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Anàlisi :: corrupció i poder
El viejo Epicuro es un gran amigo para malos tiempos
18 set 2005
El viejo Epicuro es un gran amigo para malos tiempos

Nadie sabe qué piensan las sardinas sobre la libre competencia, pero es seguro que los tiburones la encuentran maravillosa. La verdad se vende por tamaños. Lo curioso es que, a la vez que nos invitan al banquete mutuo, nos recetan amar al semejante. ¿Cómo? El predicar la fraternidad humana y promover la competencia es tan tierno como acariciar al prójimo con la manopla invisible del mercado. No importa; ahora, casi todos creen en la lucha y entran, enanos y alegres, en la NBA de la «globalización» —que es tierra de gigantes—, aunque les den con las reglas del juego en las manos. Competir, engullir, deglutir: tres funciones diarias, como en los viejos cines. ¿Cuál fue el «idiota latinoamericano» que dijo: «Nadie ama más que quien da la vida por sus amigos»?
Tuvo que ser un griego quien nos enseñase que hemos venido a ser dichosos en este mundo (no en otro), y que la felicidad se alcanza con el dominio de las propias ambiciones y con la amistad magnánima. Epicuro lo enseñó; es el profeta de una Arcadia fraternal, promesa de luz sobre la que el fin del siglo XX cae como un telón de piedra negra.

El latino Lucrecio dijo bien en De la naturaleza, el mayor poema filosófico de la historia (la espléndida traducción es de Francisco de Quevedo):

Murió el mismo Epicuro, fenecido
el curso de su vida, el que en ingenio
todo el género humano aventajaba;
como el Sol celestial a las estrellas,
a todos los demás obscurecía.
Grosera ironía es que el más virtuoso y sobrio de los griegos sea conocido hoy como un payaso intemperante, terminator de almuerzos y depredador del sexo. En realidad, Epicuro (341-270 a C.) nos invita a una filosofía que acabe con los terrores infundidos por las religiones y la muerte, y que haga, de los humanos, seres poderosos ante la adversidad y satisfechos con la sencillez.

Para Epicuro, todo es materia, incluso el alma personal, formada de átomos sutiles. Nada hay tras la muerte; por esto no debemos temerla, y menos creer en póstumos tormentos.

Él imagina que los dioses griegos viven en el espacio estelar, virtuosos e indiferentes a nosotros. Son tan serenos que casi no existen: «Dioses que moran más allá del ruego», como escribió Jorge Luis Borges («Susana Soca», El hacedor). No nos oyen ni nos gobiernan; entonces, es absurdo temerlos o implorarles favores. Sin conexión en las alturas, se acaba también el celestial oficio de los sacerdotes.

De tal manera, los seres humanos estamos solos ante nosotros mismos, y moralmente seremos lo que queramos ser. Necesitar un policía divino para portarse bien, es prolongar la infancia. (Los que no requieren de un dios para ser virtuosos, son la desesperación de los creyentes.). Casi con una sonrisa, Epicuro resuelve el problema del «silencio de dios», que tanta teología y existencialismo doliente ha producido.

Es posible que Epicuro haya creído sinceramente en los dioses griegos; en todo caso, después del asesinato ritual de Sócrates, proclamarse agnóstico en Atenas habría sido como elegir ser negro en Alabama.

Epicuro contempló, horrorizado, la descomposición política de Grecia, manchada de tiranías y guerras. Ajeno a los grupos de poder, el sabio no encontró el modo de remediar el mundo (no lo había) y se retiró de él. Compró un terreno en Atenas y lo llamó el «Jardín». Allí enseñó hasta que le llegó la muerte.

Durante muchos años, el Jardín fue una utopía caminable, de tamaño natural, de la que salieron generaciones de filósofos. Fue la única escuela griega que admitió a esclavos y a mujeres porque, para el maestro, todos los seres humanos son iguales mientras practiquen la virtud. Los griegos eran educados en la competencia rapaz, pero Epicuro dijo: «Para nada necesita [el sabio] de cuanto entraña luchas competitivas». (Para los padres que ansían un vástago gerencial y ganador, un hijo poeta es el justo castigo.) Adelantándose a Jesús, añadió: «Por un amigo, [el sabio] llegará a morir si es preciso».

Epicuro enseñó a despreciar la riqueza, la fama, el poder y toda forma de dominio sobre los demás. Nadie ha nacido para gobernar, y nadie necesita poseer más cosas que otros. Muertas las angustias del infierno, la política (otro infierno), el dinero y la gloria, nacerá una sociedad perfecta.

Ahora bien, conformarse con lo suficiente es fácil si nadie posee de más; de lo contrario, es tonto. ¿Predicar a los miserables que no sean golosos con las piltrafas? La trampa de las filosofías de la moderación está en hacer que las aprendan primero los pobres.

En realidad, la de Epicuro es una filosofía orientada a la resistencia. Es una receta magnífica para después de una derrota y para cuando no se ve una forma de vencer. Así, por ejemplo, el epicureísmo es un anillo de oro digno de las manos que lucharon por un mundo más justo, y perdieron.

De esa aventura quedan los amigos —que son los recuerdos en persona— y la briosa pasión de aprender. Cuando se ha perdido la esperanza de un mundo mejor, para no caerse, la vida necesita apoyarse en la amistad. «Sin un amigo, la existencia es un devorarse de leones y lobos», escribió el sabio.

Epicuro es el gran hermano de los jóvenes que, después de haber pretendido cambiar el mundo, pueden ostentar hoy la victoria de no haber cambiado ellos mismos. «¿Por qué los llamáis epicúreos? Ellos pertenecen al mundo entero» (Séneca, Epístolas morales).

Víctor Hurtado Oviedo

Epicuro de Samos(341-271 a. C.)
Fragmentos de dos cartas de Epicuro


Carta a Meneceo (Fragmento)
Parte de nuestros deseos son naturales, y otra parte son vanos deseos; Pues actuamos siempre para no sufrir dolor ni pesar, y una vez que lo hemos conseguido ya na necesitamos de nada más.
Por eso decimos que el placer es el principio y fin del vivir feliz. Pues lo hemos reconocido como bien primero y connatural, y a partir de él hacemos cualquier elección o rechazo, y en él concluimos cuando juzgamos acerca del bien, teniendo la sensación como norma o criterio. Y puesto que el placer es el bien primero y connatural, no elegimos cualquier placer, sino que a veces evitamos muchos placeres cuando de ellos se sigue una molestia mayor. Consideramos que muchos dolores son preferibles a los placeres, si, a la larga, se siguen de ellos mayores placeres. Todo placer es por naturaleza un bien, pero no todo placer ha de ser aceptado. Y todo dolor es un mal, pero no todo dolor ha de ser evitado siempre. Hay que obrar con buen cálculo en estas cuestiones, atendiendo a las consecuencias de la acción, ya que a veces podemos servirnos de algo bueno como de un mal, o de algo malo como de un bien.
La autosuficiencia la consideramos como un gran bien, no para que siempre nos sirvamos de poco, sino para que cuando no tenemos mucho nos contentemos con ese poco; ya que más gozosamente disfrutan de la abundancia quienes menos necesidad tienen de ella, y porque todo lo natural es fácil de conseguir y lo superfluo difícil de obtener. Los alimentos sencillos procuran igual placer que una comida costosa y refinada, una vez que se elimina el dolor de la necesidad.
Por ello, cuando decimos que el placer es el objetivo final, no nos referimos a los placeres de los viciosos -como creen algunos que ignoran, no están de acuerdo o interpretan mal nuestra doctrina-, sino al no sufrir dolores en el cuerpo ni estar perturbado en el alma. Porque ni banquetes ni juergas constantes dan la felicidad, sino el sobrio cálculo que investiga las causas de toda elección o rechazo y extirpa las falsas opiniones de las que procede la gran perturbación que se apodera del alma.
El más grande bien es la prudencia, incluso mayor que la filosofía. De ella nacen las demás virtudes, ya que enseña que no es posible vivir placenteramente sin vivir sensata, honesta y justamente, ni vivir sensata, honesta y justamente sin vivir con placer. Las virtudes están unidas naturalmente al vivir placentero, y la vida placentera es inseparable de ellas.


Exhortaciones

"La necesidad es un mal, pero no hay necesidad alguna de vivir con necesidad".

"Nadie, al ver el mal, lo elige, sino que se deja engañar por él, como si fuera un bien respecto a un mal peor".

"Nada es suficiente para quien lo suficiente es poco".

"Lo insaciable no es la panza, como el vulgo afirma, sino la falsa creencia de que la panza necesita hartura infinita".

"Todo el mundo se va de la vida como si acabara de nacer".

"Quien un día se olvida de lo bien que lo ha pasado se ha hecho viejo ese mismo día".

"El que menos necesita del mañana es el que avanza con más gusto hacia él".

"También en la moderación hay un término medio, y quien no da con él es víctima de un error parecido al de quien se excede por desenfreno".



Carta a Herodoto (Fragmento)

El universo está formado por cuerpos. Su existencia queda más que suficientemente probada por la sensación, pues es ella, lo repito, la que sirve de base al razonamiento sobre las cosas invisibles. Si lo que llamamos el vacío, la extensión, la esencia intangible, no existiera, no habría lugar en el que los cuerpos pudiera moverse, como de hecho vemos que se mueven.

Al margen de estas dos cosas no se puede comprender nada, - ni por intuición, ni por analogía con los datos de la intuición-, de lo que existe en tanto que naturaleza completa, ya que no estoy hablando de acontecimientos fortuitos o de accidentes.

Entre los cuerpos, unos son compuestos, y otros son los elementos que sirven para hacer los compuestos. Estos últimos son los átomos indivisibles e inmutables, ya que nada puede convertirse en nada, y es necesario que subsistan realidades cuando los compuestos se desagregan. Estos cuerpos están llenos por naturaleza y no tienen en ellos lugar ni medio por el que pudieran destruirse. De lo que resulta que tales elementos deben ser, necesariamente, las partes indivisibles de los cuerpos. Por lo demás, el universo es infinito. En efecto, lo que es finito tiene un extremo, y el extremo se descubre por comparación respecto a otro. Así que, careciendo de extremo, no tiene, en absoluto, fin; y, no teniendo fin, es necesariamente infinito y no finito.

El universo es infinito desde dos puntos de vista: por el número de cuerpos que contiene y por la inmensidad del vacío que encierra. Si el vacío fuera infinito y el número de cuerpos limitado, éstos se dispersarían en desorden por el vacío infinito, ya que no habría nada para sostenerlos y nada para unirlos a las cosas. Y si el vacío fuera limitado y el número de cuerpos infinitos no habría lugar donde se pudieran instalar.

Por otra parte, los cuerpos llenos e indivisibles, de los que están formados y en los que se resuelven los compuestos, presentan formas tan diversas que no podemos conocer su número, ya que no es posible que tantas formas diferentes provengan de un número limitado y comprensible de figuras semejantes. Además, cada figura presenta un número infinito de ejemplares, pero, por lo que respecta a su diferencia, tales figuras no alcanzan un número absolutamente ilimitado. Su número es, simplemente, incalculable.
Además, los átomos están animados de movimiento perpetuo. Unos están separados por grandes intervalos; otros, por el contrario, conservan su impulso todas las veces que son desviados, uniéndose a otros y convirtiéndose en las partes de un compuesto. Es la consecuencia de la naturaleza del vacío, incapaz por sí mismo de inmovilizarlos. Por otra parte, su inherente solidez les hace rebotar, luego de cada choque, al menos en la medida en que su integración en un compuesto les permita rebotar luego de un choque.

El movimiento de los átomos no ha tenido comienzo, ya que los átomos son tan eternos como el vacío.

Por otra parte, hay una infinidad de mundos, sean parecidos al nuestro, sean diferentes. En efecto, siendo los átomos infinitos, como se acaba de demostrar, son llevados por su movimiento hasta los lugares más alejados. Y tales átomos, que por su naturaleza sirven, ya por sí mismos, ya por su acción, para crear un mundo, no pueden ser utilizados todos para formar un único mundo, o un número limitado de mundos, ni para los semejantes a éste, ni para los diferentes, de modo que nada impide que haya una infinidad de mundos.

LA AMISTAD
LA ALEGRIA
LA EXPERIMENTACION
EL PENSAMIENTO
SON LAS FUENTES DE NUESTRA VIDA
TAMBIEN DEBEN GOBERNARLA
Wilhelm Reich
Mira també:
http://clientes.vianetworks.es/empresas/lua911/html/TeoriasEticas/EticaEpicuro/prepicuro.html

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Comentaris

Re: El viejo Epicuro es un gran amigo para malos tiempos
19 set 2005
Pues claro que el viejo Epicuro es un gran amigo para los viejos tiempos, pero yo me pregunto ¿qué c*** hace esta notícia aquí?

Vaya tela
Los materialistas de la antiguedad
16 oct 2005
El atomismo
La cuestión polémica del vacío recorre toda la historia del
pensamiento filosófico y científico de Occidente, y siempre remite directa o
indirectamente a las fuentes del atomismo clásico. Decir vacuista Âo sea,
partidario del vacío es prácticamente decir atomista, y viceversa. Así
pues, la corriente atomista es la gran valedora del vacío, y la principal
responsable de su introducción en el debate filosófico y científico.
Ese atomismo clásico tiene tres grandes protagonistas: Demócrito,
Epicuro y Lucrecio.1 De las diversas noticias sobre su doctrina pueden
extraerse éstas:
ÂDemócrito refuta en ocasiones las apariencias sensibles y dice que
nada en ellas se muestra conforme a la verdad sino sólo conforme a la
opinión y que la verdad de las cosas radica en que ellas sean átomos y
vacío.Â2
Â[Demócrito afirma que] «el algo no existe en mayor medida que la
nada», denominando Âalgo al cuerpo y Ânada al vacío, por pensar que
este último posee una cierta naturaleza y realidad propia.Â3
1 Para las noticias sobre Demócrito se sigue la recopilación de los filósofos presocráticos de Diels-
Kranz (DK) y la de la Biblioteca Clásica Gredos (BCG). Para Epicuro, las numerosa ediciones de
sus cartas, por ejemplo la ed. bilingüe griega-catalana de M. Jufresa (Epicur. Lletres). Para
Lucrecio, la ed. de A. García Calvo del De Rerum Natura (Lucrecio. De la naturaleza de las cosas).
2 DK 68 B 9 = Sexto Empírico, Adversus Mathematicos VIII 135 [=BCG III 307].
3 DK 68 B 156 = Plutarco, Adversus Colotem 1108F [=BCG III 309].
â 4 â
Atomos (á¼Ïομοι) y vacío (Ïὸ κενόν) son, pues, los elementos últimos
y verdaderos de lo existente. Corresponden a esos genéricos Âalgo (δá¼?ν) y
Ânada (μηδá¼?ν); y también a la oposición pleno / vacío. Lo existente se
divide, pues, radicalmente entre unos corpúsculos que son totalmente
plenos Âo sea, sólidos y la más absoluta ausencia de plenitud; las texturas
visibles o perceptibles en una gradación diversa no son más que el
resultado de la combinación de átomos y vacío, de su número, de sus
formas, de su movimiento.
La naturaleza de estos átomos ya viene señalado en su propio
nombre, á¼-ÏομοÏ4, o sea Âin-divisibleÂ. Esta indivisibilidad es condición de
la inalterabilidad de estos elementos últimos, y va de la mano de otras
características: están formados sin fisuras, son perfectamente plenos, son
sólidos Âo sea, indeformables e impenetrables. De hecho, los átomos Âson
de idéntica naturaleza y están constituidos por una misma sustanciaÂ5, lo
cual traducido a terminología moderna significa que están hechos de una
misma materia, de una idéntica densidad o peso específico. Lo que les
diferencia es únicamente su figura (contorno y tamaño) y las características
de interrelación con los restantes átomos (orden y posición); en una
palabra, características relativas a su extensión y a su localización en su
incesante movimiento. Pues, efectivamente, la movilidad es otra de sus
cualidades primarias.
El vacío es, por una parte, la conclusión lógica y complementaria del
postulado de los átomos Âo sea del límite impuesto a la divisibilidad de las
cosas, de la imposibilidad de una división llevada al infinitoÂ, y, por otra
parte, constituye el necesario intervalo entre los átomos, es la condición de
su movilidad. En este punto los atomistas retoman el argumento de Meliso
sobre la mutua implicación entre movimiento y vacío: de la evidente
constatación de la existencia del movimiento se concluye la necesaria
existencia del vacío.(el cambio de lugar de los atomos genra vacio donde no lo había)6 Este argumento, como se verá en lo sucesivo, será
4 Cf. BCG III, p.188 n.63, acerca del término á¼ÏÎ¿Î¼Î¿Ï como término técnico introducido por
Leucipo y Demócrito. La condición de indivisibilidad (Ïá½Î¼Î¿Ï significa parte) es condición de la
inalterabilidad de los átomos, inalterabilidad exigida en cuanto elementos últimos.
5 Simplicio, Física 43, 26 (=BCG III 315).

Este sería el apretado resumen de los fundamentos del sistema
atomista. todo se reduce a la interacción entre
átomos (con sus intervalos vacíos), o sea a sus cambios de posición y a las nuevas disposiciones
espaciales que resulten de estos cambios. Dicho en términos aristotélicos,
todo tipo de cambio (κίνηÏιÏ) Âque Aristóteles clasifica en cuatro tipos: de
sustancia, de magnitud, de cualidad, de lugar se reduce a un único tipo, el
cambio de lugar (ÏοÏ?á¼), o sea de los lugares que ocupen los átomos. Las
cualidades sensibles son, pues, la traducción de las disposiciones atómicas,
de los efluvios (que son también átomos en movimiento) que se
desprenden de los cuerpos.
Estos fundamentos del sistema atomista siguen en pie en los
sucesores de Demócrito, Epicuro y Lucrecio, aunque conviene también
referir algunas nuevas precisiones por parte de éstos últimos.

Otra cuestión, la de la declinación de los átomos (ÏαÏ?á¼?γκλιÏιÏ, en
latín clinamen), también es una importante novedad respecto a los
antecedentes democríteos. La declinación o desviación atómica es una
especie de Âespontaneidad interna de los átomos, un desviarse del rígido
determinismo, el cual justificaría el azar y la libertad de los agregados
atómicos. De hecho, la solución del clinamen es el complemento obligado
de otras novedades introducidas por Epicuro y Lucrecio: atribuir peso(masa) a los
átomos y entender que ese peso(masa) es la causa de la Âcaída hacia abajo de los
átomos.8 Al privilegiar esa dirección de caída Âcosa que no hace
Demócrito se rompe la concepción de un espacio homogéneo sin
direcciones privilegiadas; la Âcaída hacia abajo determina una dirección y
el clinamen es la desviación espontánea respecto a esa determinación, algo
que pretende obviar la acusación de determinismo. Sin embargo, al
introducir el peso(masa) y la caída debida al peso(masa), la concepción del movimiento
atómico en los epicúreos restringe de hecho la libertad de los átomos.
Y esa libertad todavía se restringe más al obligarse Epicuro y sus
seguidores a postular idéntica velocidad para todos los átomos en
cualquiera de sus desplazamientos Âque son desplazamientos en el vacío,
evidentementeÂ.9 Esa igualdad de las velocidades atómicas y la caída hacia
abajo debida al peso(masa) no están documentadas en Demócrito.
8 Epicuro, por ejemplo en Carta a Heródoto, 61: Â... el movimiento [...] de caída hacia abajo, causado
por los propios pesos(masas)... Un texto esclarecedor es esta noticia de Cicerón: ÂEl átomo, dice
Epicuro, se desvía. ¿Por qué? Porque, según Demócrito, los átomos están dotados de una fuerza
indeterminada de movimiento impulsivo, a la que llama Âchoque (Ïλαγá¼); para ti, Epicuro,
poseen, en cambio, una fuerza de gravedad y peso. (Cicerón, De fato 20,46 = DK 68 A 47 =
BCG III 422). Sobre la cuestión del peso(masa) de los átomos, ver el correspondiente apartado en BCG
III, p.228-235.
9 Así lo afirma Epicuro, Carta a Heródoto, 61 y 62.
â 7 â
Parece más bien que la concepción de Demócrito del movimiento
impulsivo o choque Âsin direcciones privilegiadas ni igualdad de
velocidades permite preservar el azar y la libertad que, de otro modo, ha
de buscarse con el clinamen.
De todos modos, la igualdad de las velocidades atómicas es una
concepción que parece tener la virtualidad de anticipar los conceptos de la
física moderna Âde Galileo y de Newton cuando ésta afirmó que todos los
cuerpos, independientemente de sus pesos, caen en el vacío a idéntica
velocidad.10
En resumen, el atomismo Âcon su principio de Âátomos y vacío es
el principal valedor del vacuismo. Este principio permanece inalterable en
la doctrina atomista estricta. En cuanto a los argumentos asociados a la
doctrina atomista, han de destacarse especialmente dos: uno, que el
movimiento implica el vacío; dos, que vacío y espacio se confunden, que el
espacio considerado como entidad independiente es propiamente vacío.

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