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Notícies :: guerra
Consejos de la Cosa Nostra- Gustavo D. Perednik (la mafia àrabe)
15 feb 2005
Cuando vi que ingresaban Salvatore Riina y sus secuaces, sentí miedo y repelencia. Los cabecillas de los clanes Mancuso, Corleone y Sernitella aconsejaban en Palermo cómo debe enfrentarse el crimen organizado, y a sus debates televisados en Sicilia asistían delegados de la ONU, Europa, China, EEUU, etc. ¿Era solamente una pesadilla mía? Pues sí, y cuando el mador me despertó me di cuenta de qué la había provocado. La semana pasada, entre el 5 y el 7 de febrero, tuvo lugar en la capital saudí una Conferencia Internacional de Contraterrorismo, convocada por la casta más poderosa, corrupta y terrorista: los Saúd.

Ibn Saúd fue coronado en 1926, y seis años después pasó a ser rey de Arabia Saudí, de sus harenes y palacios, petróleo y redes informativas; emperador de la más enorme concentración de oro negro, dueño de la cuarta parte del petróleo planetario, de uno de los regímenes más oprobiosos del planeta: esclavista, represor y misógino. Uno que nunca es denostado por los medios de prensa o las agencias de noticias.

En Arabia Saudí no se fingen elecciones libres, como en Irán o Siria, ya que ni siquiera hay elecciones simuladas (los recientes comicios municipales no pasan de ser otro ejercicio machista feudal), ni Parlamentos ficticios, ni pretensión de derechos humanos. Todo derecho de los habitantes es una graciosa concesión de la familia real, ya que Arabia Saudí es, más que un Estado, una estructura tribal premedieval.

Abdulá, cabeza de esta perla, príncipe y rey de facto, abrió el contubernio con la propuesta de crear un centro internacional de antiterrorismo, en el que se compartiría información sobre lavado de dinero y contrabando de armas y drogas. Las agencias internacionales de noticias, los medios, los diarios informaron sobre el congreso y la idea, pero no se atrevieron a señalar su grotesca localización.

Sí, es cierto: desde que Al Qaeda atacó tres áreas de mansiones en la ciudad anfitriona (mayo de 2003) los saudíes desean desembarazarse de la molestia del terrorismo (sólo del terrorismo antisaudí, explicitemos). Hasta esa fecha, sin embargo, habían sido ellos mismos los principales financiadores e ideólogos del terror en los cinco continentes, y en buena medida continúan siéndolo. Quince de los diecinueve perpetradores de 11-S fueron saudíes, así como la asociación âde beneficenciaâ? Al Haramain, cuyas sedes en diez países fueron cerradas por su apoyo a Al Qaeda, y aun el 16 de abril de 2004 intentó asesinar al presidente de Israel durante una visita de éste a Budapest. Al Haramain carga, además, con

Las raíces del terror están allí. Dore Gold las rastrea hasta su doctrina seminal en El reino del odio (2003), libro que explica tanto el modo de expansión del terror saudí como sus orígenes en el wahabismo.

Hoy hay unos ocho millones de wahabitas; residen en Arabia Saudí, donde constituyen casi el 40 por ciento de la población. El wahabismo ve en el Islam una religión que debe ser impuesta por la fuerza en todo el mundo. Uno y otra nacieron en ese país: el primero hace tres siglos y la segunda hace catorce.

Los saudíes exportan wahabismo por medio del envío de imanes adictos, la financiación de colegios en cien países âdonde se reclutan miles de jóvenesâ y la construcción de miles de mezquitas, de Buenos Aires a Andalucía. El dinero ilimitado proviene de las ventas de petróleo, cuya subida de precio en 1973 fue la que precisamente permitió una acumulación fastuosa que viene canalizando la radicalización del Islam durante las tres últimas décadas.

Sólo en España, y en los últimos tres años, una veintena de mezquitas fueron copadas por imanes de esta ralea. Los saudíes han reclutado y protegido a toda secta islamista del siglo XX, desde los cabecillas de las generaciones previas âcomo Mohamed Rida, Hasán al Banna y Abú al Ala Maududiâ hasta figuras contemporáneas como Abdulá Azzam y Muhamad Qutb. Pero el debate sobre los métodos para hacer frente al terrorismo⦠ha tenido lugar en ese país.

Una ausencia reveladora

La delegada norteamericana, Francis Townsand, encomió la iniciativa: probablemente olvidó que las mujeres no tienen en Arabia Saudí ni derecho a conducir coches.

El príncipe Saúd al Faisal, ministro de Exteriores del feudo, aclaró que la conferencia no tenía como objeto mejorar la imagen saudí. No es para menos: su casta sigue teniendo una imagen impecable en la opinión pública europea, y sus medios de difusión raramente critican las torturas, las ejecuciones públicas, o la prohibición de toda religión e idea política.

Cuando los príncipes saudíes visitan sus palacios en Marbella son recibidos con calidez, ya que su poder acumulado garantiza el miedo y el silencio frente a sus atropellos.

Ningún asistente a la conferencia advirtió que la mayor víctima del terrorismo durante medio siglo no había sido invitada. Es que la entrada de judíos está prohibido en Arabia Saudí, luego Israel no cabía. Ningún delegado protestó por la exclusión del país hebreo (un versículo bíblico ha prefigurado esta reiterada circunstancia, en palabras de un mago al servicio de los moabitas que, al contemplar al pueblo hebreo, exclamó: âHe aquí un pueblo que habita solo y no será considerado entre los demásâ?).

En cambio, sí fueron invitados a pronunciarse sobre el flagelo del terrorismo Hezbolá y las bandas integristas palestinas, representados en Riad por los dos regímenes que los albergan, entrenan y financian: Irán y Siria, cuyos delegados se lucieron cuestionando toda definición de terrorismo que no se circunscribiera âes Israelâ?.

En mi pesadilla el ejemplo cundía. El Ku Klux Klan organizaba en Tennessee un congreso para combatir el racismo, mientras una agrupación de pedófilos recomendaba cómo custodiar escuelas.

Paralelamente, en la vida real se llevaron a cabo dos concilios sugestivos. Uno en Barcelona, entre el 11 y el 14 de noviembre de 2004, donde una agencia de la ONU instó a un debate sobre âIslamofobia, cristianofobia y antisemitismoâ?. Como desde el título mismo negaban la existencia del odio antijudío, el congreso, como era de esperarse, se redujo a ser un festival más de antiisraelismo, en el que hasta el delegado de apellido judío Michael Warszawski (uno de los quince expertos invitados) propuso destruir Israel.

El segundo evento fue en la Universidad de Columbia el 31 de enero, auspiciado por la agrupación Qanun de estudiantes árabes y por la facultad de Asuntos Públicos. El panel sobre âalternativas para la paz en Medio Orienteâ? devino en lid para que dos de los tres especialistas en paz, Rashid Khalidi y Joseph Massad, compitieran en insultos contra âel judío de los paísesâ? (que somos racistas, practicamos el apartheid, etc.), hasta que un expositor israelí se sumó a la competencia comparando Israel con los nazis. Esta vez era Ilan Pappe, de la universidad de Haifa, a quien los medios suelen utilizar obsesivamente para mostrar que âaun los propios judíos aspiran borrar a Israel del mapaâ?.

No llego a discernir si ese par de actividades se han instalado en mi pesadilla o son otra faceta pesadillesca de la realidad.

Nota: Publicado en Libertad Digital , suplemento de Ideas.

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