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Notícies :: amèrica llatina
Presencia del Monseñor Oscar Romero
31 mar 2005
El 24 de Marzo se ha cumplido 25 años del asesinato del monseñor Oscar Romero. En San Salvador en estos días se viene realizando diversas actividades conmemorativas. Una de ellas es la Semana Teológica que reúne a un gran puñado de teólogos y teólogas de la liberación en Latinoamérica. Aquí, en Indimedia Barcelona, compartimos la ponencia del Obispo Gregorio Rosa
LA PRESENCIA DE MONSEÃOR ROMERO
EN LA IGLESIA SALVADOREÃA
Por Gregorio Rosa Chávez
Obispo Auxiliar de San Salvador

Me piden hablar sobre âLa presencia de Monseñor Romero en la Iglesia salvadoreñaâ?. Es más fácil hacerlo en las circunstancias actuales, cuando parece que el país se está poniendo âen estado de graciaâ? con Monseñor Romero. ¿Quién iba a imaginar âpara poner el hecho más sorprendente- que el diario en cuyas páginas se escribieron los peores ataques contra el pastor durante su ministerio como arzobispo de San Salvador, iba a dedicarle seis páginas hace menos de dos semanas? Podríamos citar otros casos, como el de muchas personas sinceras que, llorando y de rodillas, piden perdón a Monseñor Romero por haber dudado de él, o por haberlo calumniado y atacado.

A quienes nos visitan de otros países, quizá les parezca increíble que en cuanto se conoció la noticia de su asesinato, muchas familias de los sectores ricos hicieron fiesta y reventaron cohetes. En esos días, mientras esperaba un taxi frente a la plaza de Las Américas, pude ver, en vehículos que bajaban de esos sectores, un âstickerâ? con la leyenda, âHaga patria, mate un curaâ?. Nunca pensaron que, veinticinco años más tarde, estaríamos rindiendo homenaje no sólo a âSan Romero de Américaâ? sino a âSan Romero del Mundoâ?. En efecto, el planeta entero vibra en estos días con el testimonio martirial y profético del pastor santo que, como Jesús, âpasó haciendo el bien⦠porque Dios estaba con élâ?.

No quise preguntar a los organizadores en qué sentido había que entender eso de âLa presencia de Monseñor Romero en la Iglesia salvadoreñaâ?. Así me siento más libre para escoger el camino a seguir a lo largo de mi exposición. Quisiera comenzar con una mirada retrospectiva a los tiempos anteriores a febrero de l977, fecha en que Monseñor Romero empuñó el báculo pastoral que le entregó Monseñor Luis Chávez y González; es decir, quisiera hablar brevemente del Padre Romero, el sacerdote a quien conocí desde mis catorce años en la ciudad de San Miguel y con quien tuve la gracia de trabajar durante un año en mis tiempos de seminarista. En este período encontramos algunos elementos que ayudan a comprender mejor al arzobispo Romero, profeta de fuego, y al Romero âcomo dice el conocido poema de Monseñor Casaldáliga- âpastor y mártir nuestroâ?.

El Padre Romero era un hombre de Dios, un pastor celoso, un incansable propagador de la devoción a la Virgen de la Paz, un hombre que se levantaba muy temprano y se acostaba después de media noche, siendo su última lectura los discursos y mensajes del Papa. No era de carácter fácil, pero cuando estaba ante un micrófono se transformaba en otra persona. Después de la siesta, su primera actividad era dirigirse al templo para rezar su breviario, hacer su lectura espiritual y hablar a solas con el Señor en el sagrario. Amigo de los placeres sencillos, se sentía muy a gusto con la gente pobre y era feliz comiendo con los campesinos una tortilla con frijoles bajo la sombra de su humilde rancho.


Pero no se puede hablar hoy y aquí de Monseñor Romero sin detener la mirada, aunque sea fugazmente, en el país en que le tocó servir. Y de nuevo, me gustaría destacar que no es lo mismo el país visto desde la catedral de San Miguel, que El Salvador mirado desde el centro de poder económico, político y militar. No es lo mismo el país contemplado y experimentado desde un ambiente más bien sereno y amistoso, que visto desde la catedral de San Salvador, a donde llegaba el clamor del pueblo pobre, violentado en sus derechos fundamentales y sediento de justicia. Tocamos aquí el discutido tema de la conversión de Monseñor Romero. Yo estoy convencido de que su respuesta cuando le pregunté si se había convertido es certera: âYo no diría que es una conversión; diría mas bien que es una evoluciónâ?.

El otro término del título de esta charla es âla Iglesia salvadoreñaâ?. Sabemos bien que teológicamente se prefiere hablar de la Iglesia âenâ? El Salvador o, según una frase consagrada, de la Iglesia âque peregrina enâ? El Salvador. Aquí es importante recordar que a Monseñor Romero le tocó vivir la Iglesia de los papas que él tanto admiró en sus tiempos de estudiante en Roma: Pío XI y Pío XII. Vivió también con pasión la aventura de los años del Concilio, pero sufrió intensamente cuando las enseñanzas conciliares se aplicaron a la realidad latinoamericana en los documentos de Medellín. Después de una verdadera crisis existencial redescubrió Medellín como un âacontecimiento salvíficoâ?, gracias sobre todo a Monseñor Eduardo Pironio, quien predicó un retiro a muchos obispos centroamericanos, en Antigua Guatemala. Por eso, al iniciar su ministerio como arzobispo, asumió con pasión la idea de Iglesia de la Pascua que describen los documentos de la segunda conferencia general del episcopado latinoamericano. Esa fue la Iglesia que nos dejó como herencia.

Naturalmente, entre la Iglesia que soñó y construyó Monseñor Romero y la Iglesia que nosotros âlos pastores y los fieles de este comienzo de milenio- construimos, hay bastante diferencia. Esta es la parte más delicada del tema porque se presta a críticas estériles o a declaraciones románticas que dejan las cosas como están pero nos dan la sensación de que hemos hecho un acto admirable de profetismo. En otras palabras, tenemos un doble desafío: por una parte, recuperar la pedagogía conciliar, que nos enseña a leer los âsignos de los tiemposâ?; y por otra, tomar en serio la propuesta del Papa Juan Pablo II para el nuevo milenio: que la Iglesia sea realmente âla casa y la escuela de la comuniónâ?, un lugar âdonde los pobres se sientan como en su casaâ?.


1. Monseñor Romero, más allá del mito

Voy a comenzar mi exposición acerándome a la rica personalidad del cuarto arzobispo de San Salvador, tratando de no caer en la trampa del âmito Romeroâ?, para intentar acercarme, con la mayor objetividad y honradez posible, al verdadero Monseñor Romero. Porque él no es ni un villano ni un superhombre, sino un hombre y un cristiano con defectos y virtudes, que intentó estar siempre abierto a Dios y escuchar âlo que el Espíritu dice a las Iglesiasâ?.

Así lo afirma su Vicario General, Monseñor Ricardo Urioste, presidente de la Fundación Romero:
âCuando después de su asesinato llegaban delegaciones de diversos países que admiraban mucho a Monseñor Romero, algunos preguntaban si era verdad que a Monseñor Romero lo habían manipulado un grupo de sacerdotes, o la izquierda, o algunos jesuitas. Y yo contestaba: âSí, es verdad. Fue manipulado. Lo manipuló sólo Dios, que hizo con él lo que quisoâ?.

Este es el verdadero Romero. La escucha atenta y dócil de la palabra de Dios le fue modelando y le llevó al martirio.

Pero junto a esta opinión, podemos colocar muchas otras. Más aún, podemos afirmar que existen muchos mitos sobre Monseñor Romero.

Cuando hablo del âmito Romeroâ?, pienso en opiniones como la de un clérigo salvadoreño que interpreta su nombramiento como fruto de una confabulación oscura.

Este sacerdote formula su posición así:
âEn vista de que monseñor Luis Chávez y González y monseñor Arturo Rivera Damas fueron marginados por el Grupo de Reflexión Pastoral y por los nuevos jesuitas, estos se dedicaron a buscar al futuro arzobispo de San Salvador. Monseñor Chávez iba a dimitir dentro de poco tiempo al cumplir los 75 años de edad. El candidato de ellos era monseñor Oscar Arnulfo Romeroâ?.

Por eso âse inicia una campaña de desprestigio contra obispos candidatos a la sucesión y otra campaña de desprestigio contra el Gobiernoâ?.

¿Por qué Monseñor Romero?
Nuestro autor responde:
âCon él, no se volvería atrás en la âlínea de pastoral encarnada en el puebloâ?, les permitiría instrumentalizar de lleno a la Iglesia y evitar todo enfrentamiento con la misma. La Iglesia católica era un instrumento de poder que debería colaborar a la causa de la revolución comunistaâ?.

Por su parte, la conocida publicación âCarta a las Iglesiasâ? (n. 434, sept., 1000, p.3-4), en un artículo que presenta a Monseñor Romero como un verdadero patriota, afirma:
âEn nuestro país se ha puesto de moda rendir tributo, como héroes nacionales, a figuras políticas o militares que, vistos con objetividad y honestidad, no son tales. Si para algo debieran servir las celebraciones del mes de septiembre es para traer a la memoria a aquellos salvadoreños que sí contribuyeron, con su trabajo y ejemplo, a que en El Salvador imperaran los valores de la paz, la justicia y la solidaridad. Y no cabe ninguna duda de que entre esos salvadoreños figuraría âdebería figurar con todo derecho- Monseñor Oscar A. Romero, cuyo compromiso decidido con la construcción de un El Salvador en paz, justo y solidario sólo las mentes más obtusas se pueden negar a aceptar. Reconocer a Monseñor Romero como un héroe nacional, como un patriota en el sentido pleno de la expresión, exige como paso previo desmitificar algunas de las visiones que, sobre su figura y trabajo pastoral, se han venido tejiendoâ?.

¿Cuáles son esos mitos?
El primero âya lo vimos- es el que presenta a nuestro pastor y mártir como agitador profesional al servicio de las organizaciones marxistas: âTodavía hay quienes piensan así; todavía hay quienes aceptan, sin el menor ánimo crítico, esta imagen equivocada -fraguada por los sectores más duros de la derecha salvadoreña en los años setenta y ochenta-â.

Responde el autor del artículo que Monseñor Romero fue contundente en su crítica a la violencia como medio para resolver los problemas nacionales. âY ello porque era consciente âcomo pocos en su tiempo- de que la violencia, al multiplicarse, se convierte en una âespiral de violenciaâ?, del cual los más perjudicados terminan siendo los que no poseen arma alguna para defenderse: los pobresâ?.

Otros ven en Monseñor Romero âun hombre ingenuo y de buena fe, a quien se le forzó (por las vías del engaño y la manipulación) a que hiciera cosas y apoyara causas ajenas a su quehacer de pastor. Monseñor Romero era bueno -dicen-, pero tuvo malas influencias (entre otras las de los jesuitas), los cuales se valieron de su humildad y debilidad de carácter. Por tanto, de lo de que se trata ahora es rescatar a ese Monseñor Romero espiritual: ese Monseñor Romero espiritual; es ese Monseñor Romero el que debe ser beatificadoâ?.

Tampoco es válido, sigue afirmando Carta a las Iglesias, el mito de Monseñor Romero manipulado: âSin dejar de tener altibajos psicosomáticos -¿quién incluso con menos presiones no los tiene?-, Monseñor Romero fue, en momentos cruciales, una personalidad de carácter, capaz de asumir con determinación, tras haber reflexionado detenidamente, decisiones difíciles y peligrosas. Un ser dócil y sin carácter no hubiera enfrentado a los militares y a los grupos de poder económico, habida cuenta de los mecanismos de seducción y chantaje de los que éstos quisieron valerse para sumarlo a sus filas, o al menos, para que dejara de ser tan molestoâ?.

âPor último, están aquellos que ven al Arzobispo asesinado como un hombre con ideas claras, unívocas, que siempre sabía a qué atenerse o qué decisión tomar. Para éstos, Monseñor Romero es una especie de superhombre, incapaz de titubear o dudar: sus decisiones y opciones las tomó a partir de valoraciones frías y diáfanas de la realidad. Coherencia, frialdad, claridad y determinación: ¿no son éstas acaso virtudes que sólo los santos o los seres humanos extraordinarios pueden tener?â?

Ante esta visión también distorsionada, el autor recuerda que Monseñor Romero vivió en medio de dudas, equivocaciones y rectificaciones, pero âpudo medirle el pulso al país en aquellos años aciagos y tomar decisiones difíciles para él y para la Iglesia. Su diario personal no deja dudas al respecto: Monseñor Romero no siempre tuvo claridad plena acerca de lo que pasaba en el país o acerca de cuál era la mejor forma de responder ante las distintas coyunturas -sangrientas muchas de ellas- que se presentabanâ?.

La conclusión vale la pena meditarla atentamente:
âFue un hombre abierto a lo que los demás podían decirle o enseñarle, sobre todo a lo que le podían decir los más pobres de El Salvador. Y en esto radicó lo extraordinario de él: en haber sido un ser humano cabal, un ser humano que sus debilidades, titubeos, incertidumbres, pudo, tras buscar incansablemente los âsignos de los tiemposâ?, estar a la altura de las exigencias que planteaba la realidad histórica salvadoreña, responder a lo que el país esperaba de su líder espiritualâ?.

Pero, ¿se puede vivir sin mitos?

Se ha anunciado para estos días publicación de la biografía más documentada y desapasionada que se ha escrito hasta ahora. De esta forma se pretende ir más allá del mito que se ha ido tejiendo sobre su persona para tratar de llegar al verdadero Oscar Romero.

Un historiador católico escribe al respecto:
âRomero, veinte años después de su muerte, sigue siendo un mito, como puede verse claramente en los sitios (de internet) a él dedicados y por las reacciones emotivas, cuando se toca su aventuraâ?.

Y a renglón seguido, añade:
âEl mito es un obstáculo para el trabajo del historiador. Obliga a proceder con gran paciencia, no sólo por el temor de ofender los sentimientos, sino también por la dificultad de hacer un buen discernimiento. A pesar de todo, también el mito es historia, aunque no siempre del personaje que se intenta investigar. El mito puede revelar la biografía del grupo que se representaâ? (Andrea Riccardi, Romero, entre el mito y la historia, en Oscar Romero, un obispo entre guerra fría y evolución, Madrid, Paulinas, 2003, p. 322).

Si queremos ir más allá del mito, no podemos olvidar que Monseñor Romero fue ante todo sacerdote. Dios quiso dejarlo claro al aceptar la ofrenda de la vida que hizo un mes antes, en su último retiro, precisamente a la hora del ofertorio. Quienes estuvimos cerca de él, podemos dar testimonio de su alma profundamente sacerdotal. El mismo lo confesó a un periodista que le preguntó sobre su vocación: âSi yo volviera a nacer, de nuevo escogería ser sacerdoteâ?.

Comprendo que este aspecto no sea relevante para quienes prefieren destacar el carácter profético de su personalidad, entendiendo profeta en un sentido a veces exclusivamente político y, por lo mismo, dejando a un lado de su profundo significado bíblico. Pero, ¿qué es un profeta? Monseñor Romero nos deja en un Diario esta bella descripción: âDesarrollé el tema presentando cómo la iniciativa siempre procede de Dios y como el profeta no es más que instrumento de Dios y cómo la sociedad acepta o rechaza a Dios en la persona del profetaâ? (Diario, 08.07.79).

¿Cómo ir más allá del mito? El aporte más importante es el de Monseñor Arturo Rivera Damas, amigo personal y luego sucesor de Monseñor Romero. En el prólogo de la biografía escrita por el Padre Jesús Delgado, afirma:
âTodavía no he quedado satisfecho de los libros que se han escrito sobre mi predecesor. Algunos autores, acertadamente presentan a Monseñor Romero como modelo de cristiano que lleva hasta las últimas consecuencias la opción preferencial por el pobre, pero desatinan cuando presentan al pobre casi como sinónimo de revolucionario. Otros autores, en el afán polémico de defender a Romero de ataques y críticas, nos ofrecen un perfil de la grandeza de su persona y de su obra, pero al precio de ensombrecer o denigrar la personalidad de sus adversarios.â?


2. La herencia de Monseñor Romero: la Iglesia de la Pascua

Después de haber presentado al pastor toca hablar de la Iglesia salvadoreña, o mejor dicho, de la Iglesia que nos dejó como preciosa herencia Monseñor Romero. Debo decir que no es otra sino la Iglesia de Jesús, la Iglesia del Vaticano Segundo encarnada en la realidad sangrante de nuestra historia.

Por eso tomaré como punto de partida el Concilio Vaticano II (1962-1965), que seguí con pasión mientras realizaba mis estudios de teología en el seminario. Como sabemos, para acogerlo y asumirlo en la realidad del llamado âcontinente de la esperanzaâ?, se celebró en Medellín (1968), la Segunda Conferencia General del episcopado latinoamericano. Pero no podemos hablar del Concilio sin recordar a su padre e inspirador, Juan XXIII. A él dedico mis primeras reflexiones.

Cuando estudiaba comunicación social en Bélgica âhace unos veinticinco años- leí un libro de J. Gritti que analizaba cómo la prensa acompañó el último tramo de la vida del Papa Bueno. Su título era: Los últimos días de un gran hombre. Allí se demostraba que âel párroco del mundoâ? había conquistado el corazón de creyentes y no creyentes, de ricos y pobres, de hombres y mujeres de las más diversas ideologías: nunca, en la historia de la Iglesia, se había llorado tan sinceramente la muerte de un papa.

En esa misma época me encontré con el periodista Henri Fesquet, corresponsal del diario francés Le Monde en el Vaticano, quien siguió día a día los trabajos del Concilio. Más tarde Fesquet escribió Les âfiorettiâ du bon pape Jean, una deliciosa selección de anécdotas al estilo de las âFlorecillasâ de San Francisco.


Allí leemos historias como la siguiente:
âLa noche del día en que convocó a Concilio, el Papa cuenta que tenía dificultades para conciliar el sueño. Entonces se dijo: âJuan, ¿por qué no duermes? ¿Eres tú o el Espíritu Santo quien gobierna la Iglesia? Es el Espíritu Santo, ¿verdad? Entonces, duerme, Juanâ? (p. 43).

La plena confianza en Dios del Papa Roncalli, sorprende. Como cuando afirma:
âLa idea del Concilio no ha madurado en mí como el fruto de una meditación prolongada, sino como la flor espontánea de una inesperada primaveraâ? (Ibid., p. 155).

Con la misma fe en la Providencia, hizo esta confidencia a un embajador acreditado ante la Santa Sede:
âDel Concilio âdijo, acercándose a una ventana y haciendo el gesto de quererla abrir- espero un poco de aire fresco (â¦). Hay que sacudir el polvo imperial que se ha acumulado sobre el trono de San Pedro después de Constantinoâ? (Ibid., p. 157).

Solamente de esta manera la Iglesia será para la humanidad como una fuente de agua fresca:
âHombres de todas las categorías vienen a mi pobre fuente. Mi función es dar agua a todos (â¦). La Iglesia no es un museo de arqueología, sino la antigua fuente que da agua a las generaciones de hoy como la ha dado a las del pasadoâ? (Ibid., p. 162).

La pobreza de la Iglesia fue uno de los puntos centrales de su pontificado. Juan XXIII decía que la Iglesia quería ser la Iglesia de todos, pero sobre todo âla Iglesia de los pobresâ?. Su deseo era que los pobres se sintieran a gusto en la Iglesia de Jesucristo, el pobre entre los pobres. Por eso exhortó constantemente a los Padres del Concilio a tomar iniciativas en este sentido. En su discurso del 11 de septiembre de 1962, al abrir los trabajos conciliares, citó las palabras de Pedro: âNo tengo oro ni plata, pero te doy lo que tengo: en nombre de Jesús de Nazaret, levántate y caminaâ?. Y a continuación añadió:
âCierto, la Iglesia no ofrece riquezas caducas a los hombres de hoy, no promete una felicidad sólo terrena; los hace participantes de los bienes de la gracia divina (â¦). Ella, finalmente, por medio de sus hijos, extiende por doquier la amplitud de la caridad cristiana, que, más que ninguna otra cosa, contribuye a extirpar las semillas de la discordia y, con mayor eficacia que con cualquier otro medio, fomenta la concordia, la justa paz y la unión fraternal de todosâ? (n. 16).

En el discurso de clausura de la primera sesión, el 8 de diciembre de 1962, habló con voz profética sobre los frutos que esperaba del Concilio:
âSerá verdaderamente el ânuevo Pentecostésâ, que hará que florezca en la Iglesia su riqueza interior y su extensión hacia todos los campos de la actividad humana; será un nuevo paso adelante del reino de Cristo en el mundo, un reafirmar de modo cada vez más alto y persuasivo la alegre nueva de la redención, el anuncio luminoso de la soberanía de Dios, de la fraternidad humana, de la caridad y de la paz prometida en la tierra a los hombres de buena voluntad, como respuesta al beneplácito celestialâ? (n. 22).
Esta fue la Iglesia que soñó Juan XXIII. Esta es la Iglesia que dibujó el Concilio en su luminoso magisterio: Iglesia-comunión, Iglesia-sacramento de la unión de los hombres con Dios y entre sí. O como enseña Juan Pablo II, la Iglesia que es âcasa y escuela de comuniónâ? en la que âlos pobres se sientan como en su casaâ? (cf. Novo Millennio Ineunte, nn. 43 y 50).

Esta es también la Iglesia que todos nosotros estamos empeñados en construir: una Iglesia que comunique esperanza. No es fácil hablar hoy de esperanza porqque la realidad es abrumadoramente (negativa) y porque sólo los profetas pueden hablar con credibilidad de esperanza.En un mundo dominado por el materialismo, el individualismo, el hedonismo y el consumismo, hay otro âevangelioâ? que se opone al mensaje liberador de Jesucristo.

Les agradezco la oportunidad que ustedes me brindan, en esta Semana de Teología, de dar testimonio acerca de la Iglesia de Monseñor Romero, el hombre que âretomando las palabras de Juan XXIII- escribió en el semanario de la diócesis de San Miguel, de la que yo también provengo, en l963, un bello homenaje a Juan XXIII y a su sucesor, Pablo VI:
âApenas caída la gloriosa bandera del Concilio con las manos muertas del Papa Juan XXIII⦠fue levantada en alto empuñada por las manos vigorosas del nuevo capitán del Reino de Dios. Su Santidad Pablo VI la hizo estandarte de su pontificado desde su primer mensaje al mundo cuando dijo: âEl concilio Ecuménico Vaticano II será la obra principal a la que queremos consagrar todas las energías que el Señor nos ha dado para que la Iglesia Católica, que brilla en el mundo como el estandarte levantado sobre todas las naciones lejanas, pueda atraer hacia Ella a todos los hombres por la majestad de su organismo, por la juventud de su espíritu, por la renovación de sus estructuras, por la multiplicidad de sus fuerzasâ? (Semanario CHAPARRASTIQUE, 12.10.63).

En estos días de gracia estamos reviviendo la experiencia extraordinaria de la Iglesia de Monseñor Oscar Arnulfo Romero y de su digno sucesor, Monseñor Arturo Rivera Damas; una Iglesia que âcomo la que encarnó Juan XXIII- no se contentó con dar buenas noticias sino que ella misma fue buena noticia. Así lo sienten millones de hombres y mujeres de todo el mundo que esperan con impaciencia el momento en que culmine el proceso de canonización de Monseñor Romero, hombre de Dios abierto al Espíritu que hace nuevas todas las cosas.

En este sentido, hace dos años, monseñor Ricardo Urioste escribía en el seminario de nuestra arquidiócesis:
âEn Monseñor Romero yo vi siempre a alguien guiado por el Espíritu y por eso âsorprendióâ y âescandalizóâ. Fue un neto producto del Espíritu. Esa clase de santidad es extraña, no se entiende, casi no tiene puesto en la Iglesiaâ? (ORIENTACIÃN, 08.06.03, p. 11).

Pero está en buena compañía porque Juan Pablo II nos enseñó a orar al Espíritu Santo no sólo como âdulce huésped del almaâ? sino también como âmemoria y profecía de la Iglesiaâ? que âdirige la humanidad para que reconozca en Jesús de Nazaret el Señor de la gloria, el Salvador del mundo, la culminación de la historiaâ? (Oración para el año del Espíritu Santo).

Sí, el Espíritu Santo es âmemoria y profecía de la Iglesiaâ?. Un grupo de sesenta sacerdotes de todo el país que hicieron un curso sobre profetismo nos lo recordaron en una carta muy respetuosa enviada a los obispos de El Salvador y a sus compañeros presbíteros.

En el plan pastoral de la arquidiócesis de San Salvador (1998-2003), hay un capítulo introductorio que recoge la historia de esa Iglesia particular desde los tiempos del Concilio hasta hoy. Lo sorprendente es la conclusión a la que llegamos sin sospecharlo: que la Iglesia de San Salvador tomó en serio el Concilio y por eso tuvo que pagar y pagó el precio de su fidelidad: el martirio.

Fue Monseñor Luis Chávez y González quien nos puso âen estado de Concilioâ?:
âComo miembro de la Comisión Central preparatoria del Vaticano II, Monseñor Chávez viajó siete veces a Roma. Al volver de la sexta reunión, en mayo de l962, hizo público su compromiso con el Concilio, incluso antes de que éste comenzara sus trabajos. El vehemente deseo del arzobispo es âque toda su diócesis viva âel estado de Concilioâ en que se encuentra la Iglesiaâ⦠y que toda la diócesis esté unánimemente orando para que el Espíritu Santo, verdadero autor del Concilio, inspire a la santa Iglesia en su ânueva Pascua y su nueva manifestaciónâ? (cf. Semanario ORIENTACIÃN, n. 758).

El venerado pastor cumplió su palabra y por eso siguió fielmente las indicaciones de los documentos de Medellín. Su sucesor, Monseñor Romero, siguió en la misma línea y aplicó también a la arquidiócesis el documento de Puebla (l979). El día en que lo mataron había leído, durante la homilía, el n. 39 de Gaudium et Spes, donde se afirma que al final de los tiempos serán restaurados los nuevos cielos y la nueva tierra, pero que âla espera de una tierra nueva no debe amortiguar, sino más bien avivar, la preocupación de perfeccionar esta tierra donde crece el cuerpo de la nueva familia humanaâ?.

Estamos, pues, en continuidad. En su carta pastoral La Iglesia de la Pascua (abril 1977), que es su presentación a la arquidiócesis, Monseñor Romero confiesa que toma el timón de la barca âcon el respeto y delicadeza de quien siente que ha recibido una herencia de incalculable valor para continuar llevándola y cultivándola a través de nuevos y difíciles horizontesâ? (p. 5). En su carta agradece a quienes compartieron âcon múltiples demostraciones de solidaridad, el dolor y la esperanza que provocó el asesinato del inolvidable Padre Rutilio Grande y otros atentados contra la libertad de la Iglesiaâ? (Ibid., p. 8).

El nombre del Padre Rutilio trae a mi memoria el día en que llamaron a Monseñor Romero de la Nunciatura para reclamarle porque había decidido que se celebrara en la arquidiócesis una sola misa para protestar por el asesinato de su gran amigo. Monseñor pidió al Padre Jon Sobrino y a mí, que lo acompañáramos. Fue una reunión muy difícil y él salió descorazonado. Sin embargo, cuando llegó el día de la gran celebración, experimentó la respuesta de la multitud, sobre todo a la hora de la homilía. Un sacerdote que estaba entre los concelebrantes cuenta que al principio Monseñor estaba muy nervioso, pero que todo cambió durante la homilía. La magia de su palabra fue envolviendo a la inmensa asamblea y él mismo se sintió acogido por ese pueblo sediento de justicia. âDe repente âescribe este sacerdote- Monseñor se hizo puebloâ?. La frase es bella y corresponde a la realidad.

¿Qué sentimientos le animan en su misión pastoral?:
âRepresento a la Iglesia, la cual siempre está deseosa de dialogar con todos los hombres para comunicarles la verdad y la gracia que Dios le ha confiado a fin de orientar el mundo conforme a sus proyectos divinosâ? (Ibid., p. 8).

La afirmación central de la carta es:
âla Iglesia no vive para sí misma, sino para llevar al mundo la verdad y la gracia de la Pascua. He aquí âañade Monseñor Romero- la síntesis de esta carta que sólo quiere presentar, a la luz de esta âhora pascualâ, la identidad y la misión de la Iglesia y ofrecer con sinceridad su voluntad de diálogo con todos los hombresâ? (Ibid., p. 9).

Sigue a continuación la descripción de la Iglesia que él se proponía construir en la geografía de su arquidiócesis:
âCon emoción de pastor me doy cuenta de que la riqueza espiritual de la Pascua, la herencia máxima de la Iglesia, florece entre nosotros y que ya se está realizando aquí el deseo que los Obispos expresaron en Medellín al hablar a los jóvenes: âque se presente, cada vez más nítido, en América Latina, el rostro de una Iglesia auténticamente pobre, misionera y PASCUAL, desligada de todo poder temporal y audazmente comprometida en la liberación de todo el hombre y de todos los hombresââ? (Juventud, n. 15; el subrayado es suyo).

En la conclusión formula âel reto y los riesgos que esta hora difícil nos lanzaâ?:
âEs el reto de una esperanza del mundo puesta en nuestra Iglesia. Seamos dignos de esta hora y sepamos dar razón de esa esperanza con nuestro testimonio de unidad, de comunión, de autenticidad cristiana y de un trabajo pastoral que, salvando con nitidez la supremacía de la misión religiosa de la Iglesia y de salvación en Jesucristo, tenga también muy en cuenta las dimensiones humanas del mensaje evangélico y las exigencias históricas de lo religioso y eternoâ? (p. 22).


3. Presencia de Monseñor Romero en la Iglesia salvadoreña

¿Cómo se va perfilando la âIglesia de la Pascuaâ?? Eso lo saben muy bien ustedes y por eso están ahora aquí, no sólo de El Salvador sino de distintas partes del mundo.

La pregunta es más bien ésta: ¿cómo vamos a conservar y enriquecer esta herencia en este inicio de milenio tan lleno de sombras y de desesperanza?

El jueves 24, expresé algunos pensamientos que me gustaría repetir aquí. Comencé preguntando quién nos convocaba junto a la tumba del pastor. Nos convocaba su presencia muda en ese sepulcro nuevo; y también su cátedra, el ambón desde el que tantas veces anunció la buena nueva del reino y denunció (todo lo que se le oponía). Subrayé que su palabra sigue viva, según aquél famoso dicho suyo: âMi voz desaparecerá, pero mi palabra, que es Cristo, quedará en quienes la hayan querido acogerâ?.

Luego hice varias preguntas: ¿quiénes estamos aquí?, ¿por qué?, ¿en qué momento de de la historia patria? La última pregunta era: ¿qué futuro deseamos construir?

Ahora deseo repetirlo en este auditorio.

¿Quiénes estamos aquí? Cristianos y no cristianos, salvadoreños y extranjeros, creyentes y no creyentes. Una cosa nos une a pesar de las diferencias: creemos en la dignidad humana y creemos en el futuro. Les recordé, a este propósito unas palabras de la homilía que Monseñor Romero pronunció dos semanas antes de su muerte:
âSin duda que me escucharán muchos políticos, muchos que sin fe en Dios están tratando de hacer una patria más justa, pero les diré: mis queridos hermanos ateos, mis queridos hermanos que no creen en Cristo, ni en la Iglesia: noble es su lucha pero no es completa, déjense conducir por estos planes de Dios, por estos proyectos de liberación verdadera, incrusten su afán de justicia en estos proyectos que no terminan en la tierra, sino que le dan a los proyectos de la tierra la verdadera fuerza, el verdadero dinamismo, la verdadera proyección, la verdadera esperanza, la trascendenciaâ?.

¿Por qué estamos aquí? Nos une el amor a Monseñor Romero. Venimos en actitud de discípulos a aprender de él como él aprendió de Jesús de Nazaret. Queremos recoger su memoria. Queremos conservar y hacer fructificar su herencia.

¿En qué momento de la historia patria estamos aquí? En un momento en que las sombras parecen ser más fuertes que la luz. En un momento de gran desaliento. Cuando los problemas parecen abrumarnos y las fuerzas sociales aparecen dispersas. Estamos aquí cuando se van cerrando los espacios de opinión en algunos medios de comunicación social.

¿En qué futuro confiamos y cuál es nuestra utopía? Queremos un mundo en el que reine la verdad, en el que surja con fuerza la esperanza, en el que brote por doquier la vida. En una palabra: queremos un nuevo país.

Terminaba diciendo que el mundo cambió dramáticamente desde aquel 11 de septiembre que destruyó las torres gemelas en Nueva Cork, dejando un saldo de miles de muertes inocentes. Fue tan brutal la experiencia para el pueblo estadounidense que desde entonces se habla de âantes del 11 de septiembreâ? o âdespués del 11de septiembreâ?. Las encuestas muestran que en ese gran país reina el miedo y la incertidumbre. Parece que la esperanza ya no tiene espacio.

Creo que ustedes estarán de acuerdo conmigo que también nosotros usaremos un lenguaje parecido, hablando de âantes del vigésimoquinto aniversarioâ? o después del vigésimoquinto aniversario del martirio de Monseñor Romero. Estamos viviendo la fiesta de la esperanza.

La presencia de Monseñor Romero en la Iglesia salvadoreña se vuelve cada día más omnipresente. De nosotros depende que el sueño de Jesús vaya siendo carne y sangre en el más lejano caserío, en los pequeños pueblos y en las grandes ciudades.

Dejemos a él la última palabra, sin ninguna glosa de mi parte. La tomo de su homilía del 9 de marzo de l980:
âLo que nos quiere enseñar el Evangelio es: ¿de qué sirve la vida por más pomposa que aparezca si no produce frutos?, ¡higueras estériles! Y nos indica también la ternura y la paciencia de Dios esperando: tal vez el otro año, talvez mañana. Es un llamamiento precioso de Cuaresma para que revisemos nuestras vidas a ver si de verdad hay frutos o somos higueras que inútilmente están ocupando la tierra en el mundo.â

âSe necesitan hombres de buenas obras, se necesitan cristianos que sean luz del mundo, sal de la tierra. Hoy se necesita mucho el cristiano activo, crítico, que no acepta las condiciones sin analizarlas internamente y profundamente. Ya no queremos masas de hombres con las cuales se ha jugado tanto tiempo, queremos hombres que como higueras productivas sepan decir sí a la justicia, no a la injusticia y sepan aprovechar el don precioso de la vida. Lo sepan aprovechar cualquiera que sea la situación. Queridos hermanos, el más humilde de los que estamos aquí, el más pequeño, el que se crea el más insignificante, es una vida que Dios mira con amor.

âEl Plan de Dios lo conocemos en la realización de la historia de Israel. Ãl escogió ese pueblo en medio de todas las naciones para hacer un modelo de historia, que desde Cristo, desde su cruz, iba a ser la historia de salvación en la historia de todos los pueblos. La historia de Israel se hace también, a través de la Iglesia, historia de nuestro pueblo salvadoreño. La historia de El Salvador es también vehículo del proyecto de Dios en la medida en que los salvadoreños hagamos nuestro ese proyecto de la historia de la salvaciónâ?.

âY ahora, queridos hermanos, mi tercer y último pensamiento yo lo acomodo a nuestro querido pueblo, preguntando como tercera idea de esta homilía: ¿qué significa hoy para El Salvador, convertirse al Señor por los caminos de Cristo? ¿Quién es el verdadero salvadoreño que se puede llamar hoy Pueblo de Dios? El que camina muy adherido a Cristo buscando esa Jerusalén Celestial, trabajando por la tierra, pero no por sus propios proyectos sino según el proyecto de Dios trascendente y que nos acerca al Reino del Señorâ?.


San Salvador, 29 de marzo de 2005.

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Cuando el corazón despierta la conciencia
31 mar 2005
Homenaje a un hombre honesto y valiente a quien el corazón le abrió los ojos y despertó su conciencia hasta el punto de decidir jugárselo todo en pro de la justicia y en favor de los pobres y de los oprimidos.
Pepcastelló (kaosenlared) [27.03.2005 23:26]

+ info a:

www.esfazil.com/kaos/noticia.php?id_noticia=8718




No suele ocurrir que en estas páginas se publiquen escritos de homenaje a obispos católicos. Y no porque entre quienes aquí escriben no haya quien se considere miembro de esa Iglesia, sino porque los obispos, salvo rarísimas excepciones, no suelen dar motivo para ser elogiados desde una óptica anticapitalista. Pues bien, una de esas excepciones es Oscar Arnulfo Romero obispo de San Salvador (San Romero de América, como allí le llaman), asesinado por orden de los caciques salvadoreños el 24 de marzo de 1980. Quienes admiramos su honestidad y valentía al enfrentarse a los esclavizadores del pueblo salvadoreño y asesinos a sangre fría de quienes se rebelaban, no podemos por menos que rendirle homenaje.


Entre las muchas cosas que con motivo de este aniversario se han publicado, elijo estos dos fragmentos de José M. Vigil.

El Salvador era un país llamado de «las catorce familias»: la desigualdad social era tan fuerte que 14 apellidos retenían la inmensa parte de las riquezas del país mas pequeño y a la vez más densamente poblado de la América continental. 30.000 fueron los campesinos masacrados en 1932 por reclamar justicia. Mayor fue el número de muertos en la guerra que se iniciaba en los días de Romero y que él no pudo detener. Si el conflicto ya era máximo de por sí, tuvo un agravante mayor con el involucramiento de EE.UU. y su decisiva ayuda técnica y económica al gobierno y al ejército salvadoreños en su represión contra el pueblo.*


* (Fue célebremente conocida la media de la ayuda económica en armamento al ejército salvadoreño por parte de EE.UU.: un millón de dólares diario).

Y para quienes solemos manifestarnos en contra de clérigos y obispos, valga esta aclaración:

Romero no abrazó de entrada la teología y la «espiritualidad de la liberación»**; al contrario, fue un gran conservador -por eso fue nombrado arzobispo-, pero al final de su vida, a los sesenta años, «se convirtió».

** Opción cristiana que lleva a ponerse del lado de los pobres y de los menesterosos, contrariamente a lo que hace la Iglesia Oficial, que siempre ha estado y aun está del lado de los ricos y de los poderosos.

«Se convirtió», una extraña expresión referida a un obispo, ya que parecería lógico que «la conversión» tuviese que ser antes que cualquier vocación sacerdotal, y no al revés. Pero parece como si el autor, que si no me equivoco también es cura, tuviese muy claro que ese orden no es el habitual.

Pero en fin, no es momento para hacer astillas de la institución eclesiástica puesto que lo que ahora me propongo es rendir homenaje a ese gran hombre que fue Oscar Arnulfo Romero que, pese a ser obispo, supo seguir el ejemplo de Jesús de Nazaret y, movido a compasión por el sufrimiento de los oprimidos, se rebeló contra la injusticia.

Con todo mi respeto y admiración, mi más sentido homenaje.

Pepcastelló [27.03.2005]
Sindicat