de los demás, puesto que los deberes sólo son propios de la sociedad política.

Cuando Rousseau escribe El contrato social, el "naturalismo" de las leyes está por entonces en pleno auge, gracias entre otras cosas al éxito que tuvo una renovada teoría del derecho natural en el siglo XVII (sobre todo por parte de Hugo Grocio y Samuel Pufendorf). También una todavía recién nacida ciencia moderna ejerce influencia en este sentido, con la búsqueda de ese orden natural de lo real a través del método hipotético-deductivo de Galileo. La naturaleza, en definitiva, pasa por ser un elemento comodín que imprime necesidad a lo que no pudo deberse al hombre y justifica tradiciones y regímenes a los que no basta el protectorado de Dios.

Ese orden natural, previo a la sociedad política, ha sido heredado por multitud de construcciones teóricas, como el liberalismo ilustrado o el antigubernamentalismo del siglo XVIII. Los atigubernamentalistas, precursores teóricos del anarquismo, veían el gobierno como un agente perturbador para las leyes de la naturaleza (ajenas a los deseos y arbitrariedades humanas y más que suficientes para regular todos los asuntos sociales y políticos): "Gran parte del orden que reina en la humanidad no es efecto del gobierno. Tiene su origen en los principios de la sociedad y en la constitución natural del hombre. Existía antes que el gobierno, y existiría si se aboliera el formulismo del gobierno", decía Thomas Paine (1737-1809).

Los antigubernamentalistas, exponentes de la creciente aversión ilustrada al institucionalismo gubernativo (en el mismo Rousseau, pero también en otros como Voltaire, Diderot, Maréchal, Lessing o incluso Jonathan Swift), ubican las leyes naturales definitivamente en la sociedad constituída, y pasan a hablar de un orden natural que la regula de forma previa a todo gobierno de hombres. Por encima de legisladores y gobernantes, los beneficios de este orden, necesario e intrínseco a la sociedad, son evidentes.

Hoy, el gran protagonista del libre mercado, la empresa transnacional, ha conseguido justamente poner en duda el poder gubernamental. "Se ha convertido en el factor individual que más ha erosionado la exclusividad territorial de los Estados como ’contenedores de poder’", dice el sociólogo Giovanni Arrighi (3). Parece, es cierto, que las grandes empresas transnacionales necesitan el papel gestor, legitimador y militar de los Estados, pero la progresiva liberalización de todo lo liberalizable y la espectacular presencia de unas pocas macroempresas en cada sector han empequeñecido el papel gubernamental como nunca antes.

Y eso justamente, sabemos ya hoy, quiere decir "libre mercado": no mercado entre iguales o entre agentes con la misma libertad, sino mercado sin reglas gubernamentales que pudieran equilibrar las enormes y crecientes desigualdades existentes entre los participantes. Paradójicamente, las regulaciones que más afectan al mercado actual son las que salvaguardan los mercados de las grandes potencias con aranceles de importación, subvenciones proteccionistas, apoyo a las divisas y diversas ayudas institucionales que mejoran la competitividad de sus empresas. El enfrentamiento mundial se da en condiciones tan desiguales en su base que hasta las grandes corporaciones pueden permitirse el lujo de soñar en un escenario libre de Estados. Decía Carl A. Gerstacher, presidente de Dow Chemical que siempre había querido establecer la sede social de su empresa en una isla "no sometida a sociedad o nación alguna": "Si estuvieramos radicados en tal territorio verdaderamente neutral, podríamos operar en los Estados Unidos como ciudadanos estadounidenses, en Japón como ciudadanos japoneses y en Brasil como brasileños sin ser gobernados en primer término por las leyes de los Estados Unidos..." (4).

Es, en definitiva, el sueño de la ley natural aplicado al mercado capitalista. El mismo que alimenta el mito de la utilidad social del marketing: éste, diseñado por el hombre para satisfacer las necesidades humanas con la oferta del libre mercado, sería el engranaje que permite el correcto funcionamiento (autónomo, libre) del sistema. Alrededor de la psicología del consumidor han aparecido múltiples distinciones (como carencia-necesidad-motivación-deseo), que en muchos casos pretenden salvar una necesidad utópica y originaria del individuo, anterior a lo social y que emana del sujeto con la suficiente fuerza como para justificar cualquier tipo de mercado existente.

Pero hoy sabemos que esas necesidades no son naturales, como mínimo siempre estuvieron mediadas por la sociedad (el hombre es un animal político; politikòn zoon, decía Aristóteles) y nadie mejor que un profesional del marketing para saber lo sencillo que es, no sólo generar nuevos satisfactores (formas de satisfacer las necesidades básicas), sino aún de alterar y reinventar las necesidades mismas (el teléfono móvil, por ejemplo, no sólo modifica los hábitos de telecomunicación sino que reconstruye patrones básicos de las relaciones sociales que afectan a nuestra forma de entender el espacio y el tiempo).

Hace mucho que a las empresas adecuar la oferta a la demanda les sabe a poco y prefieren construir directamente la demanda. Phil Knight, presidente de Nike, decía: “Durante años creíamos ser una empresa productora y por eso dedicábamos todo nuestro esfuerzo a diseñar y a fabricar productos . Pero, ahora hemos comprendido que lo más importante es comercializar nuestros artículos. Ahora decimos que Nike es una empresa orientada hacia el marketing y que el producto es nuestro instrumento más poderoso de marketing? (5). Sin ninguna fábrica de zapatillas (este proceso recae ahora en otras empresas), Nike ha conseguido que su logo sea uno de los más tatuados en EEUU, que cualquier niño aspire a ser un deportista bajo su patrocinio, que en los barrios más marginados de todo el mundo sus zapatillas valgan más que la vida. El sexto día, el hombre hizo el marketing. Y el séptimo, Nike descansó.

Notas:

(1) Junio 2005. El País Semanal.

(2) Adam Smith, "La Riqueza de las Naciones", Libro IV, Cap. 2.

(3) El largo siglo XX. pág 94. Akal, 1999.

(4) citado por Arrighi.

(5) Naomi Klein. No logo. El poder de las marcas. Paidós. 2001.

Isidro Jiménez
ConsumeHastaMorir
Junio, 2005
Mira també:
http://www.letra.org/spip/article.php?id_article=632

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