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Crítica cervantina del reaccionarismo hispánico
10 des 2004
Desde la Contrarreforma a la Guerra de Independencia, las Cortes de Cádiz y la III República, hasta nuestros días, la obra de Cervantes nos da las claves para interpretar la esencia del reaccionarismo español, fundada, ora en la alianza, ora en la contienda, entre el falso idealismo y un mal entendido pragamatismo
No hemos encontrado mejor principio a esta crítica cervantina del reaccionarismo español, que la lectura de uno de los llamados âpoemasâ? escritos por uno de los tres preceptivos censores inquisitoriales de la Segunda Parte del Quijote.

LETRA

âPoemaâ? de José de Valdivieso Censor del Quijote de Cervantes por comisión y mandado del Consejo de la Suprema Inquisición

La ingrata se duerme: ¡Si lo haze adrede!

Un galán amante, que de reyes viene, liberal y hermoso, discreto y valiente;

que es tan gran señor, que le sirven reyes, y el que más le sirve por mejor se tiene;

que su vida y alma a una ingrata ofrece, que el alma y la vida sabe que le deve;

con vestido ageno a su calle viene, házese dormida, dize desta suerte:

La ingrata se duerme, ¡si lo haze adrede!

A la medianoche, entre el yelo y nieve, por verla la corte me halló en un pesebre.

Perdime por ella, y ella injustamente, por darme en los ojos, por otro se pierde.

Como por mi madre soy muy su pariente, y la sangre dizen que sin fuego hierve,

a buscarla vengo; hablo a sus paredes, duérmese la ingrata. por no hablarme y verme.

La ingrata se duerme, ¡si lo haze adrede!

Quise que en mi plato la mano metiesse, y dél alcançasse quanto bueno huviesse.

Mas, el pan comido, como dezir suelen, con nuevos agravios trató de ofenderme.

Siempre en perdonarla fuy manso y clemente, porque desde niño lo mamé en la leche.

Mudóse y huyóse donde, aunque lo advierte, duerme a sueño suelto sobre sus plazeres.

La ingrata se duerme, ¡si lo haze adrede!

Diome por su causa un sudor de muerte, prendióme la ronda, metióme en un brete.

Vístenme de loco, por loco me tienen, porque mis amores locuras parecen.

Como a salteador que en el campo prenden, me ofrece saetas con que me asaeteen.

Pónenme en un palo, de mí no se duele, pues del otro lado a dormir se buelve.

La ingrata se duerme, ¡si lo haze adrede!»

A estos y otros de similares hubo de enfrentarse Cervantes para obtener el plácet de su âaprobaciónâ? en la que literalmente se daba por tres veces y a cargo de tres doctísimos señores miembros de la Santa Hermandad o Santo Oficio, cuenta de que el Quijote â no contiene cosa contra nuestra santa Fe católica ni buenas costumbresâ?.

Del mismo modo que el Quijote pasó la primera criba de sus censores en 1615, los sucesivos herederos intelectuales del oscurantismo y la cerrazón hispánica contando los que tanto abundan en nuestros días, permanecen completamente ignotos a la esencia crítica de esa extraordinaria novela que con tanto ingenio y largo padecimientos de su autor, consiguió librar del fuego inquisitorial.

Tan es así, digo, que tan grande ha sido la preeminencia intelectual y política de los herederos del Santo Oficio hispánico â a semejanza de la Inquisición medieval que funcionara ya en Aragón y Alemania -, instaurado por los llamados con notable propiedad âReyes católicosâ? y de la Contrarreforma emprendida por Felipe II, bajo cuyos años más virulentos vivió Cervantes su memorable vida. De soldado en Lepanto a cautivo los de rescate por 500 ducados durante cinco años en Argel; testigo y viajero de la ingratitud de los poderosos y a la postre, el más oculto y brillante filósofo al que haya dado luz la indómita oscuridad carpetovetónica.

El reaccionarismo hispánico sobre el que aun confundido no andaba desencaminado el lúcido Ortega, en sus distintas manifestaciones, es el legado intelectual y espiritual de la Inquisición católica y de la Contrarreforma que da origen a hechos históricos ya presentidos por el genio de Cervantes, como el del entronamiento contra las Cortes de Cádiz, del truculento hijo de Carlos IV, Fernando VII. Tras la Guerra de Independencia contra José I Bonaparte, hermano de Napoleón designado por éste a título de Rey en virtud de la cesión del trono hecha por Carlos IV en Bayona, las Cortes de Cádiz y sus reformas - entre ellas la suspresión del Santo Oficio -, fueron abolidas por aquél nefasto y decadente autarca , que según el emperador Bonaparte, andaba siempre de rodillas en su presencia.

El propio Javier Espoz y Mina, el militar navarro responsable de las principales operaciones militares que, junto a otros menors liberales que él, desalojaron a José I Bonaparte del trono hispánico, se presentó a José Bonaparte cuándo tras la reclusión de su hermano en Santa Elena éste se había trasladado con gran éxito a Filadelfia, en los Estados Unidos de América para pedirle nada menos que encabezara el partido de los que entonces, tras haber contribuido a su entronización, pretendían devolver el trono de España al hermano mayor de los Bonaparte. El error cometido por el pobre Espoz y Mina al no hacer cuenta de la naturaleza del régimen que contribuyó a instaurar y cuyo esfuerzo tuvo como resultado el nefasto período fernandino, fue el resultado más evidente del reaccionarismo hispánico alentado por los exégetas del Santo Oficio y de la Contrarreforma. Como Alonso Quijano el protagonista de la obra cervantina, que comete graves violencias en aras a su âlocura solidariaâ? que diríase ahora, por âayudar a los menesterososâ? y por âdesfacer entuertosâ? por completo imaginarios, pero permitiendo a Sancho Panza desvalijar alforjas ajenas, Espoz y Mina enmendó su âlocuraâ?, es decir su error, sólo al final de su mala experiencia.

En honor del guerrillero navarro, hay que decir que tuvo los arrestos y aun la desvergüenza o desenvoltura, de presentarse ante José Bonaparte para rogarle lo que éste con sorna y grandísima sorpresa, debió negarle no sin más regocijo que amargura si hemos de atenernos a los documentos históricos sobre el caso y a la opinión del doctor Vallejo Nájera en su obra sobre José I Bonaparte.

Sobre Fernando VII, y las razones objetivas que pudieron animar al pobre Espoz y Mina para que se presentara a José Bonaparte proponiéndole después de haberle combatido a las órdenes del oscurantismo, que encabezara el destronamiento del autarca reaccionario, es ilustrativa la sentencia de Napoleón, escrita estando ya recluido hasta su muerte en la isla llamada de Santa Elena:

âLos españoles desdeñaron sus intereses para fijarse solamente en la injuria, se indignaron a la idea de la ofensa, se rebelaron a la vista de la guerra y corrieron todos a las armas. Los españoles, en masa, se condujeron como un hombre de honor. Nada tengo que decir de esto sino que ellos triunfaron, QUE HAN SIDO CRUELMENTE CASTIGADOS. ¡ ELLOS MERECIERON OTRA COSA ! â

Bonaparte, que siempre fue un redomado conocedor del temperamento humano, acierta en el análisis, pero sin duda se hubiera ahorrado el âdisgustoâ? de su derrota, y España también se hubiera ahorrado la Guerra de Independencia y con algo de suerte al propio Fernando VII trocándola la llamada âpepaâ? de Cádiz, si el futuro âempereurâ? hubiera leído el Quijote de Cervantes, obra que podemos tener por cierto que no figuraba entre sus lecturas como las âvidas paralelasâ? de Plutarco o la Historia de Inglaterra contada por mentirosos.

Porque no cabe duda de que en la figura de Quijano y Panza que describe la maestría de Cervantes en el Quijote, se resume a la perfección el temperamento del reaccionario hispánico: una pareja dual formada por el pretendido âidealistaâ? de Quijano, luchador violento de causas equivocadas y por el tan falso ârealistaâ? de Panza, que acaba creyéndose a fuerza de oírlas las veleidades imaginarias de su âamoâ?.

La novela de Cervantes no es ninguna sátira de los libros de caballerías, argucia puesta como excusa en la tosca mentalidad de los inquisidores, sino la mejor y más contundente aunque disimulada crítica contra el oscurantismo hispánico, esa comunión entre el espíritu violento del Santo Oficio y de la Contrarreforma con la combatividad del âpueblo llanoâ? que como Panza, y en interés de la Fe, había sido privado de saber leer y âescrebirâ?. No digamos ya de la lectura de libros que pudieran abrirle los sentidos a otras realidades.

Vladimir Illich, que ha pasado a la historia como Lenin, que sin duda sí había tenido ocasión de leer y entrever el significado del Quijote de Cervantes, describe de forma magistral los efectos de ciertas actuaciones de la reacción sobre la lucha revolucionaria:

âCuando los hombres se dejan manipular (*) por la burguesía, entonces, como es natural, todos los objetos y fenómenos se tiñen para ellos de color amarillo... en vez de la consideración política del desarrollo de la lucha de clases y del curso de los acontecimientos...colocan las impresiones subjetivas acerca del estado de ánimo....A veces la gente olvida muy âa propósitoâ? que los dirigentes responsables, con sus vacilaciones y su inclinación a quemar lo que ayer veneraban, introducen las vacilaciones más indecorosas en el estado de ánimo de ciertos sectores de las masasâ?.

(*) El traductor escribe la palabra amedrentar, pero opino que resulta en el caso hispánico, más propio el término de manipular.

El reaccionarismo hispánico que critica de forma magistral Cervantes en el Quijote, que tuvo el genio de evitar la censura de los censores de la Inquisición y de la Vicaría General de Madrid, provoca efectos devastadores en una población educada en los principios del oscurantismo. El amarillismo excepcional visible todavía de la prensa y medios de comunicación españoles, de sus sindicatos y de sus partidos políticos, incluso de sus movimientos pretendidamente revolucionarios, es fruto de una herencia de siglos durante la cual, sólo excepcionales autores de la talla de Cervantes han podido publicar y aun con críticas que de tan escondidas pasan desapercibidas a la mayor cantidad de personas. A lo sumo, el encarnizamiento de los conflictos que provoca esta situación, provoca situaciones de violencia desatada, cuando los quijotes y los sancho panza, las dos caras de la misma moneda oscurantista, cansados de convivir, llegan a las manos. Terribles episodios humanos como la Guerra Civil ilustran los efectos sangrientos de la ruptura entre los dos polos opuestos del reaccionarismo hispánico. En las fosas comunes de fusilados y fusiladas durante la contienda, compartieron destino de gusanos con asesinos de todos los bandos, quienes sólo aspiraban a una vida más digna, más libre y más igualitaria sin otros dioses que su conciencia individual y colectiva. Al final, en Yalta, los que dirigían la reacción en uno y otro bando, sellaron el acuerdo para repartirse el mundo, humillando de forma alevosa a quienes murieron por la libertad.

En honor de Cervantes, que escribió contra la guerra â servicio de reyes â tras haber sido de oficio soldado, el Quijote termina con el aborrecimiento incruento de las fingidas y disparatadas historias de los âlibros de caballeríasâ?, que es el eufemismo elegido por el más grande filósofo en lengua castellana para escribir lo que de suyo por propiamente dicho, nunca hubiera podido contar con los diez años de gracia que le dieron para imprimirlo, ni con el regocijo cavernario de sus censores. Vale.

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