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Nos están engañando
01 nov 2005
Hace unos meses mi novia quería comprarse el DVD o el CD del musical âEl fantasma de la óperaâ?. Para decidirnos valoramos qué ofrecía cada uno. Por una parte, el DVD constaba de dos discos, el primero con la película doblada y subtitulada en castellano y en inglés y el segundo con el tráiler, un documental, material eliminado, información sobre el equipo, galería fotográfica, etc., todo ello, en estos momentos, por 11,95 euros. El CD, sin embargo, sólo ofrecía la banda sonora en la versión en castellano, probablemente con un libreto con información, por 19,95 euros. Como es lógico, se decidió por el DVD que, por 8 euros menos, ofrecía mucho más. No sé la razón por la que sucede eso, pero la contradicción es muy, muy grande y es un síntoma de que el mundo discográfico no va por buen camino y seguramente el cinematográfico sí que sabe atraer y ganarse un poco más a sus clientes, a pesar de las campañas que están promoviendo, similares a las de las editoras de discos.
Boicot y engaños

Quizás deberíamos boicotear a la mayoría de empresas que pueblan el universo, pero, aunque nos lo propusiéramos, es imposible atacar a todo lo que es injusto. Si lo hiciésemos tendríamos que ir con taparrabos por la calle, caminaríamos a todas partes, cultivaríamos nuestras patatas y sandías y cazaríamos como lo hacían nuestros antepasados. Los boicots son un medio para presionar y hacer valer nuestra voz como consumidores. Son efectivos si los sigue una buena parte de la población, pero es muy difícil mantener unos principios realmente firmes y sobrevivir al mismo tiempo, sobre todo cuando afecta al bolsillo, como es en el caso de la comida.

Da rabia, pero en un mundo en el que las empresas hacen lo posible para engañarnos a costa de lo que sea, uno se ve obligado a elegir no el mejor producto, sino el menos malo de los engaños. Como en las manifestaciones, siempre hay manipulación, sólo hay que elegir qué manipulación te desagrada menos y atacar las que más repulsa te causan.

Esto pasa con casi todo, pero con lo que más podemos jugar es con lo que no nos es necesario para sobrevivir. Y la música, aunque muy gratificante, es carne de boicot por no ser vital. No tenemos por qué dejar de comprar música para siempre, pero podemos ser selectivos y no favorecer engaños que llegan a ser auténticas burlas.

Además, tenemos que recordar (una vez más, hasta que la gente se entere) que cuando compramos un CD la mayor parte del dinero va a parar a manos de la discográfica. Los músicos, los que se lo trabajan, ven muy poco dinero de lo que pagas por él. Nunca he podido averiguar cuánto cobran (entre tanta burocracia intermediaria los números se disuelven y además tampoco parecen saberlo o querer hablar de ello), pero por cada disco el grupo como bloque se lleva uno o dos euros. Por todo esto, no sientas remordimientos por no comprarlo. La próxima vez que haya un concierto al que puedas ir, paga por el concierto y compra alguna camiseta. Así le habrás recompensado con creces.

Las condiciones

Para que yo pague por un disco de música tienen que cumplirse ciertas condiciones que me sirven de guía contra engaños.

En primer lugar, tengo que tener el dinero. Puede parecer una tontería, pero los precios no son precisamente baratos. En una sociedad en la que los precios suben exponencialmente y los sueldos âhormigativamenteâ?, uno se plantea si comprarse música tan cara es asequible. Además, si en los Estados Unidos han condenado a ciertas discográficas por inflar los precios, aquí por narices los precios también están inflados. Sabiendo eso me dan ganas de no comprar nada, pero bueno, imaginemos que es el CD de Bebe, que me gusta mucho, y que me lo quiero comprar de todas formas.

En segundo lugar, tengo que haber escuchado el CD entero, ya sea porque me lo he bajado mediante P2P o porque me lo ha dejado alguien, aprovechando en los dos casos el derecho de copia privada que nos otorga la LPI en el punto 1.2 del artículo 31 del capítulo II. ¿Por qué tengo que comprar algo que no conozco? Si no me gustan la mayoría de las canciones no me lo compraré. En el caso de Bebe me gustan todas.

En tercer lugar, el CD me tiene que ofrecer un valor añadido. Ese valor añadido en parte me lo da el hecho de estar con una cajita mona con carátula y demás. La música en sí, como información en un CD, tiene poco valor. En la actualidad cualquiera puede grabarla después de bajársela. Por tanto, la mejor calidad de sonido, el libreto con las canciones, incluso a veces traducidas, y el diseño son cosas que invitan a comprar y de hecho son las únicas aparte del remordimiento que siente mucha gente por temor a que sus artistas preferidos no coman como es debido.

Todos tenemos agua en casa, pero muchos la compramos embotellada, sobre todo en las grandes ciudades y en la costa, donde está llena de cal. Muchas distribuciones de GNU/Linux están en Internet, pero muchos las hemos comprado por diversas razones. La red de redes hace que la información sea libre (tanto como nos dejan), pero la comodidad es un valor añadido que se paga. En cualquier caso, hay que ser críticos y ver si vale la pena pagar por un booklet en forma de díptico donde sólo aparecen los créditos y el copyright. Todo depende del precio y de lo que ofrezca el disco.

En cuarto lugar, el CD en sí debe tener algo que me atraiga, ya sea algún vídeo, algún código para obtener extras... si en la música no hay âservicio técnicoâ? como en el software libre, que por lo menos nos den algo que no podamos obtener por Internet o que cueste más bajárselo y recopilarlo que comprárselo. Ãltimamente pienso si no sería buena idea añadir una pista de datos con las canciones en mp3 listas para pasar al reproductor mp3 y a las redes P2P. Es un servicio al comprador y una manera de difundir las canciones, que en definitiva es lo que más le interesa al artista.

Respecto a esto hace poco David Bravo informaba sobre una estrategia del grupo El canto del loco que consistía en ofrecer una serie de conciertos con poco público, para fans. La condición para conseguir hasta cuatro entradas era haber comprado el último disco. Ante esto han surgido dos perspectivas. La que lo ve como una discriminación para los que no se han comprado el disco y la que lo ve como un valor añadido, una recompensa a los fans, un estímulo para promocionar un producto. Está claro que si para ir a todos los conciertos uno tuviese que demostrar que ha comprado el disco, pensaría que el grupo está idiota, pero no es el caso. Dejando aparte gustos musicales, el último CD de ese grupo tiene muchas cosas que invitan a comprarlo y pienso que siguen una estrategia que se debería aplaudir, aunque las afirmaciones que hagan en los medios de comunicación son tan nefastas como las de la mayoría de los artistas españoles.

Por supuesto, hay artistas que no se pueden permitir un CD de tanta calidad, pero siempre que el precio sea acorde a lo que se ofrece, uno debe considerar comprárselo. Yo aún tengo por casa algunas cintas de cassette como el álbum âDesde niño/aâ?, de Kuero, en el que ponían âNo pagues + de 400â?. La cinta no tenía nada, pero venía con un fanzine en el que explicaban muchas cosas sobre las canciones. 400 pesetas era un precio más que razonable y aún lo conservo con gran cariño como recuerdo de un concierto de ellos al que fui y como reliquia tecnológica.

Pero aún queda una condición. Todo lo anterior se puede cumplir. Puedo considerar que el precio es razonable, puedo haberlo escuchado, el CD me puede ofrecer un booklet de calidad y extras que valgan la pena, pero si el DRM se pone por medio NO ME LO COMPRO NI DE COÃA. El DRM o âDigital Rights Restrictions Managementâ? es una infección que ha comenzado poco a poco, pero que pronto será una auténtica epidemia. La gestión de restricciones digitales no favorece a nadie y aunque nunca me ha supuesto un problema para copiar los CD en GNU/Linux, me niego a favorecer una práctica que restringe derechos que por ley me pertenecen. La primera regla de todo internauta debe ser âNo compraré nada, absolutamente nada, que lleve DRMâ?. Como fan de Bebe que soy desde que me bajé su disco de la mula, me quería comprar su maravilloso álbum, pero cuando vi que tenía sistema anticopia lo dejé en la estantería. Ya aprenderán. Lo siento, Bebe, te lo tendrás que comer. Yo, mientras tanto, iré a sus conciertos y seguiré escuchando su música en el CD grabado que tengo en casa.

El precio justo

No estoy pidiendo que nos den más de lo que nos merecemos, sino lo que es justo. ¿Cuál es ese precio? Depende de lo que nos ofrezcan. A veces el impulso nos lleva a comprar cosas que si razonásemos veríamos que son un auténtico robo. Por suerte el consumidor en muchos casos se ha dado cuenta. Lo malo es que dejar de comprar alimenta la rabia de las discográficas, que atacan aún más a sus clientes mediante leyes y campañas criminalizadoras. Como leí de alguien hace tiempo, lo importante es la discriminación positiva hacia lo que es justo, ya que a veces es muy difícil prescindir totalmente de lo que es injusto.

En cualquier caso, el engaño a la larga se paga caro, sobre todo si hay alternativas (legales de momento), informamos a los de nuestro alrededor y colaboramos en grupos de presión.
Mira també:
http://www.culturaylibertad.bitacoras.com/

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Sindicat Terrassa