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Cornellà: Una comissió judicial entra al Pati Blau acompanyada de la policia
21 oct 2004
No és del tot segur que estigui judicialment desallotjat, però sembla el més probable.
No és del tot segur que estigui judicialment desallotjat, però sembla el més probable.

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Re: Cornellà: Una comissió judicial entra al Pati Blau acompanyada de la policia
21 oct 2004
UN desallotjament 1000 kases okupades
ARA I SEMPRE RESISTÈNCIA.
Re: Cornellà: Una comissió judicial entra al Pati Blau acompanyada de la policia
21 oct 2004
Coño es que no se enteran estos especuladores, al analizar el movimiento de okupación y los procesos sociales que le dan sentido y en los que ese conjunto de activistas y simpatizantes han participado de forma intensa y significativa, me ha impulsado un cierto espíritu desmitificador acerca del papel de los movimientos sociales en nuestra sociedad: tanto en relación a sus valores de radicalización democrática y de legitimación de la desobediencia civil, como en relación a sus contradicciones internas y límites de intervención social externa. En particular, pueden señalarse tres de las opiniones más dañinas, a mi parecer, para la unión de fuerzas de la diversidad de colectivos sociales más perjudicados por el actual orden de cosas.
1) Por una parte, una importante porción de la izquierda clásica manifestándose en forma de partidos y sindicatos, incluidos en estos últimos los de signo anarquista, ha considerado que los movimientos sociales no pueden conducir a ninguna transformación estructural de la sociedad capitalista. O no harían una política eficaz, o habrían escogido un camino equivocado, separado de las masas. Tiende así a opinarse que su proliferación a finales del siglo es un síntoma más de la fragmentación, conformismo y decadencia de la fuerza del proletariado. Los movimientos serían efímeros y, según esa ideología, estarían desconectados de los problemas mayoritarios y fundamentales de las clases oprimidas del planeta.
2) Por otra parte, los investigadores universitarios que han prestado atención a los movimientos sociales también han ido mostrando que su rango de visión está sesgado y no incluye a todo tipo de grupos y corrientes movilizadoras. Cuanto más radicales sean los movimientos, tanto los de "izquierdas" como los de "derechas", menos parecen merecer el calificativo de "movimiento social" y, por tanto, no se analiza su trascendencia política ni su relación con el interés general. Tampoco se usa la misma metodología que cuando se analiza a los nuevos movimientos sociales más paradigmáticos (a saber, feminismo, pacifismo y ecologismo, sobre todo). En muchos de estos casos, pues, los académicos reconstruyen el fenómeno como âtribus urbanasâ? juveniles o a partir de nociones similares âa menudo en mímesis superficial de lo emitido por los mass media- negando la autonomía, utopías y complejidad de estos movimientos radicales o alternativos.
3) En tercer lugar, desde el interior de estos mismos movimientos sociales también surgen interpretaciones sociopolíticas oscilantes entre el nihilismo y el etnocentrismo. Es decir, o no hay nada que hacer más que resistir aislada e imprevisiblemente hasta la derrota final, o bien, sólo el proyecto y las acciones de mi movimiento son las que marcan un camino de emancipación general, por lo que no cabe complementariedad en la práctica con otras formas de participación urbana, social y política.
Expresado de forma positiva, considero que el movimiento por las okupaciones ha significado una aleccionadora prueba de relativa liberación de espacios urbanos, donde mucha gente se ha socializado lejos de individualizarse más y donde se han autogestionado numerosos aspectos de la vida cotidiana detrayéndolos de la asfixiante mercantilización dominante en nuestro entorno. Puede ser más o menos discutible cómo se han hecho las cosas y cuál ha sido el grado de incidencia social en las políticas urbanas o en el resto de movimientos sociales, pero creo que los movimientos urbanos futuros tendrán que aprender de la historia de la okupación, como desde ésta se aprendió âalgo- del movimiento ciudadano y vecinal de los años â70.
En general, se puede observar que las prácticas de rebeldía juvenil, de transgresión de leyes injustas o de códigos morales opresivos, trascienden su propia manifestación: son deseos de comunicación de otros modos de organización social más racionales y libres, no simple desviación o automarginación en un entorno urbano caótico. La sociedad adulta o las autoridades pueden perseguir o castigar esas conductas, pero lo hacen casi siempre desde la irresponsabilidad de quien no quiere saber nada de las justificaciones de quien compone el movimiento. En este sentido, me he propuesto un ejercicio de retomar sus propias palabras y acciones, sus propuestas y producciones de creatividad contracultural, organizándolas de forma comprensible y analizándolas en sus contextos significativos, de forma que salgan a la luz y puedan ser valoradas por toda la sociedad.
Todo ello es lo que obstaculizan las versiones parciales y simplificadoras que provienen de los medios de comunicación, de las autoridades políticas, policiales y hasta politológicas, e incluso de la izquierda social más tradicional y conformista con los medios institucionalizados de protesta que existen. Los estudios sociológicos, por el contrario, deben alternar, en mi opinión, la presentación y descripción del mundo de vida de los movimientos sociales, o de cualquier colectivo, y su análisis e interpretación según unos esquemas que hagan comprensibles las estrategias y los detalles de lo sucedido. Por esta razón he optado por un enfoque metodológico de investigación lo más dialéctico posible, concediéndole aquí prioridad a las técnicas de observación participante, a la información procedente de talleres de debate y de devolución informativa de análisis previos, al autoconocimiento del movimiento a través de sus propios textos y discursos, y a la contrastación y articulación de datos secundarios (incluidas las entrevistas personales y los grupos de discusión realizados por otras personas) y datos primarios (fruto de mis propias entrevistas y conversaciones, de mis notas, archivos y estadísticas elaboradas a partir de los medios de contrainformación) (Ibáñez, 1985).
En mi opinión, el movimiento de okupación, sobre todo en cuanto se manifiesta en edificaciones urbanas y en la autogestión de CSOA, ofrece un excelente ejemplo de diversidad y radicalismo en las formas de participación urbana existentes en las tres últimas décadas del siglo. Podemos considerarlo como un caso específico de MSU (Movimiento Social Urbano): uno de los que más relaciones mantiene con otros MS (Movimientos Sociales) y uno de los que más atraen a sectores juveniles de la población, si lo comparamos con otros MSU tradicionales (el asociacionismo vecinal, principalmente). Pero también es un caso específico de (nuevo) MS: uno de los que más promueven y practican la autogestión de la vida cotidiana y del espacio público como valor de uso, aunque, como es lógico, en su curso de acción es posible observar lo difícil de culminar plena y satisfactoriamente este tipo de apuestas (Castells, 1986; Pickvance, 1985, 1986; Villasante, 1995a; Rucht, 1991).
Este movimiento se conjuga en plural. Es decir, tiene diferentes historias y pone de relieve distintas dimensiones centrales en cada país y metrópolis, pero creo que en el contexto del Estado español pueden apreciarse unas pautas comunes y unos específicos vínculos con el reciente pasado de luchas sociales. De este modo, podemos describir las recomposiciones políticas operadas por la okupación dentro de âlo libertarioâ? y no sólo sus prácticas culturales de socialidad urbana, tal como hacen otros observadores académicos. Mi objetivo, pues, es señalar, dentro del limitado espacio disponible ahora, esas singularidades del movimiento okupa en España, explicando su surgimiento, su crecimiento y sus efectos sociales en general.
Por último, creo conveniente advertir que la calificación de autogestionario para este movimiento se sustenta no sólo en las propias autodefiniciones de quien lo dinamiza, sino también en mi propia valoración de la articulación muy explícita, original y âtransversalâ? que hace -en tanto que movimiento, no sólo en cada okupación particular- con tres ejes básicos de la participación urbana: 1) la práctica del poder social como creatividad y resistencia a la dominación; 2) la transformación urbana desde ámbitos productivos, reproductivos y ecológicos alternativos a la participación formal en el urbanismo, 3) la conexión entre diversos MS produciendo efectos sociales de comunicación, socialización política, apropiación popular de los espacios, contracultura y retos de democracia directa a la gobernabilidad local y urbana, que responden de manera concreta y local a dominaciones globales (Martínez, 1998; 1999; 2000).


2. Una distorsionada imagen mediática.

Este año 2001 los movimientos sociales del Estado español y de muchos otros países han puesto toda su atención en las manifestaciones y contracumbres antiglobalización. La policía ha disparado, herido, encarcelado y torturado en varias de las ciudades (Gotteborg, Praga, Barcelona...) donde se ha reunido un heterogéneo conjunto de organizaciones de la izquierda extraparlamentaria, del anarquismo, del ecologismo, del sindicalismo o de la cooperación internacional. El 19 de julio murió, debido a los disparos de un policía italiano, uno de esos activistas en Génova: Carlo Giuliani, de 23 años, que vivía en un edificio okupado en Génova y trabajaba en el Centro Social del Noreste (www.lahaine.f2s.com/ Internacional/secgenova.htm).
Los medios de comunicación de masas se han visto obligados a reservar algunos de sus espacios a este suceso que ha servido de referente y movilizador de los ânuevosâ? movimientos sociales, de forma más evidente para el resto de la sociedad, aunque antes y después siempre ha existido disenso y oposición al orden neoliberal internacional. Y entre la maraña de desinformaciones y connotaciones estigmatizadoras, se podían distinguir tres fenómenos de interés en relación al movimiento de okupación: 1) la heterogeneidad ideológica (dentro del anticapitalismo y del antiautoritarismo) de las organizaciones reunidas y âmás o menos- aliadas eventualmente; 2) el despliegue y legitimación de tácticas de desobediencia civil âmás o menos noviolentas, según los grupos y las interacciones mantenidas con la policía, pero siempre activas y enfrentadas abiertamente con los líderes mundiales, sus guardianes policiales y el espectáculo de las Cumbres de los países más ricos del mundo-; 3) y la participación de jóvenes okupas en estas protestas (en tanto que âmonos blancosâ?, miembros del Foro Social, agitadores del Black Block, o âperiodistasâ? en las agencias de contrainformación), como una parte más de los múltiples activismos en los que se involucran y que le dan sentido a una lucha urbana específica como es la de la okupación de viviendas y CSOA.
No es seguro que la presencia puntual, sensacionalista y estigmatizadora del movimiento antiglobalización en los mass media vaya a introducir en la agenda política concreta las demandas de todos estos movimientos sociales, incluidos el de okupación, que practican y proclaman una política radical, una democracia de base y una justicia social, económica y ecológica a nivel planetario. En este sentido, cada movimiento tiene más poder de intervenir políticamente en su entorno más próximo. Pero creo que alianzas y movilizaciones como las de la antiglobalización son valiosas ây, a veces, casi imprescindibles- para darle sentido y visibilidad pública a muchos de esos movimientos por otra parte percibidos como minoritarios, dispersos o irrelevantes para la política institucional y para la economía global (una cuestión distinta es si han sido suficientemente eficaces tras la lógica militar impuesta por las autoridades y las trampas con las que se negoció la protesta en Génova: http:// brasil.indymedia.org/ front.php3?article_id=5108&group=webcast). Por lo tanto, no sólo han sido jóvenes okupas quienes han sufrido la represión en las manifestaciones antiglobalización, sino que los CSOA también han convocado actividades y preparado acciones para esas ocasiones. Esto no significa que se puedan identificar un movimiento con el otro, ni que la antiglobalización sea la principal lucha del movimiento de okupación, pero sí un frente más que abre a la sociedad algo del significado de sus mensajes y prácticas de transformación urbana.
A estas alturas, los mass media han seguido insistiendo en la criminalización del movimiento okupa iniciada en 1996 y las asociaciones que han hecho con el movimiento antiglobalización no eran, precisamente, bienintencionadas. Un periódico conservador, el más vehemente (junto a La Razón) en sus ataques a toda la izquierda, âinformabaâ? recientemente con su peculiar punto de vista:
âLas casas «okupadas» están sobre todo en las grandes ciudades, como Madrid y Barcelona. El fenómeno, lejos de remitir, aumenta, y algunos de estos jóvenes antisistema se radicalizan a pasos agigantados. La Policía les sigue muy de cerca. Para algunos son los grandes hippies del siglo XXI. Para otros, jóvenes camorristas y marginales. (...) El desalojo el pasado 17 de julio de la denominada «Casa de la montaña», en el barcelonés Barrio de Gracia, convertido en una auténtica batalla campal entre los ocupantes y los agentes antidisturbios, junto con las protestas antiglobalización por la Cumbre del G-8 en Génova, han puesto de actualidad el movimiento de «okupación», que no sólo se ha actualizado, sino que además se ha reactivado y, en parte, radicalizado. (...) Pero el movimiento «okupa» es sobre todo antisistema y los más radicales no dudan, como se ha visto recientemente, en utilizar la fuerza, a pesar de autocalificarse de pacifistas y contrarios a la violencia. La Policía es consciente que los desalojos pueden degenerar en batalla campal. Un informe de la Delegación del Gobierno en Cataluña, donde el fenómeno tiene mayor fuerza, señala que el movimiento «okupa» en Barcelona incluye un total de 65 acciones de vandalismo en los últimos cinco años, con agresiones a personas, entidades bancarias, mobiliario urbano, escaparates, así como 284 atentados con artefactos explosivos e incendiarios. La cifra sumaría más de un centenar si se contabiliza toda Cataluña. Pero quien más les temen son los vecinos obligados a convivir con ellos. (...) Hablar de «okupación» es hablar de un movimiento totalmente heterogéneo. Aunque la filosofía siempre sea la misma, cada grupo actúa según su parecer o, en la mayoría de los casos, según los medios. Sin embargo, éste es un hecho que tiende a desaparecer y cada vez se vislumbra más el embrión de una organización. Los «okupas» son ya los cabecillas de un movimiento social que se empieza a organizar. (...)Ya en varias ocasiones se ha sospechado que algunos de estos grupos tienen relaciones con el terrorismo y la kale borroka. Un informe de la Delegación del Gobierno en Cataluña recuerda la utilización de los «okupas» como fuerza de choque en movilizaciones como la campaña antiglobalización, acciones de apoyo a los independentistas vascos y a los presos etarras. También en Madrid, diversas fuentes apuntan a que miembros del GRAPO recibían ayuda de «okupas». Ãstos, desde Internet, niegan toda relación con ETA: «Nuestra práctica social no incluye ni atentados ni su justificación y no lo hace porque es antagonista a esos modos de actuación».â (ABC, 12/8/2001)
¿Se ha ido radicalizando progresivamente el movimiento okupa o simplemente no se quiere valorar su práctica de democracia radical desde que comenzaron las okupaciones? ¿Son âlos más radicales entre los radicalesâ? aquellos que se declaran pacifistas, que no justifican la lucha armada y que, sin embargo, se defienden del monopolio de la violencia desproporcionada que usa la policía en los desalojos y en las manifestaciones? ¿Por qué la Delegación del Gobierno (y el Ministro del Interior en las últimas semanas de agosto que ha manifestado que âes evidente la relación entre ETA y el movimiento okupaâ?) tiene tanto interés en atribuirle al colectivo okupa todos los actos de vandalismo que ocurren en la ciudad y todos los vínculos posibles con organizaciones âterroristasâ?? ¿Temen que los vecindarios o el resto de la población comprenda su movimiento, se alíe con él y lo apoye, como habitualmente sucede al margen de esos estereotipos? ¿De verdad se vislumbra el âembrión de una organizaciónâ? y a los okupas como âlos cabecillas de un movimiento social que se empieza a organizarâ?, o es que están convergiendo distintos movimientos sociales en filosofías semejantes?
Pero miremos un poco más atrás, en el campo de minas -en cuanto a la abiertamente distorsionada imagen pública de la okupación- sembrado también por el otro extremo, algo más progresista, del espectro mediático económicamente hegemónico:

âSon piratas urbanos. Anarquistas de fin de siglo que usurpan casas ajenas para denunciar la especulación y conseguir un techo gratis bajo el que vivir. Apenas 2.000 jóvenes en toda España que se proclaman herederos del movimiento libertario de principios de siglo y hacen la revolución por su cuenta. Así viven y actúan los âenemigos públicos número unoââ? (El País, marzo, 1997)

âHijos de la ira. Una minoría de violentos destruye el mito del oasis cívico en Barcelona, donde la policía calcula que 1.300 jóvenes antifascistas se enfrentan a 1.500 cabezas rapadas. (...) Los hay que ocupan. Los hay que viven con sus padres. (...) En Sabadell se vivía una escalada de ataques âskinsâ a diversos locales okupados. (...) También se ha dado el caso de que todos los miembros de un colectivo okupa que participaron en un programa de la televisión autonómica TV3 fueron detenidos por la policía acusándoles de un hecho ocurrido posteriormente en Terrasa. (...) Un portavoz de la Seguridad del Estado explica que a principios de los 90 se vivió una gran alarma social ante el tema âskinâ. Por entonces se elaboró un estudio sobre tribus urbanas en Cataluña. Aparecieron 13 tribus. Los okupas eran una más y en franca regresión. (...) La policía cuantifica el movimiento antisistema en unos 1.300. (...) Los violentos no sobrepasarán, en total, los 200. (...) El fenómeno tiene algo de moda. Hay mucha gente que hace de okupa los fines de semana.â? (El País, 24/10/1999)

Los titulares del reportaje sobre okupación aparecido en 1997, operaron quirúrgicamente sobre la posición política de la okupación de una manera determinante, por lo que merece la pena desconstruir sus principales rasgos: 1) pasaba de estigmatizarla como tribu urbana a calificarla con otra más atemorizadora (âpiratas urbanosâ?, âenemigos público número unoâ?), pero también como supuestos âvagosâ? que sólo buscan una vivienda gratis (nada se dice de los Centros Sociales en el titular) y como una vanguardia política al margen de la realidad y de apoyos sociales a su causa (âhacen la revolución por su cuentaâ?); 2) asumía como âdelitoâ? (de usurpación) lo que unos meses atrás y durante casi un siglo había sido sólo una falta leve propia de la jurisdicción civil; 3) descalificaba la importancia de la okupación por su carácter minoritario y nostálgico de un pasado lejano y âfracasadoâ?.
A pesar de que en los contenidos de las noticias pueden aparecer también aspectos críticos con las arbitrariedades policiales y fragmentos reveladores de las motivaciones que animan a la okupación y a luchas âantisistemaâ? afines (en especial, cuando con los desalojos no hay disturbios, como sucedió con El Laboratorio II: El País, 29/8/2001), la impresión global que se ha ido generando estos años en torno al movimiento de okupación se compone de dosis de violencia, de dogmatismo ideológico, de tribalismo y hasta de âmodaâ? (ver, por ejemplo, El País, 25/8/2001 en el que aparecen mencionados los okupas en una noticia dentro de la desarticulación de un comando de ETA y en otra sobre tendencias en la moda titulado âLa seducción del delincuenteâ?).
Nada más lejos de la realidad, a mi parecer. Y para demostrarlo he creído conveniente reconstruir la historia del movimiento de okupación a partir de sus propios discursos, de sus medios contrainformativos y de sus prácticas, tanto constructivas, como de resistencia o de protesta con variados medios de desobediencia civil. He renunciado al trabajo exhaustivo de hemeroteca porque, en el caso específico de este movimiento, creo que sólo se pueden encontrar las claves explicativas de su desarrollo y la comprensión de los procesos sociales y urbanos que pretende transformar, fuera de esa âimagen públicaâ? construida mediáticamente (aunque también reforzada por el eco que obtienen muchas fuentes policiales, gubernamentales e, incluso, académicas).
¿Qué es el movimiento okupa? ¿Por qué surgió y se expandió como lo hizo? ¿Quién lo compone? ¿Cómo se organiza y cómo actúa en su entorno urbano? ¿Qué tipo de conflicto social es el que ha protagonizado?... Estas son las preguntas que me formulé desde un principio y a las que he ido respondiendo en la medida en que lo permitían mis observaciones propias y mi interpretación de los discursos recogidos por el propio movimiento alternativo o por algunos de los pocos estudios existentes sobre el tema (a veces, también, los mass media me han proporcionado algunas âpruebasâ? o problemas que investigar a fondo por otras vías). En este limitado espacio, sintetizaré algunas de las observaciones, problemas y conclusiones a las que he llegado en relación a esas cuestiones.


3. Condiciones estructurales y relaciones contextuales en la génesis del movimiento okupa.

Los años de 1984 y 1985 pueden establecerse como los detonantes de la primera onda expansiva de okupaciones a lo largo del triángulo formado por las ciudades de Madrid, Barcelona y Bilbao (pasando, en línea, por Zaragoza y Pamplona). Aparte del caso excepcional de la larga duración de la Casa de la Paz de Zaragoza (unos 8 años), son sobre todo algunos de los Gaztetxes vascos okupados (ya que no todos estaban en esa situación alegal o ilegal) los que más insistencia van a demostrar en sus tentativas y en la duración de aquellas primeras okupaciones que pudieron consolidarse con el paso de los años (por ejemplo, la Gazteizkio Gaztetxea de Vitoria, con más de 13 años, aún en activo). El movimiento se expandió después rápidamente por el resto del Estado, aunque siempre tuvieron mayor publicidad aquellas okupaciones situadas en las grandes ciudades.
Un análisis de uno de los medios de comunicación alternativos (UPA) entre 1991 y 1993 señala un mínimo de 20 okupaciones reivindicadas públicamente a lo largo del Estado, ampliándose el triángulo de ciudades descrito a Pamplona, A Coruña, Ourense, Sevilla, Granada, Valencia y Alicante. Por otros medios sabemos también de experiencias en esos años en Vigo, Gran Canaria, Xixón, Burgos, Santiago de Compostela, Elche, Cáceres, etc. (Alegato, nº2; Asemblea de Okupas de Ourense, 1993; Lucha Autónoma, nº2; La Lletra A, nº35, 1992; Resiste). Se trata de okupaciones con muy distinta duración en cada caso, desde unas horas hasta varios años. De aquí que podamos deducir que durante la primera mitad de la década el movimiento se extiende en una onda amplia cuantitativamente. Dentro de ese número de okupaciones aparecen algunos CSOA muy destacados (como Minuesa, la Casa de la Paz, la Kasa de la Muntanya y los Gaztetxes de Bilbo y Gasteiz) que sirven de referencia cualitativa para las otras iniciativas más efímeras y más silenciosas. Se adquiere, así, la conciencia de que es posible permanecer durante varios años, tal como lo consiguieron las okupaciones más âsimbólicasâ?.
    Estas dos primeras etapas (segunda mitad de la década de los 80 y primera de la década de los 90) se enmarcan en un período paralelo de crecimiento económico especulativo, primero, y de crisis generalizada, después, que afecta especialmente a la juventud en cuestiones como el desempleo y la falta de vivienda. Al mismo tiempo, los procesos de rehabilitación de los centros históricos y la reestructuración de algunos barrios obreros donde se asentaban fábricas ahora desmanteladas, dejaron como resultado unos espacios temporalmente âfantasmagóricosâ? y socialmente marginados (Villasante, 1995).
    Pero deberíamos ir un poco más allá de esas generalidades y fijarnos en otras circunstancias especialmente importantes para explicar el surgimiento y la expansión inicial del movimiento en estos primeros diez años. Para ello propongo analizar lo que podríamos llamar "relaciones contextuales" del movimiento con las condiciones macro y micro de su entorno social y político. Además de la ya considerada herencia histórica de movimientos sociales anteriores en todo el país y en Europa, revisaré ahora el contenido de más relaciones contextuales relevantes en los siguientes cuatro puntos e intentaré sintetizarlo todo en la Figura 1.
    1/ En primer lugar está la situación jurídico-penal de la okupación y la actuación de los organismos del Estado. Desde 1870 la okupación no violenta de inmuebles no constituía un delito, y la legislación vigente desde 1973 hasta 1995 mantenía esa tipificación, considerando también que no sería delito cuando se ejerciese sin intimidación a las personas (Zulueta, 1997). El gobierno socialdemócrata consigue aprobar con unanimidad parlamentaria un nuevo Código Penal que entra en vigor en mayo de 1996 y que penaliza duramente las actividades de los MS más importantes de la juventud: la insumisión al Servicio Militar Obligatorio y la okupación.
    A partir de entonces, los conflictos derivados de la okupación pacífica de inmuebles dejan de tramitarse por la jurisdicción civil y pasan directamente a la penal, pudiendo comportar penas de prisión, aplicables también con carácter retroactivo. La situación jurídica anterior, pues, favorecía que se okupase sin más riesgos que la resolución judicial en contra por vía civil, por lo general lenta y con la única obligatoriedad del desalojo y el pago de multas económicas pequeñas en caso de daños materiales. Sin embargo, como se recoge en un dossier del movimiento, algunas de las okupas también eran desalojadas ilegalmente, por orden directa de la Gobernación Civil y de la Policía, lo cual no era muy conocido públicamente si la okupación aún no había tenido tiempo de organizarse y de reunir un público afín al CSOA (o porque se pensaba dedicar sólo a vivienda) (Okupantes de Minuesa, 1991).
    Los ayuntamientos, además, tenían una corta experiencia en el gobierno local democrático (desde 1979), por lo que las okupaciones se presentaban como iniciativas que los cogían por sorpresa y no había unanimidad de criterios a la hora de relacionarse con ellas. Unos no las dejaban ni respirar unas horas, otros adoptaron las vías legales para desalojarlas, que al ser más lentas permitían una cierta continuidad de las okupaciones (aunque, a menudo, con constante vigilancia e infiltraciones de la Policía Nacional que no está bajo la jurisdicción municipal).
    Por otra parte, este contexto está también marcado por la indefinida función de los ayuntamientos en materia de vivienda social ya que, teóricamente, es ésa una competencia, aunque no exclusiva, de las Comunidades Autónomas, pero que necesita de la calificación y cesión de terrenos municipales, la gestión local de solicitudes, etc. En este sentido, dicha situación también impedía muchas veces que los ayuntamientos dieran respuestas creíbles ante la ciudadanía para justificar los desalojos, excepto cuando se trataba de propiedades municipales, lo cual no parece que fuera lo más habitual, por los datos que tenemos.
    2/ En segundo lugar, el movimiento no nace de la nada. El movimiento ciudadano anterior reivindicaba activamente (incluso lo hizo mediante algunas okupaciones) mejoras en vivienda y en equipamientos públicos, pero también la autogestión vecinal de los centros sociales creados para la juventud, las mujeres, los ancianos, los centros culturales, etc. (Assemblea dâOkupes de Barna, 1997).
    Esa autogestión de los centros cívicos no siempre fue conseguida y muchos colectivos, como por ejemplo los jóvenes, rápidamente se sintieron excluidos de ellos, al convertirse aquellos equipamientos en espacios dirigidos jerárquicamente y muy vinculados a partidos políticos, una vez que se institucionaliza el movimiento vecinal en los años 80. Sin embargo, existirá simpatía social y relativa comprensión hacia a la juventud que okupa locales gestionados por ellos mismos. Algunos ayuntamientos vascos, por ejemplo, permitirán la existencia de muchos Gaztetxes hasta que el mismo municipio construya uno oficial (Zabala, 1998; Seminario sobre la Okupación, Riff-Raff, 1996).
    La decadencia y reformismo del sindicalismo mayoritario también hizo que parte de la juventud interesada en las luchas de la clase obrera optara por sindicatos ahora minoritarios (como los anarquistas) y por actividades políticas de izquierda totalmente al margen de los sindicatos y de los partidos políticos (como la autonomía) (Iglesia, 1996).
    Para llevar a delante esas actividades no se dispone de los recursos ni de los sindicatos ni de las ONGs afines a ellos, excepto la colaboración de algunos Ateneos Libertarios y de algunas cesiones de locales por parte de asociaciones de diversa índole. Por ello la okupación se presenta como un medio esencial para disponer de espacios propios dentro de un sector político antagonista amplio, en el que se unen fuerzas y códigos culturales, a veces entre jóvenes con ideologías políticas diferentes que no se habían encontrado antes compartiendo espacios o experiencias (independentistas y anarquistas, por ejemplo).
    3/ En tercer lugar, unas okupaciones invitan a otras, y el movimiento okupa se alía con otros movimientos afines. Los medios de comunicación alternativos contribuyen a que las primeras experiencias, sobre todo las más duraderas, tengan una amplia difusión. Las propias okupas, aunque desconfían a menudo de la prensa comercial (AA.VV., 1993; AA.VV., 1997), también son noticia en la ciudad en la que se sitúan y algunas procuran darse a conocer con ruedas de prensa y publicitando en la calle sus actividades. Las manifestaciones de protesta consiguen agrupar, ante todo, a las personas vinculadas a las diversas okupaciones que existen en una misma ciudad y son fácilmente la semilla de nuevos activistas para las siguientes okupas.
    Aunque el protagonismo de esa década (entre mediados de los 80 y mediados de los 90) en cuanto a los MS de la juventud lo ostentaba el movimiento de insumisión, las okupas son espacios relativamente permanentes donde realizar charlas, debates y asambleas de los colectivos de ese movimiento, por lo que ambos se retroalimentan mutuamente. Además, una gran mayoría de los okupas masculinos se declaran insumisos âgeneralmente insumisos âtotalesâ?, negándose a asistir a los juicios y eludiendo las detenciones-, y se hizo frecuente que en los desalojos de las primeras okupaciones fueran detenidos y retenidos más por estar en busca y captura por insumisión que por okupar.
    También los CSOA se convirtieron en espacios donde otros colectivos â artísticos, feministas, de comunicación alternativa como las radios libres, etc.- se reunían y hacían fiestas para financiarse, con lo cual ampliaban sus redes de apoyo, de simpatizantes y de colaboradores con MS afines. Se conseguía así una legitimación no sólo âpor derechoâ? (según los fines y medios defendidos con las okupaciones), sino también âde hechoâ? (compartiendo el uso de los espacios reapropiados socialmente).
    Los conciertos, en particular, y los grupos de música surgidos en el circuito de CSOA, son también el principal nexo del movimiento con amplios sectores de la juventud de los barrios obreros de las ciudades y con un mundo artístico y contracultural que verá también en esos espacios, lugares donde expresarse en libertad.
    4/ Por último, a la vista de la escasa y limitada represión inicial por parte de las autoridades y de los lentos procesos judiciales en los que se ve envuelta la propiedad de los edificios okupados, era de esperar que la mayor ofensiva proviniese de los mass media. En efecto, esto fue así, pero no en un sentido unívoco. Durante estos diez años primeros la prensa mantenía una ambivalencia constante.
    Por un lado, efectuaba una cierta estigmatización, casi caricaturesca del movimiento por la vestimenta de algunos okupas (con estética punk o âandrajosaâ?, por ejemplo) (Anónimo D, 1994). Por otro, daba una amplia cobertura a las escasas experiencias acaecidas, debido a la espectacularidad y novedad que suponía la acción directa de la misma okupación y la aceptación social conseguida al unísono por quienes se enfrentaban con valentía al problema de la carencia de vivienda. En todo caso, la prensa no mencionaba, apenas, la lucha contra la especulación y las causas de los otros MS para los que también se utilizaban los CSOA con el acuerdo y apoyo de los mismos okupas.
    Los desalojos, hasta entonces, tampoco provocaban excesivos âdisturbios públicosâ? en la calle, por lo que la imagen de los okupas era vista con cierta benevolencia, excepto por la prensa más conservadora. Por ejemplo, el editorial del periódico ABC de septiembre de 1994 llegó a caracterizar a los okupas con ostensible desprecio, en tanto que los veía como âjóvenes violentos, desocupados laboralmente y delincuentes activos (...) pequeñas hordas de desarraigados que arrasan e invaden propiedades ajenas. Son una muestra de la sociedad deteriorada, sobre todo, por la evidencia de quebrantamiento de la autoridad pública.â?
    De todos modos, si lo comparamos con el movimiento de insumisión, éste fue mucho más atacado por la prensa hegemónica en las primeras acciones de desobediencia colectiva que llevó a cabo (a partir de 1986) de lo que era vilipendiado el movimiento okupa en sus comienzos. La prensa dio un cambio drástico de valoración a la insumisión, pasando a ser más favorable con ésta en términos generales (Ajangiz, 1995; Sampedro, 1996), mientras que el movimiento okupa también experimentará un cambio drástico en su tratamiento mediático, pero precisamente en sentido contrario: cada vez más criticado y susceptible de caer, según los creadores de opinión pública, en el âvandalismo urbanoâ?.
    Esto último ocurrió, sobre todo, a partir de 1996, cuando los desalojos, la represión y las protestas âcon disturbiosâ? en la calle se incrementaron. Además, la prensa tendió a fijarse más en okupaciones concretas o en el prototipo de âokupaâ? (individuo marginal y violento), en lugar de valorar al conjunto del movimiento y su causa. Entre otras razones, el mismo movimiento no se prodigó en acciones directas para auto-promocionarse en tanto que movimiento con una dimensión estatal, bastaba el ejemplo de cada vivienda okupada y de cada CSOA. No es de extrañar, pues, que la atención efímera y muy focalizada que tiene la prensa por los movimientos sociales en general, reincidiese con la misma actitud en el caso particular del movimiento okupa.
    Demos ahora un paso analítico más e intentemos reunir toda esa información en una interpretación más genérica sobre las condiciones sociales y políticas que hicieron posible el surgimiento del movimiento okupa. Propongo seguir, en principio, algunos de los esquemas más dinámicos y menos simplificadores de la teoría de la âestructura de oportunidad políticaâ? (por ejemplo, el de Koopmans, 1995: 23). Adaptándolo a los parámetros que he marcado hasta ahora, podríamos distinguir entre: 1) las dimensiones concretas del contexto socioeconómico y político que favorecen el surgimiento del movimiento, por una parte; 2) los mecanismos mediadores por parte de las autoridades y de las redes de relación social creadas por el mismo movimiento, por otra; y, finalmente, 3) los contextos microsociales en los que arraigan las actividades, se difunden y se reconstruyen.
    A estas ventanas analíticas les doy aquí un contenido específico. El contexto socioeconómico y político (macro) se refiere a las dominaciones más globales a las que se opone una parte de la población (en este caso fundamentalmente joven), directa o indirectamente afectada. Por contexto social y cultural (micro) entiendo las condiciones de posibilidad del movimiento definidas por los ámbitos sociales conflictivos y por necesidades colectivas que facilitan la protesta, en las que arraigan las acciones del movimiento, donde se difunden y se reconstruyen. Los que llamo mecanismos mediadores comprenderían aquellos factores sociales o situaciones específicas promovidas por las autoridades o por las mismas redes sociales del movimiento, y que ponen en conexión las herencias históricas de rebeldías, los contextos sociales de oportunidad y las acciones de colectivos y grupos dispersos. En la siguiente figura aparecen unidos a los fenómenos sociales relevantes en la génesis y expansión del movimiento okupa.
























FIGURA 1.
Relaciones contextuales del movimiento de okupación en las dos primeras etapas de surgimento y expansión (1985-90, 1991-95)

En definitiva, estos dos primeros periodos de la vida del movimiento se caracterizarían, a la luz de las referencias más o menos directas halladas en los textos consultados, por: 1) un contexto de macro-dominaciones, con el problema de la vivienda, el crecimiento económico especulativo paralelo al medre del paro juvenil, la reestructuración de centros urbanos e históricos, la politización partidista del movimiento vecinal, la arbitrariedad represiva ante los movimientos sociales "ilegales" y la "sorpresa" que representan algunos como el okupa; 2) un micro-contexto cultural y social de enraizamiento del movimiento, con la ambivalencia de la prensa (primero comprensiva y después más estigmatizadora), las necesidades de autogestión cultural y de socialización no mercantil de la juventud, la conexión con demandas radicales del movimiento ciudadano y del obrero en crisis, y con los movimientos sociales europeos; 3) y unos mecanismos mediadores, conectores y facilitadores de la âprotestaâ?, gracias a una jurisdicción civil lenta y una represión esporádica inicialmente, a okupaciones simbólicas duraderas y a la creación de redes con otros movimientos sociales alternativos (sobre todo, la insumisión y la contrainformación: dándole mayor amplitud ideológica en lo "alternativo").


4. Expansión y legitimidad pública de la desobediencia.

La tercera etapa que podríamos llamar de maduración, entre 1995 y el año 2000, se podría caracterizar por el aumento de la criminalización y de los riesgos de represión, pero también por el incremento de la respuesta okupa organizada, viviéndose la mayor expansión y crecimiento cuantitativo (posiblemente más de 200 okupaciones por todo el Estado) y cualitativo (con nuevas okupaciones "símbolos" referenciales casi âimprescindiblesâ? para las restantes: Cine Princesa, Guindalera, etc.).
Para explicar por qué se llegó a este nuevo estadio de la movilización creo que se debe atender a cuatro circunstancias fundamentales: 1) no hubo diferencias en la gestión de este tema entre el gobierno estatal de socialdemócratas y de conservadores; 2) la penalización empieza a aplicarse muy tarde, con el movimiento ya muy fuerte; 3) la prensa y la juventud encuentran âjusto entoncesâ? una especie de relevo a la prioridad del otro movimiento antagonista importante (la insumisión); 4) se produce un incremento de las alianzas sociales, sobre todo en los momentos puntuales de los desalojos (intelectuales, artistas, algunos políticos de izquierda, jóvenes participantes de en las actividades de los CSOA, etc.).
    Entre los años 1996 y 1999 se sucede una auténtica efervescencia de okupaciones y desalojos, ahora con numerosas detenciones, juicios públicos y amplias manifestaciones en las calles. Por ejemplo, sólo en el año 1996 fueron amenazadas de desalojo y desalojadas después de ser okupadas en ese año y en años anteriores, 42 okupaciones, de las cuales 15 se registraron en Cataluña, 8 en Madrid, 5 en Euskadi y 14 en otras ciudades (Cádiz, Granada, Córdoba, Mallorca, Sevilla, Valencia, La Laguna y Zaragoza) (según informaciones recogidas en Lletra A, nº49 y en el Molotov, nº64-77; aunque esta cifra no refleje las varias decenas de okupaciones que se mantenían activas, okupadas con anterioridad).
    Sólo en Cataluña, entre 1996 y 1998 se han contabilizado más de 100 desalojos, a menudo ejecutados con una desbordante violencia policial (Herreros, 1999: 32) debido a que estos âfuncionarios públicosâ? se sienten ahora más motivados para emplearse a fondo ante lo que es ya un delito según la legislación penal vigente. A la mayoría de desalojos les seguían manifestaciones y protestas en las que también participaron otros colectivos y asociaciones solidarias con la causa de la okupación. Ciudades como Terrassa, en las que el movimiento okupa se había ido organizando progresivamente de forma más efectiva, vivieron de forma especialmente dura la onda represiva: se produjeron unos 10 desalojos en el mismo periodo de tiempo y más de 40 personas fueron detenidas y quedaron pendientes de numerosas acusaciones por la fiscalía. También aquí la campaña de respuesta desplegó todo un abanico de iniciativas (actos informativos, edición de un dossier, recogida de firmas, etc.) desencadenando una presión social que dio como resultado insólito que un juez absolviese, en abril de 1998, a 14 jóvenes ante la âinconsistencia de las pruebasâ? presentadas por la policía (Herreros, 1999: 32).
    El ritmo trepidante de enfrentamientos empieza a provocar a la prensa a hablar de un âmovimiento socialâ? al mismo tiempo que rebajan el sentido político de ese concepto, considerándolo participado por âtribus urbanasâ?, etiqueta que esconde aún bastante incertidumbre acerca de su significado sociológico. En todo caso, según la imagen pública construida por los mass media, ya no existen únicamente okupaciones puntuales en una u otra ciudad, sino una tela de araña de iniciativas y grupos okupas, hasta entonces casi transparente.
    La situación jurídica de penalización y criminalización de la okupación permite también ampliar la discreción en el ejercicio de la persecución y represión del movimiento. La amenaza de prisión y la posibilidad de desalojos por sorpresa que deja a los jueces manos libres para dictarlos en cualquier momento, consigue, pues, un efecto contrario al pretendido: que la okupación vuelva a resurgir en las grandes ciudades, especialmente las del triángulo Madrid, Cataluña y Euskadi (pero también en otros lugares como Andalucía, Mallorca, Burgos, Valencia, etc. por no hablar de la nueva oleada de okupaciones rurales en todo el norte peninsular).
    En ellas vuelve a concentrarse el foco de atención del movimiento, creciendo de forma desconocida la cantidad de okupaciones nuevas y encontrando nuevos símbolos para el movimiento que, no obstante, no deja de extenderse por todo el Estado: hasta unas 200 okupaciones y más de 2000 personas activistas âuna cifra muy similar a la de Italia-, según la estimación âa la bajaâ? del periódico El País: Rodríguez, 1997.
El momento más simbólico de estos momentos está marcado por los siete meses de okupación del Cine Princesa en pleno centro de Barcelona, y por el desalojo de éste, con más de 60 personas detenidas y manifestaciones sucesivas de 1500 y 3000 personas en la misma ciudad (aparte de otras en solidaridad en otras ciudades, como la de 2000 personas en Madrid al mes siguiente: Molotov, nº75) que acabaron en enfrentamientos con la policía y varias decenas de personas heridas y detenidas (La Campana, nº32; Molotov, nº64; Assemblea dâOkupes de Barna, 1997). Todas las cadenas de televisión y la prensa en general, se hicieron eco de este conflicto, aunque por poco tiempo (Grijalba, 1996; Miranda, 1996; Rodríguez, 1997). Comenzaron también los reportajes periodísticos y se publicó (de forma autoproducida) un libro exclusivo sobre la historia de esa okupación, pleno de autoentrevistas muy emotivas e informativas por parte de quienes participaron en dicha okupación (AA.VV., 1997).
    La criminalización de la okupación con el nuevo Código Penal va a ser gestionada por el nuevo gobierno conservador en las riendas del Estado, pero eso no fue óbice para que los dirigentes socialdemócratas en los ayuntamientos donde gobernaban (el PSOE en Barcelona, por ejemplo) fueran igual de implacables que las autoridades conservadoras (el PP en Madrid, por ejemplo) en la represión del movimiento.
    Tampoco existía (como en Alemania o Italia) un partido verde de âizquierda alternativaâ? que sirviera de bisagra para amortiguar los golpes o mediar en negociaciones, e Izquierda Unida iniciaba una fuerte decadencia electoral, con lo cual no había alianzas políticas posibles para el movimiento (excepto en casos concretos y aislados, como el apoyo que algunos miembros de IU dieron al CSOA El Laboratorio en Madrid, o la política de silencio o tolerancia de algunos ayuntamientos vascos con los Gaztetxes okupados).
    ¿Fue entonces la nueva ola de okupaciones resultado de una âreacciónâ? ante la criminalización? ¿El incremento de la criminalización fue la gota que desbordó el vaso, es decir, la intervención institucional aumentó la dinámica antiinstitucional que hasta entonces se había autocontenido?    
    Esa interpretación sugeriría que el sistema político institucional y los mecanismos mediadores que usan las autoridades son las únicas relaciones contextuales importantes que favorecerían la continuidad del movimiento. O sea, que la iniciativa de los gobernantes y legisladores, así como sus procedimientos reacios a la negociación y a la legalización, condujeron tan sólo a una represión desnuda, mas dosificada y âselectivaâ?, aunque, en el fondo, la amenaza de desalojo pendía sobre todo tipo de okupaciones.
    A mi juicio, el resto de dimensiones macro-contextuales y micro-contextuales, antes señaladas en las dos fases iniciales, seguían presentes también después de 1995. Además, las experiencias anteriores de okupación se difundieron por todo el Estado gracias, entre otras razones, al crecimiento de nuevos medios de comunicación alternativos, a la nueva atención que los mismos medios alternativos y la prensa hegemónica también empezaron a prestarles. Por último, no se puede olvidar el constante intercambio de personas que van visitando las distintas experiencias de una ciudad a otra, divulgando y aprendiendo de las experiencias ya iniciadas.
    Un ejemplo del âefecto difusiónâ? entre okupaciones es el intento fallido de resistir al desalojo subiéndose a andamios en el CSOA David Castilla, imitando lo que había sucedido en Iruña (Wilhelmi, 1998: 60). Otro ejemplo es el dossier de documentación publicado por el Taller de Cultura Obrera Riff-Raff donde se recoge el resultado de un taller práctico sobre okupación, desarrollado en la Universidad Complutense de Madrid en 1995, dentro de unas Jornadas Anticapitalistas organizadas por los colectivos Lucha Autónoma Estudiantes, ADN Recalcitrante, Información y Libertad, y Virus Rabioso. En ese documento se presenta en forma de manual de instrucciones los pasos a seguir para sacar adelante una okupación, lo cual prueba el grado de madurez y de experiencia que se poseía ya sobre esta metodología de acción directa.
    Dos años después, también la publicación La Lletra A hace público un texto semejante que circulaba por Barcelona y su entorno, probablemente, desde hacía unos años antes. En todo caso, se reproducían fórmulas de reflexión organizativa ya practicadas en otros países europeos y se reconocía la necesidad de una información orientadora e incitadora a la acción, es decir, pragmática, mediadora imprescindible de cualquier poder popular.
    En todo este proceso de expansión y mayor visibilidad pública del movimiento podemos comprobar que los CSOA han ido teniendo cada vez más protagonismo en comparación con las okupaciones con destino exclusivamente residencial. En ciudades como Madrid el movimiento autónomo llegó a hacer de la experiencia de los CSOA su principal bastión de lucha en los barrios y desde 1994 se puede apreciar una apuesta clara y una mayor concentración en los CSOA: âa partir del desalojo del C.S. Minuesa, en la lucha por las okupaciones se van separando la lucha por la vivienda y la lucha por los centros sociales. La lucha por la okupación de viviendas será desarrollada por grupos informales, mientras la coordinadora Lucha Autónoma centra su acción política en la construcción y defensa de los centros socialesâ? (Wilhelmi, 1998: 158) Sin embargo, también se reconoce que el discurso predominante en los años â80 y primeros â90 de âvecino, te van a echar de tu barrio para meter pisos de lujo y yupisâ?, âno se pierde completamente, algunos colectivos de barrio lo desarrollan, si bien no como lucha centralâ?. No conozco, de cualquier manera, si se han tomado decisiones en ese mismo sentido en otras ciudades.
    En mi opinión, este mayor protagonismo de los CSOA en el movimiento de okupaciones e incluso las decisiones conscientes de algunos grupos de centrarse más en su dinamización, no nos puede impedir comprobar que ha sido permanente la coordinación con personas que han okupado viviendas, e incluso, cada vez más, con okupaciones rurales. Además, en casi todas las ciudades del Estado, los colectivos que han expandido la okupación continúan asidos al discurso contra la especulación inmobiliaria, la carestía de viviendas asequibles y de equipamientos públicos autogestionados (por ejemplo, un intento de okupación en Lugo, de muy breve duración, fue recogido en el boletín âOkupemos o espacioâ? del año 2000, insistiendo en âser nuestra pequeña contribución a la rehabilitación del centro de nuestra ciudadâ y en âexigir el derecho a disfrutar de los espacios que especuladores y carroñeros nos arrebataronâ?). Este discurso, aún en su superficialidad, es el que le ha servido al movimiento para su comunicación con el resto de la sociedad y para la legitimación de sus acciones de desobediencia civil, por lo que resulta natural que los matices y las luchas paralelas de corte anticapitalista que le acompañan (como los 7 días de lucha social en Barcelona, Madrid y Córdoba, por ejemplo, centrados en temas como inmigración, especulación financiera, paro, etc.) se vayan desvelando poco a poco.
    Evidentemente, tanto la vida de las okupaciones como las movilizaciones sociales que proponen son efímeras y la oposición de los gobiernos locales casi absoluta. Pero, ¿qué acciones directas de desobediencia civil de otros MS pueden durar siete meses o diez años ininterrumpidamente, noche y día exponiendo su causa de rebeldía? Sólo para conseguir esa ejemplaridad, es de suponer que la okupación no podía amedrentarse ante el nuevo Código Penal e incluso era razonable utilizar el nuevo castigo que se les imponía dándole la vuelta y aprovecharlo para incrementar la intensidad de la lucha con mayor visibilidad pública que la obtenida hasta entonces.
    Los riesgos para los activistas eran ahora mayores (desde la prisión hasta torturas y golpes), pero los âéxitosâ? sociales (creación de redes y de actividades autogestionadas) y políticos (crítica abierta a la especulación inmobiliaria y liberación de espacios vitales de socialización) también. Además, la represión penal más dura acaba recayendo sólo sobre un âselectoâ? y, con frecuencia, voluntario grupo de activistas: por lo general, quienes resisten en las okupaciones hasta el último momento del desalojo. Y también entra en juego el azar en la aplicación policial de la criminalización: por encontrarse en los locales cuando se presenta la policía y solicita la identificación de las personas que están dentro, vivan habitualmente o no; o bien por ser cogidos fortuitamente en las manifestaciones de protesta, muchas veces tras su grabación en vídeo y tras la infiltración policial en las asambleas de los CSOA; o por la persecución de los que se considera âcabecillasâ? con criterios bastante aleatorios.
    El desalojo del Cine Princesa había marcado un hito en el desarrollo del movimiento en su tercera etapa de florecimiento, pero otros momentos como los desalojos de la Casa de la Paz en Zaragoza, La Guindalera y el Laboratorio en Madrid, las manifestaciones y detenciones como las que acabamos de comentar, un nuevo ataque policial y detenciones de vari@s okupas que protestaban por la celebración de un mitin neofascista en Barcelona el 12 de octubre de 1999 (AA.VV., 2000) y la muerte de un joven en Valencia también a finales de ese mismo año, justo cuando la policía entraba a desalojar por la fuerza un teatro okupado (âDe la okupación han hecho un delito y del desalojo un asesinatoâ?, se podía leer entre los comunicados de indignación), han ido jalonando el camino recorrido por el movimiento en los últimos años.
    En el órgano de expresión nº2 (abril de 2000) del CSOA La Kelo, en Santurtzi, se hacía una breve mención (en la última página) a los saldos que estaba dejando la ola represiva de 1999:

âlos desalojos de La Kelo de Mamariaga, el Gaztetxe de Romo y Amets Giza Lokala de Portugalete; con todo lo que ello conlleva: detenciones, cargas policiales y enjuiciamientos. Este años prevemos más represión, ya que en febrero se iniciaron los juicios contra l@s jóvenes acusad@s del desalojo del Gaztetxe de Lutxana (1997). Con este se ha seguido una oleada de enjuiciamientos contra 50 jóvenes de los diferentes espacios liberados. En estos momentos el Gaztetxe de Leioa, tras 5 años de funcionamiento, y el de Retuerto, se encuentran con la amenaza de desalojo.â?

    Todo ello indica que no es posible reducir el fenómeno a simples cifras denotando la cantidad de okupaciones y desalojos para medir la fuerza social del movimiento. No obstante, una estimación de esos guarismos también puede ayudar a proporcionar una idea más exacta de la capacidad de resistencia y respuesta del movimiento, manteniendo un gran número de viviendas okupadas y de CSOA aguantando sobre ellos todo el peso de los órganos represivos del Estado.


CUADRO 1. Número mínimo de okupaciones efectuadas y desalojadas en las tres etapas.

    Okupaciones iniciadas     Desalojos efectivos
1ª Etapa: 1985-1990
Surgimiento     20     11
2ª Etapa: 1991-1995
Expansión     55     33
3ª Etapa: 1996-1999
Conflictividad     128     117
TOTAL     203     161

CUADRO 2. Tiempo de duración completa de okupaciones entre 1985 y 1999.

Duración     Cantidad
Hasta 1 mes (incluido)     39
1-12 meses (incluidos)     34
1 año - 3 años (incluidos)     22
3 años -5 años (incluidos)     4
5 años -10 años (incluidos)     8
Más de 10 años     4

Los datos agrupados en los cuadros anteriores proceden de publicaciones de los medios de comunicación alternativos disponibles y contrastados entre sí, cuando era posible y necesario (básicamente: UPA, Molotov, La Lletra A, La Campana, CNT, Usurpa, Contrainfos, Llar, aparte de números esporádicos de otras publicaciones), y a partir de algunas observaciones propias y de entrevistas. Comprenden, principalmente, las okupaciones de tipo CSOA, pero, de todos modos, se trata de datos mínimos, ya que las cifras podrían incrementarse mucho si todas las okupaciones fuesen comunicadas a estos medios y éstos las reflejasen. Además, sobre algunos años (desde 1991 y hasta el año 1993) no tuve acceso a una cantidad suficiente de medios en comparación con los otros períodos, por lo que también pueden existir algunas infravaloraciones de las cantidades en esas fechas.
    Un trabajo similar elaborado por Punx Graphics a partir de los archivos de Ackontracorrent, CNT Montcada-La Llagosta, Punxzine y PUA Montcada, también consultando publicaciones contrainformativas (ANA, La Lletra A, La Figa Palera, Usurpa, Molotov-UPA, Campi qui Pugui, Actúa-PTEM, La Ploma Llibertaria, Tinta Negra, Autodefensa, Egin, CNT, No Pasarán, Puxzine y Ackontracorrent), componía un gráfico sobre la evolución de okupaciones y desalojos (probablemente en todo el Estado), hasta el año 1997, aunque reconociendo la carencia de datos completos para los años 1993 y 1994. En la gráfica se podía observar lo siguiente:
1) las cifras de okupaciones y de desalojos van casi a la par entre 1980 y 1986, año a partir del cual siempre superarán las okupaciones a los desalojos, aunque ambas líneas van siempre paralelas (con una mayor distancia entre ambas de 1994 a 1996);
2) la primera etapa de expansión del movimiento se constata entre 1986 y 1991, pasando de forma progresiva y linealmente continua, de unas 5 okupaciones por año hasta 15;
3) después de una brusca caída entre 1991 y 1993, se remonta de nuevo la cantidad de okupaciones producidas (y, de forma paralela, aunque siempre en menor cuantía, los desalojos), llegando hasta más de 30 en 1996; 4) el gráfico señala el inicio de un descenso desde 1996, pero no parece creíble si tenemos en cuenta que acaba su contabilidad en 1997 y que a partir de otras fuentes sabemos que se mantiene e incluso se amplía el número de okupaciones desde esa fecha (Comissió, 1998).
    Comparando ese estudio con el mío, se halla una semejanza en cuanto a que el número de okupaciones es siempre superior al de desalojos y que se produce una etapa de expansión desde mediados de la década del â80 hasta los primeros años â90, que aún es superada en cantidades desde principios de los â90 (sobre todos desde mediados de la década: 1994-1996). Incluso el ligero descenso en los primeros años de los â90, puede estar debido a que efectivamente hubiese pocas noticias de okupación en esos años, ya que las carencias de datos manifestadas por ambos estudios se refieren a años distintos.
    En el dossier elaborado por la Comisión del Colegio de Abogados de Barcelona, se recogen estadísticas similares (relativas a viviendas y CSOA sólo para el Estado español, descontando las okupaciones rurales, las de locales de la CNT y las extranjeras que también incluyen): 1) etapa entre 1985 y 1990, 21 okupaciones y 11 desalojos; 2) etapa entre 1991 y 1995, 58 okupaciones y 27 desalojos; 3) etapa entre 1996 y junio de 1997, 43 okupaciones y 37 desalojos (Comissió, 1998).


5. Autogestión contracultural y creatividad política.

Las manifestaciones de las primeras okupaciones madrileñas, en los años ochenta, exhibían ya la necesidad de que las okupaciones sirviesen para "seleccionar" elementos concretos de las dominaciones globales. Estas eran percibidas, no obstante, de forma indisociable entre sí:

âHay un montón de grupos de música digamos alternativa (música punk, hard-core, ska, fundamentalmente) que no tienen sitios para tocar. (...) Además de esta falta de locales para tocar faltan locales para ensayar. (...) También falta un lugar de encuentro en Madrid, donde la gente que tengamos una problemática común nos podamos ver y hablar tranquilamente. Había gente que se planteaba ocupar para vivir allí, muchos ya estaban hartos de vivir con los viejos por el control que esto supone, y con los sueldos que se ganan (el que tenga la suerte de tener un sueldo) no se puede alquilar un piso. (...) Además esta gente se planteaba hacer algún taller y buscarse la vida dentro. (...) La idea fundamental giraba en torno a crear un centro Kultural Alternativo, centro donde tuvieran cabida cualquier tipo de actividades (...) intentando romper un poco el esquema de actor-organizador-espectador, lo que se pretendía era que todo el mundo participase en los tres procesos.â? (Anónimo D, 1994)

âLas okupaciones son peligrosas para los especuladores pues ponen, por la vía de la acción directa, al descubierto la ilegitimidad de la actitud egoísta y delincuente derechista del sagrado interés privado, frente a una necesidad masiva de la población. Los/as okupantes somos sólo la punta del iceberg, no tenemos un problema personal solucionable por la caridad y lástima bienpensante (o que se pueda arreglar con 2 reuniones y una promesa del Ayuntamiento), somos parte de un conflicto colectivo de esta ciudad (y de muchas otras). (...) Por otro lado, también esta acción intenta, en su modestia, atacar al Estado y a su aparato policial, pues se pretende poner en cuestión, especialmente con la dinámica que genera como punto de agitación y de ejemplo, la paz social, el aquí no pasa nada, que garantiza la larga vida a las injustas situaciones en la vivienda, empleo... La okupación habla por sí sola, es expresiva, rompe el cerco de la información monocolor y abrumadora que se nos impone; resiste en la calle, de donde de derrota en derrota, el Estado y el mercado de consumo están expulsando a los/as ciudadanos (vecinos/as) y en especial la gente más combativa.â? (Anónimo E, 1994)

    Un Dossier editado por la Assemblea dâOkupes de Barcelona y publicado en la revista libertaria La Lletra A (nº49, 1997) justificaba las okupaciones no sólo como respuesta a la pobreza, al desempleo, a la carencia de viviendas y a la especulación inmobiliaria que afecta a la juventud y, en especial, a la juventud de las clases sociales más bajas, sino también como una tentativa de autogestionar lugares por la propia juventud, sin intervenciones autoritarias de los Municipios, sin censuras y como medio de solucionar problemas específicos de vivienda y realizar actividades solidarias:

âPotenciando la competitividad y la incomunicación nos relegan al papel de meros espectadores de nuestras vidas, neutralizando la posible reacción solidaria de l@s que estamos abajo, para que todo siga igual o peor. Por eso, es vital la recuperación de espacios donde poder divertirnos, hablar y pensar lo que queramos, saber e informar de las luchas de otros lugares y conocer mejor la realidad de aquí mismo. (...) En la mayoría de estos centros cívicos se utiliza mano de obra gratuita a cuenta de los objetores, y cuando un colectivo de jóvenes intenta llevar a cabo cierto tipo de actividades reivindicativas la censura está al orden del día. Así que, al final, para qué vamos a pelearnos por conseguir un cuartucho de mala muerte (además con condiciones de por medio) cuando en toda la ciudad hay tantos espacios grandes y guapos para ocupar. Partimos de la idea de que no tenemos por qué pagar un duro por recuperar algo que nos están quitando día a día. (...) El enfrentamiento con la justicia del Estado es constante, así como una represión policial mucho más contundente de lo que nos hacen creer y que va más allá del desalojo: fichas policiales, palizas y compañer@s en la cárcel gracias a juicios-montajes. (...) Tod@s coincidimos en una forma de funcionamiento más o menos asamblearia, porque entendemos que la autogestión va más allá de la autonomía frente la Administración. Autogestionar un centro social significa que la toma de decisiones y el trabajo que conlleva es asumida colectivamente, desde lo que se pretende hacer, cómo se va a hacer, conseguir la pasta si es necesaria... (...) En los CSA se desarrollan todo tipo de actividades: talleres de aprendizaje gratuitos, debates, contrainformación, teatro y proyecciones; así también como locales de reunión para colectivos que pasan ampliamente del afán integrador del Sistema. Pero si por algo se nos conoce más es por las fiestorras que montamos, fiestas solidarias en las que el dinero que se consigue se manda a pres@s, o sirve para financiar movimientos de lucha como la insumisión, o para la autogestión del propio centro. Fiestas que son tan necesarias como el debate o la acción directa, pues no entendemos la lucha como un sacrificio, o una entrega en aras de la victoria final, sino como la revolución más divertida que podamos imaginar y conquistar con el día a día.â? (Assemblea dâOkupes, 1997)

    En las dos siguientes narraciones de participantes en okupaciones vascas, se pueden apreciar los énfasis en el sentido de lucha social contra desigualdades y dominaciones globales, así como algunas de las contradicciones (guetización, insuficiente transformación cotidiana del machismo, etc.) que la experiencia de okupación ha supuesto en su opinión:

âUno de los logros de este movimiento es posible que sea la afectividad entre la gente y haber intentado abrir espacios y muros dentro de nuestras contradicciones, aparte de ser pequeños pero importantes puntos de referencia en la desobediencia. Desobediencia porque actuamos desde la ilegalidad sin escondernos, planteando la reapropiación como una forma de conseguir vivienda, un bien que debería estar socializado y ser gratuito, como lo son la salud y la educación, para de esta manera contribuir a paliar el reparto desigual de la riqueza. Esta forma de reapropiaci
Re: Cornellà: Una comissió judicial entra al Pati Blau acompanyada de la policia
21 oct 2004
cuando vivir es un lujo,okupar es un derecho
Re: Cornellà: Una comissió judicial entra al Pati Blau acompanyada de la policia
21 oct 2004
no tinc res encontre de vosatros, però al pirineu hi ha bastants poblets abandonats que allà segur cap especulador us hi feria fore...
Re: Cornellà: Una comissió judicial entra al Pati Blau acompanyada de la policia
21 oct 2004
doncs ves-hi tú i t'hi perds

jajaja
Re: Cornellà: Una comissió judicial entra al Pati Blau acompanyada de la policia
21 oct 2004
aquests poblets abandonats que dius els estan comprant immobiliaries a preus desorbitants, cases caigudes incloses, per especular. Ja ni la gent del pais hi pot accedir.
Sindicat Terrassa