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Notícies :: guerra
El gueto de Calquilia
29 ago 2005
Article escrit per Alberto Arce aparegut a La Insignia ara fa una mica més d'un any.
Calquilia (o Qalqiliya) es un ciutat d'uns 40.000 habitants i està envoltada per un mur de 8 metres de formigó. Només hi ha una entrada a la ciutat: un checkpoint militar que només está obert a unes hores determinades del matí i la tarda.
"No necesitamos prisiones en Calquilia porque todos sus habitantes somos prisioneros de Israel." Cuarenta y cinco mil personas encerradas de por vida en una prisión de 14 kilómetros cuadrados. Un país pretendidamente civilizado se permite construir un muro que rodea completamente una ciudad del tamaño de Teruel y que ofrece un aspecto realmente sobrecogedor. ¿Cómo puede encerrarse una ciudad dentro de un muro de cemento de 8 metros de altura?
Nadie ha hecho nada por evitarlo, ni durante el año que duró su construcción (de junio del 2002 a junio del 2003) ni durante el largo año que lleva construido. De nada sirven a sus habitantes las declaraciones de la Asamblea General de las Naciones Unidas y las sentencias del Tribunal Internacional de Justicia si ningún Estado ni organización internacional pone los medios materiales para forzar a Israel a derribar el muro de la vergüenza. Varios años de intifada, varios miles de muertos. La gente está cansada. Las fuerzas comienzan a fallar.
No fue fácil entrar en Calquilia. Unos kilómetros antes de enfilar la carretera que da acceso al DCO (control) que regula todos los movimientos de entrada y salida de la ciudad, cinco jeeps del ejército israelí y un par de coches de policía comenzaron a escoltarnos. Sus exigencias eran dos: que no entrásemos en la ciudad manifestándonos y que todos nosotros llevásemos nuestros pasaportes en alto. No accedimos a ninguna de las dos peticiones, así que el ejército empezó a apretar el cerco en torno al grupo según nos aproximábamos a la barrera. Caminar mientras varias de decenas de soldados israelíes nos rodean y apuntan con sus armas no es demasiado cómodo. Hay que medir todos los movimientos. Si se ponen nerviosos podríamos correr algún riesgo.
Una de las palestinas que nos acompana, Howaida, pertenece a la minoría árabe cuyas poblaciones se han quedado dentro del Estado de Israel, así que viaja con documentación israelí. Decidimos no aceptar la petición de los soldados porque consideramos humillante que una palestina deba mostrar una identificación del ejército ocupante para entrar con libertad en una ciudad de su país. Está claro que quieren detener a algunos de los palestinos que nos acompañan. Nos agarramos fuertemente entre nosotros y nos dirigimos finalmente hacia la puerta. Hay dos momentos de tensión. El adolescente que viene conmigo es retenido. Niklas y yo nos abrazamos a él y el resto del grupo se abraza a nosotros. De este modo no pueden llevárselo sin romper el grupo y detener también a algún brigadista. En el caso de Howaida las cosas se pusieron más complicadas. La agarraron de un brazo mientras que del otro lado 30 personas formábamos una cadena humana que el ejército no pudiese romper. Así estuvimos al menos media hora. Enganchados por los brazos y sentados en el suelo mientras los soldados nos apuntaban y la policía trataba de separar a alguien del grupo para llevárselo camino de la deportación (por cierto, ayer han deportado desde el aeropuerto de Tel Aviv a una italiana que venía a unirse al grupo). Primera victoria. No siempre hay que acceder a las peticiones del ejército.
Finalmente los soldados decidieron dejarnos pasar sin arrestar a Howaida. Tendrían que haber detenido a unos cuantos brigadistas con ella para lograrlo. No quieren problemas por el momento, no quieren publicidad. De todas formas, cada día nos persiguen de modos más evidentes. Los tenemos pegados a nosotros allá donde vamos. Los soldados incluso nos saludan porque desde hace tres días nos rodea el mismo grupo, pero eso no evita que nos fotografíen uno a uno con el mayor descaro.
En Calquilia hemos conocido a Hassan Abú Alí, que nos aloja en su casa. Hasta hace un año era el propietario del mayor supermercado de Calquilia. Estaba situado en la entrada de la ciudad y tenia también una cafetería y un taller de automóviles en la misma manzana. Esta mañana nos ha levantado a Adam, Niklas y a mí a las 6.30 de la mañana y nos ha llevado a la puerta que comunica los terrenos de los agricultores que aún no han sido confiscados y el nucleo urbano. El espectáculo es dantesco. Una larga fila de palestinos de todas las edades espera a que los soldados les abran la puerta. Hoy han tenido suerte. Nuestra presencia, armados de cámaras que no paramos de utilizar, consigue que los cinco adolescentes que controlan el tránsito se sientan avergonzados y traten con especial delicadeza a quienes esperan para pasar. Aun así el patetismo de su comportamiento nos indigna y la impotencia nos llena de rabia. Uno a uno, los campesinos que quieren pasar a trabajar su tierra son registrados por los soldados.
Hay que explicar cómo funciona el sistema que comunica las casas con los terrenos a través de las puertas en el muro. Cada campesino o granjero cuyos terrenos se han quedado aislados tras del muro tiene dos opciones: la primera es renunciar definitivamente a su tierra e irse del pueblo; la segunda, aceptar que el ejército israelí expida un permiso de utilización de la tierra. Estos permisos se renuevan cada tres meses y son los que permiten atravesar las puertas en su limitado horario de apertura (de 7 a 7.30 de la mañana y de 17.00 a 17.30 de la tarde). Quien no pase en ese intervalo no puede hacerlo hasta el día siguiente. Los palestinos ya no pueden ni siquiera elegir su horario de trabajo, como nos explica Hassan Abú Alí. Estos permisos no son más que una confiscación de facto. El ejército de Israel no autoriza su renovación aduciendo los eternas excusas relativas a la seguridad y el campesino se ve privado de acceder a su tierra. Después de un mes, la cosecha está perdida. Y después de dos años, de acuerdo a las leyes de la ocupación, la tierra es declarada abandonada y entregada a un colono judío que, recién llegado de cualquier parte del mundo, continuará con la puesta en práctica de la ideología sionista: ésta es la tierra que Dios nos otorgó en las sagradas escrituras y estamos aquí para cumplir su voluntad. Esos mismos colonos construyen asentamientos alrededor de las ciudades y pueblos palestinos y el ejército e Israel les protege. ¿De quién? De aquellos a quienes previamente han desposeído de todo, de aquellos que no pueden más que mirar con rabia y odio cuando un extraño ocupa la tierra que su familia había trabajado durante generaciones.
Se encierra a cuarenta y cinco mil seres humanos dentro de un muro. Se confisca su tierra, se les niega la libertad de movimientos en su propio país y se les rodea de colonos hostiles que, armados hasta los dientes, afirman estar allí por orden de Dios. ¿Qué respuesta cabrá esperar de los palestinos cuando el cansancio se transforme nuevamente en odio?
Mira també:
http://www.lainsignia.org/2004/agosto/int_009.htm

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Comentaris

Re: El gueto de Calquilia
29 ago 2005
Quin guetto més bonic , si hi poden arribar motxileros a fer entrevistes és que molt tancat no està no. Apa a ferla mà que feu pena stalinistes de pa sucat amb oli
Re: El gueto de Calquilia
29 ago 2005
Cada vez está peor...insulta,babea y muerde.
¿Temerá que lo desalojen?
Calquilia o kalkilia
30 ago 2005
aqui otro artículo, publicado en la vanguardia en julio de 2004.

http://www.crisisenergetica.org/forum/viewtopic.php?forum=6&showtopic=35

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