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Notícies :: ecologia : amèrica llatina
Historia de unos campesinos ecologistas
02 mar 2005
Lumbre en el monte
Adolfo Gilly /I

Lumbre en el monte, el libro de Jimena Camacho editado por La Jornada/Itaca, es la historia de Rodolfo Montiel y de Ubalda Cortés y de sus hijos y de Teodoro Cabrera y de otros campesinos que en el estado de Guerrero se organizaron para detener la tala depredadora de bosques en la Sierra de Petatlán y Coyuca de Catalán. En febrero de 1998 fundaron la Organización de Campesinos Ecologistas de la Sierra de Petatlán (OCESP). El saqueador del monte era la empresa estadunidense Brise Cascade.

Un año después, el 2 de mayo de 1999, les cayeron 43 elementos del Ejército, que entraron disparando al pueblo de Pizotla y se llevaron sin orden judicial ninguna a Teodoro Cabrera, vecino del pueblo, y a Rodolfo Montiel, que estaba allí de visita, ambos de la OCESP.

A ellos los patearon, los arrastraron, los torturaron para obligarlos a confesar mentiras: que tenían armas del Ejército, que cosechaban mariguana, que pertenecían al Ejército Popular Revolucionario; es decir, todas las fantasías de los gobiernos sobre los campesinos que se les resisten, mientras los narcos y los talamontes andan sueltos y saben bien cómo y con quien compartir negocios y ganancias. Al pueblo de Pizotla lo tuvieron cercado por tres días, del 2 al 4 de mayo.

El Centro de Derechos Humanos Miguel Agustín Pro Juárez asumió la defensa de Montiel y Cabrera. Ambos fueron condenados en primera instancia por el juez de distrito Maclovio Murillo, a seis años y ocho meses de cárcel el primero, a 10 años el segundo. La primera abogada que estos presos tuvieron fue Digna Ochoa, cuya suerte posterior, como suele suceder con los defensores de derechos humanos, fue inclusive más cruel que la de sus defendidos.

Una campaña internacional se desató en defensa de los dos campesinos ecologistas, como se les llamó: Amnistía Internacional, Sierra Club, Conferencia de Pueblos Indígenas en Panamá en junio de 2000, Greenpeace, muchos personajes, más los premios internacionales concedidos a Montiel y Cabrera por diversas instituciones. Como anota Jimena Camacho, ambos se habían convertido ''en emblema de varias luchas en nuestro país: la vieja pero no menos vigente lucha campesina, la lucha por la protección del medio ambiente y la lucha por la defensa y el respeto de los derechos humanos".

Por fin, el 8 de noviembre de 2001 el presidente Vicente Fox dispuso que ambos ecologistas fueran puestos en libertad. Pero se limitó a invocar ''el estado de salud de los sentenciados" y las peticiones de organismos internacionales y nacionales. Nunca fue reconocida su inocencia ni las responsabilidades penales de sus captores. Dos años y medio habían pasado en la cárcel.

Solecito

El libro de Jimena Camacho nos cuenta esta historia. El relato va y viene, se cruza con documentos oficiales del pasado, se bifurca en descripciones de organizaciones y de luchas, vuelve a retomar el hilo de las vicisitudes de Rodolfo y Teodoro en la cárcel, y de sus compañeros campesinos en el monte apagando los incendios, eludiendo o enfrentando a los caciques y a las compañías talamontes, manteniendo su OCESP y prosiguiendo sus trabajos y sus afanes.

En un orden peculiar y muy propio, aquél de los relatos y de los documentos que vienen del pueblo, en un orden que parece turbulencia y es nomás reflejo de cómo las cosas de las vidas de los pobres del mundo se precipitan y se mezclan, Lumbre en el monte va haciendo aparecer esa lógica entrecruzada y el torrente de hechos y dichos que le dan sustancia. Lo que resulta no es un estudio sociológico, sino un fresco caliente -perdón por la contradicción- de las luchas por el agua, por el bosque y por la vida de estos pueblos de la sierra de Guerrero.

Destaco esto, porque las ideologías dominantes en circulación quieren acostumbrarnos cada día al discurso vacío de la política electoral y a las disputas jurídicas entre funcionarios y gobernantes en el mundo de las instituciones, donde litigan entre sí las múltiples banderías que ocupan el proscenio sin permitirnos ver qué sucede en el país verdadero.

En Lumbre en el monte lo que aparece es la otra política, la invisible, la de los subalternos, los oprimidos, los despojados por el Estado y las empresas; en otras palabras, la política de pueblo que cada día hacen entre sí, sin llamarla ''política", aquellos para quienes en cambio la palabra ''político" sugiere recelo, desconfianza, lejanía. Pues en los diálogos y los monólogos grabados por Jimena Camacho, que son la sustancia viva de esta narración, cada vez que aplican a alguien el término ''político" es que le desconfían sin remedio. Así dice Montiel:

Los gobernantes nos dan la espalda y nos acusan de lo que ellos quieren para encerrarnos o matarnos (...) Recuerdo todo lo que hemos sufrido por querer sacar a nuestros pueblos de la miseria. Y ellos nos quisieran comprar con un cuarto de aceite, un kilo de masa y un kilo de frijol prieto. Por la necesidad, nosotros hemos visto cómo mueren los niños por diarreas, por piquetes de alacrán, por debilidad. Recuerdo una vez en que un amigo tenía un niño muy grave y le fue a pedir prestado a su patrón por necesidad, para curar a su hijo, y el patrón le negó la cantidad de trescientos pesos y murió el niño. De seguro que los políticos quieren lo mejor para sus familias, sobre todo para sus hijos; así todos queremos ver nacer y crecer a nuestros hijos (...)

No creo en ningún partido político porque nos dicen indios huarachudos. Se olvidan que ellos llegan a diputados, a senadores y a presidente del país por los votos de estos indios huarachudos que miran con tanto desprecio.

Solecito

De esta sustancia viva quiero ocuparme en estas líneas. En Lumbre en el monte, cuenta primero Montiel, con sus propias palabras, su vida desde niño:



Yo, Rodolfo Montiel Flores, nací en una pequeña ranchería del municipio de Petatlán, nombrada la Soledad de la Palma, en el estado de Guerrero. Nací el 10 de mayo del año de 1955 a las cuatro de la tarde. Mi padre se llamaba Juan Montiel Ramos y mi madre Trinidad Flores Alfaro (...) Luego nos fuimos a vivir a El Mameyal. Recuerdo que me subieron en un burro a mí y a mi hermana más pequeña, que se llama Erinea. El burro corrió y se le volteó el fuste y ¡vamos por debajo de la panza del burro!, arrastrando la cabeza, pero íbamos amarrados y no nos dolía porque estaba tapizado de güinumo -así le decimos a las hojas del pino u ocote. Cuando llegamos a El Mameyal conocimos por primera vez un carro, era un Ford modelo 50, y ahí nos enfermamos todos de sarampión (...)

A mis padres no les alcanzaba para vestirnos y empezaron a vender ropa en la sierra. Mi papá consiguió unos créditos con sus conocidos. La gente le pagaba con radios, chivos, marranos y a veces reses. A veces traía miel de palo de ovejón y la cambiaba por un queso muy sabroso. Pero también sembraban mucho frijol, como unos doscientos kilos. En ese entonces yo empecé poco a poco a arar con la yunta. Yo tenía como diez años. Cuando mi padre me vio que sí podía trabajar, hizo un arado de madera y me dejó una yunta mansa. Mi madre y yo regábamos el maíz y el frijol con agua corrediza. En ese tiempo había bastante agua y recuerdo que mi madre trabajaba como hombre.

Después, llegando a la parte central de Lumbre en el monte, Jimena Camacho mantiene su inspiración de no parafrasear las palabras de los protagonistas, sino reproducirlas en su textura real, tal como quedaron en sus grabaciones. Y estos dos, Ubalda y Rodolfo, cuando se ponen a hablar describen el mundo como si lo estuvieran creando con sus palabras. Rodolfo y Ubalda relatan, cada uno por su parte, ese 2 de mayo cuando las tropas entraron disparando y todos, tomados por sorpresa, tuvieron que huir hacia el monte. Cuenta Rodolfo:

Alcancé a Salomé, que estaba con nosotros y que pertenecía al PRD y a nuestra organización, pero como él era gordito se quedó atrás. Teodoro y yo creímos que lo detuvieron. Así fue, pero después de detenerlo lo mataron. Dicen todos los que lo vieron que tenía un balazo en la frente y que tenía pólvora, o sea que tenía quemada la frente. A mí me quedó claro que iban directamente a matar, nada más que no les ayudó el pulso por una razón: a ellos los tentó Satanás y a nosotros nos cuidó la Santísima Virgen. Yo recuerdo que le pedí con todo el corazón que nos cubriera con su manto.



Texto leído por el autor en la presentación de Lumbre en el monte, en el contexto de la Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería
Mira també:
http://www.jornada.unam.mx/2005/mar05/050302/a07a1cul.php

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Historia de unos campesinos ecologistas
06 mar 2005
a07a1cul.jpg
De izquierda a derecha, de pie Mareny, Claudia, Orbelin y Male. Sentados: Leonor, Ubalda y Rodolfo. Las niñas del centro son amigas de la familia del ecologista. Fotografía incluida en el libro Lumbre en el monte, que está a disposición de los lectores, entre las obras publicadas por La Jornada Ediciones, en su módulo de la Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería FOTO Jimena Camacho

Jueves 3 de marzo de 2005

Adolfo Gilly /II y última

Lumbre en el monte

Los soldados no los alcanzaron y se escondieron en un risco muy alto. Teodoro iba herido de un rozón de bala en la cabeza. Los soldados les gritaban que salieran del monte, que nada les pasaría. Pero no, cuenta Rodolfo, ellos no confiaban:

Nosotros estábamos escondidos. La Virgen tuvo mucho que ver porque los guachos nos rodaban piedras desde arriba. Pasaron muy cerca de nosotros, como a unos dos o tres metros, y no nos vieron. Entonces le prendieron lumbre al monte con la intención de quemarnos, pero Dios nos cuidó... Eran unos lumbradones enormes, como de dos metros... Entonces tuvimos que salir.

Por supuesto, los soldados no cumplieron sus ofertas. Los amarraron, los tiraron al suelo, los patearon, los torturaron. Las mujeres para entonces estaban todas en el pueblo, sin saber si los habían matado. Ya sabían que habían asesinado a Salomé. Al fin Ubalda, desde el patio de la casa de una vecina, pudo ver que los tenían a los dos amarrados con las manos atrás y tirados en el lodo de la orilla del río. Entonces, cuenta Ubalda:

Toda la gente se reunió porque les tienen miedo. Nos juntamos todas las mujeres a dormir en una sola casa. Teníamos miedo. Yo pensaba toda la noche que los matarían y se los llevarían para que uno no supiera adónde los dejaron (...) Eso fue todo el domingo y el lunes, hasta el martes que se los llevaron en el helicóptero.

Después vinieron nuevas torturas, el proceso y la cárcel de Iguala, Guerrero, adonde los condujeron el 21 de junio de 1999, siete semanas después de su apresamiento. A la cárcel, de donde no saldrían hasta noviembre de 2001, los iban a visitar Ubalda, esposa de Rodolfo, y Ventura, esposa de Teodoro.



Ellos y ellas sabían bien por qué estaban presos, convicción indispensable para seguir la pelea desde allí adentro. Lumbre en el monte, cuyo subtítulo es La historia de Rodolfo Montiel y la lucha de los campesinos ecologistas de Guerrero, explica muy bien esas razones. Dice Rodolfo:

Comencé a concientizar a las personas por mi preocupación ante la escasez de agua. Vi que muchos manantiales desaparecían. La laguna de La Limona también ya estaba por desaparecer y ya desapareció. Las pequeñas barranquitas muchas ya desaparecieron. El río de El Mameyal está muy descuidado. Lo que antes era agua hoy es basura. La misma gente lo usa como basurero. Tal vez por eso los caciques locales me odian, porque son los que más basura tiran y los que han explotado los bosques (...)

En algunas partes no dejan ni zacatito porque la grúa deja puro barbecho. Matan los árboles chiquitos, de cinco a diez añitos, los matan con el árbol grande. Y el que no se alcanzó a morir se acaba cuando viene la lumbre. Antes había ríos con mucho camarón, mucha vegetación y vida. Los campesinos grandes, cuando yo era chico, sacaban camionadas de maíz. Ahora no se saca ni el maíz del gasto. No hay agua. Desde 1995 se acabó todo.

Dice Ubalda:

La lucha se empezó a hacer por lo mismo que veíamos que las talas de los montes estaban acabando el agua. Uno veía que todos los ríos de la sierra se estaban consumiendo. ¿Y por qué se están consumiendo? Porque están talando los montes y dejando como un desierto (...)

Por eso es que se organizaron. La gente más pobre, los campesinos que vieron antes sus montes bonitos, con harta agua, que podían tener su trabajo, ponían sus milpitas y en la Cuaresma tener sus elotes, su frijol, ahorita ya no tienen porque el agua ya no les alcanza (...)

El agua no es de nadie. Uno está sufriendo la carestía del agua por la tala. Poco a poco se va a ir acabando, se va a ir escondiendo el agua en el fondo de la sierra, por eso toda la gente está en la lucha, apoyando para que ya no se siga destruyendo. Yo me acuerdo de arroyos grandes que conocí. En el mes de mayo y abril había bastante pescado, mojarra. Ahora nomás hay las piedras y una que otra fosa con harta lama. Ya no tienen agua esos arroyos, quedaron secos. En el río nomás blanquean las piedras, nomás se ve un chorrito de agua que escurre, porque están destruyendo el fondo de la sierra, donde está naciendo el agua de todos los ríos.

Animales que uno conoció, los nietos y bisnietos pues ya no los van a conocer. Por ejemplo los tigres. Lo que no conozco en el monte es la pantera, pero dicen que sí hay en el fondo. Pero el tigre ya me ha tocado verlo, y al coyote... Pues mis hijos ya no los van a ver. Si los llegan a ver será porque los lleve a un circo, porque vistos en el monte no creo que los vean (...) Tantas chalchalacas, tantas aves que había ya no hay porque no hay dónde se escondan en el monte. Antes, hasta hace cinco años, si andabas en algunos lados del monte de día parecía que era de noche, así de cerrado estaba el bosque. Era oscuro, oscuro, no se podía ver nada de lo cerrado. Ahora está pelón.

Cuenta él después las vicisitudes dentro de la cárcel y las acciones para mantener la lucha. Cuenta ella cómo otros campesinos, con todo y el temor a la represión, la siguieron apoyando y ayudando mientras él estaba preso. Ellos le decían, cuenta Ubalda: ''Sabemos que al meternos a esto pues a unos nos van a matar, a otros nos van a encarcelar, a otros nos van a secuestrar y pues muchas cosas vamos a sufrir, y no sabemos si la vamos a ganar o la vamos a perder porque hay mucha gente en contra, que quieren que siga talando, pero debemos luchar".

Estos son algunos pedazos de la historia. El resto, que los campesinos de Guerrero conocen, lo encontrarán los lectores en el libro de Jimena Camacho.



Los bosques, el agua, la biodiversidad, son hoy cuestiones urgentes, de supervivencia casi, para la vida mexicana, latinoamericana, planetaria. El asalto del capital contra ellos no conoce tregua ni confines. En La Jornada de esta mañana, 25 de febrero, un severo, preciso y casi angustioso artículo de Víctor M. Toledo, ante la indecorosa aprobación por el Senado de una torcida Ley de Bioseguridad, se pregunta con razón: ''¿Dónde quedaron los defensores de la bioseguridad?" En otras ocasiones, en estas mismas páginas otras voces -Iván Restrepo entre ellas, reporteros, cronistas- han registrado y denunciado los desastres y las destrucciones de empresas privadas, desarrolladores, talamontes y funcionarios cómplices contra los bosques, los cultivos, las aguas, las costas, el aire, la naturaleza entera del territorio mexicano, hasta aquí mismo, en la ciudad, a pocos kilómetros de este Palacio de Minería, en el Ajusco depredado noche y día por talamontes más o menos clandestinos.

En Guerrero, la tierra de Rodolfo Montiel y de Teodoro Cabrera, la larga dominación del PRI y sus cacicazgos acaba de sufrir una derrota en la elección de gobernador. Es producto, ante todo, de largos años de luchas y de organización para anular el fraude y defender las urnas. Un cúmulo de agravios seculares y de demandas de justicia reparadora aguardan desde el primer día a los nuevos gobernantes. Es tan urgente esa tarea que no habrá mucho que esperar para saber de qué color ellos pintan. Pero no hay gobernante que llegue a hacer algo, en Guerrero o donde sea, sin el crecimiento autónomo de las organizaciones como la de estos campesinos ecologistas de la OCESP, por fuera del Estado, sus políticos y sus partidos.

Mucho más que las promesas electorales y los programas de gobierno, Lumbre en el monte. La historia de Rodolfo Montiel y la lucha de de los campesinos ecologistas de Guerrero contiene una precisa agenda de esos agravios y esas demandas, dichas con palabras y con experiencias vividas que todos podemos entender.

Allá por agosto de 1970 una voz ahora lejana proponía, para los bosques de México, una política que hoy tal vez parezca extemporánea:

En materia forestal considero que, constituyendo este recurso un bien nacional y cuya conservación es de interés público, debiera corresponder al Estado la extracción y la comercialización de la madera mediante un organismo nacional, descentralizado, para cuidar que los bosques se exploten racionalmente, proteger los derechos de sus dueños y otorgar las garantías de ley a los trabajadores; asimismo, para repoblar los bosques en mayor magnitud que su aprovechamiento, cuando menos duplicando el número de árboles restituidos, como se ha hecho durante muchos años y se sigue haciendo en Canadá y otros países.

Era un ex presidente de México, el general Lázaro Cárdenas, quien así hablaba en su Mensaje a la nación escrito hace 35 años, en vísperas de su muerte. Pienso que el sentido de estas propuestas sigue siendo actual, posible y más urgente aún que entonces.

Texto leído por el autor en la presentación de Lumbre en el monte, en el contexto de la Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería
Mira també:
http://www.jornada.unam.mx/2005/mar05/050303/a07a1cul.php

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