martes, 19 de octubre 2004
1 / El dÃa que conocà al hombre que cambiarÃa mi vida para siempre
El Desquite... de Exuperancia
Exuperancia Rapú, especial para Periodista Digital (08 Junio 2004)
Esta es mi historia.
Nacà el 13 de julio de 1961 en Malabo, la capital de Guinea Ecuatorial. La cuarta de nueve hermanos (seis chicas, dos chicos y un tercero adoptado), mi padre murió cuando yo tenÃa seis años. Era agricultor y mi madre apenas podÃa mantenernos, por lo que a los 15 años tuve que dejar el colegio y ponerme a trabajar como chacha. Estuve de asistenta interna hasta los 17 años, en que me fui a vivir por mi cuenta, aunque seguÃa trabajando como asistenta en varias casas.
A lo 19 años decidà irme a vivir a España. Malabo es una ciudad pequeña, de menos de cuarenta mil habitantes (todo Guinea apenas llega al medio millón). ConocÃa a un alto cargo del gobierno porque frecuentaba el bar de una amiga mÃa. Le pedi que me ayudara con los papeles y él gestionó el visado.
Asà que cogà un avión y aterricé en Madrid. Me esperaba una tÃa mÃa, hermana de mi madre, que me matriculó en una academia de peluquerÃa. Su situación económica no era buena asà que me puse a trabajar de interna. Primero en Madrid, pero luego, a través de una empresa de trabajo temporal, fui encontrando mejores oportunidades. En los años siguientes, tuve oportunidad de trabajar en Barcelona, en el Puerto de Santa MarÃa, en Alicante, hasta regresar finalmente a Madrid.
Fue cuando conocà a Noah, también de Malabo. Disfrutaba de una beca gracias a la cual estudiaba música en el conservatorio. Yo tenÃa 22 años y él 27. "Noah" significa "serpiente" en Bubi, el dialecto de mi etnia. Y el nombre le iba bien, porque se relacionaba como un encantador de serpientes. No muy alto, era delgado y de pelo corto y resultaba muy atractivo a las mujeres. Empezamos una relación.
Durante un viaje a Valencia, vimos un local fantástico y decidimos montar una pequeña cafeterÃa. Nos gustó la experiencia, asà que traspasamos el negocio y volvimos a Madrid. Cogimos un local para montar una discoteca de salsa en la calle San Felipe. Entre tanto, Noah seguÃa su carrera musical. Grabó varios discos con Kilimanjaro Producciones, una empresa que montado Noah y yo. Sólo para los discos de Noah. Yo hacÃa de representante artÃstica.
Nuestra situación económica mejoró mucho. La discoteca de salsa iba bien, la productora no tanto (apenas vendÃamos discos de Noah). Abrimos un pequeño restaurante de comida tropical en la calle Fuencarral. Poco después, también inauguramos un asador de pollos en Vicente Ferrer. Incluso una pequeña discoteca en Alicante. Noah se encargaba de todos los temas de empresa y yo de controlar el dÃa a dÃa de los negocios, aunque estaba más dedicada a la discoteca, donde hacÃa desde camarera a pinchadiscos.
También, siempre que tenÃa ocasión, me encargaba de promocionar a Noah como músico a través de Kilimanjaro Producciones. Un dÃa, en 1989, quedé en Antena 3 Radio con Emiliano Alaiz, el encargado del tema musical, para entregarle unos discos de promoción de Noah. Estaba en la sala de espera pendiente de que me recibiera, cuando entró en la habitación un hombre. A los pocos segundos se dirigió a mÃ.
--Hola, qué tal. ¿Cómo te llamas?
--Emma --respondà yo.
--¿Sabes quién soy?
--No... no sé quien eres
--¿No me has visto en la televisión?
--Pues.... no.
--Vengo a una entrevista....
--Ah... ¿Y cómo te llamas?
Me dijo su nombre.
Mañana: Nuestro primer, e insatisfactorio, encuentro
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2 / El Desquite... de Exuperancia
Nuestro primer, e insatisfactorio, encuentro
Exuperancia Rapú, especial para Periodista Digital (09/06/04, 01.53 horas)
Un dÃa, en 1989, habÃa quedado en Antena 3 Radio con el encargado del tema musical para entregarle unos discos de promoción de Noah. Estaba en la sala de espera pendiente de que me recibiera, cuando entró en la habitación un hombre. A los pocos segundos se dirigió a mÃ.
--Hola, qué tal. ¿Cómo te llamas?
--Emma --respondà yo.
--¿Sabes quién soy?
--No... no sé quien eres
--¿No me has visto en la televisión?
--Pues.... no.
--Vengo a una entrevista....
--Ah... ¿Y cómo te llamas?
Me dijo su nombre.
Al bajar, le pedà a Noah que sintonizara la emisora para ver quién era. El locutor le presentó como a un conocido periodista que acaba de iniciar una nueva aventura mediática. Pensé que era una oportunidad única para promocionar a Noah. Esperé a que saliera. Estaba su chófer esperándole. Le paré y le entregué el disco y una tarjeta de Kilimanjaro Producciones en la que ponÃa Emma James y la dirección y teléfono de Castellana, 123.
--¿Quién es el que canta? --me preguntó
--Mi hermano.
Se subió al coche y ahà quedó la cosa.
Una semana después, le llamé al trabajo. Se puso su secretaria.
--Soy Emma, de Kilimanjaro Producciones ---tras unos segundos de espera, me pasa con él--. Hola, ¿cómo estás?
--Hola, ¿qué tal?
--Bien. ¿Has podido escuchar la música que te d�
--No. Tengo todos los muebles embalados porque estoy cambiándome de domicilio. Pero si quieres, podemos quedar en tu casa para escucharla juntos.
Le dije que no podÃa porque me iba de viaje. No era verdad. No me interesaba que viniera a mi casa, sino que escuchara el disco.
--Procura escucharlo, porque me gustarÃa que publicaras algo, una crÃtica, comentario... algo.
Esto era a finales de noviembre de 1989. El sábado 9 de diciembre, salió publicada una amplia y elogiosa reseña sobre el disco Spanish Black Boy. "El chico negro español", titulaban.
Enseguida, mis conocidos me llamaron para felicitarme por el artÃculo --Noah estaba encantado--. Fui a comprar el periódico y me sorprendió gratamente. "Seguro que ha escuchado el disco y le ha gustado"; pensé..
Ese mismo dÃa, le llamé para darle las gracias. Su secretaria me pasó con su jefe.
--Gracias por el artÃculo que has sacado
--Pues dame las gracias invitándome un café en tu casa
--Vale, ya te invitaré
Yo estaba desbordada de alegrÃa y no sabÃa qué decir.
A partir de entonces, yo llamaba a menudo para hablar con él para intentar que hicieran algún reportaje sobre Noah. Grabamos otro disco, pero sobre éste, no publicó nada. Si no podÃa hablar con él, dejaba recado.
--¿A qué no sabes quién ha llamado? --me decÃa Noah a veces
De 1989 a 1993, intercambiamos llamadas. Su insistencia era cada vez mayor. QuerÃa venir a mi casa. Yo lo evitaba, con excusas reales o no. Para mi se convirtió en un juego. Yo sabÃa, intuÃa que sus llamadas eran por interés y no por los discos o la productora. Y a mà me divertÃa mucho hablar con un hombre importante como él. Que el responsable de un periódico mostrara interés por mÃ... ¿a qué mujer no le gustarÃa eso?
En julio de 1992 me operaron de un problema de corazón. En agosto decidà ir a ver a mi familia en Malabo y pasar el postoperatorio allÃ.
Un dÃa, llamé a Noah a casa y me cogió el teléfono una chica. Pensé que era la asistenta que venÃa tres veces a la semana, pero la voz me dijo que me habÃa equivocado de número. Llamé enseguida de nuevo y esta vez descolgó Noah.
--Estás soñando --me dijo cuando le pregunté quién era esa chica--. Te habrás equivocado al marcar.
Yo me quedé preocupada. Y mis sospechas se confirmaron nada más volver a Madrid, transcurrido el postoperatorio, una tarde que descolgé el teléfono.
--¿Diga?
--Hola Leti, ¿se puede poner el jefe?
Reconocà la voz. Era Toni, un filipino que tenÃamos trabajando en el restaurante. Resulta que se llamaba Leticia la mujer con la que me engañaba Noah.
--Toni, cuéntame toda la verdad o ya puedes empezar a hacer las maletas...
Toni me contó que al poco de irme a Guinea ese verano, Noah habÃa traÃdo a nuestra casa a una de sus queridas. Más tarde me enteré que la habÃa dejado preñada. ¡En nuestra propia cama! A Noah, siempre le habÃa advertido que si le gustaba una chica hiciera lo que quisiera, pero que no tuviera una relación fija. Que yo le perdonarÃa un infidelidad de una noche, pero no una relación.
Aquello supuso para mi una traición muy fuerte. Me traumatizó. Yo querÃa a Noah muchÃsimo. Llevaba casi diez años viviendo junto con él... por y para él.
Un dÃa, en marzo de 1993, estando Adriana, una amiga mÃa, la mandé llamar al periódico.
--Hola, soy la secretaria de Emma.
--Un momento
Se puso él y Adriana, después de hacer el paripé, me pasó el auricular
--¿Cómo estás? ¿Quién era esa chica?
--Es mi secretaria
--¿Cómo se llama?
--Adriana
--¿Qué estás haciendo?
--AquÃ, en mi casa...
--¿Cuándo me vas a invitar a ese café que me debes?
--Pues si quieres, esta misma tarde
--Pues a las ocho y media.
Le di la dirección (Paseo de la Castellana, 123, piso 2D) y a las ocho y media en punto sonaba el timbre de mi puerta. Le abro la puerta. Llevaba traje y una corbata algo chillona. Le invité a pasar. Me dio dos besos. Fuimos al salón. Se quitó la chaqueta dejando los tirantes al descubierto y se sentó..
--¿Y tú amiga?
Adriana estaba en ese momento en la cocina. Vino al salón y se la presenté. Rubia teñida, delgadita, de 1,60 de altura, normalita, Adirana era argentina. Más falsa que Judas, como luego comprobarÃa . Me habÃan advertido que las argentinas no eran de fiar, pero yo no lo habÃa creÃdo hasta que me la jugó años después vendiendo una fotografÃa mÃa a una revista. Adriana se despidió enseguida porque tenÃa que irse.
--¿Qué bebes? --le pregunté
--Un gintonic
Saqué ginebra Gordons del armario del salón, cogà una tónica de la nevera y llené un vaso con hielo. Yo me puse un zumo de naranja y saqué unos snacks. El salón era también recibidor. HabÃa una mesa central con seis sillas, un mueble aparador, una vitrina con vajilla y un sofá de tres plazas y dos sillones con una mesa baja. En la esquina, un televisor enorme con vÃdeo y un equipo de música.
Dejé las bebidas en la mesa, bajé el volumen de la televisión pero la dejé encendida y puse un CD de jazz. Estábamos sentados en el sofá, charlando. Para mà era una dulce venganza contra Noah.
--Vamos al dormitorio --me dijo en un momento dado.
--No puedo
--¿Por que?
--Aqui vivo con mi hermano y no puedo. Si quieres acostarte conmigo tendrÃamos que ir a un hotel.
Yo seguÃa insistiendo que Noah era mi hermano porque asà se lo habÃa dicho desde que nos conocimos. No era el momento de decirle que era mi marido, porque aunque no estábamos legalmente casados, llevábamos diez años juntos.
--Yo no puedo ir a un hotel porque soy una persona conocida y pública. No puedo ir a coger a una habitación. TendrÃa que estar a tu nombre.
--No hay problema... pero hoy no puede ser.
Lo dejamos para el dÃa siguiente. Yo podÃa perfectamente en ese momento, pero como mujer me llenaba de satisfacción tenerle pendiente de mÃ, que pasara la noche pensando en mÃ.
Se acabó la copa, seguimos charlando y hacia las once de la noche se fue a su casa. Quedamos en que yo cogÃa un hotel para la tarde siguiente.
Llamé a Adriana para contarle lo que habÃa pasado y para que me dijera algún hotel. Adriana me recomendó Apartamentos "El JardÃn", que están por la carretera de Burgos. En información me dieron el teléfono. Reservé una habitación a nombre de Emma James.
"Emma James" era el nombre que aparecÃa en la tarjeta de Kilimanjaro Producciones que le entregué cuando le conocÃ. Al nacer, me bautizaron como Exuperancia en honor a una tÃa mÃa, pero desde siempre me habÃan llamado Emma. Lo de "James" era por el apellido de Noah.
Era un dÃa entre semana y quedamos a la hora de comer, entre las dos y media y las tres menos cuarto. Le llamé por teléfono antes, para decirle el sitio, la hora y el número del apartamento. Yo fui en taxi. Pagué por adelantado. Unas 19.000 pesetas. TodavÃa conservo la factura.
Le esperé en la habitación. El apartamento tenÃa dos plantas, con salón abajo. Abrà la nevera y puse unos refrescos en la mesa.
A las tres menos veinticinco apareció. Casi ni hablamos. Yo llevaba un vestido. Era primavera. Él venÃa con traje oscuro.
A las cinco minutos habÃamos acabado. No puedo decir que fuera satisfactorio, ni que me quedara muy impresionada.
Era jueves, 4 marzo de 1993.
Mañana: "Piensa en la declaración de Hacienda"
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3 / El Desquite... de Exuperancia
«Piensa en la declaración de Hacienda»
Exuperancia Rapú, especial para Periodista Digital (09/06/04, 06.54 horas)
Nuestro primer encuentro fue el jueves 4 marzo de 1993.
HabÃamos quedado en los apartamentos El JardÃn, entre las dos y media y las tres menos cuarto. Yo fui en taxi. Pagué por adelantado. Unas 19.000 pesetas. TodavÃa conservo la factura.
Le esperé en la habitación. El apartamento tenÃa dos plantas, con salón abajo. Abrà la nevera y puse unos refrescos en la mesa.
A las tres menos veinticinco apareció. Casi ni hablamos. Yo llevaba un vestido. Era primavera. Él venÃa con traje oscuro.
A las cinco minutos habÃamos acabado. No puedo decir que fuera satisfactorio, ni que me quedara muy impresionada.
Nos duchamos por separado. Primero él y luego yo. Se quedó viendo las noticias de las tres de la tarde. Es un obseso de la información. Siempre venÃa con un auricular en el oÃdo derecho escuchando las noticias.
Se marchó a las cinco.
--He quedado con mi gente --solÃa decir.
Su chófer le recogió, Yo llamé a un taxi y salà minutos después.
Guardé esa factura porque me hacÃa ilusión. Era un recuerdo de ese dÃa, de nuestro primer encuentro. No me preguntó cuánto habÃa costado la habitación. Tampoco lo harÃa en el futuro. Siempre pagaba yo.
Al dÃa siguiente me llama a mi casa-oficina. QuerÃa volver a quedar. Le dije que no podÃa.
El lunes me llamó otra vez. Yo seguÃa enomorada de Noah, aunque estuviera enfadada con él por haberme engañado. Por un lado, me apetecÃa quedar, pero por otro me excitaba más tenerle ahà pendiente, siendo como era tan importante y poderoso. Era como una aventura, como un juego.
Nuestro segundo encuentro tuvo lugar a la semana siguiente en los mismos apartamentos, pero en un dúplex diferente. Esta vez le tuve que ayudar a retenerse.
--Piensa en la declaración de Hacienda --le aconsejaba
Los primeros encuentros fueron normales.
Pasado un tiempo, cambiamos de los apartamentos El JardÃn en la carretera de Burgos a los BasÃlica, en la calle Comandante Zorita. De esta manera no tenÃa que desplazarme fuera de Madrid. De Castellana a Comandante Zorita habÃa dos pasos.
Nos vimos varias veces en esos apartamentos. Quedábamos en horas de comer, de dos y media hasta las cinco, o por las noches, a partir de las ocho y media y hasta las once y media.
ExistÃa una ilusión por ambas partes. Alguna semanas nos veÃamos dos veces y otras no nos veÃamos.
En el mes de mayo decido irme a vivir sola a un apartamento en Capitán Haya, 23. Mi relación con Noah seguÃa mal y él se quedó a vivir en mi casa de Castellana. La tal Leticia habÃa dado a luz. Noah habÃa reconocido al niño (al final tendrÃa dos hijos con ella). Yo no habÃa tenido hijos con Noah porque no se habÃa terciado. Además, no era su primer vástago. Ya habÃa tenido otros de relaciones anteriores. Pero lo que más me molestaba era que lo habÃa concebido en mi propia cama.
Le dà la dirección a mi amigo para que pudiera venir a verme. Le pareció buena idea lo de mi nuevo apartamento. No le di llaves.
No habÃa dias fijos. De repetente me llamaba y me decÃa "esta noche voy a cenar contigo" o "me acerco a comer".
El año 1993 fue una locura. En 1994, bajó un poco porque yo tenÃa una discoteca en Alicante, aunque volvÃa periódicamente a Madrid. Telefónicamente seguÃamos hablando.
Al cumplir un año en Capitán Haya decidà volver a Castellana con Noah. Estaba pagando dos alquileres. Noah seguÃa con los negocios. Yo durante el dÃa iba a las compras y por las noches me encargaba de la discoteca. SolÃa acostarme al cerrar, hacia las siete de la mañana. La discoteca abrÃa de once de la noche hasta que el cuerpo aguantara. Se llamaba Noah-Noah y era entonces entonces uno de los mejores sitios de salsa en Madrid y venÃa todo el mundo. HacÃamos cajas de un milllón de pesetas.
Volvimos otra vez a apartamentos BasÃlica. En algunas ocasiones, quedamos en uno de los pisos sin alquilar de una amiga mÃa viuda que me dejaba las llaves.
Fue en esa época cuando empezaron las exigencias de querer estar con terceras personas.
--¿Qué serÃas capaz de hace por mÃ? --me dijo un dÃa
--Cualquier cosa --le respondÃ
--¿Y estar con más gente?
Le dije que sÃ. Que para mà era un juego. Se lo permità varias veces. Unas cuatro o cinco. Luego ya no.
Me di cuenta que le gustaban cosas diferentes y empezaba con extrañas peticiones.
--Me gustarÃa dejarme en tus manos y que hagas conmigo lo que quieras.
Yo me hacÃa la tonta. Incluso una vez, le dije:
--He cumplido mi parte... ¿qué serÃas ahora capaz tú de hacer por mÃ?
--Lo que quieras
--¿Seguro? --insistÃ.
--SÃ
Yo sabÃa que tenÃa pareja estable --"la chica que vive conmigo", se referÃa siempre-- y le dije que me gustarÃa que nos encontráramos los tres. Se quedó blanco. Se puso tan pálido, que tuve que aclararle:
--Es broma...
Todo esto ocurrÃa en el año 1993. En el mes de agosto me dijo que se iba de vacaciones con su familia. Era la primera vez que hablábamos del tema --me dijo que tenÃa una hija de 15 años-- y casi la última. Yo no querÃa saber nada de su familia ni tampoco contarle nada de la mia.
--Me voy de vacaciones con mi hija y la chica que vive conmigo
--¿A dónde?
--A una localidad inglesa llamada Bud
Al volver de vacaciones, me vino a ver. TraÃa un paquete.
--Mira lo que he comprado
Pensé que era un regalo para mi. Abrimos el paquete y, sorpresa, eran unas pinzas de aspecto extraño. Yo me hice la tonta.
--¿Esto qué es? --le pregunté
--Unas pinzas...
--¿Para qué sirven?
--Para jugar
--Pues como no me des el manual de instrucciones...
--Espera, que te hago una demostración --dijo rasgando el plástico que contenÃa las pinzas.
Mañana: Rita Hayworth y el paleto de Cuenca
4 / El Desquite... de Exuperancia
Rita Hayworth y el paleto de Cuenca
Exuperancia Rapú, especial para Periodista Digital (10/06/04, 10.06 horas)
La primera vez que me cruzó por la cabeza la idea de grabarle en vÃdeo fue en 1993.
Ese año nos veÃamos a menudo y nuestra relación era muy intensa. Un dÃa, le comenté:
--Si alguien se enterara de lo nuestro...
--Es como si un paleto de Cuenca le cuenta a alguien que se ha tirado a Rita Hayworth. No te creerÃan.
Él no se dio cuenta, pero ese desprecio me dolió. Yo era "el paleto" y él "Rita Hayworth". En los años siguientes volverÃa a hacer la comparación en dos ocasiones. Y eso que nuestra relación era "conocida", tanto "por su gente", como le gustaba referirse a su chófer y guardaespaldas, como "por la mÃa". También por esos dos reporteros suyos, a los que años después enviarÃa a "investigarme" y a los que tanto les debe. El dÃa que les conocà personalmente en el despacho de mi abogado les apodé "los Dalton", porque eran más malos que la carne de pescuezo. ParecÃan policÃas.
Qué mejor forma de demostrar mi relación con un personaje famoso que las imágenes de un vÃdeo. En la televisión salÃan cosas asà todos los dÃas. Por qué no iba yo a poder contar lo mÃo.
TodavÃa tendrÃan que transcurrir cuatro años hasta que esa idea madurara y decidiera, una tarde de marzo de 1997, llevar a cabo la grabación.
Luego surgió la posibilidad de vender el vÃdeo, pero en ese momento con todo lo que se veÃa por la televisión no podÃa ni imaginarme que era delito.
Las semanas siguientes a la grabación mi mente saltaba de un pensamiento a otro. A veces me decÃa que esta persona no se merecÃa eso y otras que sÃ, que se habÃa aprovechado de mà durante años y me habÃa utilizado a su antojo. Yo llegué a quererle, de alguna manera, pero hubo un momento que parecÃa una obligación. No sabÃa qué hacer con el vÃdeo. Me tentó el dinero.
De 1995 a 1997 seguÃamos viéndonos, pero con menos frecuencia. Esa época, Noah y yo nos turnábamos para atender la discoteca de Alicante, pasando uno o dos meses cada vez fuera de Madrid.
El año 1995 hubo meses que no nos vimos, pero durante nuestra relación nunca pasamos seis meses sin vernos.
Él seguÃa haciéndonos publicidad, sin cobrarnos nada, en su diario sobre la discoteca de salsa Noah-Noah, sobre el restaurante tropical de la calle Fuencarral. Yo notaba que cuando salÃa algo publicado, se llenaban los locales y no habÃa por dónde pasar.
Muchas veces llamaba a su casa desde la mia para saber si los niños habian cenado. Hablaba con la asistenta. También llamaba a la redacción para dar indicaciones.
En octubre de 1996, publicó un artÃculo sobre la discoteca Caché en la que yo hacia las veces de relaciones públicas. Yo le habÃa pedido que me echara una mano y envió a un redactor y a un fotógrafo a hacer un reportaje.
El año 1996 empezaron mis problemas económicos. La discoteca tenÃa muchos empleados y la caja no daba suficiente para pagar las nóminas. El negocio habÃa caÃdo.
Una noche que habÃa venido a verme le pedà un favor.
--Necesito que me prestes un millón de pesetas
--¿Para qué lo quieres?
--Se trata de un préstamo no de un regalo. Tengo un familiar enfermo que tiene que ir a Estados Unidos a operarse, pero te lo voy a devolver --dije sin más explicaciones porque no querÃa que viera que estaba atravesando un mal momento económico.
--No puedo porque estoy arreglando la casa.
HabÃa comprado a un famoso escritor una casa inmensa en el Paseo de la Castellana, enfrente del Hotel Miguel Angel.
Fué la única vez que le hablé de dinero. Y no me lo prestó, a pesar de que en el pasado yo le habÃa pagado mujeres, caprichos y otras historias.
Me sentó mal y dejé de verle durante un tiempo. Me sentÃa utilizada.
Cada vez que llamaba insistÃa en quedar con alguna de mis amigas.
--¿Cuándo me las vas a presentar? --me decÃa.
--O sea, que me llamas por interés en esas personas y no porque quieras verme.
Eso fue en octubre de 1996. Yo sabÃa que lo tenÃa ahà y me gustaba que me comiera la oreja, pero le di largas durante unos meses... hasta la tarde del dÃa 6 de marzo de 1997.
Ese dÃa me levanté temprano y fui a la discoteca. Luego a una papelerÃa de detrás de Sor Angela de la Cruz a recoger unas tarjetas y publicidad. SerÃan las doce y media de la mañana cuando suena mi teléfono móvil. Entonces todavÃa no aparecÃan los números de llamada.
--Hola, soy yo, necesito verte hoy
--¿Y eso? --le pregunté yo haciéndome de rogar.
--Es que el dÃa de hoy me trae de cráneo
--¿Por...?
--Está siendo un dÃa muy ajetreado.
Ese "dÃa" habÃa declarado en el juicio contra un famoso banquero y estaba como ido.
Yo ya tenÃa decidido grabarle en video aunque lleváramos sin vernos cuatro meses, desde octubre.
--Llámame a las tres de la tarde y te digo si puedo verte --le contesté antes de colgar.
A las tres en punto, suena mi telefono móvil de nuevo.
--Soy yo; qué, ¿nos vemos o no?
--SÃ
--Pues a las ocho y media estoy allÃ
A las nueve menos veinticinco me asomé al balcón de mi apartamento de Sor Angela de la Cruz y veo llegar su coche, un Audi oscuro. Él iba detrás. Su guardaespaldas se baja y él espera a que le abra la puerta. Le veo caminar hacia el portal.
Toca el timbre y le abro.
Ese dÃa venÃa como un lobo, empieza a delirar
--Oh musa de mis entretelas...
Cruzó el pequeño recibidor y entró al salón. TenÃa la música puesta, la televisión encendida sin voz. Me senté al borde de un mueble. Justo en ese momento suena el estribillo de una canción: "Teatro, lo tuyo es puro teatro".
Comenzó a cantar. Y se arrancó con un strip-tease. Chaqueta fuera, se soltó los tirantes, se desanudó la corbata, se quitó los pantalones, la camisa... todo con movimientos tipo strip-tease.
Se quedó en pelotas y de rodillas ante mis pies.
--Ésta es la mÃa --pensé--. ¡Ladra! --le dije.
Qué pena que en ese momento la cámara de vÃdeo no estuviera encendida para que hubiera registrado sus ladridos. Ni siquiera habÃa habido tiempo de tomar nada.
--Como un perro, más fuerte...
Me subà encima de su espalda y comenzó a hacer que cabalgaba mientras ladraba.
--Quédate ahà --le dije mientras iba a la habitación a por un corpiño rojo y unas medias que habÃa comprado.
Para la grabación, también tenÃa un látigo y un vibrador. Le puse el corpiño y las medias y, subida a su espalda, le dije que fuera a gatas hasta el dormitorio.
En ese momento fue cuando el que estaba escondido en el armario enchufo el video...
Al dÃa siguiente me llamó. Yo estaba en la discoteca. SerÃan las doce de la mañana. QuerÃa volver a quedar. Me volvió a llamar en agosto para verme, justo el dÃa antes de que yo me fuera a Guinea de vacaciones.
Esa fue nuestra última conversación.
Me detuvieron nueve meses después, el dÃa 6 de noviembre. Al doblar la esquina de Capitán Haya con General Yagüe aparecieron dos hombres de paisano.
--PolicÃa, identifÃquese...
Saqué mi DNI.
--¿Eres Exuperancia Rapú Muebake? Hay una orden de detención contra tÃ
--¿De qué se me acusa?
--No le podemos decir. Tiene que acompañarnos a ComisarÃa.
No me esposaron. Esa noche dormà en los calabozos de la Puerta del Sol y los mismos policÃas que me detuvieron me trasladaron a los Juzgados de Plaza Castilla a la mañana siguiente.
Esa tarde ingresé en la cárcel de Carabanchel. Me trasladaron en una furgoneta de la Guardia Civil junto a otras cuatro chicas al módulo de mujeres.
En Ingresos, una funcionaria tomó nota de mi nombre y me preguntó de qué me acusaban.
--De revelación de secretos
--Qué raro. ¿Seguro? Llevo muchos años en esto y es la primera vez que decretan prisión provisional sin fianza por ese delito.
Mañana: "Los Dalton", dos periodistas de investigación más malos que la carne de pescuezo
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5 / El Desquite... de Exuperancia
"Los Dalton", dos periodistas de investigación más malos que la carne de pescuezo
Exuperancia Rapú, especial para Periodista Digital (11/06/04, 10.48 horas)
El dÃa que conocà a los "Dalton" me parecieron maderos. Yo no và a dos periodistas, si no a dos maderos de los que te buscan las vueltas.
Acaba de salir de Carabanchel tras nueve dÃas en prisión provisional sin fianza y habÃa quedado con mi abogado en su despacho de la calle Velázquez. Al llegar, ya estaban ellos allÃ. Se presentaron. Trabajaban para el hombre que yo habÃa grabado en vÃdeo seis meses antes.
--Estamos aquà para ayudarte.
QuerÃan que les contara cosas, averiguar el paradero de una persona. Me decÃan que esa persona era un espÃa, que me habÃa comido la cabeza, que ellos sabÃan que yo no tenÃa la culpa, que me habÃan manipulado, que estaban allà para lo que yo quisiera. Enseguida les apodé los "Dalton" porque eran más malos que la carne de pescuezo.
Jugaban al poli bueno, poli malo. Uno de ellos, con gafas y barba, tirando a pelirrojo, hacÃa el papel de chulo. El otro, se hacÃa el agradable, aunque luego resultarÃa ser el peor. Estaban mosqueados y muy nerviosos porque no daban con esa persona. Se les veÃa enfadados por no ser capaces de encontrarla.
--Cuando lo enchironen se va a enterar. Hay gente muy mala en la cárcel y seguro que hasta le gusta a algún moro.
Yo les decÃa, porque era verdad en ese momento, que no sabÃa donde estaba. Que acababa de salir de la cárcel y que lo primero que hizo mi abogado fue prohibirme hablar con nadie. Sólo veÃa a los guardaespaldas que me habÃan puesto "los Dalton" y la abogada de su jefe, porque estaba aterrada. HabÃa implicado a mucha gente ante la juez y tenÃa miedo .
Antes de mi detención, los "Dalton" habÃan llamado a una hermana mÃa que trabaja de peluquera en Guinea para dar con mi paradero. Según me contarÃa después Concha, le aseguraron que tenÃan un regalo para mà y que necesitaban localizarme.
--Yo estoy en Guinea y no sé cómo podéis localizarla en España --les dijo.
Unos dÃas después, recibà una llamada de una supuesta telefonista de MoviStar.
--Hola... ¿Exuperancia Rapú? Mire, le llamo de MoviStar y es que estamos haciendo una promoción y necesitarÃamos hablar con usted porque además tiene una averÃa...
--Yo no tengo ninguna averÃa...
La colgué. A los dos dÃas de esa llamada, me detuvieron. Luego sabrÃa que mi teléfono llevaba tiempo pinchado.
Desde Carabanchel llamé a Noah a Alicante un dÃa por la mañana temprano.
--Noah, soy yo...
--¿Qué has hecho? --me dice exaltado
--Estoy en la cárcel...
--Ya lo sé... hay dos periodistas que han venido a verme y no paran de decirme que soy la única persona que puede ayudarte
--¿Periodistas? ¿Quiénes son?
Me dijo sus nombres. Eran los "Dalton". Le colgué. Ese mismo dÃa, por la tarde, una funcionaria me avisa de que tenÃa visita. Me quedé sorprendida porque no la habÃa solicitado. Nada más entrar en la cárcel te explican cuántas llamadas desde la cabina tienes derecho, cuántas visitas, cómo solicitarlas...
--¿Quién es? --pregunté.
--Tú novio o eso dice.
--Es blanco o negro.
--Negro y se llama Noah.
La funcionara sacó un papel indicándome dónde tenÃa que firmar y me mandó bajar a los locutorios. Noah me contó que le habÃan ido a buscar a Alicante porque yo estaba en la cárcel por un vÃdeo al director de un periódico.
--¿Y tú qué les has dicho? --le pregunté.
--Que éramos pareja, pero que ahora vivo con otro mujer y dos hijos. Pero insisten en que soy la única persona que te puede ayudar y por eso he venido.
VenÃa con un cuaderno lleno de anotaciones que consultaba constantemente. Me contó que habÃa ido directamente a la redacción del periódico y que se habÃa reunido con los "Dalton" en el despacho del director. Me dijo que delante de él se hicieron llamadas para que pudiera entrar en Carabanchel a verme.
En cuanto salió Noah del locutorio entró mi abogado. DebÃan haber venido juntos. No habÃa podido asistirme en el juzgado porque estaba de viaje de novios y me pusieron uno de oficio. Le comenté mi situación en la cárcel. Que me habÃan metido en un módulo de crÃmenes violentos cuando deberÃa estar en otro. Que llevaba dÃas con la misma ropa. Él me aconsejó que debÃa "aliarme con el ofendido", porque asà obtendrÃa más ventajas en la cárcel.
--Piensa en su familia. Tiene mujer e hijos. Él no tiene nada contra tÃ. No te persigue a tÃ, si no a otra gente. Tienes que aliarte con el ofendido.
Me explicó que si yo no declaraba a favor de él no saldrÃa de la cárcel. Que yo era una persona utiizada por la gente que perseguÃa a ese hombre. Preparamos mi declaración ante la juez y en cuanto le firmé para que se hiciera cargo del caso me cambiaron de módulo y me dieron ropa.
HabÃan decretado mi libertad un viernes --llevaba ocho dÃas en prisión-- pero mi abogado no me dijo nada. HabÃan pactado que declararÃa ante la juez el sábado por la mañana. Tras declarar lo que habÃa preparado con mi abogado, me soltaron. "Los Dalton" se encargaron de ponerme a unos policÃas nacionales de escolta, porque los solicitados al juzgado no podÃan hasta el dÃa siguiente. Luego descubrirÃa que querÃan tenerme controlada.
VeÃa a menudo a los "Dalton" en el despacho de mi abogado. SeguÃan con las mismas preguntas. Que habÃa que detener a esa persona, que lo que habÃa hecho con su jefe no se podÃa hacer. En una de esas ocasiones, sonó el teléfono de uno de ellos. Al colgar, explicó que era "Eduardo" diciéndole que acababan de detener a esa persona. Resulta que el tal "Eduardo" era uno de los policÃas nacionales que me habÃan puesto de escolta.
Enseguida llamó a su jefe al periódico.
--El pájaro está en la jaula --le dijo y colgó.
A partir de entonces, los "Dalton" venÃan a mi casa. TraÃan montones de fotocopias, incluso copia de la agenda de la persona que acaban de detener. Me preguntaban teléfono por teléfono a quién pertenecÃan. Me aseguraban que esa persona estaba casada, que me engañaba, que estaba compinchado con su mujer contra mÃ. Me decÃan que venÃan por motivos periodÃsticos, pero se habÃan equivocado de profesión: ellos venian como policÃas... ejercÃan de policÃas, manejaban a la policÃa.
Otro dÃa quedamos en una cafeterÃa de detrás de mi casa, un sitio de sandwiches de Capitán Haya llamado Bucanan. Tomamos café. Eran tacaños porque ni se les ocurrÃa ofrecerme una copa.
SeguÃan en la misma lÃnea. Que mi segunda declaración, la pactada, me beneficiaba, que su jefe no tenÃa nada contra mÃ, que todo iba sobre otras personas... Me enseñaron el recorte de un periódico donde se habÃa publicado que estaba cobrando 500.000 pesetas al mes de su jefe.
--Joder, si tuvieses que vivir de lo que suelta ese te morirÃas de hambre --bromeó uno de ellos mientras el otro le reÃa el comentario.
No alababan a su jefe, pero se estaban partiendo la cara por él. No paraban de trabajar, de hacer llamadas y de comprobar cosas.
HabÃan pasado ya cuatro meses y yo todavÃa estaba como drogada. Lo que decÃa mi abogado le creÃa.
--No te puedo dar copia de tu declaración porque... --se excusaba cuando yo le decÃa que querÃa ver exáctamente qué es lo que habÃa declarado.
Me di cuenta que me estaban manipulando, que me ocultaban información y decidà cambiar de abogado por uno que me recomendó un médico amigo mÃo.
--PodrÃa hacerme cargo del caso --me dijo cuando fui a verle a su despacho y le expliqué mi situación--. Pero sólo si vamos a favor de los intereses del director del diario, en caso contrario, no puedo.
A los dÃez minutos de dejar el despacho, sonaba mi teléfono. Era mi abogado diciéndome que ya se habÃa enterado de con quién acababa de estar. Tardé meses en salir de esa burbuja. Hasta que un dÃa me dije que tenÃa que reaccionar, que me estaban engañando, utilizando.Hasta el dÃa del juicio, cambié de abogado cuatro veces.
"Los Dalton" seguÃan controlándome, insistiendo en que mantuviera mi declaración pactada, tentándome con promesas de negocios, de residencias fuera de Madrid, de ofertas millonarias después del juicio, de sueldos... Su objetivo, según ellos, era mantenerme alejada de los "malos". Yo no aceptaba nada --le dije a mi abogado que las 200.000 pesetas mensuales que me ofrecÃan se las metieran por donde les cupiera--; estaba tan en la luna que decÃa no a todo lo que me ofrecÃan., pero sin saber por qué. Yo no sabÃa lo que querÃa. Estaba atontada.
Cuando le conté lo de los "Dalton" a uno de los nuevos abogados, me aconsejó que los denunciara en el juzgado por amenazas y coacciones, junto a su jefe y a la abogada del periódico. Admitieron a trámite la denuncia y les tomaron declaración a todos ellos, pero luego se archivó.
Un dÃa, harta ya de todo, me fui a la sede del periódico a montar un pollo. Estuve toda la noche anterior dándole vueltas a todo en mi cabeza y me presenté sola en la recepción del diario. Iba dispuesta a montar un cirio. Pregunto por el director, y la recepcionista me pide el DNI. La sonrisa al leer mi nombre la delató. Me metió en una sala de estar y subió escaleras arriba con mi DNI.
--No está el director en este momento --me dijo al cabo de unos minutos.
Al poco de irme me llama uno de los "Dalton". Dijo que estaba en Nueva York pero le habÃan dicho que acababa de presentarme allÃ.
--¿Qué pretendes? --me pregunta--. No montes ningún escándalo... no te metas en lo que no debes...
TenÃan miedo de lo que pudiera hacer y me citaron en la cafeterÃa del Hotel Cuzco.
--Piénsate lo del cambio de abogado, no te vayas a arrepentir.
Yo simplemente escuchaba. El juicio empezó en junio de 2002. Duró hasta finales de julio. Me condenaron a cuatro años y pico de cárcel por revelación de secretos. A dÃa de hoy estoy a la espera del recurso, aunque no tengo esperanza alguna. Para mà es duro pensar que voy a ir a la cárcel: cuatro años no son dos dÃas.
Mientras llega la hora de ingresar en prisión, vivo en una habitación de diez metros cuadrados como si ya estuviera encerrada tras las rejas. Estoy en una empresa de trabajo temporal como manipuladora de mailing. Pagan por horas. Los dÃas que me llaman ingreso unos cincuenta o sesenta euros. Ahora estamos con la campaña electoral europea.
Visto lo visto, no me arrepiento del vÃdeo. Lo volverÃa a hacer, pero mejor.
De lo que me arrepiento es de no haberlo hecho antes. Y sobre todo, de no haberle sacado dinero de verdad al asunto. |
Comentaris
Idiotas en Ã?frica
Traidores en la horca.
Catalanes en la suya.
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