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Comentari :: amèrica llatina
De la Ley del Garrote a la Buena Vecindad
27 mar 2005
CAMBIOS Y PERSISTENCIAS EN LOS MODOS DE INTERVENCION IMPERIALISTA DE LOS ESTADOS UNIDOS EN LATINOAMERICA EN EL PERIODO DE ENTREGUERRAS.
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DE LA LEY DEL GARROTE A LA BUENA VECINDAD
CAMBIOS Y PERSISTENCIAS EN LOS MODOS DE INTERVENCION IMPERIALISTA DE LOS ESTADOS UNIDOS EN LATINOAMERICA EN EL PERIODO DE ENTREGUERRAS.

âHE´S A SON OF A BITCH... BUT HEâS OUR SON OF A BITCH"
F. D. Roosevelt


Por Fernando Cesaretti y Florencia Pagni




Los años 20: transiciones, cambios y persistencias.

â-Los pueblos son sagrados para los pueblosâ?, le expresa en 1928 con su krausista y arcaico estilo, el presidente argentino Hipólito Yrigoyen a su colega, al presidente electo de los Estados Unidos, Herbert Hoover, que ha llegado a Buenos Aires como último destino de una gira de buena voluntad emprendida por varios países latinoamericanos. Hoover, un republicano que ha ganado una reputación de humanista por su ayuda al pueblo belga en la Gran Guerra , va a asumir la presidencia de su país en Marzo de 1929. Su presencia por estos andurriales del mundo marca una tendencia que se viene manifestando a lo largo del último decenio en las administraciones también republicanas de Harding y Coolidge , esto es un modo de tratar con el continente que no pasa ya por el mero rol del gendarme protector y represor, según el modelo de Teddy Roosevelt que se continúa hasta W. Wilson. Ese modelo que se manifiesta normado en el llamado "Corolario Roosevelt" o en la Enmienda Platt. Que hizo por ejemplo, que "(Estados Unidos había) maquinado una revolución contra Colombia y había creado el estado "independiente" de Panamá para construir y controlar el Canal. En 1926 mandó cinco mil marines a Nicaragua para parar una revolución y mantener tropas allí durante siete años. En 1916, intervino en la República Dominica, por cuarta vez, y estacionó tropas allí durante ocho años. En 1915, intervino por segunda vez en Haití, donde mantuvo a sus tropas durante diecinueve años. Entre 1900 y 1933, Estados Unidos intervino cuatro veces en Cuba, dos en Nicaragua, seis en Panamá, una en Guatemala y siete en Honduras. En 1924 estaba dirigiendo de alguna forma las finanzas de la mitad de los veinte estados latinoamericanos".
Es cierto que para Washington, Latinoamérica no es uniforme ni sus intereses se expresan ubicuamente del Río Grande al Cabo de Hornos. El área caribe y centroamericana continúa siendo su indiscutido âmare nostrumâ?. En esta zona la política yanqui se muestra lisa y llanamente arrogante y dominadora. Aparte de las recurrentes ocupaciones ya enumeradas, hay una tangibilidad de la presencia imperial en determinados enclaves territoriales. Así en Cuba, Guantánamo es un recordatorio permanente de la tutela de Washington sobre La Habana, y que su formal soberanía se debe a "(que) Inglaterra no puede permitir que Cuba quede en manos de Estados Unidos, y por eso Cuba no será una segunda Puerto Rico, sino que retaceada, accederá a la independencia, una independencia tutelada por la Enmienda Platt, pero que muestra no la relación de fuerzas en el nivel de Cuba, sino en el nivel internacional".
El área alrededor del canal bioceánico es otro enclave colonial. La República de Panamá es en sí un invento estadounidense. Antigua provincia colombiana segregada al solo efecto de los intereses de la compañía del canal, la construcción de este conllevó la inmigración de negros de las Antillas Británicas, que en apariencia eran inmunes a los gérmenes mortales que infestaban la insalubre ruta interoceánica. Esa mano de obra fue manejada por capataces que en la mayoría de los casos procedía del Profundo Sur, supuestamente con experiencia para manejar negros Se creó entonces una clara discriminación racial, que se manifestó en el sistema de Jim Crow y en la omnipresente línea Gold-Silver, división originada en el hecho de que los técnicos y capataces blancos recibían su salario en dólares convertibles al patrón oro (gold), mientras que los trabajadores natives eran pagados en moneda de plata (silver). La división "oro y plata" abarcaba todo lo imaginable: escuelas, hospitales, hoteles, prostíbulos, etc.
Al compartir fronteras terrestres con Estados Unidos, México hace a su hinterland inmediato y problemático Hasta tal punto estaba identificado el régimen de Porfirio Díaz (autor de la cínica frase:â?â¦pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidosâ?) con los capitales estadounidenses, que todos los gobiernos que se sucedieron en los turbulentos años posteriores a su caída, tuvieron en mayor o menor medida, una impronta discursiva antiyanqui. Ese sentimiento trascendió la retórica y se exteriorizó en hechos, que llegaron a su culminación en 1915/16, en que una guerra formal estuvo a punto de declararse entre los dos países. Su inmediato "patio trasero" adquiere entonces para Washington, una importancia geopolítica excepcional. La revolución pone en peligro los intereses económicos estadounidenses en México, y la defensa de los mismos implicará la intervención, ora solapada, ora directa. México, por su propio peso específico, se torna en un caso muy particular, que incluso jugará un papel en el proceso que desemboca en el ingreso de Estados Unidos en la Gran Guerra. Pero en zonas más alejadas la influencia yanqui no es exclusiva, y en algunas áreas como el Cono Sur, francamente minoritaria frente a la presencia británica.
Pero aún así, los países de esta zona (Argentina, Uruguay, Chile), durante las décadas de 1910 y 1920 ven un avance cualitativo y cuantitativo espectacular de la presencia estadounidense, desde lo macro hasta lo cotidiano. Palmolive, Ducilo, RCA Víctor, o las grandes marcas de automóviles se transforman en parte del paisaje y la vida común de estas naciones. El Cono Sur recibe a lo largo de los años veinte del Siglo una sustancial corriente de capitales yanquis. Sus pueblos adoptan costumbres bajo la impronta de típicos productos de masas estadounidenses, tales como la radio y el cine. El cine especialmente, que vende de modo abrumador en la penumbra silenciosa de las salas de exhibición, lo que no tardará en ser conocido como el âestilo de vida americanoâ?, con sus héroes y heroínas, sus modos y sus modas. Paralelamente, las izquierdas latinoamericanas, denuncian el imperialismo norteamericano. Figuras tales como Mariátegui o Haya de la Torre, se convierten en referentes de esas corrientes intelectuales. Aunque la âconstrucción de un enemigo comúnâ?, para una Latinoamérica que no sufre de igual manera los manejos del Tío Sam, da lugar a distorsiones como las que señaló con lucidez, Arturo Jauretche: â- Fui antiimperialista al estilo de la época y le comía los hígados al águila norteamericana que andaba volando por el Caribe. Los maestros de la juventud nos tenían buscando el plato volador en el cielo, mientras el león británico comía a dos carrillos sobre la tierra nuestra...â?
Es en este marco de prosperidad general y de transición en las relaciones con Latinoamérica, en el que Hoover accede a la Casa Blanca. El paradigma liberal que representa, comienza a temblar el viernes 29 de Octubre de 1929, con la caída de la bolsa neoyorquina. El mercado de valores, carcomido por los créditos en forma de préstamos concedidos a los corredores, sucumbió bajo su propio peso, exigiendo cuentas de los millones de pequeñas transacciones llevadas a cabo por los viajantes de comercio, que vendieron todo lo vendible a gente que carecía de dinero suficiente para pagar lo que compraba. Se desató el pánico y el país no supo componérselas para frenarlo. La última crisis económica de amplio porte se había producido en 1893; pero desde esa fecha, los Estados Unidos habían experimentado un grado tal de industrialización que era impensable un retorno general a los modos de vida agrícola.
El presidente no está preparado para enfrentar el vendaval que sobreviene. Una de sus primeras medidas como presidente, fue la de persuadir al Comité de la Reserva Federal para que restringiera los créditos, con la esperanza de atenuar el golpe. Sin embargo, cuando este llegó, Hoover quedó prisionero de su propia formación. âTenía al patrón oro por algo sagrado, cuando a la sazón más de dieciocho naciones, con Gran Bretaña a la cabeza, lo habían abandonadoâ?. En ese esquema mental la fe era un fin en sí mismo y la âfalta de confianza en los negociosâ? un pecado de extrema gravedad. No era una conceptualización de carácter meramente moral. La primera reacción de Hoover ante la recesión general que se produjo tras la caída del mercado de valores fue tratarla como un fenómeno psicológico. Adoptó el término depresión, porque parecía menos inquietante que los de pánico o crisis. Periódica y recurrentemente desde 1929 a 1932, vaticinaba un rápido retorno de la economía a los cauces de la normalidad. Un discurso que se había transformado en hueco y trágico a la vez. En la campaña presidencial de 1928 había obtenido la victoria en cuarenta de los cuarenta y ocho estados de la Unión. Cuatro años después, buscando su reelección âse calzó los botines, se abotonó el cuello de celuloide y se dispuso a tomar contacto con el pueblo. Tuvo suerte de regresar con vidaâ?. Las multitudes que se reunían al paso del tren del presidente, portaban carteles que decían:â?Cuelguen a Hooverâ?, âAbajo Hoover, asesino de veteranosâ? o âMiles de millones para los banqueros, balas para los veteranosâ?. Obvias referencias a la represión que sufrieron los veteranos de la Gran Guerra que en el verano de 1932 acudieron a Washington en reclamo de que se les abonaran las bonificaciones que oportunamente les había otorgado la Ley sobre Liquidación de Compensaciones. Estas demandas de los ex soldados fueron contestadas a balazos. Los responsables del operativo punitivo fueron dos generales de futuro renombre: MacArthur y Eisenhower. Silbatinas, abucheos e insultos fueron el telón de fondo de su periplo proselitista. Y preanunciaron el resultado de las elecciones.


Los años 30: nuevos modos de enmascarar el intervencionismo.

En agosto de 1932 un periodista preguntó al reconocido economista británico John Maynard Keynes si conocía algún precedente similar a la depresión. âSi, -contestó -, se llamó la Epoca del Oscurantismo, y duró cuatrocientos añosâ?. El estadounidense medio no podía asumir cabalmente el fenómeno. Muchos culpaban a Hoover. Otros confundían la depresión con el hecho factual del crack de la bolsa neoyorkina en 1929. Lo cierto era que a principio de los treinta, había concluido la prosperidad de la Nueva Era.
En Marzo de 1933, Estados Unidos estaba virtualmente paralizado. En la mañana del día 3, la radio llevó a toda la atribulada geografía social del país, el discurso de toma de posesión del nuevo presidente: âPediré al Congreso el único instrumento que resta para hacer frente a la crisis: amplias facultades para luchar contra la necesidad y poderes tan grandes como los que me serían concedidos si fuéramos invadidos por un enemigo extranjeroâ?. En opinión de Walt Whitman, el nuevo presidente había hecho una entrada formidable. En verdad la voz de Franklin Delano Roosevelt llegó a los talleres donde se explotaba al obrero, a las ranchadas de vagabundos desempleados, a los millones de parados que en ese gélido invierno temblaban ante las puertas de las fábricas.
El género discursivo pareció corresponderse en medidas concretas. A partir del 9 de Marzo, se desarrolló el shock político conocido como Huracán de los Cien Días en el marco de un programa de medidas económicas implementadas para intentar reducir el desempleo y restablecer la prosperidad mediante una serie de nuevos servicios, regulaciones y subsidios. Diseñado con la ayuda del denominado Brain Trust (gabinete de expertos que asesoró al presidente especialmente en materia económica), el conjunto de reformas, junto al modo de llevarlas a cabo constituyó la piedra angular de la administración demócrata. Fue el llamado Nuevo Trato, o popularizado el anglicismo: New Deal
Es indudable que todas estas medidas apuntaban a reestructurar y fortalecer el frente interno, que al calor de la depresión se había tornado peligroso para el capital. De allí el acento en restablecer el sistema financiero y combatir el desempleo. El Estado ya no juega un rol prescindente sino que arbitra tratando de encauzar y morigerar la potencialidad del conflicto social. âEl Nuevo Trato tomó un país quebrado, desesperanzado, y le dio nueva confianza en sí mismo (...) Todas las soluciones fueron incompletas. Más, para el caso, todos los grandes problemas son insolubles.â?
Uno de esos grandes problemas, a los que debía enfrentar el nuevo presidente era el de las relaciones con el mundo. En esos días, en el cenit de su prestigio Benito Mussolini había declarado:â? -puedo resumir en dos palabras lo que es Estados Unidos: ¡La prohibición y Lindbergh¡â? En el interesado análisis simplista del dictador italiano Norteamérica era un país de gángsteres y de raptores. Cuando se le pregunto que opinaba de la política exterior estadounidense, el Duce replicó: â- Norteamérica no tiene política (exterior)â?. En esta ocasión Mussolini se acercó dolorosamente a la verdad. En el primer discurso oficial de Roosevelt, el día de la toma de posesión, no hizo mención de los asuntos externos. Por lo demás, el presidente se abstuvo de abogar oficialmente por el ingreso de los Estados Unidos en la Sociedad de las Naciones. Prima en este creciente aislacionismo una doble razón: por un lado debe encarar problemas internos, lo que hace que pasen a tener prioridad las cuestiones de política nacional. Por el otro, trata de desligarse de los compromisos militares en el nivel internacional. Pero ese aislacionismo se articula en relación al mundo exterior. América Latina no es parte de ese afuera. Por el contrario. Es una pertenencia interna de Washington, con un barniz formal de soberanía, que se diluye en proporción directa a la mayor cercanía de cada uno de los países a la metrópolis del Potomac.
El ramalazo de la crisis ha pegado fuerte en Latinoamérica. En 1930, siete gobiernos de la región han sido derrocados por golpes militares. Washington busca descomprimir y neutralizar potenciales conflictos. Hay entonces un cambio de política que ya no pasa por la intervención directa. âAsí en 1934 retira las tropas de Haití; también se deroga la Enmienda Platt, excepto en lo relativo al mantenimiento de las bases (Guantánamo). En 1936 acepta revisar el tratado con Panamá, acordando no intervenir en los asuntos de ese país. Otro hecho sintomático se produce cuando Cárdenas en México nacionaliza el petróleo. El gobierno de Estados Unidos no interviene militarmente. Se mueve a nivel diplomático, actúan los grupos de presión, pero no hay intervención militar.â? Una característica que distingue a esos años es el reemplazo de la acción directa llevada a cabo por los marines, por el sostenimiento del déspota nativo funcional a los intereses yanquis. No es casual que a principios de los 30 acceden al poder, personajes tales como el nicaragüense Anastasio Somoza que usurpa el gobierno de su país sobre el cadáver de Augusto Sandino, asesinado por su orden y con la directa intervención de la Embajada Estadounidense en Managua, o el âBenefactorâ? dominicano Rafael Trujillo. De allí que este o aquel, o cualquier personaje de igual laya puede ser referenciado como el destinatario de la frase que en inglés da cabeza a este trabajo, y que aunque probablemente apócrifa, expresa la opinión de Roosevelt sobre el particular.
Esta política de maneras públicas pulcras y manejos oscuros, es analizada correctamente hacia 1938 desde una visión de izquierda , que -adjetivaciones coyunturales aparte-, denuncia que âcon objeto de obtener la puerta cerrada en América Latina esto es, cerrada para los rivales y abierta sólo para los Estados Unidos el democrático imperialismo yanqui ha sido apuntalado en los países latinoamericanos por las más autocráticas dictaduras militares criollas, las que han servido para sostener la estructura imperialista y garantizar una ininterrumpida corriente de superutilidades al Coloso del Norte. El carácter real del democrático capitalismo yanqui se revela mejor que nada por las dictaduras tiránicas en los países latinoamericanos, con las que se hallan indisolublemente ligadas su suerte y su política, y sin las cuales los días de su predominio imperialista en el hemisferio occidental están contados. Los déspotas sanguinarios bajo cuya oprimente dominación sufren los millones de obreros y campesinos de América Latina, los Vargas y los Batista, no son, en esencia, más que las herramientas políticas de los democráticos Estados Unidos imperialistas. En países como Puerto Rico, el imperialismo yanqui, a través de su gobernador Winship, directa y rudamente procesa y suprime el movimiento nacionalista. La administración Roosevelt a pesar de todas sus almibaradas pretensiones, no ha alterado realmente la tradición imperialista de sus predecesores. Ha reiterado enfáticamente la maligna Doctrina Monroe; ha confirmado sus demandas monopolísticas sobre América Latina en las Conferencias de Buenos Aires ; ha santificado con su aprobación a los execrables regímenes de Vargas y Batista; su exigencia de una mayor escuadra para patrullar no sólo el Pacífico, sino también el Atlántico, es una prueba de su determinación de esgrimir la fuerza armada de los Estados Unidos en defensa de su poder imperialista en la parte sur del hemisferioâ?.
Bajo Roosevelt, la política del puño de hierro en América Latina se cubre con el guante de terciopelo de las pretensiones demagógicas de amistad y âdemocraciaâ?. La política del âbuen vecinoâ? no es más que la tentativa de unificar al continente americano como un sólido bloque bajo la hegemonía de Washington, El aislacionismo propugnado por Roosevelt implica que a Latinoamérica no puede entrar otro poder imperialista que el de los Estados Unidos. Como corresponde a un patio trasero. Esta política se complementa materialmente por medio de los tratados de comercio favorables que Estados Unidos se empeña en celebrar con los países latinoamericanos en la esperanza de desalojar sistemáticamente del mercado a sus rivales. El papel decisivo que juega el comercio exterior en la vida económica de los Estados Unidos impele a este último hacia esfuerzos aún más decididos para excluir a todos los competidores del mercado latinoamericano, por medio de una combinación de producción barata, diplomacia, artimañas y cuando es necesario, de la fuerza.
Es entonces la fuerza la última opción a aplicar por el gobierno demócrata. Que trata de evitar en lo medida de lo posible, aún enfrentándose âa los sectores ultra que siguen siendo intervencionistas a todo trance.â? Será este Nuevo Trato, este enmascaramiento y sofisticación en las formas de penetración imperial, el que hará posible la construcción de una imagen pública de Franklin Delano Roosevelt en las antípodas de su homónimo Teddy. Así cuando lleguen los cruciales años 40, el presidente yanqui podrá presentarse como el Adalid de la Democracia, encabezando toda una cofradía de dictadores sumamente funcionales a los intereses estadounidenses, y que no se ruborizarán en sumarse a la causa de la libertad y convertirse de puertas afuera en campeones de la misma. El caso de Rafael Leónidas Trujillo, declarando la Guerra al Eje âcasi antesâ? que el Congreso de Estados Unidos, o recibiendo refugiados republicanos españoles en Santo Domingo para perseguirlos y reprimirlos después, es paradigmático de esta situación de confusión entre género discursivo dominante e intereses y acciones reales. Washington podía estar complacido. Un hijo de puta local era más económico y seguro que un batallón de marines. Por lo menos, hasta que la Guerra Fría y un grupo de cubanos en la Sierra Maestra comiencen a cambiar la historia. Pero esa ya es otra historia.

Fernando Cesaretti y Florencia Pagni
Escuela de Historia. Universidad Nacional de Rosario
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