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Comentari :: corrupció i poder : criminalització i repressió : mitjans i manipulació : guerra
Bombas en Londres: la gran farsa criminal del Imperio (I)
19 jul 2005
En este artículo se denuncian las mentiras que rodean a lo sucedido en Londres y se critica duramente la responsabilidad de los medios de comunicación.
Bombas en Londres: la gran farsa criminal del Imperio

Antes de comenzar, una advertencia. Quien escribe estas líneas no cree que todo lo que ocurra en el mundo pueda explicarse con teorías alusivas a conspiraciones secretas. Por ejemplo, confieso que no me atrevo a hablar sobre los autores de lo que sucedió el 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos. La información de que dispongo la considero extraordinariamente confusa. Tampoco observo ningún indicio que me permita afirmar que detrás de algunos atentados reivindicados por ETA hubo alguna âmano negraâ?, tal como llegaron a insinuar algunas personas. Creo que hay que enfrentarse a los hechos basándonos en los datos que tenemos y en las contradicciones que esos datos dejan al descubierto, y ante todo debemos pensar y realizar las deducciones que sean necesarias manteniendo la cabeza fría. En estas líneas, cuyo único fin es el de invitar al lector a la reflexión, me limitaré a referirme a las recientes masacres ocurridas en Europa, centrándome principalmente en los atentados de Londres del pasado 7 de julio. Y el motivo es que aunque no ha transcurrido mucho tiempo desde que se produjeron los hechos, día a día ha habido una progresiva acumulación de datos que no encajan con lo difundido por los responsables de la investigación.

Si bien parecería que el caso está en parte resuelto, la sensación que uno tiene es de desazón, porque nada indica que los asesinos no vayan a quedar otra vez impunes. Y aunque clamemos en el desierto, es urgente dejar constancia de que algunas personas no sólo no compartimos en absoluto las teorías gubernamentales y mediáticas sobre las dos masacres ocurridas en Europa en el último año y medio sino que creemos que nadie debe dejarse hipnotizar por el señuelo de las apariencias. Hay que leer y escuchar todo con extraordinaria atención; sólo después podremos reunir el conocimiento y valor suficientes para denunciar con todas nuestras fuerzas las mentiras que nuestros dirigentes siguen inoculándonos para allanar el camino de sus objetivos políticos, sociales y económicos.

Todos tenemos multitud de quehaceres y problemas en nuestras vidas. Habría sido mucho más sencillo, por tanto, permanecer callados y escuchar y aceptar con naturalidad las informaciones que van llegando sobre lo ocurrido. En realidad, no desbarramos si decimos que generalmente es fácil identificar a las organizaciones que cometen atentados, y la hipótesis islamista, en el caso de Madrid y de Londres, no resultaba extraña en principio. Pero no ha pasado mucho tiempo hasta que muchas de las cosas que se nos decían comenzaron a chirriar en nuestros oídos. Si no hay confesión de parte y no nos ponemos a trabajar será complicado recoger pruebas y presentarlas ante un tribunal, pero aun así hoy algunas personas observamos indicios suficientes para sospechar que los asesinos de Madrid en marzo de 2004 y Londres en julio de 2005 han sido agentes que están ejecutando la parte más sucia de la estrategia conjunta de EE.UU. y sus aliados más próximos (entre ellos el Reino Unido e Israel). Esto significa que las personas vivas o fallecidas a las que se acusa oficialmente de los crímenes serían completamente inocentes y que en ambos operativos nada habrían tenido que ver extremistas islámicos.

De cualquier forma, no puede extraerse esta conclusión atendiendo exclusivamente a las reflexiones que surgen de la pregunta â¿a quién beneficia la masacre?â?. La experiencia demuestra que es muy tentador opinar apoyándonos sólo en la cuestión de quién saldría ganando. Parece claro que la estrategia internacional del imperio estadounidense y de sus aliados, asentada desde hace unos años en una espectral âguerra contra el terrorismoâ?, se ve fortalecida e impulsada con la aparición esporádica de misteriosas organizaciones que atacan directamente a la población civil occidental. Además de contribuir a apuntalar la doctrina capitalista neoliberal y la teoría del enfrentamiento entre diferentes concepciones de vida, los atentados dejarían el camino expedito para nuevos recortes de libertades en el interior de Europa y EE.UU. (nuevos controles sobre las comunicaciones, introducción de la tarjeta de identificación en el Reino Unido, modificaciones en la legislación antiterrorista, restricciones a la inmigración, demonización de determinadas expresiones culturales y religiosas, etc.), sin olvidar el impulso económico que continuaría experimentando la industria militar y el sector civil de la seguridad. Por si todo esto fuero poco, las encuestas confirman el fortalecimiento de la popularidad de Tony Blair e incluso la oposición conservadora ha valorado positivamente su gestión (a pesar de que desoyó su petición de abrir una investigación sobre lo ocurrido, una idea calificada por el ministro Hazel Blears como inútil y que podría distraer a la policía). Pero todo este beneficio, como todas las ganancias que se producen como consecuencia de la comisión de crímenes, con ser significativo no es por sí sólo válido para imputar la autoría de unos atentados a los beneficiados.

¿Existen otros hechos que indicarían que debemos ir más allá del aluvión informativo con el que nos inundan los medios de comunicación?

    Más allá de los espejismos

â¢Horas más tarde de los atentados de Londres, diversos medios informaron de la aparición de comunicados que, en nombre de diferentes grupos, se responsabilizaban de la matanza. Los medios, a través de la proliferación de pintorescas reivindicaciones, transmitían la sensación de que detrás de los atentados sólo podría haber extremistas islámicos, cuando la lógica nos dice que sólo puede haber un comunicado que se ajuste a la realidad, siendo todos los demás falsos. La cuestión es que ninguno de esos comunicados hacía la menor mención a algo tan básico como es el hecho de que se trató de operaciones suicidas. Todas las organizaciones armadas, sean islamistas, nacionalistas o de izquierdas, que realizan acciones en las cuales mueren voluntariamente sus activistas, rinden honor a sus mártires en los textos de reivindicación y muchas incluso acostumbran a revelar su identidad. Por poner sólo un par de ejemplos, así ha ocurrido a principios de este mes de julio con sendos atentados de la Yihad Islámica en Israel y de la organización izquierdista DHKC/P en Ankara. Puede deducirse, sin temor a equivocarnos, que quien perpetró los atentados de Londres no los ha reivindicado todavía, al menos en su nombre.

â¢A pesar de todo, se sigue dando por hecho que los atentados serían obra de âAl Qaedaâ?. Extraño comportamiento el de una organización terrorista que desde su presunto nacimiento hace ya muchos años sólo ha realizado dos acciones en Europa. Acciones que, a pesar de los estrafalarios escritos en Internet de los que se hacen eco los medios y que cualquiera puede redactar, no parece haber reivindicado. La realidad es que no se tiene constancia de la explosión de ningún otro artefacto, ni de un cóctel molotov, ni del disparo de una sola bala atribuible a dicho grupo. Tampoco han realizado secuestros ni extorsiones, no han efectuado asaltos para proveerse de fondos y las policías de todo el mundo saben que no se han encontrado jamás depósitos de armas o documentos que puedan relacionarse realmente con esa entelequia y no con la delincuencia común. Además, si tomamos en consideración la importancia del apoyo mutuo en las sociedades y ambientes islámicos, es llamativo que a esa estructura no se le conozcan redes de apoyo en la sociedad ni organizaciones de socorro para sus militantes encarcelados y sus familiares, y que a sus âmártiresâ? no se les rinda honores ni siquiera en sus funerales y no sean recordados como tales en ninguna parte. En suma, nada que ver con ninguna otra organización violenta conocida. Por poner sólo un ejemplo, durante todo este tiempo los grupos armados corsos, como otras organizaciones que usan la violencia política en Europa y en otras zonas del mundo, han sido responsables de centenares de acciones y comunicados, han sufrido múltiples detenciones de activistas que han reconocido su militancia, han mantenido tiroteos, se les han incautado armas y explosivos, homenajean a sus caídos, etc. Pero resulta que lo mismo puede decirse de otras muchas organizaciones que operan en Asia y que reivindican el Islam dentro de su ideario político. El caso es que esa tal Al Qaeda sólo estaría detrás de dos acciones en Europa. Dos masacres extrañamente espectaculares, sincronizadas y perfectas en su ejecución que además han tenido importantes consecuencias sociales y políticas.

En algunas ocasiones algún periodista se ha atrevido a escribir que no se sabe muy bien qué es Al Qaeda, que se trata de un ente vago y fantasmal. Es hora de afirmar en voz alta lo que podía intuirse desde hace mucho tiempo: Al Qaeda, al igual que los fantasmas, no existe. Ese fue el nombre que se le dio a una estructura islamista que según algunos habría funcionado en Afganistán en los años 90; posteriormente, el concepto fue utilizado y ampliado por EEUU y por los principales medios de comunicación occidentales para denominar a una oscura organización internacional que estaría golpeando a la civilización occidental de manera inmisericorde en cualquier punto del globo. La lucha contra el terrorismo islámico adoptó la consideración de guerra. Pues bien, de las miles de detenciones practicadas en el curso de esa guerra contra âmilitantes de Al Qaedaâ? puede concluirse lo siguiente: todos los detenidos proclaman su inocencia y nadie confiesa pertenecer a tal organización o conocer su existencia; algo insólito tratándose de supuestos aguerridos militantes islámicos que ante todo se sentirían públicamente orgullosos de serlo. Además, y dejando a un lado las patéticas fabulaciones que escupen los teletipos, nadie ha averiguado absolutamente nada sobre la estructura del grupo, ideología, propaganda, militancia, etc. Es hora de soltar nuestros miedos y de señalar que âAl Qaedaâ? no es sino una marca que utiliza el bloque comandado por EEUU para dar nombre a un enemigo inexistente y para reivindicar los atentados que desde las cloacas imperiales se perpetran contra su propia población y contra la de otros países. A este respecto subrayemos que en Iraq, y como ocurre siempre en las invasiones, además de las operaciones asumidas por los ejércitos ocupantes hay muchos actos de guerra sucia y matanzas de civiles que son presentadas después como acciones contra la población civil realizadas por Al Qaeda o la resistencia. Con esto quiero decir que la lucha por desenmascarar lo que ha pasado en nuestro continente no puede separarse de la denuncia de lo que los mismos delincuentes están haciendo en Iraq y en otros países y que está provocando diariamente, no lo olvidemos, muchas más víctimas que en Europa.

â¢A fecha de hoy puede decirse que a primera vista el operativo del 7-J en Londres se desarrolló como sus planificadores querían. Si nos ceñimos a la cuestión de las explosiones en sí mismas, todo indica que se trataba de producir una masacre de civiles (pero no muy grande), y así fue. Pero como en toda labor compleja y que acarrea tener que atar muchos cabos, es prácticamente imposible no cometer pequeños errores. Uno de ellos fue difundir incorrectamente a las agencias la noticia de que un ministro israelí tuvo que suspender una reunión en Londres. La primera noticia al respecto que transmitió Associated Press y que se pudo leer en todo el orbe decía que Benjamín Netanyahu, el actual ministro de finanzas del Estado sionista que se encontraba esa mañana en la ciudad del Támesis, fue advertido por Scotland Yard antes de la primera explosión para que no saliera de su hotel con destino a la calle Liverpool âlugar de la reunión- porque tenían informaciones de que algo podía suceder. Horas más tarde se procedió a rectificar la información y se dijo que se había advertido a Israel después de la primera explosión. Más tarde, medios británicos publicaron que la advertencia se produjo días antes y en sentido contrario; es decir, que fue Israel quien comunicó a la seguridad británica la posibilidad de que se produjera un atentado. Al margen de malentendidos de última hora entre socios que no quieren dañarse entre sí y que por eso se cuentan las cosas, la confusión que se produjo y que parece estar olvidándose no ha servido para ocultar lo esencial: se produjeron âadvertenciasâ? entre aparatos de Estados aliados, lo que indica que alguien muy bien informado tenía conocimiento de lo que iba a suceder y que evidentemente no se hizo nada para evitarlo.

â¢No es un rumor de paranoicos. Es algo crucial para la resolución del caso y no ha sido desmentido: simulacros de atentados explosivos en el metro de Londres tuvieron lugar al mismo tiempo que el ataque real. Leemos en www.prisonplanet.com:

âUna agencia de consultoría con conexiones con la policía y el gobierno estaba ejecutando un ejercicio para una compañía anónima que implicaba un ataque explosivo en el tren subterráneo de Londres exactamente en el mismo momento y en los mismos puntos en los que ocurrieron las explosiones de la mañana del 7 de julio.

En una entrevista en la radio BBC 5 que fue emitida en la tarde de ese día 7, el periodista entrevistó a Peter Power, director gerente de VisorConsultants.com, una compañía asesora en 'manejo de crisis', más conocida como una empresa de RP (Relaciones Públicas). Peter Power fue un oficial de Scotland Yard que trabajó en su día en su sección antiterrorista. Power le dijo al conductor del programa que en el momento exacto en que las explosiones de Londres estaban teniendo lugar, su compañía estaba ejecutando un gran ejercicio con mil personas que ponía como escenario ataques al tren subterráneo de Londres exactamente en los mismos lugares y en el momento exacto en que pasaba en la vida real.

Power: âa las 8.30 de esta mañana estábamos ejecutando para una compañía un ejercicio de más de mil personas en Londres que implicaba la explosión de bombas simultáneas precisamente en las estaciones de metro donde sucedió esta mañana, por ello es que aún tengo los pelos de punta ahora mismoâ?.

Periodista: âpara dejar esto claro, ¿ustedes estaban ejecutando un ejercicio para ver cómo tratar esto y pasó mientras se estaba ejecutando el ejercicio?â?

Power: âprecisamente, y fue cerca de las 8.30 de esta mañana; planificamos esto para una compañía y por razones obvias no quiero revelar su nombre pero ellos están escuchando y lo sabránâ?.

No estamos sugiriendo que el señor Power tuviera ningún conocimiento del propósito real del ejercicio. (â¦) El ejercicio cumple varios objetivos: sirve de cobertura a los terroristas para llevar a cabo su operación sin que los importantes servicios de seguridad se den cuenta de lo que están haciendo, y, lo que es más importante, si son capturados durante o después del ataque con alguna evidencia que les incrimine, simplemente pueden decir que estaban tomando parte en el ejercicio. (â¦)

Como dicen los redactores de la noticia, los autores de la masacre, perfectamente conocedores de la organización del simulacro, podrían haberse servido de éste para colocar los explosivos con facilidad. Lo que desconocemos en este momento es si los colocaron ellos directamente (sería lo más lógico y seguro) o utilizaron a usuarios del metro que fueron invitados esa misma mañana a participar en el ejercicio llevando unas mochilas. Personalmente me inclino por la hipótesis de que los explosivos estaban adheridos a los trenes antes de que las personas acusadas subieran a ellos, y cabe la posibilidad de que, utilizando la cobertura que podía dar la organización del simulacro posterior, los explosivos hubieran sido colocados durante la noche. No parece probable, pero aún no puede descartarse que en el transcurso del ejercicio se entregaran mochilas inofensivas a ciertos pasajeros con el fin de filmar a algunos de ellos. Lo más probable es que las personas acusadas sean víctimas que no hayan participado ni siquiera como meras comparsas, y lo que no se sostiene en ningún caso es la hipótesis de los activistas suicidas.

â¢Â¿En qué se basa la policía británica para decir que se ha tratado de acciones suicidas? Contra lo que pueda parecer, esta aseveración sólo responde a la necesidad de ajustarse al âguión explicativoâ? de los hechos, guión que probablemente ha sido redactado antes de que ocurrieran. La investigación oficial no se ha puesto en marcha basándose en indicios que ayuden a esclarecer el delito; en realidad, se trata justamente de lo contrario: en primer lugar perpetramos el crimen con absoluta impunidad, y después se fabrican y difunden las âpruebasâ? que inculparán a quien nosotros queramos. Y es que el objetivo de la investigación no es otro que encubrir a los delincuentes y difundir a través de los medios una hipótesis aceptable para la ciudadanía. Pero volvemos a repetir que efectuar una operación de esta envergadura sin dejar ningún fleco suelto es francamente difícil. En un primer momento se nos dijo que las explosiones ocurrieron una detrás de otra; posteriormente se afirmó que sucedieron de forma sincronizada. El domingo día 10 la prensa afirmaba que âel hecho de que las tres bombas estallaran de manera simultánea refuerza la tesis de que fueron activadas mediante temporizadores y parece descartar la posibilidad de que se trate de terroristas suicidasâ?. El martes 12 Scotland Yard aseguró que los autores fueron suicidas y comenzó a dar datos sobre sus identidades: al parecer los terroristas no solamente no llevaban documentación falsa sino que se introdujeron en el metro con sus documentos personales. Finalmente se han notificado esas identidades. Curiosamente, a pesar de que los cuerpos, las ropas y la documentación de quienes llevan consigo bombas de enorme potencia y las hacen explotar deberían quedar completamente destrozados (y esto los distinguiría de las víctimas), los âsuicidasâ? han sido identificados antes que muchas víctimas de los atentados. Será muy importante conocer cuándo se entregan a sus familias los restos de los âcriminalesâ?, así como comprobar en qué estado se encuentran dichos restos. También sería muy importante que acto seguido se pudieran realizar autopsias con la presencia de médicos independientes nombrados por las familias, ninguna de las cuales puede aún creer lo que se está diciendo.

En realidad, cómo, dónde y cuándo murieron esas cuatro personas a las que se acusa de detonar las bombas es algo que probablemente sólo conocen los organizadores del operativo. Es muy posible que simplemente hayan sido seleccionadas entre las numerosas víctimas de origen inmigrante (al hacer estallar potentes bombas a primera hora de la mañana en esos puntos concretos del metro de Londres los asesinos sabían que morirían necesariamente varias personas inmigrantes o de origen asiático), para concederles el título póstumo de culpables y así poder usarlos en el esquema de resolución del caso. De este modo evitan también otro de los quebraderos de cabeza que tuvieron los investigadores del 11-M: en Madrid estuvieron a punto de elegir también la hipótesis de los suicidios e incluso así se lo filtraron en primera instancia a la cadena SER, pero luego debieron darse cuenta de que era mucho lío seguir por ahí (demasiadas bombas y por tanto demasiados suicidas e identidades que inventar). Así que lo pensaron mejor y prepararon la âOperación Leganésâ? con su media docena de suicidas y su GEO muerto. De esta operación, de la voladura controlada de aquel edificio, de aquellos suicidas y del GEO (la única âvíctima del terrorismoâ? de la que jamás se ha publicado una foto y cuyo presunto cadáver desapareció al ser quemado unos días más tarde tras una profanación en el cementerio) se podrían decir muchísimas cosas, pero no es el momento. Lo que importa ahora es que, en lo que respecta a lo sucedido en Londres, Scotland Yard sabe de qué va todo esto y en consecuencia ha actuado con más habilidad y no ha tenido que adentrarse en semejantes vericuetos.

Los datos que se van filtrando sobre las circunstancias de los atentados y las biografías de los acusados âjóvenes con familia y vida normal de los que ni siquiera hay seguridad de que se conocieran entre sí y a los que nadie les adjudica inclinaciones extremistas suicidas y/o asesinas- hacen difícilmente imaginable que hayan sido sus autores. Aunque al fin y a la postre no sirva para nada porque la presunción de inocencia deja de existir cuando es un estorbo, si la historia es justa los absolverá a ellos y a toda la comunidad pakistaní, inmigrante y musulmana en Gran Bretaña. Señalemos de momento que las detenciones que se están produciendo, los registros de locales, el desalojo de barrios enteros por razones de seguridad, la desactivación espectacular de falsos explosivos, la publicación de fotos supuestamente acusatorias, las intoxicaciones contra esos cuatro desgraciados y en definitiva toda la parafernalia represiva puesta en marcha por el Estado británico pertenece a la fase de escenificación que sigue a la masacre. Las actuales maniobras de distracción persiguen el objetivo, entre otros, de introducir en el ambiente el ruido suficiente como para disimular la presencia de contradicciones y acallar las voces que quieran denunciar lo ocurrido y las nuevas medidas represivas que se quieren poner en funcionamiento. Especial importancia cobra la difusión incesante de rumores que nunca se confirman, porque al aumentar el número de anzuelos en los que poder picar se logra despistar la atención de los medios y de los consumidores de información.

Alguien podría preguntarse: bien, pero ¿no podría ser que se hayan precipitado y que los asesinos sean otros islamistas? Aquí surge otra cuestión que atraviesa todos los acontecimientos desatados desde la mañana del día 7: la rapidez con la que ha actuado Scotland Yard, que en lo esencial ha intentando cerrar el caso cuanto antes sin dejar el menor resquicio a la duda. La precipitación sólo podría exculpar un supuesto error si el gobierno británico se hubiera sentido presionado para identificar y castigar inmediatamente a los culpables. Así ocurrió en España tras el 11-M y en el mismo Reino Unido tras algunos atentados mortales contra civiles en la década de los 70, pero ahora no ha ocurrido en absoluto: si algo ha caracterizado a la reacción de una sociedad británica a la que sus gobernantes han dicho muchas veces que algo de esto iba a ocurrir es la aceptación serena de la tragedia. Y esta calma permitía que, una vez que se comenzó a agitar el muñeco de Al Qaeda, la investigación podía haberse demorado lo necesario hasta averiguar la identidad concreta de los culpables. Pero no: había que cerrar el caso en cuestión de horas no porque las irascibles masas reclamaran información y venganza (no lo han hecho) sino porque no había que dejar que las sospechas que inevitablemente iban a nacer fueran cogiendo fuerza con el paso del tiempo.

â¢Si bien las masacres de la capital española se desarrollaron también sin contratiempos, los autores de la operación llevada a cabo en Londres parece que han hecho balance positivo del trabajo hecho en los trenes de cercanías en Madrid y a la vez han sacado algunas lecciones útiles para esta nueva misión. Cuando digo balance positivo me refiero entre otras cosas a que han sacado la conclusión de que se puede atentar con impunidad e irse de rositas. Es cierto que en España estalló un fuerte debate, pero aquí somos tan sagaces que la discusión se centró en una pelea entre dos partidos basada en si habían sido islamistas o ETA⦠Nos dejamos arrastrar por un torbellino de mentiras en torno a intereses políticos domésticos, cuando si sólo hubiésemos pensado un poquito tal vez nadie habría muerto en Londres. Ningún problema por tanto para los verdaderos autores, que se sienten libres para volver a actuar con prepotencia.

Las lecciones extraídas pueden observarse en las diferencias entre los casos. Aunque por las similitudes detectadas ambas matanzas parecen llevar la misma firma, una de las diferencias más importantes es que en Londres el gobierno ha actuado como si conociera lo que iba a suceder y por tanto no ha cometido errores estúpidos como por ejemplo adjudicar la autoría al Real IRA basándose en el precedente de Omagh en 1998 (matanza cuya investigación, por cierto, aún no ha finalizado). Sólo unos pocos pueden conocer lo que se mueve en los desagües del bloque que dirige el mundo; Aznar fue un servil discípulo del club pero nunca llegó a entrar en el área más secreta del poder. En el caso de Londres los jefes del anterior presidente español, los criminales, ni siquiera consideraron necesario colocar una furgoneta con versos del Corán. Ese vehículo, absurdo en cuanto a su ubicación y contenido, no fue sino un señuelo utilizado en Madrid para eliminar cualquier atisbo de duda y ayudar a que la investigación de la administración española se orientase en la dirección âcorrectaâ?; pero un gobierno fanático, obsesionado y sin reflejos comenzó a enfangarse en sus mentiras al ver la oportunidad de eludir la cuestión de Iraq -cuestión que no sólo no era imprescindible evitar sino que podía ser manipulada con astucia, como hizo el gobierno derechista australiano tras el atentado de Bali y como hace ahora la administración británica- y asestar un golpe mortal a ETA y al nacionalismo vasco. Otra diferencia importante es la del lugar de los atentados: los trenes atacados en Londres eran subterráneos, y esto ha facilitado el control y gestión de la información, de las imágenes (no hay apenas testimonios gráficos de los vagones reventados; precisamente fueron las imágenes las que hicieron pensar a algunos que las cargas explosivas de Madrid fueron colocadas debajo de los trenes, y no en su interior), de la identificación de víctimas y âasesinosâ?, y en definitiva de toda la âinvestigaciónâ?. Eso sí, para que la población y los medios pudieran tener alguna imagen más espectacular y así comprobar la perfidia de los islamistas, decidieron reventar también un autobús aparentemente al más puro estilo Tel Aviv. Otra diferencia es que la operación debería ser menos sangrienta que en Madrid; así, en vez de colocar 13 bombas hicieron detonar sólo 4. Alguien debió pensar que estando en casa no había por qué pasarse: unas cuantas decenas de cadáveres serían suficientes para obtener el efecto deseado.

â¢Â¿Por qué las autoridades británicas han estado insistiendo desde hace más de un año en lo âinevitableâ? de un atentado de este tipo? En declaraciones a BBC Radio 4 el día 9 de julio, Blair afirmó de nuevo: âni toda la vigilancia del mundo puede evitar lo que ha ocurridoâ?. ¿A qué se debe que los representantes de un régimen político que ha vivido durante décadas un gravísimo problema de violencia política que ha causado miles de muertos en su propio territorio, y que nunca han dejado traslucir vulnerabilidad sino firmeza, repitan una y otra vez que no se puede hacer nada ante estos ataques? ¿Se ha esfumado súbitamente la soberbia de sus dirigentes, o estamos más bien ante un mensaje dirigido a la población de su país ây quizás también de otros- para prepararla mentalmente y hacer que asuma con más facilidad lo que estaba programado que ocurriera?

â¢Es recomendable ver los vídeos de las primeras declaraciones de Tony Blair porque son realmente interesantes. Su primera intervención desde Gleneagles fue realizada con serenidad y una calma absoluta en formato de breve discurso perfectamente memorizado. Sin embargo, alguien debió hacerle algún comentario porque en su segunda declaración hace esfuerzos para aparecer visiblemente emocionado. Tras ambas intervenciones, se anunció que Blair no suspendía la cumbre del G-8, que se iba a trasladar a Londres y que al finalizar la tarde volvería a Escocia. Teniendo en cuenta que según la versión oficial de ese momento los atentados (se hablaba entonces de 9 explosiones) habían sucedido sin aviso previo a lo largo de la mañana en diferentes puntos y medios de transporte, ¿cómo podía tener en ese momento la certeza de que no iba a haber más sobresaltos y de que tras una breve estancia en Londres podría volver sin más a la cumbre? Pero volvamos al discurso de Blair. Una idea en la que ha querido insistir desde que ocurrieran los hechos es la de que no puede haber dudas respecto a la identidad de los ejecutores: se trata de una acción del âextremismo islámicoâ?. Aunque en los primeros instantes nadie podía dar por supuesto quiénes eran los autores y qué motivaciones ideológicas concretas tenían, cualquier observador puede percibir que las autoridades británicas no han recurrido al concepto abstracto de âterrorismoâ?, sino que han querido hacer hincapié en la idea de un islamismo exacerbado que se contrapone a ânuestros valores y nuestro modo de vidaâ?. Un lenguaje que se inscribe en el discurso del enfrentamiento entre culturas. Es decir, en lugar de esperar una reivindicación y obtener más datos o simplemente considerar a los supuestos criminales como asesinos aislados, enloquecidos y sin apoyo, se les adjudica en la práctica y de manera inmediata nada más y nada menos que la representación de una civilización portadora de una ideología maléfica. Y para colmo se pone conscientemente a la comunidad islámica del país en el ojo del huracán cuando en los días inmediatos a la tragedia las autoridades insisten una y otra vez en hablar de ella, de sus actividades, organizaciones, mezquitas, madrasas, clérigos, etc. No contentos con eso, y para que quede claro en el imaginario colectivo hacia dónde deben dirigirse las miradas, insisten en la necesidad ineludible de establecer contactos con ese mundo y nos informan de las conversaciones que mantienen con sus representantes. El mensaje que se envía a los ciudadanos mediante esta forma de actuar viene a decir âla comunidad musulmana en sí no es culpable, pero el mal se encuentra entre ellos y hay que ayudarles a que lo extirpenâ?. La consecuencia práctica de todo ello es al menos otro asesinato de una persona de origen pakistaní y otros ataques fascistas contra población inmigrante.

Unos días después -qué casualidad-, la ONU anuncia que se van a poner en marcha iniciativas encaminadas a desarrollar âun diálogo entre culturas para combatir el terrorismo internacional de corte islamistaâ?, y vuelve a salir a colación el engañoso concepto de âalianza de civilizacionesâ?. El guión sigue cumpliéndose, y se vuelve a dar un paso más nuevamente de signo ideológico (¿no resulta exagerada la rapidez con la que se ha desarrollado desde el día 7 tanta obsesión por la ideología?): en declaraciones efectuadas el sábado 16 de julio Blair matiza la expresión de âchoque de civilizacionesâ? cuando señala que en realidad se trata de una lucha contra âideologías diabólicasâ?. Casi al mismo tiempo (¡qué curiosa y espléndida coordinación!) el politólogo estadounidense Seth G. Jones, especialista en Oriente Próximo, terrorismo y reconstrucción política que trabaja en la RAND Corporation âque según El País es uno de los centros de pensamiento más veterano de Estados Unidos- afirma en varias entrevistas que âcontra el terrorismo, la guerra es de ideasâ?. Sin dejarnos cegar por el cinismo, hipocresía y maquiavelismo de todas estas declaraciones, es necesario que reparemos en algo: estamos asistiendo desde hace tiempo a un proceso de reconfiguración de las reglas de juego internacionales, y en este proceso la superestructura, el mundo de las ideas, cobra más importancia de la que le solemos dar. Se puede percibir que, a diferencia del coche bomba de Omagh o del atentado más sangriento en la historia del Reino Unido (Lockerbie, Escocia), las extrañas bombas del metro han hecho subir automáticamente un peldaño más en la ofensiva ideológica de los dueños del mundo.

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