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Anàlisi :: globalització neoliberal
la miseria del progresismo económico
16 mar 2005
Ya vale de discursitos sobre el neoliberalismo, pongamos las cosas en su sitio. Ya vale de lloriquear por la URSS y el Estado keynesiano, joé.
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En Francia el fantasma de la izquierda goza de una mejor fachada que en el Estado español; incluso puede creerse que también goza de buena salud la ultraizquierda;
esta famosa izquierda de la izquierda francesa compuesta de partidos políticos minoritarios
(como la Liga Comunista Revolucionaria, que llegó a rozar el 5% en las últimas
elecciones presidenciales), de asociaciones ciudadanas (como ATTAC).Los economistas
tomados aquí como blanco son por lo tanto personas «comprometidas», que proponen
alternativas a los diversos planes de «demolición» neoliberales promovidos por los
sucesivos gobiernos. Están en juego el sistema de pensiones o el de la Seguridad Social,
dos grandes figuras de la socialización de Estado después de la Segunda Gran Guerra.
Pero ¿cuál es el verdadero rostro de estas alternativas? ¿A qué presupuestos teóricos
obedecen? ¿A cuáles se cuidan mucho de hacer referencia? ¿No son estas alternativas
en realidad la enésima versión de esta tentativa ilusoria de humanizar el capitalismo?
Al analizar sus discursos (y en particular sus propuestas sobre la financiación de las
pensiones), muestran que estos economistas, por muy críticos que
parezcan, permanecen tan fascinados por la opulencia del mercado y la industria, que
todas las soluciones económicas que proponen para oponerse a los ataques del neoliberalismo
contra lo que representan a sus ojos los logros del Estado-Providencia tienen
por fundamento los mismos presupuestos que sus enemigos: el crecimiento económico
parece el remedio milagroso a todos nuestros males. Sólo hay que liberar a la acumulación del capital de la apropiación lucrativa y ponerlo al servicio de la socialización.
Si se les ocurre abordar el precio (ecológico y humano) que hay que pagar por tanto
progreso alcanzado, por tanto crecimiento galopante, esto lo hacen sin duda en medio
de desgarramientos teóricos que les obligan a redoblar su ceguera economicista. Pues,
en definitiva, ésta es la visión progresista de la historia que ellos son incapaces de abandonar; [progresismo en sentido más amplio que el del progresismo socialdemócrata]
peor aún, la convicción de que el capitalismo crea las condiciones de su propia
superación, que esto es, a pesar de sus taras y perversiones, una «bonita historia».
«Ellos persisten asi en ver incondicionalmente en el crecimiento ilimitado de la producción
de mercancías un estadio histórico necesario, que contiene en sí mismo las premisas
para su rebasamiento. Y es que más allá de tal o cual aspecto material innegablemente
catastrófico, el capitalismo les parece aportar tesoros inestimables: el perfeccionamiento
técnico indefinido, que prepararía las bases materiales de la abundancia
para todos; y la expansión continua de la esfera monetaria, en tomo a la cual nuestras
sociedades parecen estar progresivamente consagradas a organizarse desde que salieron
de su atraso comunal. Este último punto merece una atención particular, pues muestra
claramente que más que los efectos ostentosos, una profunda proximidad ideológica
reúne a los economistas más o menos liberales y a sus oponentes.
«Todos ellos comparten la idea de que no hay riqueza verdadera sino aquélla que es
cuantificable, medible y que se puede repartir bajo la forma de moneda. Al partir de tal
postulado, incluso los más críticos con respecto al capitalismo realmente existente acaban
por ratificar la idea de que el desarrollo económico constituye el único destino
posible y deseable del mundoâ?.
Con tales progresistas, son todas las esferas de la vida, todas las relaciones sociales
las que deben ser puestas a trabajar, valorizadas, es decir monetarizadas. Se habrá comprendido
que, para estos extremistas de la socialización, «la abstracción (en el sentido
de extracción) de actividades y de riquezas concretas, su formalización y su evaluación
monetaria, se presentan como un logro».
Poco importa que el trabajo sea asalariado, y cada vez más alejado de toda necesidad
inmediata. Poco importa que esta generosa abundancia material que nos ofrece el confort
sirva de puente a una catástrofe ecológica sin precedentes. Poco importa que el
hombre no sea ya más que la sombra de él mismo.

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