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Notícies :: globalització neoliberal : guerra
Las máquinas de la guerra (epílogo del 11-S)
12 set 2005
En este artículo, se reinterpreta a distancia la significación del 11-S, en tanto "retorno de lo reprimido".
Las máquinas de la guerra (epílogo del 11-S)

No es propósito de este trabajo aportar nueva información empírica con respecto a lo ocurrido el 11-S. Si bien no existe suficiente información para afirmar la completa complicidad del gobierno de EEUU con respecto al ataque terrorista, la hipótesis de la ânegligenciaâ? ante advertencias realizadas con respecto a los atentados de las torres gemelas carece de verosimilitud. La âsorpresaâ? es un argumento espurio. Las autoridades disponían de información para anticipar el ataque, pero la efectividad del golpe creó las condiciones sociales favorables para las posteriores intervenciones bélicas de EEUU y su reunificación nacionalista. A continuación, se reinterpreta el 11-S desde una perspectiva ampliada.

Mientras la máquina de guerra estadounidense, arrogada de ser América misma (en un etnocentrismo igualable al eurocentrismo todavía vigente en una parte de la ciudadanía europea), gestaba el desvarío de un mega-proyecto de escudo antimisilístico, invocando fantasmas de guerras francas para dinamizar su propia fábrica militar, un grupo terrorista subrepticio e incierto (en su identidad y procedencia e incluso en su existencia) realizó una operación estratégico-militar de notable magnitud en la historia de las guerras no-convencionales, sin recurso a tecnología militar alguna, marcando un hito sangriento en el cuerpo mismo del capitalismo, aplastando sus emblemáticas torres y burlando la seguridad del órgano máximo de defensa mundial que es el Pentágono.

No obstante la terrible realidad de cualquier crimen, lo que sacudió al mundo fue la muerte de millares de ciudadanos estadounidenses, del primer mundo, que no imaginaban en su megalomanía semejante eficacia de una contraofensiva. La conmoción del mundo fue la muerte de miles de personas pertenecientes al Estado más poderoso del mundo, aunque cada día existan miles de muertes que pasan efímeras e insignificantes para amplias masas sociales. No hubo cobertura mediática permanente de la masacre de Ruanda, en la que 800.000 personas fueron asesinadas en menos de dos meses, con la complicidad de un EEUU que necesitaba un escenario devastado para intervenir militarmente. (De hecho, el presidente de entonces, Bill Clinton, estaba alertado de esa devastación militar de cientos de miles de africanos, pero optó por la âacción estratégicaâ? de dejar asesinar). Tampoco fue un hecho escandaloso la muerte de más de 300.000 iraquíes civiles, sorprendidos en refugios nucleares o en una calle cualquiera de Bagdag a principios de los 90. No conmovieron los âerroresâ? aberrantes que las fuerzas de la OTAN lideradas por EEUU cometieron en la ex Yugoslavia, alegando equivocaciones técnicas, onerosas en cuanto al costo humano. Las intervenciones militares en América Latina, los apoyos indiscriminados a otros estados militarizados que han producido destrucción en cada una de sus actuaciones, la logística armamentística y la instrucción militar en países como Afganistán para resistir a una URSS entonces poderosa, las acciones bélicas y de apoyo al terrorismo en América Central y del Sur (Nicaragua, Panamá, Cuba, Honduras, San Salvador, Argentina, Chile, Paraguay, Colombia, entre otros), Hiroshima y Nagasaki, en fin, la histórica política exterior estadounidense, ligada a la provocación (en los últimos 3 años, fueron China, Rusia, Corea del Norte, Irán, Venezuela), orientan copiosas acciones que este país realizó en el siglo XX y que no recorrieron ni conmovieron al mundo en la misma escala y con la misma resonancia mediática que los dramáticos sucesos del 11-S, aunque ello no signifique que el saldo en muertos no haya sido ampliamente superior a la inadmisible masacre que EEUU padeció en estos tiempos. Pero en este caso, la supuesta âbarbarieâ? había atacado a la supuesta âcivilizaciónâ? âinterpretación que, sin modificaciones, se usa para legitimar toda barbarie occidental-.

Pero es un despropósito reducir las cosas a una cuestión de cifras y bajas. Porque lo que se trata de analizar ya no es cómo la potencia mundial fue derrotada en una batalla por intervenciones no convencionales, ni de réplicas furiosas del mesiánico Bush (igualmente terroristas y fundamentalistas). No se trata de releer las claves del westerns, en la cual el sujeto épico lucha contra los villanos, en una voluntad de venganza más que de justicia.

El punto es interrogarse por las condiciones que han conducido a esta acción sincronizada y eficaz de inteligencia terrorista. Entonces, lo que el psicoanálisis ha pensado en relación al campo del aparato psíquico, puede recuperarse para pensar un campo social más amplio, porque después de todo, no sólo los sujetos individuales repiten su historia, sino que también los sujetos colectivos están marcados por puntos ciegos, insistencias que muestran traumas no elaborados. Específicamente, el terrorismo es el "retorno de lo reprimido" en su versión más destructiva. Los grupos bombardeados durante décadas, los hijos saqueados del capitalismo, la extorsión sistemática a economías subdesarrolladas, los menospreciados o agredidos por una política exterior estadounidense que se ha caracterizado por la expropiación, el sabotaje a iniciativas políticas diferenciadas, la ocupación militar de territorios de todos los continentes, la explotación de millones de seres humanos, el paternalismo agresivo y enojoso, el asesinato directo y el entrenamiento en la muerte para muchos otros grupos producen sin dudas las condiciones para que determinados sujetos se sientan interpelados como âmensajerosâ? o portavoces de lo reprimido. Es el amo quien teme ahora (ese temor fue reconocible en las semanas de preparación militar que precedieron la invasión de Afganistán, y reapareció en los meses posteriores a la supuesta victoria en Irak). Algunos esclavos, regidos por una teocracia suicida, hacen lo que millones de musulmanes no imaginaron siquiera, o lo imaginaron sin estar dispuestos ni por un instante a realizar estas masacres dirigidas. Pero la desesperación y el fundamentalismo mesiánico (que es teo-político de ambos lados, o en otros términos, que es una forma de teocracia) enlazados a un antagonismo radical con cierta identidad demonizada, pueden canalizar en este tipo de sucesos estruendosos en su magnitud.

El retorno de lo reprimido muestra aquí sus facetas más horrorosas: el síntoma suicida, bajo la forma de comando dispuesto a inmolarse; el síntoma asesino, bajo la explosión de aviones contra miles de seres humanos que nunca merecen la pena de muerte a la que el estado estadounidense condena a muchos países y a muchos de sus ciudadanos de segunda mano.

Lo que conmovió al mundo es que haya poco más de dos mil personas radicadas en EEUU muertas; no la otra realidad más universal de la masacre mundial que el capitalismo globalizado ha sistematizado de forma perversa. Lo que escandaliza es la derrota militar y tecnológica impartida contra EEUU; una derrota que es militar aunque no se hayan empleado más que armas blancas y aunque internamente se haya usado esa derrota para implementar triunfalmente una nueva fase de intervención imperial.

Lo reprimido en el capitalismo es la justicia económica y social de numerosos países, el hambre que asedia a dos tercios de la humanidad, la paz repudiada en nombre de intereses industriales que requieren las muertes ajenas para la opulencia vital propia (aunque se invoquen causas humanitarias para llamar a la muerte), la democracia externa que garantiza derechos mínimos a la ciudadanía de cualquier lugar, la igualdad de los pueblos con su derecho de autodeterminación relativa, la fraternidad de los diversos grupos étnicos. Porque la muerte del otro hace tiempo fue decretada por los líderes del capitalismo fundamentalista. La muerte propia es el regreso de aquello que ha sido rechazado, repudiado, por el racismo, el clasismo, la xenofobia, el nacionalismo de las políticas de estado estadounidenses. Y regresó con sus síntomas más terribles; con réplicas más terribles y sanguinarias todavía; porque sin castigo EEUU hubiera quedado sólo como un estado atacado, vulnerado, violado, inerme y esa imagen es intolerable a sus sueños totalitarios.

La imagen de la vulnerabilidad concreta, de la destrucción fantástica de Nueva York y sus habitantes, es insoportable: así lo corroboró la política de información de los medios comunicacionales nacionales. Nada de cuerpos en primer plano: el atentado fue una acción que ha derrumbado las dos torres magníficas, pero los cuerpos fueron omitidos. La crudeza mayor, que nada tiene que tener de sensacionalista, fue radicalmente omitida. En vez de mostrar el horror, los medios masivos optaron por evitar informaciones centrales o ampliar las noticias, desarrollar un auténtico espíritu periodístico en los que no es preciso observar cuerpos despedazados, pero sí dimensionar una magnitud del daño, como por ejemplo averiguar qué sucedió con los aviones caza detrás del silenciado quinto avión, qué ocurrió con las denuncias de desaparecidos, con las conexiones locales, con los miles de musulmanes que habitan USA, con el avión inexistente en el Pentágono, etc.

Sin un enemigo reconocible, identificable, esta vulneración hubiera infundido pánico. De lo que se trata es de construir un enemigo por etapas: Afganistán, Irak... y la lista no finaliza. La plaga de la sospecha se extiende sobre el mundo de Medio Oriente que como una peste endémica puede incluso extenderse hacia lugares asiáticos. En vez de reflexionar sobre los efectos de la xenofobia y el racismo, sobre los fundamentalismos religiosos y políticos y las reivindicaciones étnicas, sobre la explotación y la extorsión sistemática, o sobre los sentimientos que genera, EEUU seguirá reproduciendo su política de muerte ajena, sus comportamientos segregacionistas, su nacionalismo delirante y genocida, su arrogancia concreta de ser dueño del mundo.

Las colisiones de varios aviones contra los emblemas del capitalismo han recordado imágenes propias de la ciencia ficción. Como nunca, vemos el poder de la ficción, ya no cinematográfica o literaria, sino de la ficción terrorista, esto es, invenciones que orientan a la acción cada vez por caminos tortuosos. Las ficciones han montado una realidad del horror. Porque la planificación racional de la muerte tiene su marco siempre en ficciones ominosas, ligadas al mesianismo, a los sueños del amo que todo lo controla, como si el núcleo mismo del control no fuese el descontrol de los propios medios que se despliegan para controlar (la CIA, el FBI, el capital financiero, las industrias militares).

Las ficciones instituidas entonces se han topado con esta ficción de pureza fundamentalista, que ha pergeñado nuevas tecnologías de la muerte y sobre todo, una nueva práctica para matar(se). En este punto, los lamentos de dolor, el horror padecido, la masacre extendida, es el testimonio crudo y brutal de la máquina de muerte que EEUU lidera, en su ley de capitales abstractos y sufrimiento concreto.

¿Qué seguirá haciendo el amo iracundo? ¿En qué chivo expiatorio procurará mostrar al mundo su poder aplastante? ¿Qué xenofobias, neo-racismos, nuevos fundamentalismos engendrará esta batalla maniquea en la que el amo se fija en el Bien y decide combatir ese otro terror del Mal? Todas estas preguntas esperan al borde del abismo, en vísperas a una guerra sin enemigos visibles, que preanuncia de manera terrible nuevos miles o millones de personas asesinadas, expiando responsabilidades ajenas. La historia bélica de EEUU en el SXXI se escribirá, sin dudas, con la justificación del 11-S.

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Comentaris

pregunta
04 oct 2005
No estoy seguro que la idea de "retorno de lo reprimido" sea aplicable a esta situación, porque Al Qaeda no parece ser el núcleo de lo reprimido sino más bien la apropiación perversa y fundamentalista de ciertas reivindicaciones de los desheredados.
¿Qué piensa algún psicoanalista?
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