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15 des 2004
LAS PROVINCIAS

(Manuel Milian i Mestre va estar fundador de l´AP de Manuel Fraga i diputat a Madrid pel actual PP)

Del valenciano y otras consideraciones
MANUEL MILIÃ?N MESTRE/

Durante algo más de treinta años este ha sido un debate recurrente, sistemáticamente reabierto yo creo que sin razón suficiente a la vista de los hechos. Claro que una tal recurrencia obedece a factores más exógenos que endógenos del propio problema. ¿Alguien puede cuestionar, acaso, que el valenciano sea una lengua diferenciada del catalán, cuando este procede del marco lingüístico del lemosín o de la denominada llengua d’Oc? Los académicos, los científicos y el diccionario de la Real Academia Española parecen tenerlo comúnmente claro: es una evidencia demostrada en el tiempo y en el espacio geográfico que el catalán y el valenciano son la misma lengua, aunque puedan albergar modismos o diferencias prosódicas en cada uno de los casos. Pero negar la mayor es inconmensurablemente acientífico, o así me lo parece. El absurdo político se desmesura cuando alguien pretende constituir este elemento diferencial –o supuestamente diferencial– en factor de identidad local. Los dialectos, en el mejor de los casos, pueden adquirir la condición de anécdotas culturales o lingüísticas, pero difícilmente pueden categorizarse. Si así fuera, ¿qué diríamos de la lengua de la franja aragonesa, o de la confusa expresión de ciertos términos usados en Aguaviva (Teruel), lugar de frontera lingüística con los Puertos de Morella? ¿O habría acaso que diferenciar las regiones italianas por sus modismos locales, negando la existencia de una sola lengua común derivada del latín y fundamentada en Petrarca y Dante?

Creo que los políticos, cuando aducen razones como estas para consolidar opiniones personales o conveniencias, le hacen un mal favor a la cultura, a las lenguas y a los pueblos que las utilizan. Entre otros motivos, porque la lengua es la madre de un pensar o sentir común; es uno de los elementos sustanciales de la identidad y de las patrias, ya que en ellas, a menudo, se arraigan las mentalidades de los pueblos y los sentimientos colectivos que, finalmente, conforman una nación. El problema nace cuando se hurta la conciencia de lo que es por un interés ajeno, coyuntural o pretextual, para deshacer contagios supuestamente políticos. La Comunidad Valenciana empezó por renunciar a su propia denominación histórica: Reino de Valencia o País Valenciano (F. Mateu i Llopis acuñó esta denominación, que después se apropiaría la izquierda, pero de clara raíz genuina, habida cuenta de las polémicas en el pasado sobre la conveniencia de un nombre común para las “provinciasâ€? valencianas). Azorín, Teodoro Llorente y otros más, discutieron este punto hasta la saciedad, y el franquismo trató de asentar el topónimo de “Levanteâ€?, que en todo caso carecía de tradición en los usos históricos.

Curiosamente, la sociedad valenciana toleró por décadas ser apellidada “levantinaâ€?; y tan sólo la desaparición de Franco abriría las puertas a la recuperación de una denominación más exacta, como era el Reino de Valencia, que Beut y Belenguer, Xavier Casp, Miquel Adler Noguerol y mi propio tío, el historiador M. Milián Boix, consolidaron desde el Rat Penat. La Constitución de 1978 y el derivado Estatut d’Autonomia volvieron a generar un clímax de confusión. La politización, que ciertos sectores valencianos llevaron a cabo, en el debate estatutario –els “blaverosâ€?– pretendió afirmar una determinada óptica del valencianismo de derechas como respuesta al suave liberalismo transaccional de la UCD –Abril Martorell y Broseta– e, incluso, al que después sería un prudente revisionismo del PP en tiempos del conseller Villalonga, ya con el gobierno de Zaplana. Recuerdo perfectamente la profunda satisfacción que el P. Batllori me confesaba ante la política inteligente y reconductiva del conseller Vilallonga. El ilustre historiador jesuita – con cuya amistad me honraba– creía que aquel era el buen camino del reencuentro definitivo y de la superación de tantas polémicas que habían enturbiado la vida y la obra de grandes intelectuales valencianos como Joan Fuster, Sanchís Guarner o el mismo publicista Vicenç Ventura. Para estos, el “blaverismeâ€? otorgaba algo más que la crítica: la incomprensión y el desalojo del peor gusto.

Vivir a la sombra de un medievalista como mi tío Milián Boix me preservaría de caer en semejantes pantanos. Desde Morella resulta imposible hablar de valenciano. Todo el mundo confunde nuestra lengua con el lleidetà. El propio Joan Coromines, que visitó mi casa durante algunos años con amistosa asiduidad y que desde Chicago (USA) se carteaba con Milián Boix, siempre volvía a la hora de la cena familiar, admirado del lenguaje que recogía con pristina antigüedad –casi arcaísmos– en sus correrías por las masías de Morella. Su satisfacción llegaría al paroxismo cuando mi tío le mostró en el Archivo de la Basílica de Morella el famoso Capbreu, o elenco de masías y sus producciones, un códice del siglo XIV; o cuando tuvo en sus manos unos sermones de Sant Vicenç Ferrer en valenciano-catalán, recogidos en sus prédicas en Morella por el notario Manresa (s. XV), y que estudió el Dr. Perarnau. Para Joan Coromines y los habitantes dels Ports de Morella no ha lugar a duda alguna de que en nuestra tierra se habla el catalán en su raíz más genuina, heredada de los repobladores leridanos y gerundenses que el Rey Jaime I el Conquistador trajo consigo para repoblar las tierras del norte valenciano en el siglo XIII.

Hablar ahora de chantaje de ERC, o de negación de identidad valenciana por el hecho de no diferenciar el valenciano del catalán, me parece un exceso; más aún, un abuso de oportunismo político, o una cuestión nominalista exagerada, como si estuviéramos aún en tiempos medievales de Guillermo de Ockam. ¿No sería, tal vez, más decisivamente identificatorio recuperar las denominaciones históricas de Valencia, con el apelativo Reino o la denominación de País Valenciano? Se me responderá tal vez que no, porque ello supondría decantarse hacia una cultura de la derecha o de la izquierda. Sería ridículo, si no fuera tan absurdo. Admitir ahora que el valenciano y el catalán nos diferencian se me antoja una mayor ridiculez. Lo diga Agamenón o su porquero, como apostillaban los escolásticos. Lo más razonable sería volver al rigor, comunicar ambas acepciones lingüísticas, honrar a nuestra lengua que es, cómo no, catalán –valenciano– balear, y muchas otras cosas si nos referimos a la Franja, Andorra y l’Alguer (Cerdeña). ¡Cuántas ridiculeces se perpetran cuando uno tiene ojos sólo para su ombligo!
CNT Girona