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Metodologías participativas y acción política
24 mar 2005
Texto aparecido en el nº 2 de la revista Maldeojo (junio 2001).

«Captar la energía de la pura repetición a fin de que se construya el tiempo, el tiempo fuera de memoria, más allá del significado y del sentido. Tal vez así podramos recobrar la fragilidad de un deseo que implosiona a la menor ocasión en pulsiones destructivas. A riesgo de estar al borde de la inanidad»
(Jean Oury, citado en Marie Depussé, Dieu gît dans les détails. La Borde, un asile, Paris, 1993)
Durante años tan sólo los especialistas en la ânueva economíaâ? y el ânuevo espírituâ? del capitalismo parecieron darse cuenta del cambio que se estaba operando en las sociedades occidentales. Hoy, la emergencia de un nuevo escenario productivo âlo que, simplificadamente y para entendernos, se conoce como postfordismo- parece ser un lugar común para el conjunto de la izquierda y la crítica en general.

En el debate sobre el postfordismo es difícil encontrar una definición satisfactoria del mismo al cohabitar en él tendencias y dinámicas de muy diferente signo. No estamos ya ante un sistema plenamente constituído que actúa como simple recambio al modelo fordista y sus limitaciones, sino que el concepto de postfordismo recoge en su seno una multiplicidad de iniciativas articuladas por el mando frente a la âpuesta en crisisâ? del modelo de acumulación fordista durante los ciclos de luchas de los 60-70 [1]. Existen sin embargo rasgos recurrentes, entre los cuales destaca lo que podría ser resumido bajo la frase: âla vida ha sido puesta a trabajarâ?. La duda para much@s entonces es: ¿es esto algo tan novedoso? ¿acaso la âvidaâ? no lleva trabajando desde el principio de los tiempos? ¿no era âvidaâ? el campesino que trabajaba la tierra de sol a sol? ¿o el proletario de la cadena de montaje?

En efecto, también en estos casos era âvidaâ? lo que entraba en juego, sin embargo, en los modelos productivos anteriores al postfordismo, por lo general, lo que se movilizaba era âfragmentos de vidaâ?. Se âcomprabaâ? fuerza de trabajo, casi siempre entendida como fuerza física y, lo que era más importante, se hacía por un período de tiempo determinado (la jornada laboral), aunque eso sí, extensísimo: 10, 12, 14 horas diarias. En la cadena de montaje fordista lo que se exigía al obrero era su destreza manual, lo demás le estaba proscrito: no hablar, no pensar, no comunicar. El obrero âdebía dejar el alma fuera del tallerâ?. El âcerebroâ? lo ponían los ingenieros que diseñaban la cadena, siendo ésta la que marcaba la cadencia. Dicho esto, tampoco conviene olvidar que esta organización âracionalizadaâ? de la producción, como si de un laboratorio se tratase (organización científica del trabajo se la llamaba), jamás hubiese funcionado sin la activación del saber-hacer de estos obreros especializados con el que hacían frente a los imprevistos de la cadena. Muy menudo era gracias a éste saltarse las prescripciones dictadas por las oficinas de métodos lo que permitía que la producción saliese adelante. Sin embargo, al trabajador no se le exigía esto, de hecho, este tipo de intervenciones âespontaneasâ? por parte de los trabajadores eran percibidas por la empresa como âperturbacionesâ? en el sistema. Al trabajador se le exigía una prestación física y cumplida ésta poco importaba en qué ocupaba su mente o a qué dedicaba su tiempo libre. Aunque se prestase mucha atención a la reproducción (la producción fordista masificada no podría entenderse sin la existencia de un consumo de masas paralelo), la separación entre tiempo de trabajo/tiempo de âocioâ? o producción/reproducción, estaba mucho más marcada, al igual que la separación entre el espacio productivo (la fábrica) y el resto del espacio social [2]. La invasión del âtiempo de la reproducciónâ? (de los ámbitos privados, de los momentos de ocio, de la familia,â¦) por parte de la lógica capitalista solía realizarse, fundamentalmente, en términos ideológicos [3], en el sentido de asegurarse la adhesión y fidelidad al sistema y modelo de producción capitalistas, pero no tanto en términos directamente productivos, no como condiciones previas para la puesta en marcha de la producción. La novedad del postfordismo, resumida en la frase âla vida ha sido puesta a trabajarâ? consiste en que un número importante de facultades humanas características (lenguaje, afectos, comunicatividad, las dimensiones de juego y cooperación) han pasado a convertirse en factores directamente productivos, en resortes estratégicos âdesde el punto de vista capitalista- de la producción de beneficio, cuando no en condiciones previas absolutamente indispensables para el establecimiento de la posibilidad misma de la âproducciónâ?.

No basta ya con la prestación física del trabajador durante la jornada laboral, sino que la implicación en el trabajo debe de ser total: de todos los sentidos y capacidades del individuo (afectos, destreza, capacidad para trabajar en equipo, para comunicar, creatividad, posibilidad de dar respuestas rápidas a imprevistos, capacidad de adaptación continua al cambio, de aprendizaje,â¦) y a lo largo de todos los espacios y tiempos de la vida. La fábrica deja de ser el lugar privilegiado de la producción para pasar a lo que ha sido denominado como âsociedad-fábricaâ?, los tiempos de trabajo se hacen difícilmente separables de los tiempos de no-trabajo, pues lo que caracteriza al postfordismo es la movilización total de la sociedad (¿una economía de guerra?). Todos los tiempos y espacios sociales entran a formar parte de la dinámica capitalista, pero âinsistimos- no sólo en términos ideológicos o de simple reproducción de la fuerza de trabajo, sino como momentos centrales de los procesos de creación de riqueza y valorización del capital. La vida entera, sin ningún espacio de tregua posible, ha sido puesta a trabajar. Lo afectivo, lo lingüístico, lo relacional, lo cognitivo, lo simbólico se colocan en el centro del proceso productivo y son cualidades cada vez más exigidas a la fuerza de trabajo. Es esto lo que ha llevado a algunos autores [4]. a hablar de âtrabajo inmaterialâ? (y no el que se haya dejado de producir bienes materiales o que el trabajador como entidad física se haya evaporado, que el esfuerzo físico haya dejado de existir,â¦).

En este contexto, las fronteras clásicas que separaban trabajo, pensamiento y acción política han cedido, de tal forma que el trabajo ha incorporado las características propias de la acción política (como la imprevisibilidad, la capacidad de empezar desde cero, la puesta en escena del discurso, la aptitud para tomar decisiones en contextos perentorios) como consecuencia de la entrada del âgeneral intellectâ? (o âintelecto generalâ?) en la producción de capital. La acción política moderna ha quedado desprovista de significado e incidencia, a la par que ha perdido su especificidad [5].

Pese a que no estemos ante un proceso concluído, pese a que muchas de las viejas estructuras fordistas continuen vigentes en nuestras sociedades, estamos en condiciones de hablar de un cambio de paradigma productivo que obliga a repensar las categorías y prácticas de la acción política, así como, en general, los útiles de análisis de la realidad social de los que disponemos. Los repertorios de la acción colectiva empleados por los sujetos a lo largo de la historia han ido variando con el paso del tiempo: no era lo mismo movilizarse en la Edad Media, donde toda revuelta era sofocada por el señor feudal de turno mediante el envío de su ejército de mercenarios, que hacerlo en el siglo XX, en un contexto de âdemocraciasâ? burguesas que, al menos formalmente, reconoce el derecho de huelga, de manifestación,⦠El escenario en el que nos movemos ha cambiado profundamente y esto nos obliga, por un lado, a un estudio detallado de este nuevo paradigma productivo, de sus nuevas lógicas de explotación, de las subjetividades en él cristalizadas, de las posibles contradicciones y terrenos del conflicto, pero, por otro lado, reclama también nuevas formas de intervención política.

Los momentos de movilización importantes son acompañados de contextos en los que el pensamiento crítico es fuerte y capaz de dar cuenta del transcurrir de los acontecimientos. Cuando los procesos de movilización logran convertirse en movimientos de masas, suelen provocar cambios en la organización de la producción, cuando no cambios de paradigma productivo. Las transformaciones en la organización del trabajo, en los modelos de regulación salarial, casi nunca son debidas, pese a la propaganda al uso, a necesidades tecnológicas, sino a decisiones políticas. La necesidad de introducir cambios tecnológicos, o el que se opte por una determinada tecnología y no por otra, más allá de necesidades âobjetivasâ? (que también puede haberlas) encuentran siempre tras de sí, argumentos de orden político. Lo que se busca con estas reestructuraciones no es otra cosa que acabar con la resistencia de la fuerza de trabajo (pensemos simplemente en la instauración de la división técnica del trabajo destinada a desposeer al obrero profesional del control que poseía sobre el proceso productivo). En toda emergencia de nuevos paradigmas productivos (y el caso del postfordismo es ejemplar en este sentido) puede rastrearse las huellas de las luchas llevadas a cabo por una determinada composición de la fuerza de trabajo y, casi siempre, de su derrota, de su deconstrucción como sujeto, de la destrucción del territorio (físico o simbólico) en el cual se habían hecho fuertes.

La derrota tras un ciclo de luchas se da en lo material, en lo organizativoâ¦, pero también en lo simbólico, en el orden del discurso. La derrota es también desarme del discurso crítico, el cual, ante la emergencia del nuevo paradigma productivo (y del nuevo modelo de organización social), se queda sin saber qué decir, no comprende nada pues trata de aplicar los mismos esquemas de análisis, quizás antes válidos, a una situación que ya no es la misma. Reconstruir, por lo tanto, la capacidad de elaborar discursos críticos y de comprender la realidad que nos rodea desde unos planteamientos de transformación social, es un requisito indispensable para pensar siquiera la posibilidad de la subversión. El paso a un escenario novedoso, a una nueva configuración social (llámesela postmodernidad, postfordismo, capitalismo tardío,â¦) quebró nuestros instrumentos de análisis, nuestras âunidades de medidaâ? (que éstas llegasen o no alguna vez a medir tanto y tan bien como se creía es otra cuestión), buena parte de nuestros proyectos emancipatorios, de nuestras prácticas colectivas de organización, de transmisión de saberes y memoria, de construcción de discursos y grandes relatos que luchaban por darle un sentido (y digo bien uno) al mundo.

Consecuencia de todo ello podría ser la incapacidad actual para construir proyectos de emancipación a medio/largo plazo que vayan más allá del simple resistencialismo, la tendencia al activismo autómata del izquierdismo como forma de reaccionar al vértigo producido por la pérdida de muchas de las verdades que daban forma a nuestra visión del mundo y, en consecuencia, a nuestro repertorio de acción colectiva. Reflejaría además una más que limitada capacidad de reconstrucción del pensamiento crítico, una ceguera casi total ante los cambios presentes y futuros del capitalismo. La izquierda mayoritaria se ha mostrado incapaz para detectar los nuevos territorios del antagonismo, los nuevos sujetos que los habitan, sus alianzas, sus nuevas formas de apropiarse del espacio público y de la intervención política, las aperturas y cierres que inauguran. Tratan de encontrar unidad donde circula la multiplicidad y de construir continuidades donde prima lo fragmentario. La desmesura e inconmensurabilidad con la que hoy se nos presenta el mundo nos lleva al vértigo. Un vértigo producido por el sentimiento de que el suelo se borra bajo nuestros pies (no sabemos donde estamos) y que el cielo se va a caer sobre nuestras cabezas (no sabemos dónde vamos o a dónde deberíamos ir), lo que produce en nosotros un sentimiento de angustia resuelto, generalmente, mediante el activismo, el inmediatismo, la acción sin reflexión ni proyecto. Hoy, la única certeza que nos queda es que âel mundo es injustoâ?, y ante eso algo hay que hacer, sin importar el cómo, el porqué, el con quién o el para qué. En lugar de tratar de construir nuevas formas de âmedirâ? el mundo optamos por el salto al vacío, la nada.

Lanzamos por lo tanto la hipótesis de que nuestra tendencia al âactivismoâ?, así como nuestro continuo recurso a las formas clásicas de intervención política (y a los discursos que la legitiman) son nuestra respuesta a la angustia de un mundo sin medida. Sin duda, es más fácil no querer ver el abismo (o las derrotas o las miserias) y regocijarnos en nuestras viejas certitudumbres (que la clase obrera hará la revolución,â¦) que reinventar nuevas âmedidasâ? de la sociedad. Poner fin a nuestro activismo aparece como una condición absolutamente necesaria (aunque no suficiente) para poder construir otra cosa. Por eso nos resultan seductoras (aunque no exentas de peligros) las propuestas de la âcoinvestigaciónâ?, âencuesta metropolitanaâ?, el uso en nuestras prácticas políticas de las âmetodologías participativasâ?,⦠lo cual, lógicamente, no implica que sea lo único que se puede/debe hacer.

La idea que subyace detrás de estas propuestas es un querer hacer confluir los procesos de producción de conocimiento y de saber, con los mecanismos de acción política propiamente dichos. Una voluntad de incorporar a nuestras prácticas mecanismos internos de producción y transmisión del conocimiento, así como de construir espacios donde someter a ojo crítico estos mismos mecanismos de producción y reproducción del saber. Romper tanto con el activismo voluntarista como con su contrapunto, una visión desapasionada del conocimiento que lo separa de los contextos vitales, productivos, afectivos y de poder. No obstante, la alternativa no se da entre actuar o reflexionar e investigar, sino entre aferrar o no, como una cuestión crucial que la acción política en nuestros días ha de atravesar y poner en juego, una vida que, a su vez, ha entrado a formar parte de los factores de producción de beneficio. El proceso de producción de conocimiento no puede separarse de la acción política y comunicativa o de la construcción de comunidades de lucha, afectivas o de vida.

La âcoinvestigaciónâ? es un proceso en el que se entremezclan continuamente momentos y espacios heterogeneos. Por un lado es un instrumento de análisis de la realidad observada y de producción de conocimiento âobjetivoâ? (si bien, por sus postulados epistemológicos, metodológicos e incluso tecnológicos, rompe con la mayor parte de la tradición de la investigación sociológica clásica, de orientación más cuantitativista y positivista), aunque eso sí, trata de coproducir este conocimiento con los sujetos investigados (ya no considerados como simples âobjetosâ?) en un proceso de reflexión colectiva y cooperativa en el que entran en juego distintos saberes: unos más prácticos, otros más técnicos, unos más acordes con el pensamiento âcientíficoâ?, otros más cercanos a un conocimiento basado en la experiencia cotidiana⦠Las hipótesis y objetivos de partida se definen conjuntamente, se negocian entre todas las subjetividades presentes en el proceso, la investigación práctica es también realizada colectivamente, el conocimiento extraído le es devuelto a los propios sujetos y evaluado por ellos mismos, etc [6]. Pero junto a esta âdemocratizaciónâ? del proceso de producción y transmisión del conocimiento, la âcoinvestigaciónâ? pretende convertirse en un arma política y ello lo hace de diferentes formas. Por un lado, mediante la posibilidad que nos da el conocimiento producido de reconstruir un pensamiento crítico a la altura de las transformaciones que estamos viviendo. Por otro, a través de los momentos de intervención política âclásicaâ? que contempla este tipo de metodologías (murales, ocupación de edificios, organización de debates, asambleas vecinales, pasacalles...), momentos que, a su vez, también son utilizados como âtécnicasâ? de investigación. Pero además, lo que quizás sea lo más importante, la âcoinvestigaciónâ? permite detectar algunas de las nuevas subjetividades que habitan nuestras sociedades reestructuradas y, sobretodo, construirlas (los sujetos revolucionarios se construyen y son siempre sujetos e identidades en proceso). Lo hemos dicho más arriba: el proceso de producción de conocimiento no puede separarse de la acción política y comunicativa o de la construcción de comunidades de lucha, afectivas o de vida, pero comunidades plenamente enraizadas en su territorio, no guetos, ni islas, sino archipiélagos. Esta construcción requiere a su vez de la elaboración colectiva de ârelatosâ? y ânarracionesâ? sobre el mundo en el que vivimos (si bien ya no metarrelatos propios del proyecto emancipador de la modernidad). Una poética, una reconstrucción afectiva y subjetiva del mundo posibilitada por los dispositivos puestos en marcha por la âcoinvestigaciónâ?.

Los intentos de materialización práctica de estas propuestas no datan sólo de ahora, ni, por supuesto, se reducen sólo a nosotros. Se nos ocurren algunos ejemplos, unos más alejados en el tiempo que otros, unos más cercanos a lo propuesto en estas líneas que otros, pero todos ellos dignos de destacar.

Uno de ellos sería la llamada inchiesta operaia o encuesta obrera, de la que el propio Marx fue precursor. La encuesta obrera fue utilizada en Italia en los años 60 por los conocidos Quaderni Rossi [7]. La revista Quaderni Rossi aglutinó a sociólogos y militantes de base del movimiento obrero del norte de Italia a principios de la década de los 60, con el objetivo de analizar a través de la inchiesta operaia, es decir, del contacto, la entrevista y la discusión con los obreros, las dimensiones del nuevo capitalismo fordista de la postguerra, las nuevas figuras obreras que la gran fábrica había producido y su posible valencia antagonista. Su intervención política se centró principalmente en la FIAT (â¦).

La âtradiciónâ? de la inchiesta vive aún hasta cierto punto en los actuales proyectos de encuesta metropolitana que están en marcha en varias ciudades italianas [8]. La encuesta es metropolitana porque la dualidad fábrica/sociedad ha desaparecido y la producción se disemina hoy en esa superficie lisa, reticular y deforme, atravesada por innumerables flujos lingüístico-comunicativos, cooperativos, con sus múltiples dispositivos de mando y control, que definen a nuestras grandes ciudades y sistemas metropolitanos. Parelelo âfruto de una derrota innegable- ha sido la desaparición del sujeto central (metodológico, político, mitológico) del antagonismo y la liberación. El grupo milanés del proyecto comenta que su necesidad de hacer encuesta nacía de la conciencia de no conocer: las dinámicas de disgregación y diferenciación de los modelos productivos y organizativos; las condiciones reales de trabajo, de frustración y alienación de los diferentes segmentos de la fuerza de trabajo. âHacer encuestaâ? consiste para ell@s en âun nuevo modo de hacer actividad política y de desarrollar formas potenciales de representación y organización conflictiva y subversivaâ?. De ahí que entre sus objetivos destaquen: el desarrollar formas de interacción y comunicación con los sujetos centrales de la actividad investigada, saliendo así de las prácticas autorreferenciales del área antagonista; entrar en contacto con las realidades más avanzadas del mundo del trabajo, experimentando formas de comunicación e interacción capaces de repensar las formas tradicionales de representación; verificar el desajuste entre imaginarios laborales y frustraciones reales vividas en los lugares de trabajo; verificar si es posible la recomposición de las distintas subjetividades en el territorio que determina una cuenca de producción. Las dificultades señaladas por los propios promotores del proyecto son numerosas: ¿quién indaga, quién construye sujetos narrativos, quien determina la verdad?. En el fordismo, el punto de vista de la clase obrera permitía una respuesta clara y algunas veces incluso inmediatamente eficaz en el terreno práctico, por el contrario ¿quien tiene hoy, en el postfordismo, derecho a la palabra y a la verdad? O ¿qué ocurre con la organización política de la investigación? Cuando no es posible identificar ningún sujeto central susceptible de antagonismo, la epistemología y el problema de la construcción de un movimiento caminan a la par. Las subjetividades han de ser producidas tanto como investigadas, desde el interior de sus territorios de surgimiento y de existencia.

También en el contexto italiano podría citarse el caso de la conricerca (o coinvestigación). Proveniente de los EE.UU, es introducida en Italia por Pizzorno, Montaldi y Alquati, quienes la desarrollarán y transformarán con su aplicación práctica en la década de los 60. En los 70, la conricerca se extendió a todo el área de la autonomía italiana como forma de acción política, implicando fundamentalmente a militantes que la practicaban de forma casi intuitiva. La coinvestigación convivió con la ya citada encuesta obrera. Esta última solía formularse más como un proyecto delimitado en el tiempo y que separaba los momentos de conocimiento e intervención política (sujetos âexógenosâ? a la realidad investigada producían un conocimiento que les permitiría posteriormente una intervención más eficaz sobre esa realidad). La coinvestigación, que puede incluir en su seno a la encuesta obrera, se plantea por el contrario como un proceso siempre inacabado que combina producción de conocimiento, intervención/transformación política y formación, pretendiendo diluir las fronteras entre sujeto investigador y objeto investigado, convirtiendo la investigación también en auto-investigación. En torno a los 90, Romano Alquati, en colaboración y discusión con distintas realidades de base italianas (en particular con Centros Sociales y radios libres de Turín -como Radio Black-Out- y con el movimiento estudiantil italiano de 1990 conocido como movimiento de la Pantera), propone la práctica de la coinvestigación como instrumento esencial para producir antagonismo y alteridad y para desbloquear la bunkerización y la autorreferencialidad que caracteriza y lastra las formas de intervención de los grupos y microgrupos del ámbito político radical.

Por último cabría hacer referencia a la llamada âinvestigación-acción-participativaâ? (i-a-p), interesante experiencia, extendida principalmente en América Latina, que comparte muchos de los rasgos (aunque no todos) de la coinvestigación. La i-a-p ha sido utilizada por movimientos de base para intervenir en la compleja realidad social latinoamericana. Comunidades locales, vecinales, indígenas,⦠pobres en lo material pero ricas en sus imaginarios, en sus tejidos asociativos y redes de solidaridad, han utilizado la i-a-p para ampliar su conocimiento sobre la realidad que les rodea (y oprime) y proponer programas de actuación inmediata, soluciones y alternativas generales destinadas a mejorar sus condiciones de vida.

No queremos terminar sin comentar algunas de las iniciativas, modestas pero reseñables, que se están dando en el Estado español. La i-a-p en particular ha ido introduciendose progresivamente y ya se conocen algunas experiencias, resultado de peticiones realizadas por algunas administraciones locales de orientación más o menos progresista. Precisamente, esta cierta âinstitucionalizaciónâ? de la i-a-p ha sido objeto de crítica por parte de quienes proponen una i-a-p más cercana a los movimientos de base y a las demandas de estos (más que a las de las administraciones públicas). En el caso concreto de Madrid, lleva ya meses funcionando un proyecto de i-a-p plenamente vinculada al tejido asociativo del barrio de Lavapiés. Esta i-a-p ha centrado su actuación en torno a la cuestión de la inmigración, muy presente en el barrio. Por otro lado, a caballo entre lo que sería la i-a-p y la coinvestigación, acaba también de empezar a andar un proyecto de intervención en la universidad pública, atendiendo a sus previsibles transformaciones tras la aparición del âBricallâ?, su conexión con un contexto postfordista más amplio,⦠Ambas experiencias llevan aún poco tiempo en marcha y es aún temprano para poder valorar su actividad, sin embargo permiten, a quienes compartimos el análisis esbozado en estas líneas, una luz de esperanza.

Y sin embargoâ¦

Y sin embargo, las tentativas actuales de reapropiación y reactivación de las herramientas de coinvestigación suscitan nuevos problemas â y no precisamente objeciones â que no nos permiten habitar con excesiva comodidad el meollo del ensamblaje político de las dinámicas de producción de los saberes, las tramas comunicativas que modulan nuestras subjetividades posfordistas y la construcción de una esfera pública no estatal. Como hemos señalado más arriba en referencia a las nuevas experiencias de investigación metropolitana actualmente en curso en ciudades como Roma y Milan [9], el trabajo de coinvestigación junto con las nuevas figuras de la precarización, la explotación postfordista de la externalidades, la movilidad inducida y/o aceptada, presenta desafíos notables, muy distintos de los que encontraban ante sí los grupos de coinvestigación en las grandes fábricas del norte de Italia en la década de 1960 o en las periferias metropolitanas en la segunda mitad de la de 1970: la diseminación y miniaturización de los procesos de trabajo, que dificulta enormemente la simple toma de contacto; la disimilitud de las modulaciones espacio-temporales de estos nuevos sujetos, de tal forma que las necesarias y relativas coordinación, reunión, previsión y estabilidad de los proyectos y de los colectivos se presenta siempre en términos críticos; la bestialidad del sobretrabajo, es decir, del aumento de la jornada real de trabajo, que vive una buena parte de las nuevas figuras laborales [10] y, desde luego, la heterogeneidad de los modelos culturales y lingüísticos que estructuran los «estilos de vida» metropolitanos. Al mismo tiempo, estos son problemas que afectan a los mismos grupos promotores de un proyecto de coinvestigación, en la medida en que están formados [11].

Pero la viabilidad de las prácticas de coinvestigación política se enfrenta además en nuestra actualidad a problemas de otro orden, a problemas, si se quiere, de definición conceptual. Intentaremos al menos, en estas líneas, formular estenográficamente los términos de alguno de estos problemas.

Hemos señalado más arriba la centralidad en el postfordismo de la «producción de subjetividad». Ahora bien, ¿qué entendemos por esta producción y qué papel le asignamos en la cartografía de nuestra actualidad? A nuestro modo de ver, producción de subjetividad no es cualquier contenido o función de los procesos de trabajo en el postfordismo en la que entran en juego dimensiones cognitivas, emotivas, comunicativas, emprendedoras, lingüísticas en general. Si de producción de subjetividad se quiere hablar, ésta tendrá que ver más bien con los procesos de aglomeración y encarnación existencial de multiplicidades heterogéneas, es decir con la puesta en existencia de lo múltiple y lo diferenciante. Todo proceso de subjetivación lo es a su vez de singularización [12] y, en cuanto tal, diremos en consecuencia que las singularidades resultantes son autopoiéticas [13]. Estamos ante lo excelso, tan difícil como raro. Esto nos resultará más fácil de comprender si consideramos, con F. Guattari, que en la sociedad de control, la máquina capitalista se aferra al funcionamiento de base de los comportamientos perceptivos, sensitivos, afectivos, cognitivos y lingüísticos, esto es, que el capitalismo se apodera de los seres humanos desde su interior. Nos encontramos así ante individuos «â?equipadosâ? de modos de percepción o de normalizaciones del deseo, del mismo modo que las fábricas, las escuelas, los territorios [...] El ideal del capital ya no es tener que ver con individuos ricos en pasiones, capaces de ambigüedad, de duda, de rechazo, así como de entusiasmo, sino de forma exclusiva con robots humanos» [14]. Estos procesos constituyen lo que Guattari denomina sojuzgamiento [asservissement] maquínico de las multiplicidades humanas. Este sojuzgamiento no coincide con el sometimiento social, hecho de representaciones y módulos de personalidad, sino que organiza elementos infrapersonales e infrasociales en función de una economía molecular del deseo de contornos difusos y en continua transformación.

Si más arriba hablábamos de una poética inserta en los dispositivos de coinvestigación, ésta debe estar en condiciones de buscar denodadamente, de suscitar y de aferrar (siendo capaces de ensamblarla, de comunicarla) esta función de puesta en existencia, este surgimiento de territorios existenciales a partir de los conjuntos formados y circunscritos y de las semióticas capitalistas [15]. Entra en juego aquí lo que Guattari llama un paradigma ético-estético que, lejos de pretender realizar el arte o estetizar todas las disciplinas, recoge la manera ontológica del arte y aspira a cartografiar los focos de subjetivación autopoiética apuntando a una pragmática de la existencia [16]. Es aún difícil â por más que se trate de una empresa absolutamente incumbente â determinar cómo podríamos maquinar esta pragmática creacionista, introduciéndola, no sólo en la metodología y en los referentes teóricos de los proyectos de coinvestigación, sino en las nuevas formas de acción política que persiguen como a su telos las distintas corrientes que aquí hemos considerado.

NOTAS


1. Todo esto puede verse con detalle, si bien centrado principalmente en el caso francés, en el libro de Luc Boltanski y Eve Chiapello Le nouvel esprit du capitalisme, de próxima aparición en castellano en la colección Cuestiones de Antagonismo de la editorial Akal de Madrid.

2. Hacemos esta distinción entre espacio productivo y espacio social para enfatizar el hecho de que durante el fordismo las diferentes funciones sociales solían encontrarse más delimitadas espacialmente: la producción (las fábricas), el saber (las universidades), el ocio (los barrios), etc. Hoy resulta mucho más difícil poder establecer estos límites. Con esta distinción no pretendemos negarle al espacio productivo su carácter social o aceptar una separación y una desvinculación entre lo económico y lo social. Es a nivel heurístico donde encontrábamos útil la distinción.

3. Véanse las prácticas paternalistas propias del siglo XIX, prácticas que muchos han creído ver repetirse en el postfordismo. Para nosotr@s estas prácticas tienen muy poco que ver con la novedad postfordista y de hecho, semejantes comparaciones, dificultan la comprensión de este último.

4. La lista es larga, si bien podemos enumerar algunos de los autores más relevantes que han enfatizado sobre la cuestión : M. Lazzarato, A. Negri, Y. M. Boutang, P. Virno, Marazzi,⦠Autores que han logrado componer interesantes lugares de encuentro y debate en torno a revistas como la ya desaparecida Futur Antérieur, las actuales Multitudes, Alice, Vacarme âpara el caso francésâ y Derive Approdi o Posse en el caso italiano.

5. Véase Paolo Virno, « Virtuosismo y revolución : notas sobre el concepto de acción política », artículo aparecido originalmente en el número 4/1993 de la revista italiana LUOGO COMUNE, publicado posteriormente en el número 19-20/1994 de la revista Futur Antérieur, y disponible en castellano en la página web del C.S.O.A. El Laboratorio (www.sindominio.net/laboratorio).

6.No conviene tampoco negar los riesgos, problemas y callejones sin salida a los que nos llevan este tipo de propuestas. No nos parece este el momento de hacerlo. Una valoración un poco más detallada de este tipo de metodologías y de su aplicación práctica a la acción política puede encontrarse en el dossier que hemos configurado sobre âmetodologías participativasâ?. Puede solicitarse en : trabajozero ARROBA sindominio.net.

7. Sin grandes vacilaciones se puede decir que los Quaderni Rossi son la cuna y el principal antecedente de todas las experiencias de reinvención del marximo y de las prácticas de la autonomía obrera en Italia cuya historia llega hasta nuestros días.

8. Véase el número 1 de la revista de reciente creación animada por A. Negri, Posse, o el número 19 de la revista Deriveapprodi, ambas de Roma.

9. Estos proyectos disponen de un sitio web en italiano: http://www.ecn.org/gruink

10. Entre todas destaca, a nuestro juicio, la de los llamados «trabajadores autónomos de segunda generación», esto es, de aquellas figuras laborales formalmente independientes que contratan su servicio o prestación con las empresas en el nuevo marco de la «externalización» de un serie de procesos que con anterioridad formaban parte de las actividades propias de las empresas. El caso de transportistas y camioneros es ejemplar a este respecto. Se ha calculado que estas figuras, sometidas a la intercambiabilidad de tiempo de trabajo y tiempo de no trabajo â facilitada, ciertamente, por la continua disponibilidad hacia los contratantes del servicio a través del teléfono móvil â pueden llegar a trabajar de 12 a 14 horas diarias, fines de semana incluidos (Véase Sergio Bologna y Andrea Fumagalli, Il lavoro autónomo di seconda generazione, Feltrinelli, Milán, 1997).

11. Entre los problemas señalados por Romano Alquati en la actualidad, se presenta el del desajuste generacional y, en concreto, el de la relación de la gente más joven con las exigencias de un proyecto de coinvestigación. A este respecto, y a contracorriente de toda iconofilia de tono marcusiano, Alquati lanza algunas hipótesis al respecto que no queremos dejar de señalar. Por un lado, Alquati apunta que los jóvenes no son demasiado innovadores, toda vez que tratan de apropiarse de herencias garantizadas, con determinadas perspectivas de transgresión y revuelta que con frecuencia no pasan de aparentes. En segundo lugar, se suelen colocar en dos extremos: bien el conformismo (a menudo disfrazado) o el compromiso voluntario reformista de poca monta (sobre todo de tipo defensivo). De ahí que resulte muy difícil que acepten una perspectiva de compromiso a largo plazo sin resultados prácticos evidentes e inmediatos. Por otra parte, lo que suele motivarles es la necesidad de pertenencia, de reconocimiento. Buscan seguridad en identidades fuertes y en el fondo tradicionales. Para Alquati, resulta más fácil «reciclar» en la coinvestigación a viejos militantes: una parte de estos últimos está dispuesta a morir y renacer, siempre coinvestigando. «La verdad es que la coinvestigación no parece estar hecha precisamente para los jóvenes. Por lo demás, mi hipótesis es que los jóvenes aceptan a menudo la propuesta del capitalismo neomoderno [...] de descomponerse en pedacitos, sistémicamente funcionales, optimizando el estado de cada una de estas partes, performativamente; contradiciéndose, por suerte, y a veces no logrando gran cosa» (Romano Alquati, Per fare conricerca, Calusca Edizioni, Turín, pp. 116-17).

12. Félix Guattari ofrece la siguiente definición de subjetividad: «el conjunto de condiciones que hacen posible que instancias individuales y/o colectivas estén en situación de surgir como Territorio existencial sui-referencial, adyacente o en relación de delimitación con una alteridad a su vez subjetiva» (Véase Félix Guattari, Chaosmose, Paris, 1992, p. 21)

13. Autopoiesis es un término acuñado en biología y en el campo de las ciencias cognitivas constructivistas por Humberto Maturana y Francisco Varela, retomado en el campo de la sociología sistémica por Niklas Luhmann y, con notables matices, por Félix Guattari. Es el proceso por el cual una organización se produce a sí misma. Una organización autopoiética â literalmente, autoproducida y/o autocreada â es una unidad autónoma y autosostenida que contiene procesos de producción de sus componentes. Los componentes, a través de su interacción, generan recursivamente la misma red de procesos que les produce. Un sistema autopoiético es operativamente cerrado y sus estados son determinados estructuralmente, sin inputs ni outputs manifiestos. Una célula, un organismo y tal vez una corporación son ejemplos de sistemas autopoiéticos (definición de Francisco Varela).

14. Félix Guattari, "Le Capital comme intégral de toutes les formations de pouvoir", inédito en francés y recogido en castellano en una recopilación de textos de Guattari publicada en Argentina con el título de los editores de Cartografías del deseo, 1996.

15. Guattari insiste en la heterogeneidad de las componentes que entran en juego en la producción de subjetividad. Entre estas considera: «1. componentes semiológicas significantes, que se manifiestan a través de la familia, la educación, el medio ambiente, la religión, el arte, el deporte... 2. elementos fabricados por la industria de los media, del cine, etc. 3. dimensiones semiológicas a-significantes que ponen en juego máquinas informáticas de signos que funcionan paralelamente o con independencia del hecho de que producen y vehiculan significados y denotaciones y que se sustraen, por lo tanto, a las axiomáticas propiamente lingüísticas» (Chaosmose, pp. 15-16).

16. «El nuevo paradigma estético tiene implicaciones ético-políticas porque hablar de creación es hablar de responsabilidad de la instancia creativa hacia la cosa creada, es inflexión de los estados de cosas, bifurcación más allá de los esquemas preestablecidos, cuidado, una vez más, de la suerte de la alteridad en sus modalidades extremas. Pero esa elección ética ya no emana de una enunciación transcendente, de un código legal o de un dios único y omnipotente. La génesis de la enunciación está de suyo prendida en el movimiento de creación procesual» (Chaosmose, p. 149-150).
Mira també:
http://www.altediciones.com/t66.htm

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